Kezabel
«¡Isla maldita y malditos ángeles caídos que se mofan de mis alas diminutas! ¡Odio a este diablo emplumado que me obliga a profanarla!».
***
Cuando tuve mis cuernillos y alas recién formadas, apareció un ángel con cuernos en espiral que salían de las sienes.
Sus alas plegadas le cubrían el torso y parte del cuerpo negro carbón, un manto de plumas verdes y manchas rojas que emergía de los omóplatos.
Me doblaba en tamaño, musculoso y desnudo.
Sentí escalofríos de ver ese falo enorme como de toro.
Percibí su aire sombrío. Con las garras me tomó por las axilas y volamos dejando atrás el monasterio.
A lo lejos emergía una montaña conforme nos acercábamos, cuando un vórtice arremolinado en la ladera de piedra se abrió como un portal a otro mundo. Lo atravesamos.
Entramos en una caverna plagada de ríos de lava que comunicaban lechos volcánicos.
El ángel se zambulló en la materia ígnea y pensé que iba a morir calcinado, pero fluimos veloces transitando los túneles incandescentes en nuestra forma etérea.
Salimos volando entre explosiones piroclásticas de rocas y gases por un cráter.
El ángel flotaba en el aire agitando sus alas verde esmeralda y me liberó en una zona rocosa a la altura de un volcán.
Descendió a la par de mí, escudriñándome con la altanería de su cara negra.
Nos sentamos sobre las rocas a ver la erupción.
Por el sonido de tambores y ocarinas deduje que habíamos llegado a una isla.
Entre el fuego, vi aparecer las siluetas de cientos de seres cornudos y alados como él.
Danzaban celebrando yo no sé qué. Copulaban con lo que me pareció que eran nativas de una tribu y, mientras era testigo de aquellos gemidos estridentes, pensé:
«Este cornudo debe ser un soldado de Lucifer.
No tengo idea de cómo atravesamos ese maldito volcán.
¡Ni sentí dolor aunque mi cuerpo se quemara y se volviera carne otra vez!
Ese manto de plumas de quetzal es de verdad hermoso…
Y tiene la piel tan negra, como si lo hubiesen sacado de las brasas.
Ese pene de toro es escalofriante. En cambio, yo, con estos cuernillos en mis canas greñudas, desnudo, viejo y enclenque, intentando tapar mi cuerpo miserable con estas alitas de polluelo saliendo de los omóplatos. ¿Me irá a violar como a esas nativas?».
Junto a él, percibía su nivel metafísico.
Era superior. No hubo palabras mientras mirábamos la orgía en llamas.
Desde lo alto observábamos el magma arrasando los palenques de la isla.
Una nativa, con los senos al aire y vestida apenas con una falda de yute, apareció de entre las rocas con un ánfora en una mano y dos copas doradas en la otra.
Con un gesto pausado, se inclinó ante mí.
Tomé una de las copas y vertió el contenido oscuro.
Hizo lo mismo con el ángel y volvió corriendo a esconderse entre las rocas.
Entre sorbos de aquel vino de gusto ferroso, el ángel me dejó leer su mente.
«¿Lees mis pensamientos sin problemas, Franz?
Soy Kezabel. Siénteme en silencio. No te alteres si percibes algo incoherente.
Soy de la estirpe de los ángeles caídos.
El ego de tu dios nos desterró a tu planeta.
Vivimos aquí para enseñar a los hombres el arte de la guerra.
¡Qué ganas de devorarte de una vez, Franz!
Ja, ja, disculpa mis pensamientos, pero clavarte un cuerno en el abdomen sería placentero.
Tu dios nos considera rebeldes. ¡Absurdo!
Solo ampliamos su ejército para protegerlo de las estirpes de otros mundos».
Su telepatía era impecable. Me alegré de estar de su lado. Con mi pensamiento, le interrumpí:
«En la Tierra, ustedes son percibidos como seres malignos, pero no lo son. Les agradezco que enseñaran al Homo sapiens el fuego, la agricultura, los jeroglíficos…».
«Tienes razón, curita. Somos unos monstruos pervertidos.
¡Quiero más vino! La frustración humana nos hace indeseables.
Adorador de Satanás, ja, ja, ¡como si fuésemos los adversarios!
Es que ustedes siguen ignorantes… ¡Mira a aquel, cómo desvirga a esa nativa!
¡Quiero yaaaa, sangre fresca! Eh, Franz, quita esa cara de espanto».
«Yo… yo… solo pretendo saber… ¿Me vas a sacrificar para Lucifer?»
«¡Calla tu mente, clérigo bastardo! Soy yo quien piensa. La horda de ángeles caídos es insuficiente. Lucifer no puede contra millones de humanos. Solo nos quedan pueblos primitivos para adoctrinar. ¡Qué placer expandir la estirpe! ¿No lo sabes? Hoy te iniciarás, mi estúpido Franz».
«Tu mente es traicionera, Kezabel. No soy el curita que piensas. Leo los códices prohibidos por la Iglesia, ¡pero ustedes siguen siendo bestias con alas oliéndose el trasero para procrear!»
Kezabel continuó acicalándose las plumas verdes plegadas sobre el brazo con sus garras. Su cara negra volteó a verme. Sus ojos ígneos y enfadados penetraron los míos. Aquella presencia imponente disminuyó el poco valor que pude juntar.
«Este engendro maldito quiere violarme», pensé. Kezabel mostró una sonrisa esquiva al leer mi pensamiento.
Varios de los ángeles volaron desde el cráter.
Agitaban las alas como de guacamaya, con matices rojos, azules eléctricos y toques amarillos, incrustadas en sus cuerpos negros como tinta, desnudos y viriles.
Un cornudo se me acercó, traía una nativa entre los brazos.
No me dejó leer su mente. Se mostró compasivo al verme acuclillado, desnudo y frágil con mis alas de perdiz.
Dejó caer a la jovencita morena frente a mí.
Recostada en el suelo pedregoso, me miró con sus ojos de obsidiana, eructó y dejó salir una risilla desenfadada.
Se tocaba con sensualidad el cabello negro ensortijado.
Parecía ebria. El cuerpo quemado y con llagas.
El ángel cornudo la despojó de sus harapos humeantes.
La puso boca arriba y le abrió las piernas para mostrarme su vulva.
Mis ojos avergonzados voltearon de lado.
Una tormenta de principios morales retumbó en mi cabeza y me negué a desflorarla.
«No soy un animal para oler sus partes».
Mis alas y mis cuernos se tornaron en fuego.