Ángel de la guarda
Al despertar, se da cuenta de su estado lamentable.
Con un grito desgarrador, logra levantar su antebrazo enyesado y se palpa la cabeza enrollada en vendas.
La sangre seca se desmorona dejando virutas negras en la almohada.
Con la lengua siente los dientes quebrados, afilados como mandíbulas de artrópodo.
Levanta el cuello, que traquea al unísono con sus gimoteos.
Enfoca la vista en la pierna levantada con un soporte colgante.
Platinas, pines y tornillos apretados contra tibia y peroné.
Envuelto en un ovillo de gasa blanca que aprieta el cuerpo fracturado hasta la clavícula.
***
Pobre de él. Nunca imaginé llevarme al cielo un alma así, de un cuerpo tan dañado.
Aquella madrugada, aquel chico voló cincuenta metros por el aire al cruzar una autopista, drogado como siempre, con aquellos amigos luciferianos que lo acompañaban.
«¡Quiero volar!», les rogaba, y ellos cumplieron su deseo.
Yo solo miraba con los brazos cruzados lo que hacía.
Era su libre albedrío, su derecho de escoger. No podía intervenir en sus acciones.
El camión que lo embistió dejó su cuerpo inmovilizado sobre el pavimento.
Por fortuna, logré desviar con telequinesis el eje de dirección hasta estrellarlo contra la barandilla de la autopista.
Le hubiese pasado encima y terminaría destripado.
Es lo que hacemos los ángeles. Si no le hubiese salvado la vida, me habrían degradado al rango de angelillo.
***
El quirófano, medio oscuro, apestaba a alcohol de fricciones. La cortinilla verde que separaba al chico del cubículo de enfermería no dejaba pasar mucha luz. Me mantuve invisible, al borde de la cama, siempre junto a él. Es lo que hacemos los ángeles.
La enfermera corrió la cortinilla y encendió la luz circular sobre el cuerpo del chico.
Se acercó y lo miró con pena. Le volteó la cabeza hacia el pecho, sobre la bata blanca y esterilizada, y le abrió un párpado.
Con una lucecilla en punta como un bolígrafo, le examinó la pupila, que se hizo diminuta.
El chico gimió. Ella lo miró más de cerca.
Sintieron los alientos. Le puso un termómetro en la boca y, tras unos segundos, lo retiró y lo levantó para comprobar la medición.
El anillo de luz del quirófano se reflejó en los ojos azules de la enfermera.
Puso el termómetro en la bandeja del instrumental y lo cambió por una jeringa.
Apuntaló la ampolleta, cargó la dosis del sedante y comprobó la aguja dejando salir una gota.
Perforó con firmeza la vena en la zona interna del codo del chico, que empezó a dormirse hasta quedar inconsciente.
—Estarás bien —le susurró al oído la enfermera.
Pero el tono quebrado de su voz no me convenció. Ajustó su trenza rubia bajo el gorro quirúrgico y, de un tirón que hizo rugir los ganchos en la varilla de metal, cerró de nuevo la cortinilla de privacidad.
Quizá sea una obligación profesional de las enfermeras hacer que los que están por abandonar el planeta se sientan a gusto.
Aeromozas entrenadas para asistir en los viajes celestiales facilitan nuestra tarea angelical antes de llevarnos las almas de los muertos a los juicios.
Los afortunados renacen, y si fueron compasivos con sus semejantes, quizá los magistrados celestiales los asciendan un peldaño en la evolución y los conviertan en angelillos principiantes.
Esta enfermera sería una buena candidata.
Pero este chico… ni idea. Esperaré a ver si sobrevive.
***
No pude llevármelo. «¡Será reencarnado hasta que aprenda la lección y ponga los pies sobre la Tierra!», sentenciaron los del cielo.
Vaya que tuvo suerte. No sabía que a los humanos se les permitía transmigrar las almas a insectos.
Aún me tocará cuidarlo hasta que abandone el mundo.
Ansiaba entregar su alma traviesa y negligente.
Que me lo cambiaran por un monaguillo o por alguna rezadora empedernida, para facilitarme el trabajo.
Ahora cuido un capullo que cuelga de una rama. ¡Vaya forma de degradarme! Y yo que quería pertenecer al concilio de arcángeles… Qué le vamos a hacer.
Sus alas crecen vigorosas. Se apretujan dentro del caparazón.
Vibran en su interior haciendo chirridos como de cigarra.
¿Será cigarra o langosta? No lo sabré hasta verlo salir de la pupa.
Los ovillos de seda parecen fuertes, como las vendas que le envolvían el cuerpo en la cama del hospital.
Sus extremidades, con cicatrices, tornarán verdes, con seis brazos. Serán patas, quizá.
Ya asoman las mandíbulas, han roto la pupa. Cuando salga volando, será capaz de devorar hojas, bosques enteros. Otro dolor de cabeza para mí. Ahora tendré que cuidarlo de campesinos, zapatazos e insecticidas. Es lo que hacemos los ángeles.