HISTORIAS DEL ÁNGEL CAÍDO Casta de campeón
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Casta de campeón

Me llamaban el Dragón Emplumado. Ejercitaba a diario y con orgullo los músculos y tendones que formaban mis tres metros de cuerpo.

Fuegos artificiales cuando había pelea, Tex-Mex estridente en mis tímpanos.

Edecanes sensuales con cabellos largos teñidos y enormes pestañas, en botas, con sujetadores de látex apretándoles las tetas y minifaldas hasta la ingle, me acompañaban tocando mis bíceps mientras me acercaba al ring.

Mi cabeza sudaba embutida en una máscara de cuero y coronada con un penacho de plumas color rojo sangre.

La pintura de oro ribeteada alrededor de mis ojos, que apenas asomaban, combinaba con la capa.

Reluciente, estampada con dragones entrelazados con rebordes en jade y rubí.

Yo era uno de esos villanos machos. Un luchador rudo.

Se me conocía por picarles los ojos y retorcerles los dedos a mis contrincantes.

Gozaba de un amplio reconocimiento. La gente es sádica, morbosa y se deleita con el mal ajeno.

La crueldad con la que simulaba los ataques premeditados me convirtió en un fenómeno mediático con miles de fans.

El Enano de Plata era el campeón mundial, y también era mi maestro.

Siempre me ganaba. Su técnica mixta de artes marciales aprendida en las calles, entre pandilleros, lo llevó a ser el favorito.

De él aprendí técnicas, como llaves, lanzamientos, vuelos desde las cuerdas, sumisiones mortales y golpes acrobáticos.

Lo miraba entrar al ring haciendo una maniobra aérea entre las cuerdas, y su cabellera larga y plateada ondeaba como si fuesen hebras de metal.

No usaba máscara: su cara morena de indio era única.

Se deshacía del kimono rojo con bordados de oro y parecía un pigmeo, apenas vestido con un taparrabo carmesí.

Luego bajaba las revoluciones y adoptaba su típica pose de flor de loto entonando mantras en la esquina del cuadrilátero.

Al sonar las tres campanadas, salía del trance y se lanzaba al ataque.

Su forma impecable de luchar le hizo ganar la simpatía de los espectadores.

—¡El momento más esperado del año! El Enano expone su título de campeón mundial. Su rival será… —Sonaron redobles de tambor mientras el presentador apretaba el micrófono—: ¡El Dragón Emplumado!

—Esto es un mano a mano, sin relevos. ¡La máscara del Dragón contra la cabellera plateada del Enano! ¡Lucharán sin límite de tiempo y ganará el primero que someta a su oponente!

Al decir esto, las porras, tambores, abucheos y chiflidos de una legión de niños impacientes sacudieron la Arena Coliseo. Sonaron las tres campanadas.

—El Dragón ataca primero, lo prensa contra las cuerdas.

De esquina a esquina, golpe duro en la espalda.

El Enano queda lesionado. ¿Tan pronto? Pues no…

¡Miren, está fuera de control! Patada voladora al esternón.

Rodilla en la cara. Presiona con una llave.

¡Le quiere aplastar la nariz al emplumado!

Contraataca. Lo voltea contra la lona. Le tuerce la nuca.

El Enano reacciona. Contrallave. Patada en las costillas.

Lo saca del ring. ¡El Dragón aterriza entre el público!

Se levanta. Se aferra a las cuerdas. Se sube a la lona.

¡Qué clase de codazo recibe el réferi! El Dragón se abalanza contra el Enano.

El Enano contraataca sin piedad. Treinta puñetazos por segundo.

¡Es una máquina! ¡Qué patada! ¡Otra patada voladora!

¡El Dragón está siendo castigado! El réferi obtiene su venganza.

¡Qué clase de pelea! ¡La cara del Dragón rebota en la lona, señores!

El Enano lo levanta. Lo avienta contra el filo del cuadrilátero.

¡Qué fuerza oculta la del Enano! ¡Lo saca del ring otra vez!

El Enano me tenía acorralado aquella noche.

Aunque yo conocía su técnica mixta, siempre salía con algo nuevo, algo que solo con sus años de experiencia podía haber conocido.

Esto de la lucha libre es un juego: las peleas son acrobacias que hemos ensayado.

No deseaba hacerle daño. Mientras limpiaban la sangre en la esquina del cuadrilátero, recordé mi infancia y se me hizo un nudo en la garganta.

Sin él, yo no estaría aquí. Sin él, ya hubiese muerto en las calles, violado o asesinado por un pandillero, como sucedió con mi madre embarazada, que murió a golpes al darme a luz.

Sonaron de nuevo las tres campanadas.

—Pero… ¡Miren! ¿Qué está sucediendo? ¡El Dragón tiene una silla en las manos!

¡Esto va contra las reglas, señores! La silla…

El réferi… ¡Cae en la lona con tremendo golpe!

¡Se saca un diente de la boca! Esto tiene que evitarse a toda costa, pero el réferi se ha bajado de la lona.

¡Qué peligro, señores! ¡¿Pero qué pasa aquí?

! ¡No, no, nooo! El Enano toma impulso con las cuerdas, ¡pero el emplumado le revienta la silla en la cara!

¡Qué porrazo! ¿Está noqueado? ¡Demostración de brutalidad total!

Es un ataque desafortunado. ¡Levántate, Enano!

El Dragón Emplumado se sube a las cuerdas.

Señores, esto es un salto suicida. ¡Le cae encima al Enano!

¡Es increíble! ¡Tiene de espaldas al campeón mundial!

No lo puedo creer, no lo puedo creer. ¿De dónde sacó ese puñal?

¡Le arranca la cabellera plateada de un tajo!

El réferi se sube de nuevo a la lona. ¡Uno, dos, tres! Esto se terminó.

***

Cada vez que pongo la radio o enciendo el televisor, está al aire el reprise de la pelea.

Todos los medios hablan de ello. Claro, es entretenimiento y les genera ingresos por millones.

Aquella noche me convertí en un héroe de las masas.

Fui aclamado por los fans y mis redes sociales explotaron en seguidores. Era el objetivo de esa pelea planeada.

Pero mi vida se convirtió en un infierno, aunque los medios aseveraron a la policía que fue un accidente.

Hasta el juez del caso penal se hizo de la vista gorda.

Adujeron que al esquivar la silla, el Enano cayó de cabeza y se desnucó en el ring y se retiraron los cargos por homicidio.

Pero fue mi culpa, sí, fue mi culpa. Por eso me retiré.

Soñé con todas mis fuerzas en obtener el título de campeón y lo logré.

Sería un acto de justicia, mi venganza y redención a través del combate.

El Enano era un gran luchador y, aunque violento, lo echo de menos.

Me bautizó Dragón cuando mi madre dio a luz, pero ella no soportó los golpes que le propinó su asesino.

No merezco vivir desde el día en que la mató.