El innombrable
Acechó entre sombras, apenas visible tras los árboles retorcidos.
Las madres, con su caterva de retoños aferrados a los encajes de sus vestidos, los encerraron en sus cabañas.
Los fundadores de Whispering Creek, con sus sombreros y escopetas en mano, decretaron toque de queda.
Presintieron que las desaparecidas nunca regresarían.
La tormenta arreció. La silueta se recortó contra los árboles iluminada por la luz de los relámpagos, mientras que el padre Francesco se adentró en el bosque, envalentonado, armado solo con su rosario y un crucifijo largo y puntiagudo de metal que le servía de bastón.
—¡Por las ánimas del cielo, te ordeno que te vayas! —dijo, tratando de exorcizar a la oscuridad.
La silueta abrió el hocico largo y húmedo; la sangre recién consumida de sus víctimas goteaba desde los colmillos. El pelaje negro empapado a la luz de un rayo aterrorizó al sacerdote, que irguió la cruz resplandeciente.
—¡El poder de la cruz te enviará de regreso al infierno!
Baile macabro de luz y sombra. El animal saltó con fiereza sobre él.
Lo tumbó en el suelo fangoso. El padre Francesco miró atónito las pupilas rojas y lo sostuvo por el cuello con toda la fuerza de su mano regordeta.
Invocó a santos y muertos con el crucifijo en la otra mano.
A cada dentellada, logró apartar el gaznate.
El animal se enredó en el rosario que Francesco portaba en el cuello y agitó el hocico viscoso para librarse.
Entonces sintió la cruz, que terminaba en punta, clavada en el vientre.
El aullido resonó en el bosque. La silueta de perro se perdió en la oscuridad, dejando tras de sí los cuerpos níveos, desnudos y sin entrañas de dos de las adolescentes.
Francesco besó el crucifijo ensangrentado y se ayudó con este para ponerse en pie. Corrió por su vida. La panza ondulante y las sandalias resbalosas por el lodazal lo hacían presa fácil. Salió del bosque bajo la tormenta.
***
Al otro día, y de regreso a Whispering Creek, contó su hazaña.
Los pobladores lamentaron las muertes y, a su vez, respiraron aliviados al verse libres de la amenaza, al menos por un tiempo.
Pero la hija del gobernador seguía perdida.
Aunque hirió al adversario, Francesco se enfrentó a una crisis de fe.
Cuando experimentó el poder de vencer a la oscuridad, se preguntó si el asesinato de las adolescentes era la voluntad de Dios.
Le atormentaba el hecho de que aquello podría haber sido un sacrificio para ponerlo a prueba.
Sin pensarlo dos veces, el gobernador Horner ensilló sus mejores caballos y se internó en la espesura del bosque con una veintena de sus hombres y el sacerdote.
Cuando llegaron al atardecer, encontraron los cuerpos destripados.
Horner miró la carnicería con rabia. El padre Francesco se santiguó y se acercó a los cuerpos.
Besó la cruz de metal, la clavó en el fango y suplicó:
—¡Oh, dador de vida, concede el descanso eterno a estas ovejas de tu rebaño! —Los hombres atrás de él soltaron lágrimas duras.
Calma tras la tormenta. Envolvieron con mantas los cadáveres y los subieron a la montura asegurándolos con cuerdas. Un jinete los llevó hasta la ermita, donde esperaban las madres dolientes.
Encendieron antorchas y la búsqueda de la tercera jovencita se inició esa misma noche.
Con hachazos poderosos y desesperados, tiraron abajo medio bosque para hacer un trillo.
El sacerdote caminaba tras ellos, mirando pinos y abedules caer a sus lados, negando con la cabeza y con las manos tras la sotana.
Eliminar el escondrijo fue la estrategia de Horner.
La luna les iluminó las caras al caer el último árbol, que formó un camino hasta el lago.
Las botas embarradas los llevaron hasta una tienda de campaña y una fogata reducida a un montón oscuro de leña hinchada.
Dos vestidos yacían en jirones, ensangrentados, como si algo los hubiera desgarrado, salvo uno, intacto entre los restos. Horner ordenó:
—¡Al agua, todos! ¡Es posible que aún esté nadando y con vida!
Sombreros, botas y chaquetas volaron. Los hombres azotaron la calma del lago con faja y pantalones.
El agua helada los hizo bucear con bríos.
El gobernador y el sacerdote se quedaron vigilantes a la orilla frente a la luna llena.
De pronto, oyeron unas ramas quebrarse. Francesco miró la silueta de Horner cargar la escopeta y giró tras de sí.
Vieron un perro negro resplandeciente bajo la luna, enorme y hocicudo, que salió de lo que quedaba de bosque y se acercó hacia ellos.
Movió la cola, jadeando, babeando, manso, con el rosario viscoso y enredado entre sus colmillos. Francesco sonrió.
Horner disparó el arma con lágrimas de resignación.