HISTORIAS DEL ÁNGEL CAÍDO Potaje para un alma rota
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Potaje para un alma rota

Desesperada por retener a mi esposo, quien se alejaba cada tarde entre silencios y secretos, decidí buscar ayuda donde ningún cristiano se atrevería a pisar. La señora vieja, huraña y malhablada vivía en el borde del pueblo en una casa ruinosa de madera cubierta de hiedra.

El sol apenas se ocultaba tras las montañas áridas, pero sabía que él no llegaría a nuestra hacienda sino hasta la madrugada, como siempre: se abotonaba la camisa, se perfumaba hasta las pantorrillas con Dior Sauvage y enfundaba el arma ostentando su valía.

Se ponía el sombrero, se acicalaba el bigote y abordaba el pick-up para arrancar a toda velocidad en medio de una polvareda.

Cuando salió él, salí yo. El criado que me abrió el portón miró extrañado el chal que me cubría cabeza y cara.

No vio mi habitual peinado rubio ni se deleitó la vista con mi escote elegante y perfumado.

Solo me puse los aretes de oro para ir a misa los domingos, para disimular, pero a él, ¡qué le importaba lo que hiciera su patrona!

No pedí que me trajeran un caballo, ni siquiera una de las camionetas de la hacienda.

No quería levantar sospechas. Caminé levantando mi falda de flores y me dio pena ver el charol de mis botines, sucios del polvo levantado por los camiones que cruzan el camino principal.

El pueblo, pequeño y solitario, se aferraba al tiempo con casas de paredes desgastadas, techos de lámina oxidada y ventanas con jardineras resecas.

En el camino, el aire vespertino se movía pesado, impregnado del eco de motores y del viento que arrastraba murmullos, ocultando secretos que el pueblo prefería olvidar.

Llamé a la puerta. Tras un par de toques, la señora abrió mostrando una sonrisa arrugada pero con dientes perfectos.

Me dio la impresión de que en su juventud gozó de gran belleza.

Entré y la seguí a una sala con un sofá y dos sillones.

No me invitó a sentarme. Me miró con ojos que veían el abismo dentro de mí.

Se metió una mano en el escote del vestido marrón, sucio y raído, y sacó una llave de entre sus senos caídos.

Sin decir palabra, se acercó a un baúl esquinero y lo abrió.

Escudriñó debajo de vestidos viejos y sacó un libro deslomado con la tapa en piel cuarteada y con manchas oscuras que no pude identificar.

—Esto es lo que usted necesita, malparida —dijo la vieja insolente con su voz áspera y descarada—. Pero con cuidado; si lo que busca no es amor verdadero, el precio lo paga la bruta que lo conjura. Por hoy, no le voy a cobrar nada. Me entregó aquel libro de hechizos y regresé a la hacienda.

Aquella noche leí con avidez. Encontré conjuros que hablaban de pactos con sangre y brebajes que atrapaban almas. Allí estaba el Potaje de uñas y lengua, una receta maldita que prometía poner en regla a cualquier sombra que quisiera escaparse. Apreté el libro contra mi pecho, con miedo y esperanza.

Mi esposo regresaría hasta el amanecer y, sin pensarlo dos veces, tomé mis joyas y fui al mercado clandestino, un lugar que acostumbraba visitar.

Apenas iluminado con bombillas incandescentes, era mi búnker para comprar joyas robadas a buen precio.

Regresarían de donde vinieron. Buscaba ingredientes ilícitos como las trece lenguas de traidores ahorcados, que pagué con mi sortija de matrimonio.

En la trastienda de ese mercado negro se podían encontrar, entre susurros, hasta órganos frescos preservados en hieleras.

Pero yo andaba buscando seiscientas sesenta y seis uñas de convictos electrocutados molidas en polvo fino.

Necesitaba también sangre coagulada o morcilla, extraída del cuerpo de algún corrupto, y la urna funeraria con cenizas de un clérigo, pastor o sacerdote, la que pagué con mis aretes de oro.

Lo más sencillo de encontrar fueron las hojas de cannabis para sofreír y aceite de rata para cocinarlo todo.

Regresé a la hacienda con mi botín, pero ya no de joyas.

En una cazuela de hierro el potaje burbujeaba oscuro y espeso.

Lo colé en una taza y lo tragué en un sorbo, un tormento amargo en mi lengua.

Levanté los brazos e invoqué al mismísimo diablo y a once mil demonios más, como señalaba el libro.

Sabía que el hechizo enviaría a cualquier hombre al infierno y yo quería que mi esposo, el infiel, sufriera ese destino.

Era mi venganza. Mi corazón se llenaba de furia, celos del averno.

***

Cuando regresó al amanecer, dos días después, en vez de su olor perfumado, sentí el hedor a pólvora y sudor.

Atravesó la puerta manchado de sangre desde el pecho a los tobillos, se quitó el sombrero y me dijo que me veía hermosa.

Me abrazó con su fuerza de macho y me besó los labios, como había olvidado hacerlo hace años.

Sentí su erección en mi ingle, manchando mi camisón con la sangre, quizá de otros.

Todo terminó con el placer carnal en nuestro lecho de amor.

El olor a sexo se dispersó por todo el dormitorio. Encendí un cigarrillo y lo interrogué.

Mi esposo no me engañaba con otra mujer. Él estaba asesinando, sí, pero a hombres crueles, a verdugos de inocentes. Era un sicario, pero uno que pintaba con sangre redimida las calles manchadas de corrupción.

Después de aquella madrugada de éxtasis y confesión, cada atardecer que él desaparecía para ajusticiar a sus víctimas, yo me transformaba.

Mis uñas crecían deformes, rígidas como hierros torcidos.

Mi lengua se adormecía, incapaz de pronunciar palabras que no fueran alabanzas a Satanás.

La piel se me hacía gruesa, escamosa, y la rabia que antes me consumía tornó en un vacío frío y viscoso.

Ahora, cuando me miro en el espejo, ya no reconozco a la mujer que quería venganza.

Soy un estofado de dolor y engaño. Y él, el sicario, sigue su camino, mientras yo ardo en la maldición.

Así que regresé a la casa de aquella vieja para pedirle un antídoto.

La señora, que ya no se veía tan vieja ni tan huraña ni tan malhablada, me abrió la puerta recién pintada.

Coqueta y atenta, me hizo señas para que pasara y tomara asiento.

Se me quedó mirando y conteniendo la risa con sus dientes perfectos.

Me ofreció un té, quizá revertiría el hechizo, y lo bebí.

Ni amargo ni bilioso, sabía a miel y hierbas maceradas.

Me sentí mareada y vomité hasta el alma.

Se me acercó y no la vi tan ojerosa. Su piel era tersa y sus ojos brillantes.

A cada momento rejuvenecía, el cabello gris tornaba rubio y me susurró al oído:

—Soy su protectora más fiel, su escudo del infierno, pobre niña traidora.

Sacó la llave del escote, que ahora lucía firme y generoso. Abrió el baúl del rincón. Una mortaja emergió de entre las polillas, más negra que la sombra de mis pecados. La extendió sobre mí y la anudó a mi cuello arrugado entre carcajadas. Olía a Dior Sauvage.