HISTORIAS DEL ÁNGEL CAÍDO Las Furias
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Las Furias

Vicente cargaba su valija como si pesara toneladas.

Caminaba a diario hacia el parqueo mirando escaparates, admirando en el reflejo su melena ensortijada de color marrón profundo, su barba con apenas canas y su cuerpo fornido entallado en un traje gris de cachemir.

El trabajo como supervisor en un banco rendía frutos.

Esa tarde entró al museo por impulso. Gastarse unos eurillos en cultura en vez de conducir a casa en medio de un embotellamiento le daría un respiro del caos de oficina.

Puso obediente las manos atrás y recorrió sereno las galerías, con la barbilla alta y sonrisa de ganador.

Miraba escéptico el tenebrismo rojo y oscuro de Tiziano: desnudos con apenas tela en la entrepierna, brazos fornidos en escorzo, manos extendidas tratando de escapar del lienzo, un barbudo encadenado al tobillo mientras un buitre devora sus entrañas, personajes con caras desgarradas por el dolor, un dolor que para Vicente era solo ficción.

Caminaba ensimismado y se detuvo ante una pintura. Fijó la mirada al centro. La imagen de un monstruo con cara de perro, asomado tras una enorme roca, lo vigilaba.

—¿Qué me miras? —le susurró en son de broma al monstruo, entrecerrando los ojos.

—No te miro. Te espero.

Dio un sobresalto al escuchar la voz tenebrosa, se tocó la frente y un mareo casi lo tumba.

Un tirón en su pecho lo retorció. Una mueca involuntaria.

El cuadro parecía moverse. Las pinceladas cobraban vida.

Se aferró a la moldura dorada y ornamentada.

Los ecos de los pasos de vigilantes se aceleraron.

El cuadro de Sísifo se inclinó unos grados y quedó tambaleante, pues Vicente rastrilló los dedos sobre el horizonte craquelado.

El óleo tornó pastoso al toque y su mano se hundió de pronto en el pigmento fresco y aceitoso.

—¡Hey, usted! ¿Qué hace? ¡Deténgase!

Antes de que los tres vigilantes intentaran apartarlo del cuadro, se desmayó y, en el momento en que se iba a desplomar, una fuerza ominosa lo arrancó del suelo y lo arrastró hacia el lienzo.

***

Cuando Vicente despertó, vio que sus mocasines resbalaban en una pendiente de piedrecillas, mientras que sus manos soportaban con toda la fuerza algo pesado sobre su cabeza. Giró los ojos hacia arriba. Sostenía una gran roca.

—¡No puede ser! —murmuró Vicente.

Una voz resonó detrás de él:

—¿Recuerdas ahora quién eres? —rezongó entre los colmillos curvados de su hocico aquel monstruo con cara de perro.

Vicente apoyó la roca en su hombro y apenas logró girar la cabeza. El monstruo le miraba con ojos desorbitados entre rictus burlones. Tras de él asomaron dos más: una mamba negra y un gallo tiznado de gran cresta. Reían a carcajada limpia.

—Esto es un maldito sueño. Debe ser porque estoy… cansado —dijo, reacomodando la roca en la espalda.

—No, Sísifo. Estás atrapado. ¿Es que no lo entiendes, imbécil?

—¿Sísifo?

Las imágenes cruzaron su mente: un castigo eterno, una roca que nunca llega a la cima, un esfuerzo inútil.

—No, no y no. Soy Vicente y tengo… reuniones, reportes, inversiones, pagos…

Las carcajadas retumbaron en la montaña de piedra, bajo el cielo negro.

—Y esa roca, majadero, ¿es que no la subes todos los días? ¿Es que no la cargas de lunes a lunes, sin una merecida interrupción?

Vicente titubeó. El monstruo tenía razón. El despertador a las cuatro, el tráfico, filas de cubículos, los rostros pálidos de sus subordinados con las narices pegadas a las pantallas, risas hipócritas en los pasillos, el ciclo interminable de correos electrónicos.

—Entonces, ¿qué quieres de mí, monstruo insolente?

—Calma, calma, no me trates así. Solo quiero que vuelvas a ser tú.

Vicente flexionó las rodillas y no soportó el peso.

Se desplomó hacia atrás con todo y roca y descendió rodando entre piedrecillas hasta chocar con un crestón de la montaña.

La roca de Sísifo siguió cayendo por la ladera hasta perderse en la oscuridad.

El hombre, sintiéndose un debilucho al no ser capaz de soportarla, se incorporó limpiándose el polvo del traje y se ajustó la corbata sobre la camisa empapada en sudor.

Intentaría bajar. Volteó hacia atrás y miró el fondo oscuro de la montaña; aún estaba cerca de la cima.

Sin embargo, la galería del museo de donde había venido se veía enmarcada en dorado en un horizonte negro y vacío.

—¡La moldura, es la moldura! ¡Me liberaré de estas alimañas!

De inmediato corrió entre las piedras y, antes de que pudiera saltar y aferrarse al marco, escuchó aquella voz siniestra:

—¿De verdad crees que escaparás de aquí?

El suelo rocoso cedió en una avalancha. Al ir cayendo sobre su espalda en el aluvión pétreo, vio proyectados sus recuerdos sobre los pedruscos que rodaban: el Aston Martin, el dinero ganado en su divorcio, la colección de propiedades a su nombre, los alquileres exorbitantes que cobraba…

Las rocas chocaban entre ellas, se fusionaban y crecían formando una sola roca inmensa.

Vicente golpeó en seco la base de la montaña.

Allí estaba de nuevo la gran roca, su propia roca, esperando.

El perro, el gallo y la serpiente flotaban entre risas burlonas alrededor de él.

Los apartó de un manotazo. Con el traje raído y el cuerpo marcado por raspones sangrantes, se echó al hombro la roca y emprendió, resignado, el ascenso.

***

Los vigilantes, atónitos al ver desaparecer al hombre, enderezaron de nuevo el cuadro. Revisaron la moldura intacta.

—A eso le llaman happening —dijo uno, tocando la visera de su kepis.

—Creo que más bien se trata de una performance —dijo otro levantando la barbilla con aire intelectual.

—¡Estos artistas están cada vez más locos! —añadió el tercero y regresaron a sus puestos entre risas.

Unas señoras que visitaban el museo aquella tarde notaron una gran roca que sobresalía de entre los estantes retorcidos del guardarropa.

—Arte efímero, recontextualización del espacio —dijo sonriente la encargada de la consigna.

Tomaron sus tiquetes de consigna y asintieron asombradas ajustándose las gafas y siguiendo hacia la galería.

La exposición de las Furias se mantenía estática, con los imponentes lienzos de hombres fornidos atacados por demonios de ojos saltones, equilibrándose entre peñascos, luchando para no caer.

Al fondo, la figura de un Sísifo encorbatado lucía la barba con apenas canas.

Parecía girar los ojos hacia afuera, como suplicando ayuda.

Las gotas de sudor pintadas en la frente tenían un aspecto realista.

Levantaba con esfuerzo una valija enorme, raspada y golpeada, en lugar de una roca.