HISTORIAS DEL ÁNGEL CAÍDO El murmullo de Kage-Oni
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El murmullo de Kage-Oni

Se alejó chapoteando sobre el vaivén de las olas.

Con apenas cuatro años, su hijo pequeño ya andaba confiado en las cubiertas de los barcos, entre las redes, las cañas de pescar y los cangrejos que se deslizan por la arena empapada.

Mientras subía la marea, Akira se ocupaba de enrollar los anzuelos iluminados por la luna llena y guardarlos en su mochila. Buena pesca.

Levantó la cesta repleta de peces aún retorciéndose, la bajó de su bote de madera y la posó en la arena.

Se limpió el sudor de la frente con el antebrazo y miró a Takeshi, quien caminó unos cien metros, perdiéndose entre los botes.

Corrió a traerlo a su lado; debía cuidarle de los pescadores ebrios de sake y protegerlo del acecho de malandrines y prostitutas.

Lo buscó en el horizonte y logró verlo entre los barcos anclados, pero una sombra misteriosa se expandió sobre el mar.

El niño desapareció tras el destello de un relámpago que chasqueó en las puntas de los mástiles.

***

En el pueblo pesquero de Wakasa-Wada, la vida fluye al ritmo suave de las olas que acarician la costa.

El rostro curtido de Akira delata su experiencia.

Armado con redes y anzuelos, se adentra noche a noche en el mar en su pequeña embarcación, silbando y contando relatos de tortugas y princesas bajo el océano a Takeshi.

La pesca nocturna dio sus frutos y, a los primeros rayos del sol, el bullicio invadió el mercadillo. El aroma intenso y salino capturaba a los clientes. Desplegaron el toldo. El pequeño disponía las montañas de pescado fresco sobre el hielo que su padre trituraba.

Vivían un tiempo de bonanza. Sin embargo, entre los puestos de pescadores acechaba el temor. Hablaban de sombras ondeando entre velas. Los onis emergían del mar, deslizándose entre las sombras de las antiguas callejuelas, ocultos por la penumbra de la noche.

Algunos que se tambaleaban ebrios por el puerto aseguraban ser testigos de espectros con ojos como candiles acechando niños.

Unas mujeres que remendaban redes juraron oír murmullos en el viento, presagiando ofrendas de sangre.

El espíritu de Kage-oni vivía entre barcos y callejuelas, alimentándose del miedo de aquel pueblo.

El misterioso día en que Takeshi desapareció entre los botes, Akira se desmoronó bajo la mirada ominosa de la luna, golpeando con desesperación la arena con los puños.

Enfundó su katana, dio un último sorbo a su botella de sake para armarse de valor y se dirigió a su bote.

Se adentró en el mar hacia una pesca sobrenatural.

La vela se agitaba entre sombras danzantes.

Continuó aferrado a sus remos, decidido a rescatar a su pequeño.

No tenía idea de la forma o la dimensión de su presa.

Navegar detrás de un mito. Dejó los remos y bajó la vela.

La luna estaba esplendorosa en las aguas quietas.

Se asomó por la borda, al menos para encontrar el cuerpo hinchado de Takeshi y darle sepultura, pero vio algo insólito.

Unos ojos resplandecían ominosos bajo el agua, opacando los reflejos de la luna: Kage-oni le esperaba en su morada submarina.

Akira se arremangó la camisa, aseguró la funda con la katana en su espalda, se quitó las sandalias y se zambulló con todo y pantalones.

A cada brazada hacia las profundidades, su presencia lo contaminaba todo a su paso: pececillos y calamares huían aterrorizados, y las corrientes con plancton se retorcían frenéticas, como si el propio mar temiera la presencia del humano asesino de su mundo.

Llegó a una caverna sumergida donde la luz de la luna es inútil y donde corrientes de aire cuentan antiguos secretos.

El interior era claustrofóbico, aunque el ambiente era respirable.

Un capricho geológico la formó con magma derretido bajo el mar, dejando ventilas abiertas en la superficie, fumarolas que emergieron en una isla lejana.

En la oscuridad, palpó a los renacuajos y a uno que otro cangrejo ermitaño atrapado.

Las yemas de sus dedos sintieron las paredes húmedas y tibias, como lenguas vivientes, como sangre de peces recién fileteados.

Dos ojos centellearon amarillos al notar la presencia del intruso.

Akira los reconoció en el acto y desenfundó la katana: eran los ojos de Umibōzu, un oni colosal que emerge en noches tormentosas para naufragar barcos.

Pero en esa cueva era tan pequeño como un sapo.

Su enorme poder solo actuaba sobre la superficie y Akira no lo pensó dos veces.

La katana silbó sobre el cuello del oni y le arrancó de tajo la cabecilla negra, apagando los ojos saltones.

Sobre las paredes profundas, resplandeció una docena de luces amarillas.

«Serían guardianes», dedujo y, como un ninja del mar, saltó sobre ellos.

Degolló a giros certeros gargantas y torsos, cuyos cuerpos deformados se desvanecieron en humo negro.

Clavó su katana en una fisura del suelo volcánico y se apoyó en la empuñadura.

Limpiaba el sudor de su frente con la manga de la camisa cuando sonó un chapoteo.

Algo voluminoso golpeó el agua estancada y salpicó sus pies.

Un pez gato del tamaño de un arrecife saltó y se sumergió de nuevo, haciendo temblar la cueva.

El hombre se agachó y se cubrió la cabeza. El pez gato saltó de nuevo. Rocas ígneas se desprendieron. El terremoto cesó y el oni Namazu permaneció quieto y flotante como una barcaza con bigotes. Lo iluminó con su tentáculo bioluminiscente y le dijo con una voz gutural:

—He aha kāu hana ma ʻaneʻi?

«¡Es la lengua prohibida!», pensó Akira y, contestando a la pregunta sobre el motivo de su irrupción en la cueva, le contestó furioso:

—¡Devuélvanme a mi hijo!

—E nana i hope —dijo Namazu, invitándolo a que mirara hacia atrás, sin poder ayudarlo.

El hombre giró aterrado a sus espaldas. Los ojos relampagueantes de Kage-oni iluminaron la cueva por completo, mientras que Namazu desapareció tras un sismo en el agua. Desenvainó una vez más su katana y la empuñó con las dos manos.

La figura imponente de Kage-oni se alzó en el centro de la caverna.

Tentáculos gelatinosos y purpúreos emergieron de su panza enorme y se retorcieron con gracia serpenteante, rozando las paredes de la caverna.

El hombre le apuntó al estómago, dispuesto a atravesarlo.

Sin embargo, y para su asombro, la cabecita de Takeshi asomó del enorme ombligo, apretado como ventosa húmeda.

Con los ojos casi fuera de sus cuencas, la carita amoratada sobresalía del centro de la estrella de doscientos tentáculos, iluminada desde arriba por los propios ojos electrificados del monstruo marino.

El niño escupió tinta negra y gritó como poseído:

—¡Ke kali nei ʻo Kage-oni i kāna mōhai! —Es decir, «Kage-oni espera su ofrenda».

Las gárgaras sonaron como palabras. Sin darle tiempo a su padre para descifrarlo, la masa de tentáculos excitados rebotó en la cabeza de Akira, estrellándolo contra la pared cavernosa.

Un relámpago de ojos lo remató en el suelo.

El niño se atragantaba entre risas con sus gárgaras de calamar y miraba los destellos como si fueran chispas de un espectáculo pirotécnico.

Los rayos persistentes electrocutarían al intruso, pero logró incorporarse.

Reflejó con la katana los rayos que rebotaron a lo largo del filo y penetraron la masa gomosa en medio de los ojos.

Asestó cientos de tajos. Tentáculos pegajosos colgaban de la techumbre magmática, trozos de pulpo y calamar se retorcían entre los renacuajos.

El monstruo empezó a disolverse en una baba, mientras que el niño reapareció, dormido y envuelto en la masa gelatinosa.

Levantó al pequeño por las axilas y le limpió la tinta que aún brotaba de su boca.

Lo abrazó. Con las mangas largas de su camisa, improvisó un zurrón que se ató al cuello para envolver a su hijo, como cuando era un recién nacido.

Se puso la katana entre los dientes y se impulsó fuera de la cueva a brazadas firmes, atento a no dejar escapar el aire de sus pulmones.

—Lawe wau iā ʻoe? —dijo el pez gato entre burbujas, que apareció como un colchón negro bajo ellos, ofreciéndose llevarlos como transporte submarino.

Akira solo agitó la cabeza en las profundidades y accedió al ofrecimiento de escoltarlos a la superficie. Se aferró al tentáculo bioluminiscente y las aletas enormes se agitaron vertiginosas.

Emergió al amanecer, entre sismos, victorioso, con su hijito en brazos. Lo acostó en la playa para oprimirle el pecho sobre la arena humedecida por las olas. Tos, tinta y agua.

—¡Hijo mío, respira, anda!

—Cof, cof… ¡Papá!

Empapados los dos, el pescador lo miró con pena y lo acurrucó en su regazo.

Le besó la frente y, al contacto con la piel del niño, un zumbido electrostático recorrió el cuerpo de Akira.

Su cabello lacio se erizó en puntas centelleantes.

Takeshi sonrió con un gesto irónico e iluminó con sus ojos de relámpago a los de su padre.

Sacó su viscosa lengua entintada y murmuró con voz arisca:

—Ke kali nei ʻo Kage-oni i kāna mōhai.