HISTORIAS DEL ÁNGEL CAÍDO Bitcoins
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El gerente del banco descendió por las gradas de su apartamento hasta el estacionamiento y abordó su Cadillac. Don Friedhof activó la ignición, pisó el acelerador a fondo y condujo hasta la oficina como le dictaba la rutina. Pero después de la guerra, todo sería diferente.

Sus leales funcionarios debían realizar trámites de hipotecas y transacciones monetarias.

Tomar el dinero de los ciudadanos e invertirlo para el progreso del Estado era para ellos una obligación, y así de claro era el pensamiento de este gerente.

Don Friedhof ya rondaba los setenta años y peinaba sus canas, aunque mantenía la voz fuerte y autoritaria.

Aquella mañana lucía un traje azul con una camisa blanca y corbata roja impolutas.

Se había ganado el alto puesto por ser intachable.

Al frente de la oficina de don Friedhof estaba el cubículo del administrador, que se jactaba de poseer una jovial y permanente sonrisa socarrona.

En opinión del gerente, aquel joven tenía malas mañas.

Lo miraba llegar tarde con su valija de imitación de cuero y claqueando los botines, saludando a las funcionarias con la mano levantada.

Corbata desanudada, barba de tres días, pero dedicado a su trabajo y, como se lo había demostrado al gerente, era un inversionista exitoso.

Por ello sus compañeros le admiraban y le invitaban a las rosquillas de la tarde para escuchar las anécdotas financieras de aquel tipo joven y con poder de convencimiento.

—Señor Friedhof, ¿le ayudo? —dijo Edgard asomándose impertinente tras la puerta—. Me imagino que aún no se atreve a hacer inversiones suicidas como yo.

—Oye, Edgard, toca antes de entrar, por favor. Y ya te he dicho que eso de la moneda electrónica es un enorme riesgo, no insistas.

—¡Pero con el bitcoin seremos capaces de hacer transacciones sin intermediarios! Mire, aquí la variable indica que…

—¡Basta, que ya me lo has dicho mil veces! Entiendo lo que me quieres decir.

Don Friedhof se levantó de su silla ejecutiva y se acercó al joven que se mantenía en pie señalando un gráfico en la pantalla de su ordenador portátil.

—Anda, muchacho, ve por un café y continúa con tus quehaceres administrativos, que pronto será la hora de salida —dijo dándole palmaditas en el hombro.

—Mmmh, bueno. Ya que insiste…

Pero Edgard era muy pertinaz, y en la cafetería persuadió a sus compañeros.—Hablé con el gerente. Me insinuó que nos despedirá a todos si seguimos invirtiendo en el mercado bursátil europeo. Vamos a quebrar por culpa de la guerra.

—¿Qué dices? —dijo uno mojando un croissant en la taza de café—.

—¿A despedir, dices? —dijo otro, y un murmullo generalizado invadió la cafetería.

Edgard acercó su ordenador al grupo y les mostró un gráfico con las finanzas de sus inversiones personales: compra y venta de activos, acciones de empresas, bonos y fondos…

Echó mano de toda su parafernalia inversionista para convencerles de que el bitcoin sería la nueva moneda de posguerra.

Vieron la línea ascendente. El plano cartesiano elevaba la flecha a la millonésima potencia.

Con la incógnita sembrada, regresaron a sus cubículos golpeados por la envidia.

Esa noche soñaron con cascadas de monedas.

Ríos de oro fundido arrasando las viviendas de los ciudadanos.

Madres, padres y niños famélicos ahogándose en una marea de billetes.

Cerdos en sus porquerizas devorando dólares, defecando unos y ceros.

Los funcionarios imaginaban a Putin cabalgando misiles de oro puro, ataviado con traje de cowboy y agitando el sombrero, mientras que Trump disfrutaba de un vaso de vodka en su flotador de flamenco rosa en una piscina repleta de millones de bes mayúsculas.

Al otro día llegaron aterrorizados por la predicción del joven.

Tenía tan buena reputación que le creyeron.

Los funcionarios de la junta directiva hicieron inversiones digitales con dinero del Gobierno, que en pocos días registraban excedentes y balances positivos del mil por ciento.

Las maravillosas noticias de bonanza y prosperidad llegaron a oídos del ministro de Economía, quien, sin pensárselo dos veces, volcó su patrimonio entero en bitcoins, convencido de que el futuro ya había comenzado.

Entonces el joven administrador fue ascendido y ocupó la flamante silla del otrora gerente intachable, el que salió de su oficina cabizbajo y cargando una cajita de cartón con sus documentos, el cactus que tenía en la ventana y su taza de café.

«Estaba viejo y herrumbrado», «No se quiso adaptar al nuevo orden financiero», «No conecta con lo de hoy ni queriendo», «Se le pasó el tren», murmuraron los antiguos empleados de don Friedhof.

***

Durante la guerra, que duró varios años, Edgard tenía el mundo a sus pies: desfalcos, estafas, contrabando de armas y de petróleo, trata de civiles, saqueo de patrimonio cultural, desvío de ayuda humanitaria y otras múltiples «responsabilidades financieras», todo encubierto bajo el poder gerencial.

Y luego llegó el fin de la guerra. Pero ya no había en qué invertir.

Las propiedades y bienes inmuebles fueron arrasados por misiles, fábricas paradas, desempleo alto y escasez de alimentos.

El dinero perdió valor y ciudadanos, inversionistas y hasta el presidente despilfarraron sus últimos ahorros en bitcoins, mientras que Edgard, ya no tan joven, ensanchaba sus arcas.

A don Friedhof le dolió el despido y sabía que aquel era un mentiroso.

Retirado y con el dinero de su pensión oculto bajo el colchón, se sentía como un perdedor.

Encerrado a oscuras en su pequeño departamento, se preparó la dosis que acostumbraba con su tarjeta de crédito.

Aspiró con fuerza y sus fosas nasales desbordaron nieve.

Sintió que el cerebro se expandía. Empinó una botella de Dewar’s hasta acabar lo que quedaba y luego dio una larga bocanada a un trozo de habano babeado.

Miró en silencio la vieja televisión, el único canal, el del Estado.

Su mente se había vuelto una bomba depresiva.

Pensó en vivir sus últimos días en las prístinas playas de Cuba, pero la isla se había convertido en un islote inundado y deshabitado después del misil nuclear.

Se dilataron sus pupilas. La droga hizo efecto y una corriente de poder diabólico ingresó a su mente.

Pensó en recuperar su antiguo empleo. Dieron las dieciocho.

La hora de salida. Subió a su Cadillac destartalado para dirigirse al banco y recuperar su honor.

El sudor frío le bajaba por la frente arrugada.

La nariz, reseca por la droga, dejó escapar un fino hilo de sangre.

Crujió los dientes, incapaz de contener la ansiedad.

Don Friedhof activó la ignición y se encendieron los faros que iluminaron la calle a todo lo largo.

Golpeó con rabia el volante y pisó el acelerador a fondo, rechinando los neumáticos.

«La verdad es que soy un genio. Nunca me acusarán», divagó Edgard.

Giró su silla de jefe y bajó los pies del escritorio.

Miró su Rolex. Vistió la chaqueta de cuero fino y tomó la valija repleta con billetes de quinientos euros.

Respondió un mensaje que recibió en el teléfono.

Entró al ascensor de cristal y, mientras descendía viendo la ciudad oscura iluminada por partes a causa de los apagones, se sintió el dueño del mundo y pensó convencido:

«Soy el gerente general del banco. Tengo el aval del ministro de Economía. Unos millones que le comparta esta noche no me hará ningún daño; es más, el soborno me servirá para blanquear todo lo demás».

En el lobby, dio una propina al ascensorista y aplicó su habitual risa socarrona. Salió del banco sintiéndose un dios encarnado en hombre. Absorto en sus pensamientos gloriosos, afianzó la valija y cruzó la calle hacia el restaurante del frente.

El Cadillac patinó en los neumáticos desgastados.

Los huesos crujieron en el capó, reventándose el cuerpo en el parabrisas, rodando sobre el auto hasta caer de cabeza en el asfalto.

La valija voló por los aires y una copiosa nube de euros devaluados flotó unos instantes para descansar sobre el charco de sangre.