Infantes
El tanque giró el cañón con la paciencia de un depredador, recorriendo las ruinas con la mira en busca de otra fachada enemiga.
—Ven, pon tu mano en mi hombro. Intentaremos bajar para buscar ayuda. Son varios pisos, ten cuidado. Caminaremos despacio… ¿Cómo te sientes?
—¿Qué has dicho? No se te entiende.
—Que puede haber una salida. Anda, un paso más.
—Hablas como dentro de una caja. Quítate la mascarilla. El pitido me cerró los oídos, pero ya pasará.
—No, el aire está saturado de gas venenoso. Ya sabes cómo son estos malnacidos. Dijeron que usarían armas químicas contra civiles para «sacar las ratas de sus escondrijos».
—¡Aggh!, no veo nada.
—Tampoco yo. Este humo del diablo se hace más denso a cada paso. Ni se ve a nadie en el edificio.
—Sí, es verdad. Ese maldito tanque. La detonación del misil nos hubiera reventado los tímpanos, pero no, aún te escucho a pesar de que tenemos esta mierda puesta.
—Fueron esquirlas las que nos impactaron.
—No veo nada, de verdad, Petro. Debe ser por esta mascarilla que sabe a sangre.
—¡Hey, hey! ¡No lo hagas!
—Al menos quitárnoslas mientras buscamos la salida, aunque sea para limpiarlas… ¡Mi visor está empañado en sangre!
—¡No, no te arriesgues! Yo también quiero quitármela para beber un trago de Smirnoff, pero está ceñida esta mierda. Sigamos andando. Sujétate fuerte de mi brazo.
—Mmmh, vodka del enemigo… Desde que me enlisté en la infantería no voy a una maldita fiesta, por estar jugando a las pistolitas como cuando éramos niños.
—Creo que ya no habrá más fiestas, Józef. Acuérdate de que mi esposa y también tus amiguitas del burdel tomaron un tren. Deben estar seguras en Cracovia.
—Daría mi vida por empinar una botella de…
—¡Cuidado, Józef! ¡No, no te sueltes de mi brazo! Creo que vienen unos escalones… ¡Sujétate!
—¡Aaah, aaaaaah! ¡Petroooo!
Mi hermano dio un paso en falso y se abrió un agujero en el piso semiderruido. Se precipitó sin remedio a la planta baja. Lo oí caer sobre el piso de hormigón, como si fuera un costal lleno de piedra y vidrios.
—¡Józef, Józef! ¿Dónde estás? ¿Estás bien? ¡No veo nada desde aquí arriba!
—¡Aaaaah! ¡Tampoco te veo, Petro! ¡Debo de haber caído en un sótano! Duele mucho, creo que me fracturé las piernas.
«Maldición. Jamás saldremos vivos de esta».
El filtro de las GP-7 nos permitiría respirar por unos minutos más.
Mi visor continuaba empañado por el sudor, pero quitarme la careta sería un suicidio.
El humo grisáceo seguía nublando los aposentos derruidos del edificio; podría ser algún agente químico.
La visión era casi nula y no tenía idea de cómo bajar a rescatar a mi hermano.
Debía esperar a que el humo —o el gas— se disipara; así buscaría las escaleras de emergencia.
Suposiciones embargaban mi mente cuando una segunda explosión me empujó hacia atrás.
Me abatí contra el piso que amenazaba con ceder.
Una molotov. El olor a gasolina quemada se filtró por el diafragma de la mascarilla.
Empezó a asfixiarme. Humo negro frente a mis ojos.
Me incorporé y decidí correr, a donde fuera, pero unos brazos poderosos me aplicaron una llave por la espalda.
El soldado me inmovilizó. Su antebrazo, rígido como un fierro, levantó el diafragma y pude respirar unos segundos.
De un manotazo me arrancó la máscara antigás y empezó a estrangularme.
Pensé en mi esposa y en mi hija, que estaba en gestación.
Me valí de dos dedos para sacar el Goshawk Finka del bolsillo en mi chaqueta de combate.
Mi único arsenal. Le hundí el cuchillo en el hígado.
Los gritos no se hicieron esperar y con un gancho derecho le reventé la mandíbula.
Cayó por la fachada inexistente. El peso del hombre hizo cimbrar la primera planta, levantando el humo denso.
No había tal gas. Se oyó una voz sofocada desde abajo:
—¡Petro, Petrooo! ¡Duele mucho!
Me contuve. Debía pensar. Consideré saltar. Quizá tendría mejor suerte que mi hermano. Me persigné en nombre de Dios y tomé impulso.
***
Niebla, piedra y vidrio. Otro cañonazo. Me mantengo pecho a tierra.
Apenas me hago la idea de cómo eran los apartamentos de este edificio.
Entre el humo solo veo las siluetas de la estructura donde antes hubo una fachada con balcones, ventanas y jardineras repletas de geranios.
Se disipa de nuevo y me incorporo. Mis botas tropiezan con los bultos oscuros que amortiguaron mi salto suicida.
Niños esparcidos por el suelo, como frutos caídos, algunos enteros, otros reventados.
Son varios. ¡Dios mío! ¡Son cientos! Uniformados de azul turquí, con las quijadas abiertas, con los ojos al cielo.
Con las ilusiones derrumbadas. Como sus hogares. Como esta escuela.
Desde aquí abajo calculo que mi hermano y yo estábamos en un tercer piso.
Claro, en la azotea donde nos dejó el helicóptero.
Pronto vendría una escuadra de infantería a rescatar sobrevivientes.
Sostengo en mis pulmones el poco aire que existe y tanteo los cadáveres de los niños; no tendrían ni ocho años de edad.
Entre los escombros hay libros y cuadernos.
Páginas sueltas con garabatos y tachones se integran entre los ladrillos.
Intento rescatar un brazo que sobresale de entre los escombros; quizá sea Józef, pero es el manubrio de un triciclo.
Un pupitre. Una silla. Una muñeca de plástico.
Un bulto grande. Me acuclillo. Lo encuentro por fin.
Parece dormido. Le quito la máscara antigás.
La sangre empozada emana a borbotones de la manguera conectada al diafragma, por el que nos comunicábamos sin destaparnos la cara.
Las gafas de la careta reventadas. ¡Mi hermano!
¡Mi querido hermanito! ¡Mi camarada de infancia!
Lo acurruco entre mis brazos y me invade un sentimiento de ira y de tristeza a la vez. Sus ojos, perforados por las esquirlas, no lloran. Salen de sus cuencas y resbalan ensangrentados para perderse entre los escombros.
El tanque gira y apunta de nuevo.