Cabrón
Los embalajes de cartón se vinieron al suelo.
Unas colegialas que compraban piruletas salieron espantadas ante el colapso de mercancía.
El fanfarrón tomó a Marlon por el cuello y lo prensó contra el estante.
De un zurdazo en el pómulo, lo reventó contra el vidrio de la heladera.
Marlon se levantó y se aferró a una fregona.
Atizó una, dos veces al estómago, pero a la tercera, el matón lo desarmó y le acertó con la mopa en la cabeza.
El chiquillo se fue de bruces al suelo. El fanfarrón lo levantó del flequillo que le sirvió de asidero y, como si la cabeza fuese un balón de fútbol, le propinó un patadón con la bota.
Ante el escándalo, el chino apuró lo que hacía en el váter y salió furioso, amenazándolo con un desatascador, como si viniese a desaguar problemas estancados.
El matón esquivó la ventosa y lo desarmó partiendo el palo de madera en dos.
Salió y tiró un fajo de billetes al suelo que el chino reverenció con un «vuelva pronto».
El chiquillo se puso en pie aferrándose a los anaqueles. El motor de la moto resonó en los ventanales de la tienda y se alejó. Todo olvidado. El chino regresó al váter y su empleado siguió estibando las cajas, pero Marlon nunca olvidó.
Dicen que el tiempo sana las heridas, pero los recuerdos dejan cicatrices.
El chiquillo cenó en casa pan viejo y huevos.
Las botellas vacías de Coca-Cola que le compraba papá permanecían intactas en el rincón.
Esa noche durmió en la cama que fue de papá.
Abrigado con la camisa a cuadros que fue de papá.
Marlon abrió el cajón de la mesa de noche y sacó un cigarrillo.
Le dio fuego con el Zippo que era de papá.
Miró la insignia de policía que papá no entregó cuando lo destituyeron, para obtener el trabajo de guarda en la tienda del chino.
El chiquillo desplegó una cuchilla, tanteó el filo, la plegó y la guardó en su overol.
Sacó el viejo revólver, lo empuñó, giró el tambor y apuntó a un fugitivo imaginario.
El arma olvidada que le costó la vida. A papá.
Bebió de la petaca medio vacía de White Label que tenía en la mano.
También de papá. La deuda del apartamento de dos habitaciones y un baño y hasta el empleo en la tienda del chino, todo era de papá. Hasta aquella moto era de papá.
***
Al otro día, Marlon volvió a la tienda. Andando por el camino, se percató del bulto en la ingle bajo el overol. «¿Qué dirán las chicas del colegio si me ven?», pensó, con su mente retorciéndole las fibras del cerebro. «Esta funda se nota mucho».
Mientras limpiaba el ventanal por fuera, oyó al matón acercarse a lo lejos.
El rugido del motor y los detalles resplandecientes del tanque, con líneas curvas hacia la parte trasera, le parecían una joya.
El fanfarrón, echado de espaldas con el cabello suelto, venía aferrado al manillar, con sus audífonos y Alice in Chains retumbando en los tímpanos.
Bajó de la moto luciendo su acostumbrada chaqueta con el águila, que brilló dorada al sol.
Parqueó al frente, como siempre, pero esta vez Marlon se escabulló por la puerta trasera. Se escondió en la esquina de la tienda.
El matón entró llevando el polvo entre las botas.
No pasó un minuto cuando salió con una botella de vodka, llevándola por el cuello.
Se detuvo. Miró la moto y vio los neumáticos desinflándose muy lento.
Puso la botella en el suelo y se acuclilló para tantear las cubiertas que tenían cuchillazos finos.
Marlon lo observaba desde la esquina, a sus espaldas.
Luego emergió de las sombras. Metió su mano en el overol, en la funda abultada, y sacó el revólver.
El otro se rascó la melena y volteó. Sin tiempo de mirar.
El chiquillo vació los seis tiros en la cabeza del águila.
Las detonaciones resonaron en el ventanal.
Se desplomó en el suelo con la chaqueta conteniendo la sangre, como vino en bota, pintando de rojo la calle polvorienta.
Marlon dejó caer la pistola, inmóvil, observando el cuerpo desangrado, pensando en papá, que estaría orgulloso de él por llevar el arma consigo.