Ecos del abismo
La oscuridad me arrastró hacia el fondo, hacia un lugar donde la vida no existe.
No sé cuánto tiempo pasó desde que me dejé caer.
Sin embargo, me mantengo a flote, nadando en la fetidez.
La sal de mar y los peces que continúan cayendo me alimentan entre la mortandad.
Las sombras se acercan. Están conmigo y las acepto. Ya no me siento tan solo.
***
Las puertas de acero reforzado quedaron trabadas.
Las abrí de golpe con una piqueta de doble filo.
Un par de días después, salí del búnker subterráneo.
Puse la solapa de mi anorak sobre la cara; así podría filtrar algo de aire.
Empuñé el rifle de caza, bajé mi gorra de Victorinox a la altura de los ojos y logré salir a la superficie, a lo que fue mi jardín.
Decidí buscar sobrevivientes entre las varillas retorcidas.
Caminé un par de calles bajo el cielo bloqueado por la ceniza.
A cada paso, tropezaba con trozos de hormigón.
Mis botas aplastaron vidrio, restos de vigas astilladas, juguetes rotos, libros chamuscados o reducidos a hojas sueltas, cables del alumbrado público y más escombros.
De una patada, terminé de derrumbar una pared falseada por la onda de choque.
La puerta de la casa, arrancada de cuajo, yacía quemada sobre los sillones.
Esqueletos pintados de hollín permanecían sentados a la encimera para desayunar.
Quedaban algunos huesos de pollo mezclados con ceniza.
Pisé los azulejos; habían saltado de las paredes como esquirlas.
Me rugieron las tripas. Abrí la puerta apenas colgando de la nevera, el moho se encargaba de lo suyo.
Seguí explorando. Atravesé el marco de una puerta sin puerta.
En lo que fue el dormitorio, vi los restos quemados de una mujer que acurrucaba a sus niños, también carbonizados con la cama.
Tuve arcadas y salí de lo que fue un hogar, a vomitar a la calle, por respeto.
Sobre la carretera que ya no conduce a ningún sitio, con postes y semáforos derribados y las señales dobladas, los vehículos con neumáticos deshechos permanecían sonando el claxon con el cráneo de sus conductores inclinados sobre el volante.
Apestaba a gasolina, a pavimento derretido, a carne quemada.
El paisaje me aplastó el alma. No había paz en los restos ni consuelo en mi soledad.
Dirigí mis pasos hacia el mar, hacia el horizonte sin sol, carcomido por las siluetas de rascacielos colapsados.
El prepper, el loco, el preocupón, el barbudo añejo siempre vestido de camuflaje y botas militares, con cuarenta años y solterón.
Ese era yo para mis vecinos. Mil doscientas botellas de cerveza, alimentos enlatados como para surtir a un supermercado, galones de agua ocultos bajo el suelo, armas y municiones suficientes como para iniciar una guerrilla, todo almacenado en mi sótano.
Sobreviviría por meses hasta ver el cielo azul, hasta que llegara ayuda.
Pero ¿qué ayuda? ¿A quién dispararía? Quienes confiaron en los misiles interceptores ahora están muertos.
Dejaron sus vidas en manos del Gobierno.
La ojiva estalló antes de tiempo; lo escuché en mi radio de transistores antes del impacto.
Apenas rozó la superficie de Apophis. Solo vi caer al mar unos meteoros luminosos antes de refugiarme.
Al llegar a la costa, sentí desfallecer.
Caminé por la playa que se hizo más larga, un tsunami a la inversa, y mis botas pisaron la piedra caliza, dura y resbalosa.
El impacto levantó la corteza terrestre para formar sumideros.
Trepé sobre una protuberancia rocosa que ascendía alta como una colina sobre los remolinos de agua.
Un centenar de fragmentos del asteroide, alineados en un semicírculo alrededor de un cráter descomunal, horadaron en la piedra caliza aquellos pozos de varios metros de diámetro.
Drenaban el mar, llenándolos poco a poco de náufragos flotantes, hinchados bocabajo, algunos aún aferrados a tablas entre embarcaciones destrozadas sobre una masa de peces descompuestos.
Al asomarme a un pozo, sentí un mareo. Las corrientes irrigaban lentas las paredes de caliza, descendiendo hacia un abismo. Susurros incomprensibles se tornaron en palabras. Quizá era arena, conchas y peces resonando al caer, o quizá eran los murmullos de mi mente.
Disparé al pozo, un método desesperado de medición.
Calculé, por el eco de la bala al tocar el fondo, un abismo de quinientos metros de profundidad.
Un pitido interminable de acúfenos intentaba burlarse de mi soledad, recordándome que la muerte no sería misericordiosa.
Oí voces. Mis vecinos tenían razón: me estaba volviendo loco de remate.
Me asomé al borde. Escuché que desde abajo raspaban la pared de caliza; me pareció que intentaban salir.
Los susurros se convirtieron en chillidos.
¿Era yo también un cuerpo calcinado? ¿Era mi fantasma el que vagaba por los sumideros?
Fui un imbécil; por la desesperación de encontrar a alguien vivo, olvidé traer provisiones.
¿O fueron los murmullos los que me trajeron hasta aquí?
Deseaba volver al búnker, beber una cerveza tras otra, devorar el contenido de una lata de chili con carne y terminar sorbiendo del frasco de melocotones en conserva, viendo películas en el VHS conectado a la batería de mi camioneta.
Pero me dio pena. En el fondo del sumidero estarían los únicos sobrevivientes; yo sería su salvador.
Las voces resonaban. Iría a averiguar. Quizá tendría a quién disparar.
Levanté mi rifle para protegerlo del agua y me lancé al pozo.
Resbalé por una pared irregular y descendí veloz con mi gordo trasero deslizándose en la cascada de agua colmada de peces podridos.
Caí de golpe levantando un chapuzón. Me mantuve a flote moviendo las piernas.
Una multitud de garras intentó aferrarse a mi anorak.
El eco de mi grito se perdió en la oscuridad.
Disparé mi rifle. El fogonazo del disparo me permitió ver a las criaturas, amalgamas de carne colgante y negra.
Serpientes se arrastraban viscosas sobre la caliza húmeda.
A cada tiro, un siseo helaba mi sangre. Espectros diminutos parecidos a fetos se hundieron en el fondo a cada disparo.
Mujeres con sus cabelleras de algas emergieron del agua negra y se aferraron a mi cuerpo.
Susurraron a mi oído, y yo, ahogado en sus voces, acepté mi nuevo cielo.