Conjuros prohibidos
Llegamos a Orson y mantuve la nave flotando en su electromagnetismo discal sobre mi casa.
Hice descender al niño por la escalinata gravitacional en medio del cielo despejado.
Las siluetas de mis murciélagos revoloteaban a contraluz de ambos soles, que ya calentaban la atmósfera.
Una vez que lo vi posado sobre la grama, aterricé la burbuja ovoide sobre la plataforma que construí sobre el tocón de un árbol inmenso.
Cada vez que veo mi casa desde lo alto, me parece más hermosa; la levanté horadando los aposentos en la secuoya que crecía enorme entre los pinares. Mi refugio de retiro.
El niño se mantuvo en shock mirando la puerta alta de troncos de pino, inmóvil en el pórtico.
Volteó a verme y lanzó un chillido. Vaya, nunca creí que yo fuera tan horripilante.
En cambio, este niño, lejos de parecer descendiente del simio, parecía más bien de ascendencia porcina.
Esas manitas rechonchas me parecieron apetecibles, o esos muslos tibios que sobresalían de sus pantaloncillos cortos.
Pude haberme comido también esas mejillas sonrosadas, fritas…
Hasta sus vísceras en su jugo sanguinolento, ¿por qué no?
En su planeta de moribundos, nadie lo extrañaría.
Siempre estuve ocupado en guerras contra huestes celestiales que buscaban dominar mundos; era la primera vez que me enfrentaba a aquello que llamaban un niño.
Le extendí mi garra y, con gentileza, como a un huésped de confianza, lo invité a pasar.
Sonreí, pero no era mi intención mostrarle la mandíbula repleta de colmillos.
Casi se le salen los ojos del susto. Le dio terror ver mi filosa dentadura sobresaliendo de mi cara de carbón.
¿Le parecerán también raros mis ojos iluminados de rojo?
¿O es que tal vez me temía porque le doblo la estatura?
Mi cabello platinado salía largo de mi sombrero de nigromante, que en ese tiempo de verano evitaba que se resecara.
Los símbolos en relieve escarificados en la piel negra de mi brazo se iluminaban verdosos bajo el manto negro.
¡Eso era! Mi aspecto sería abominable para él, así que me acuclillé e iluminé su cara con el fulgor de mis ojos para encandilarlo.
«Tal vez cegándolo un momento deje de escudriñar mi atuendo con esa cara estúpida», pensé hastiado.
El niño pasaba de los trece años terrestres. Carne blanda y tibia. Hemoglobina y glucosa fresca. Pero no podría convertirlo en mi almuerzo. Él había invocado un conjuro de protección, así que estaba obligado a hacer algo por él. Pero, ¿protegerlo de qué, si ni me lo ha dicho?
—¡Habla de una vez por todas, niño bobo! —le grité, aun sabiendo que no entendería mi acento rasposo—. Si no habla, me lo podré comer entonces —murmuré complacido.
Recurrí a la telepatía y escudriñé en sus recuerdos.
Su vida en la Tierra resultaba aborrecible; las burlas de sus compañeros de la escuela lo tenían al borde del suicidio.
Quizá quería venganza y no volver a verlos en su vida.
El contacto conmigo fue curioso: hacía siglos que nadie invocaba conjuros del Necronomicón y lograba atraparme con uno —tan tranquilo que estaba en casa—, por eso decidí raptarlo para darle una lección a este granuja.
Abrí la puerta y lo obligué a entrar de un puntapié.
¡Al fin reaccionó! Pasamos adelante, yo detrás de él.
Algunos de mis murciélagos giraban a nuestro alrededor y cerré de un portazo para que no entraran.
El niño pegó tal brinco que casi se sale de sus botines.
Luego volteó a verme con cara de enfado.
Por supuesto que cerré mi bocaza para no asustarle.
Al entrar, percibió el olor penetrante de pino y dio unos pasos hacia el vestíbulo.
Los rayos de los soles que atravesaban el tragaluz dibujaron su silueta.
Acerqué el brazo y con el dorso de la garra acaricié sus rizos castaños, cuidando de no arañarle.
Se quedó pasmado. Percibí un cambio de actitud.
El niño iba tomando confianza conforme notaba mis gestos amables.
Me miró y dibujó una sonrisilla pícara. Lo guié por el pasillo que comunicaba los aposentos y se animó a palpar una de las paredes de árbol de caucho; luego dio un puntapié, como haciendo berrinche, sobre la superficie gomosa y su cuerpo rebotó como un globo.
Cayó al suelo dando tumbos y el eco de mis burlas resonó por toda la casa.
El niño ya no tenía cara de espanto ni de enfado, sino de rabia.
Subió corriendo por sobre las raíces de abetos que formaban una escalinata y le seguí.
El niño miraba con asombro las claraboyas incrustadas en la pared.
Introdujo un brazo en una de las ventanas redondas.
Quiso palpar el follaje que allí se reflejaba tornasolado, pero no eran reflejos.
Su brazo se estiró decenas de metros, no entendía que esas ventanillas eran agujeros de gusano creados por mí.
El vidrio se deformó como una pompa de jabón.
Metió el brazo de repente apenas vio desaparecer su mano consumida entre una nebulosa.
El portal retomó su forma de claraboya. Casi queda manco por andar hurgando entre planos dimensionales.
Con un ademán de mi garra, le invité a seguir hacia la parte alta.
Los pasos de sus botines se oían como pezuñas sobre la azotea, que debí construirla en oro sobre la buhardilla de ventilación para lograr un electromagnetismo adecuado.
La superficie plana y circular era el parqueo de mi nave, la cual tenía una terraza para mirar los atardeceres y relajarme con una copa de vino de Aluqah.
Se volvía cóncava, descendiendo hasta los cimientos de la casa; una pequeña pista para deslizar mi nave al firmamento.
Pero el niño pensó que se trataba de un tobogán.
Su trasero gordo rechinó en la superficie lisa y tomó velocidad en la curva.
Por alguna razón se arrojó por allí. ¿Escapaba de mí?
¿En serio se quería matar? ¡Solo lo subí allí para hablar de negocios, beber algo, acordar el pacto y librarme!
Las fuerzas electromagnéticas lo expulsaron tan alto que traspasó pinos, abetos y secuoyas.
Abordé la nave y fui detrás de él antes de que saliera a la estratosfera y se desmembrara por la presión.
En pleno vuelo, me atravesé en su trayectoria y lo intercepté.
La escotilla de plasma gelificado de mi nave lo absorbió como esponja hambrienta.
La entrada abrupta a la nave lo dejó inconsciente y lo acosté en un glóbulo de gel.
—¡Oye, niño! ¿Será que ya moriste?
«Es que ni las bofetadas en la mejilla le despiertan.
Creo que esta vez me pasé de la raya mostrándole mi casa en Orson.
Pues claro, si estos viajes intergalácticos roban años.
En la Tierra ya no sería un niño, sería un viejo de carne seca y arrugada.
Ahora que lo pienso, no es mala idea traer niñitos por acá.
Le debe haber dado un síncope por la impresión de conocerme».
—¡Despierta, pedazo de carne! —le grité de nuevo, halándole las orejas, aunque no entendiese mi idioma orsoniano.
«No reacciona, pero sí que respira. ¿Qué clase de bobo utiliza un conjuro tan poderoso para invocar demonios y extraterrestres de mi calibre? ¡Uf! Cuando despierte, se acordará de que no debe andar jugando a la ouija ni dibujando pentagramas».
Era imperativo regresarlo a su planeta. Cuando viera su sueño cumplido, me podría liberar del conjuro que me ataba a él.
Seguí las coordenadas estrictas hasta la Tierra.
Detuve mi nave flotando sobre su casa, de donde le había raptado hacía décadas.
¡Vaya que era una casa excéntrica! Con esas paredes de masa de piedra endurecida y láminas de latón por techo.
Es increíble que estos cerdos con cara de simio no se hayan cocinado dentro de sus propias viviendas.
La escalinata gravitacional iluminó el jardín donde antes jugaba, ahora cementado, polvoriento y colmado de grietas.
Lo desperté empujándolo por el hombro con suavidad y, aturdido, se puso en pie.
«Es extraño, solo reacciona por las buenas».
Lo tomé de la mano y descendimos por la escalinata gravitacional en medio del frío nocturno.
El niño corrió hacia donde una vez estuvo plantado un árbol.
Miró el tocón y se secó las lágrimas con la manga de la camiseta.
El pobre no tenía ni idea de que en Orson el tiempo pasa más lento que en la Tierra.
Levantó la vista y como buscando otros árboles que ya no estaban.
Gorrioncillos que no cantaban. El neón de los rascacielos iluminados se reflejaba en sus ojillos.
No tenía idea de que habían pasado más de ochenta años en su planeta y que toda su asquerosa vida empezaría de nuevo.
Sin sus padres. Sin sus compañeros de secundaria. Sin otros con quienes hablar.
Se sentó sobre el piso agrietado y recostó la espalda contra el muro de hormigón enmohecido. Me dio pena dejarlo solo disfrutando de su deseo cumplido; en realidad, soy un demonio sentimental.
Ascendí a la nave y, antes de cerrar la escotilla, dejé salir a mis murciélagos para que le hicieran compañía. Aunque le drenen las venas. Espero que, a pesar de eso, los acepte como sus mascotas.