HISTORIAS DEL ÁNGEL CAÍDO Lobezno
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Lobezno

La niebla densa cubre la luna. Conforme avanzan hacia el bosque, el camino torna estrecho, engullido por la maleza. Alguien pasó antes dejando señales en la corteza de los árboles, garras o cuchillos. Pero la limusina no se detiene.

Magna enciende la luz del techo, toma una copa de tinto del minibar y bebe.

Sobre su chaqueta de piel, roja y brillante, cae una gota oscura que resplandece como una advertencia.

La toma con su uña larga y la sorbe. Sentada sobre la tapicería de felpa negra, cruza la pierna.

Su pantalón entallado en piel, en conjunto con la chaqueta, muestra una figura esbelta.

Ordena al chofer, quien se ajusta el kepis y la mira por el retrovisor con los ojos encendidos.

Que baje la ventana, le dice. La mujer asoma con una sonrisa impecable.

El cabello negro y liso de Magna, cortado asimétrico a los lados, le roza la mandíbula y enmarca la mirada afilada sobre los anchos labios granate oscuro.

Al borde del camino, una familia de campesinos encadenados a los árboles.

El padre, la madre y el hijo adolescente, marcados por heridas abiertas fruto de semanas de resistencia, protestan ante la orden del Ayuntamiento de arrasar los manzanos para construir hoteles.

Las miradas llenas de determinación le advierten que no cederán.

Magna baja de la limusina; los faros iluminan el bosque.

Saca una daga y, sin pensarlo dos veces, degüella de un tajo a la madre, que no puede siquiera defenderse al permanecer atada.

El chofer oprime el botón del tablero de mando y se abre el maletero.

Magna saca del auto una enorme motosierra oxidada y manchada con sangre seca.

La levanta con ambas manos, exhibiendo el peso de su poder.

La ley de la comarca reconoce el bosque como extensión legal del terreno de su mansión.

La mano larga de Magna tira del arrancador.

El motor a dos tiempos ruge, huele a gasolina.

Enseguida arremete contra el manzano y el filo hace chispas sobre la cadena atada al padre y, al no poder cortarla de inmediato, continúa hasta sentir el hueso de las muñecas crujir.

El manzano se desploma, bañado en rojo, en medio del alarido desgarrado, helando la mirada impotente del chico encadenado a otro árbol, que patalea intentando zafarse de su renuncia voluntaria a la libertad.

Entre los manzanos se oyen gritos, como una jauría desatada.

De la penumbra emerge una veintena de jóvenes encapuchados en abrigos de piel gris, parda y negra, armados con garrotes y machetes.

Colmillos de lobos cuelgan como trofeos en sus cuellos.

Lomos peludos y con cola cubren sus espaldas anchas, forjadas a fuerza de sol, azadón y barro endurecido bajo las uñas.

Sus rostros pintados de sangre, listos para defender el bosque.

Uno de ellos porta un rifle y, escondido entre los árboles, dispara contra Magna, mientras los otros intentan liberar al adolescente.

El chofer salta del auto destruyendo con las garras el techo corredizo al oír el disparo y, convertido en un licántropo descomunal, corre hacia el maletero.

Toma un hacha. Se une a Magna. Ella le muestra la bala que se sacó del esternón y le sonríe con los colmillos largos.

Dirige la mirada al bosque y levanta la motosierra encendida y humeante.

Babea. Desea la carne fresca de aquellos jóvenes y del adolescente encadenado que suplica por su vida.

Los campesinos con piel de lobo se lanzan en manada, furiosos contra ella.

El licántropo se interpone y de una mordida le arranca la cabeza al joven del rifle.

La sangre mana. Zarpazos en los cuellos.

Gritos desgarrados. Clavículas fracturadas.

Hachazos certeros. Brazos vuelan amputados por el filo implacable de los eslabones dentados.

Carcajada infernal. Salvaje. Animal. Cabezas caen cercenadas, acogidas por la hierba fresca. Silencio.

Guardan el hacha y la motosierra. El licántropo toma de la hierba una pierna ensangrentada.

Tira de ella hasta que termina de desmembrarse.

Camina hacia otra víctima y extrae de un vientre abierto un puñado de vísceras para la cena.

Tira el fruto de la cacería también al maletero.

Fiel a su ritual, la luna se oculta. Vuelve a su forma humana.

Los colmillos de Magna se insertan de nuevo en la sonrisa impecable, al mismo tiempo que la estaca de madera que aquel adolescente liberado le atraviesa de la espalda al corazón.

El agujero en la chaqueta de piel deja paso a la sangre oscura y densa.

Magna se desploma con la mirada abierta.

El chofer cierra de un portazo el maletero.

Voltea a ver al chico que llora hincado sobre el torso empalado mientras empuja la estaca.

Que no escape. El chofer abre la puerta trasera de la limosina y saca una gaseosa del minibar.

Abre la lata y, con gran cortesía, se la extiende al chico famélico que la ingiere con avidez.

Tras unas palabras de aliento con un aire refinado y una voz suave, toma de la guantera una toalla desechable y le limpia las lágrimas al huérfano.

Le invita a subir al lado del copiloto. El chofer le pone el kepis para animarlo y le da palmaditas en la mejilla.

Introduce la llave, la gira y regresan a la mansión por el camino estrecho.