HISTORIAS DEL ÁNGEL CAÍDO Gallito rojo
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Gallito rojo

Cuando murió papá, heredé este rancho con todo y su gallinero. Ahora que pongo el maíz y surto los bebederos, me acuerdo de mi niñez, de mi pollito y de papá, que no quiso que yo fuera a la escuela, ni mucho menos al catecismo.

—¡Babosadas de curas! Después se te pegan las mañas de carraco —decía entre bocanadas largas.

Los domingos lo espiaba tras la puerta entreabierta de la gallera. Emborrachándose con sus compinches del comisariato, fumaba cigarrillos y tiraba sus billetes al ruedo en media pelea de gallos. Me daba pena: los ponían a matarse después de tanto trabajo en la crianza.

—¡Fuera de aquí, carajo, que esto es para hombres de verdad! —gritó, arrastrando las erres entre humaredas y carcajadas de aprobación.

Como no fui a la escuela ni tuve amigos, un pollito se convirtió en mi compañía.

Me lo dio papá. Me dijo que lo encontró atado a un enorme crucifijo de madera, entre santos de yeso y vírgenes descabezadas en el mercado de pulgas del pueblo; que una vieja se lo vendió, que era un amuleto para generar dinero, que los billetes se multiplicarían solo con su presencia.

Me lo dio no para que fuera mi amigo, sino para que aprendiera a criarlo y así me hiciera hombre.

Mi pollito fue creciendo hasta que le nació una cresta gorda. Ayudé a mi padre a entrenarlo.

—Mi gallo de los huevos de oro —decía. Así de ingenuo y supersticioso era.

Le echaba los gallos moribundos de las peleas y mi gallito blanco los derrotaba con el espolón hasta dejarlos tuertos y desplumados.

Su ojo feroz me miraba de medio lado, luego giraba el pescuezo para verme con el otro.

Con la piel roja colgando de su barbilla y su pico enojado, parecía que quería decirme algo.

«¿Qué diablos me miras, niñito imbécil?».

Tal vez papá tenía razón y tenía algo de sobrenatural.

Mi gallito blanco, en verdad lo quise, pero me daba pavor que saltara sobre mi cabeza y se comiera mis ojos.

Lo alimenté con sobras de sopa. Creció fuerte.

Una vez rompió el cedazo del gallinero y salió aleteando hacia el cerco del vecino.

De un espolonazo, mató a su perra y luego picoteó lo primero que encontró.

Aún resuenan en mi mente los chillidos de aquellos cachorritos.

—¡Te juro que te mataré, viejo malparido, a ti y a ese hijueputa animal! —sentenció el vecino, pero mi deseo era que no lo mataran, al gallo, así que lo escondí en un cajón de tablillas donde almacenaban lechugas.

Clavé la tapa de madera y lo llevé hasta el río. Lo oculté entre unos arbustos, tras las piedras. Robé una vasija de la cocina para llevarle tripas y vesículas crudas de los derrotados. Las devoraba, agitándolas con el pico, salpicándome de sangre.

Una tarde papá me preguntó por su buen augurio, su billete de lotería.

—¡No te lo diré jamás, no te lo diré! —Fue lo único que atiné a responderle.

Todavía tengo la forma de la hebilla cicatrizada en las piernas de los azotes con el cinturón.

El dorso de sus dedos huesudos tronó una y otra vez en mis mejillas hasta romperme los dientes.

Me prohibió salir de mi dormitorio en una semana, quizá para ocultar a los vecinos mi cara deformada.

De todos modos, debí permanecer en cama para recuperarme.

Asunción, mi madrastra, no dijo nada; nunca decía nada.

Con su moño canoso y su vestido carmelita decorado por un rosario, miró indiferente el espectáculo recurrente de bofetadas, mientras le torcía el pescuezo a una gallina.

—Ya verás, chiquillo, con esta sopa de menudos que haré para el almuerzo, te repondrás. Te quedará de aprendizaje no contestarle así a Remigio.

Con dos hachazos, cortó el cuello de la gallina, que salpicó el mantel. Horadó el vientre con la mano y le arrancó las vísceras, que tiró al caldero rezándole unas letanías. Al menos la vieja tuvo algo de compasión. Eso creí. La metió en una olla para escaldarla y luego terminar de descuartizarla.

«¡Sácame del cajón, niño imbécil!». La voz retumbó de nuevo en mi cabeza.

«Crac, crac, crac», raspándome el tímpano.

Estampé la cara en la almohada y cubrí mis orejas.

Siete días sin dormir. «¡Regresa al río!

Mis gallinas… ¡Montar y picotear, montar y picotear, graaaak!

». Llegó el domingo. Aún tenía el cuerpo amoratado y dolía un poco.

Papá se olvidó de mí, pues solo se escuchaba la juerga en la gallera.

Asomé en la cocina. Mi madrastra ceñida en sus caldos de gallina.

Escapé corriendo al río. Me interné entre los arbustos, entre las rocas.

Lo extrañaba. Lo encontraría desfallecido de hambre o hecho una gusanera, pero la caja con la tapa desclavada tenía cientos de sus plumas manchadas de rojo, como si hubiese sido atacado.

Iría a buscarlo. Levanté la caja vacía y las plumas cayeron sobre unas colillas apagadas en la maleza.

«Hígados, vísceras, intestinos. ¡Dame, dame más, niño!», tronó la voz carrasposa e insistente. «¡Graaak! Perra estúpida, cachorros sin ojos, filo en los cuellos, tiernos gaznates. ¡Ven conmigo y tendrás tu venganza, graak!».

—¡Ya cállate! —grité al cielo para que la voz en mi mente se esfumara y, sollozando, regresé corriendo a casa para refugiarme en la almohada.

Entré por la puerta de la cocina y cerré; así no me verían desde la gallera.

Pero Asunción yacía bocabajo. Un charco oscuro cubría el piso bajo ella.

El hacha de carnicero aún en la mano. El gallo, empapado por completo en sangre, se posó en la cabeza de mi madrastra.

—¡Quiquiriquíí!

La puerta cimbró y me escondí horrorizado bajo la mesa. Papá entró dando un patadón, seguido por su comitiva de borrachos con puñados de billetes en las manos.

—Anda, Remigio, ¡mátalo de una vez, ja, ja, ja! —dijeron con el tabaco sibilante en los pulmones.

—¡Apostamos fuerte a que este gallo no pierde! —sentenciaron otros, haciendo mofa de su suerte.

Papá traía un ojo tapado con una venda sangrante y, con el ojo que le quedaba, miró con rabia la inutilidad de su mujer.

Le arrebató el hacha, que hundió en el piso, y comprobó el filo en la madera, salpicando la sangre que escurría por los tablones.

Dio tres pasos hacia el animal teñido en rojo, que permaneció inmóvil, mirándolo de un lado, ahora del otro, pupilas rodeadas de fuego, sin parpadear.

Levantó el hacha y arremetió contra el gallo, que la esquivó, abalanzándose sobre él, expandiendo sus alas como la silueta de un crucificado.

El espolón surcó de un tajo el cuello de papá.

Billetes al aire. Los apostadores se repartieron jubilosos el dinero, entre risotadas.

Mientras celebraban, distraídos entre largos sorbos de ron, el gallo aleteó sobre sus cabezas y picoteó y picoteó y picoteó.

La docena de borrachos cayó, uno por uno.

Gaznates, ojos, entrañas. Unos sobre otros.

Silencio. Me asomé bajo el mantel y vi, espantado, que mi madrastra movió un brazo.

—Crac, crac —dijo el gallo húmedo y pintado de rojo, moviendo la barbilla carnosa.

Asunción se dio media vuelta sobre su propio torso ensangrentado; luego se arrodilló sobre la falda.

Mi pollito, mi gallito rojo. El gallo se dirigió hacia ella con paso altivo y erguido.

Lo tomó como cuando era un pollo manso, le acarició la cresta y este cerró los ojos.

Asunción se puso en pie. Vi sus chanclas acercarse, bajo la mesa, arrastrándolas en el charco de sangre.

Se acuclilló y levantó el mantel. Oriné mis pantaloncillos.

Miré los ojos grises pero brillantes. La boca arrugada dijo con dulzura:

—Cuídate, chiquillo. Ah, y gracias por entrenarlo.

Rodeó los cuerpos masacrados y abandonó el rancho con el gallo en brazos, cuidando de no resbalarse.