HISTORIAS DEL ÁNGEL CAÍDO Tierra prometida
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Tierra prometida

Me acuclillé entre escombros y cuerpos incinerados.

El polvo rojizo tras el estallido borraba el horizonte desde la fachada ahora inexistente.

Sacudí la cabeza y el polvo se dispersó entre las varillas expuestas.

Los restos de hormigón cayeron hasta el piso de abajo, donde unas voces se acercaban en medio de un pitido en mis tímpanos.

Me escondí tras las grietas de una pared desvencijada en el segundo piso del hotel en Bagdad que regentaba.

Temí por mi vida; quizá eran sobrevivientes hambrientos que venían a saquear.

Se detuvieron frente al derruido hotel y esperé a que se fueran mientras escuchaba lo que decían.

—Siempre meditabundo, Amesh —dijo la voz lejana—. El cielo aún sangra sobre las ruinas. ¿Es lo que querías? Mi estupendo sol apenas se filtra entre tu neblina roja de destrucción.

—No, solo pensaba en lo que les hiciste a los malditos humanos con tu luz, la de ese sol perfecto que dices.

—¿Que yo hice qué? Admite tu culpa, Amesh. ¡Tú les diste las armas, el fuego!

—Siempre fuiste un ingenuo, Eon. Iluminas mundos, pero los ves relucientes solo desde arriba. Mira el resultado. Ya no hay gente hincada suplicándote, esperando a que desciendas inmaculado y que abras tus alas blancas y salvadoras.

—Los salvé una y otra vez —suspiró Eon—. ¿Recuerdas cuando hice levantar esos palacios perfectos, con sus patios abiertos, con sus torres y sus cúpulas doradas? Les di un camino, mi protección, mi doctrina. Pero tú, Amesh, los volviste contra mí.

—No es mi culpa. Les diste todo, pero los cegaste. En cambio, yo les ofrecí la oportunidad del conocimiento, de encontrar su propio camino. ¿Y sabes qué pasó? Tus humanos fueron incapaces de comprender tu perfección divina y se rebelaron con sus armas. Yo no los obligué.

«¿Obligarnos a qué?», pensé, y asomé un ojo entre la grieta.

Los patanes que discutían a unos veinte metros de mi escondite ¡estaban desnudos y tenían alas en la espalda!

El de alas blancas, en pie, las movía despacio, como abanicando su cuerpo andrógino.

El otro, con las alas replegadas sobre el torso varonil, negro y peludo, limpiaba la ceniza de los cuernos en su cabeza de cabra, sentado sobre el borde de una muralla derrumbada mientras conversaban.

Si fueron enviados del cielo, estaba salvado.

Me sacarían de este infierno y me llevarían a la tierra prometida.

El pitido en mis oídos perdió fuerza y escuché mejor.

—Es fácil decirlo —contestó el blanco, y volteó la cabeza rubia hacia mi escondite. —Me eché para atrás y el corazón se me atravesó en la garganta.

—Desde lo alto los vi destruyéndose, Amesh —continuó—. ¡Solo querías divertirte desde tu trono de fuego y brasas! Los dejaste quemarse con sus tanques y municiones.

—¡Bah! Solo querías un rebaño de corderos obedientes, Eon. ¡Era obvio que se iban a destruir! Tus humanos impuros no eran angelitos, ni mucho menos serafines. También tienen un pedazo mío dentro. ¿Lo olvidaste?

—Nunca quise su perfección, pero tampoco los quería calcinados. Solo quise darles mi amor.

—¿Amor? —dijo el patas de cabra y escupió—. El amor fue su maldita cárcel. En cambio, mi fuego los redimió. El fuego purifica y después… se renace.

—Amesh, nada queda después del fuego. ¡La radiación tardará siglos en desaparecer!

—La nada es el mejor renacimiento —dijo el peludo mostrando los colmillos y volteando hacia mi escondrijo.

«¡Mierda, me descubrieron!» Me acuclillé y me armé con un pedazo retorcido de tubería. «Si no me devoran, los devoraré yo». Pero siguieron su charla. De seguro no me vieron y volví a la grieta.

—¿Es que no entiendes, Eon? La ciudad ya no es tu jaula de reglas. Ahora es libre.

—De nada les sirve ser libres y muertos.

El pajarraco blanco señaló a los cuerpos calcinados alrededor, aún humeantes, y continuó.

—En su universo tridimensional, todo es luz y sombra. Ellos eran ambos, parte tuya y parte mía. Aquí no estamos en la dimensión de lo etéreo y tú lo sabes. Para ellos fueron milenios y para nosotros ni un siglo.

—¡Pero disfrutaste verlos arder! Eres un cínico, Eon.

—Admito que gocé el espectáculo de pirotecnia. Cuando el fuego nuclear arde sobre la superficie, también es luz, y es majestuoso. ¿Y ahora qué, Amesh? La Entidad Suprema nos dio la responsabilidad sobre este mundo.

—No es el fin. La devastación es el inicio, aunque será un arduo trabajo repoblar todo esto, Eon —dijo el cabro.

Se puso en pie y tomó al blanco por el hombro, se quedó pensativo y continuó:

—Quizá estuvimos equivocados durante milenios. Tú con tu luz cegadora y yo con mi fuego transformador.

—Nos necesitaban a ambos, Amesh. Éramos sus dioses y los abandonamos a su libre albedrío. La luz fue su sombra.

Mi ojo en la grieta quedó fijo al horizonte rojo y cenizo. Un paso en falso me sacó de mis divagaciones y resbalé en un tobogán de escombros que terminó de demoler el segundo piso. Me transportó hasta la base del edificio.

Se volvieron hacia mí con el semblante severo y adoptaron una postura defensiva.

Con las manos llenas de cortes, me aferré al tubo de cañería que cayó arrastrado conmigo.

Me incorporé y con los brazos hechos jirones lo blandí, dando estocadas al aire con la fuerza implacable de Marduk y de Gilgamesh.

Los amenacé gritándoles como un troglodita, pero el tubo resbaló en la sangre de mis manos y levantó sonoro el polvo y las cenizas.

Ni se inmutaron. Quedé paralizado del miedo. Me cremarían con el solo rayo de un dedo. Pero desplegaron las alas y desaparecieron de un salto en el sol turbio. En ese instante, un pensamiento nítido, una doble voz espeluznante iluminó mi psique:

«Tu infierno será la tierra prometida».