El vino de Aluqah
Deambulaba por las callejuelas iluminadas por candiles de aceite y tropecé en la penumbra con alguien que me pareció conocido. El hombre corpulento de cabeza calva y traje negro me gritó amenazante:
—¡Eh, imbécil! ¡Fíjate por dónde andas!
—¿Ah, sí? ¡Entonces quítate de mi paso, grandullón!
En vez de pelear, se me quedó viendo a la cara iluminada por el candil, tomándome de la greña negra para escudriñarme.
—Vaya, vaya, pero ¿no eres tú el enanín matoncito de la secundaria? ¡Si los años no te han cambiado, ja, jaaa! ¡Sigues igual de buscapleitos!
—¿Aaah? Seré pequeño, pero no cobarde. ¡Y a ti qué te importa, cara de culo!
—¡Más respeto, cabrón, que te bajo los dientes de un puñetazo!
—¿Y tú quién eres, bola de carne?
—Ja, jaaa. ¡Pero si eres el mismísimo diablo! ¿No te acuerdas de mí, enanín?
«Solo le acepto a un desgraciado que me trate de enano… Debe ser… debe ser…».
—¡Ah, si eres tú, gorilón de mierda! No te reconocí con esa cabezota lisa. ¿Qué fue lo que te pasó, malnacido? ¿La seborrea te comió las greñas?
—¡¡¡Malnacido, eso lo serás tú!!! Andas tambaleándote. ¿De dónde vienes, pulga insignificante?
—No molestes, que ni sé adónde voy. Solo busco un lugar para seguir bebiendo, pero en estas malditas callejuelas ya cerraron las tabernas.
—Sigues siendo un testarudo. Ven, vamos, que conozco un lugar que nunca cierra.
«Ahora me acuerdo de este babiecas. Es aquel cabezotas que expulsaron del colegio. Se hizo enorme el cabrón. Vamos a ver con qué babosada me sale».
Sabíamos a lo que íbamos. Me guio poniendo su manaza sobre mi hombro huesudo, como cuando éramos adolescentes. Caminamos por la acera adoquinada hasta donde no había más candiles.
—¡Hey, maricón, no me pongas la mano encima que no soy tu puta novia!
—¡Ja, jaaa! ¡Después de todo este tiempo te has convertido en un borrachín amargado, pedazo de malnacido!
«Es tan imbécil que no tiene la menor idea de lo que me pasa cuando bebo…», pensé, como para aplacar mi sed de venganza.
Caminamos unos seis kilómetros en la oscuridad y bajamos la colina hasta un antro clandestino, sin rótulo ni señas.
Entramos por una puerta falsa de madera.
Olía a moho, a orín y a humo. El piso estaba cubierto de ceniza.
En aquel lugar oscuro e iluminado con fuego estábamos solo el cantinero y nosotros dos.
El cantinero, un hombrecillo con la cara roja como tostada al sol durante tres días, tenía el bigote negro y fino terminado en dos puntas.
Nos miraba de reojo mientras lustraba un copón de metal.
—Pero, grandullón, aquí no hay mujeres, ni heavy metal. ¡Parece una maldita ermita con todas esas velas encendidas! ¿Qué pasó contigo? ¿Te ordenaste sacerdote, sacristán o qué? —Se echó una risotada.
Al fondo, en la penumbra, se apreciaba un altar con la escultura de algo semejante a un carnero hecho de piedra negra y pulida.
Sentado sobre una especie de horno, una fogata ardía bajo su cuerpo en pose de meditación.
La figura imponía de frente su cuerpo humano y cabeza de cabra coronada por cuernos tan largos, que las puntas tocaban el techo del antro.
En medio de ellos, una potente antorcha emergía de la cabeza.
En el entrecejo, como un sello, una estrella cincelada al revés emanaba luz.
Sentí escalofríos al ver que sus ojos saltones no me apartaban la vista.
—¿Qué tanto le ves a esa porquería de cabra? —dijo el grandullón.
—Mírala, esas alas negras… ¡Y los senos!
—¡Eso es lo que te gusta, ja, jaaa! —dijo, pellizcándome las tetillas.
—¡Quita, maldito! —Y le di un puñetazo en el labio inferior que le hizo un pequeño corte.
—¡Vale, ya, enanín, que esta me la vas a pagar! —dijo tocándose el labio y sorbiéndose la sangre con la lengua.
—Ah, no me digas que te dolió. Anda, pide, que yo invito.
—Por eso te digo que me la vas a pagar, ja, jaaa —respondió, dándome un fuerte manotazo en la nuca que casi me arranca la cabeza.
Tomamos asiento en unas sillas altas, frente a frente, ante una mesa.
—¡Eh, rojillo, dos copones! —dijo la voz carrasposa del grandullón.
El cantinero volteó a ver y me miró con recelo ajustándose el corbatín. La tétrica escultura también me seguía con la vista, como viva, con un brazo elevado, como señalando el cielo, y el otro abajo, como señalando el infierno. Dos serpientes enroscadas salían de su regazo con las piernas cruzadas.
Al instante levantamos las copas doradas y rebosantes.
Bebí un gran sorbo; era dulce, espeso y con sabor ferroso.
No era el vino de siempre. Pasamos un gran rato allí haciéndonos bromas.
Estaba en un lugar desconocido y quizá no lo volvería a probar, así que bebí tres copones de golpe.
Fulgor en la garganta. Empezaron las alucinaciones.
El acostumbrado trance llegó con vigor y sin espera.
El grandullón vio algo en mis ojos.
—¡Eh! ¿Qué te sucede? ¿Es que nunca habías bebido el vino de Aluqah? ¡Hasta se te pusieron los ojos en blanco, buá, ja, jaaa!
—¡Calla, maldito infeliz! —dije rabioso contra él—. ¡Estoy harto de tus insultos, malnacido! —Y comencé a balbucear—:
—Treffen wir in die Alkhemy von Gomorrah!
Casi se rompe la espalda al caer de la silla. Se levantó haciendo pucheros. Nunca lo vi así, aterrorizado. Dio tres pasos hacia atrás y me arrojó la copa vacía que tenía en la mano. «Quizá le sentó mal el vino», pensé.
—Tienes… Te salieron… unos cuernos…, enanín…
En cambio, yo me sentía de maravilla, en un trance lúcido, un éxtasis consagrado en el vino.
—Lilith am Sodoma! Shaitán! Shaitáaaaaan!
—Ese ojo en la frente… Y tu lengua… Enanín, ¿qué te pasó?
Mis chillidos de ira hicieron eco en el antro. El grandullón gimoteaba hincado ante mí, invocando a un tal Miguel Arcángel.
De mi boca emergió la lengua bífida que se le enroscó en el cuello.
Gruesa, musculosa, larga y anillada como serpiente, se retorcía con placer a cada vuelta.
Con ella, levanté el cuerpo en el aire y lo dejé caer con la cabeza calva sobre el suelo, levantando una polvareda de ceniza y reventándole los sesos.
Estrangulado y deforme, fue una sacudida al paladar.
El clímax etílico satisfizo mis sentidos y mis cuernos fueron disminuyendo de las sienes.
Como siempre. Exhausto, apoyé los codos sobre la mesa.
—Señor, ¿se le ofrece otra cosa? Será un honor llenarle la copa a un nuevo discípulo de Aluqah —manifestó el hombre de la tez roja, afinándose el bigote y dirigiéndose a mí con sumo respeto.
Asentí. Aspiré hondo y exhalé. Me incorporé en la silla y peiné con la mano mi cabello desgreñado.
Sirvió el vino espeso como sangre coagulada, rebosante en mi copa. Luego el hombre tomó aquel cuerpo sin vida y lo puso bajo la escultura del carnero, y lo dejó cremarse hasta las cenizas.
Bebí hasta la madrugada y me despedí de aquel amable cantinero. Entonces fui a buscar otro lugar para no aburrirme.