HISTORIAS DEL ÁNGEL CAÍDO Eva y Adán
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Eva y Adán

Eva era una mujer joven, dominante. Su cuerpo desnudo, robusto y de piel morena brillaba como una enorme vasija de bronce a la luz del sol.

De mirada penetrante, sus ojos del color del jade hipnotizaban a cualquier bestia y, con la fuerza de los bíceps, las amansaba.

El cabello negro azulado, lacio y largo hasta su torneada cintura, ondulaba mientras montaba su tigre dientes de sable a toda velocidad a través de montañas y llanuras.

Eva se deleitaba con el jugo de las mandarinas después de un día caluroso.

La Divinidad la miraba desde el cielo, junto a sus ángeles, desde su nave espacial y, orgullosa de su creación, dijo que era perfecta.

Sin embargo, una noche, la vio sola y pensativa.

La mujer necesitaba un súbdito a quien gobernar, pero también con quien procrear la nueva especie.

Mientras dormía, los ángeles la abdujeron y le practicaron una sofisticada operación quirúrgica en el laboratorio equipado para tal efecto en la nave.

Así fue como Adán fue creado a partir del código genético extraído de la espina dorsal de Eva.

Sería una copia exacta, su contraparte biológica.

Pero el experimento no salió como esperaban; quizá algunos genes mutaron sin saberlo.

Adán fue puesto en Terranova y ahora montaba el tigre a pelo, aferrado a la cintura de Eva, detrás de ella. Cada vez que intentaba decirle que iban demasiado rápido, se le trababa la lengua.

—Más le-lento, por fa-favor, que me mareo —le susurraba halando los cabellos de Eva, y ella, al escuchar la vocecilla débil del esmirriado, apretaba con más fuerza la rienda de cuero crudo.

Entonces se pegaba más a ella y se deleitaba con el olor de almizcle revuelto con el sudor de la piel, amaba que el viento le rozara el cabello aceitoso en el torso desnudo y escuálido.

Eva se convirtió en una experimentada cazadora.

Con arco y flecha, capturaba pterodáctilos y megalosaurios que arrastraba a la caverna para la cena.

Mientras tanto, Adán caminaba por horas entre los bosques, silbando y portando feliz un canasto adosado entre el hombro y la cintura repleto de fresas, mandarinas, setas y alguna que otra florecilla para obsequiarle a Eva.

Tenían el derecho de alimentarse de los árboles frutales.

El abrigo, el agua y el alimento no les faltarían.

Con un clima siempre agradable, vivirían la vida apacible obsequiada por su dios.

En sus trayectos como recolector, Adán miraba a lo lejos el árbol inmenso que temía profanar.

Para comprobar su obediencia, la Divinidad les prohibió comer de aquel peral.

El tocar siquiera sus frutos era un sacrilegio y, si los comían, acarrearían la muerte propia, la de sus hijos y la de toda su descendencia.

Lucifer, el ángel portador de luz, nunca estuvo de acuerdo con los experimentos con homínidos y bestias de la Divinidad.

Este ángel iluminaba con su sabiduría a todos los seres pensantes de aquel sistema solar; estaba orgulloso de su forma altruista de ser.

Al ver que la Divinidad, de manera egoísta, les negó el conocimiento del árbol prohibido, decidió otorgárselos.

Sabiendo que Adán era sumiso y manipulable, decidió aparecérsele cuando tomaba una apacible siesta tumbado bajo un aguacatero.

—¡Eh, tú, bobalicón! ¿Qué haces ahí perdiendo el tiempo? ¡Si te viera tu Eva, te agarraría a trompadas!

Adán despertó sobresaltado, tocando en el pecho su corazón palpitante. Nada más ver al ángel de alas negras, se incorporó y corrió despavorido, dejando tirado su canasto.

—¡Hey, hey, cervatillo! ¿Para dónde crees que vas?

—dijo el ángel, que desapareció un instante y reapareció frente a él, tomándolo de las greñas y levantándolo a la altura de los ojos.

Los pies de Adán nadaron en el aire mientras gritaba.

Lucifer lo soltó entre risotadas y Adán se desplomó de un golpe seco en el suelo.

Adán retrocedió, aún sobándose la cabeza.

—Pe-pero, ¿por qué tienes las alas ta-tan negras? —respondió el sosegado Adán.

—¡A callar! Que tengo una sorpresa para tu noviecita —espetó Lucifer con impaciencia y voz de trueno.

—¿Eeeeh? No te-te entiendo, angelito. Si ya tengo el ca-canasto lleno de florecitas para ella…

—Vaya que eres descerebrado… Y nada de angelito, ¡si soy el mismísimo Lucifer, maldito seas entre todos los hombres!

—¡Ajá, sí! Ya E-eva me había contado. Conviértete en una serpiente, a ver si te-te creo, je, je.

—¡Qué serpiente ni qué demonios! ¡Anda, levántate de una vez, imbécil, que me vienen a arrestar las huestes de tu dios!

Lucifer lo tomó por las axilas, voló con él a través del cielo despejado hasta el árbol prohibido y lo lanzó haciéndolo rebotar bajo la sombra. Luego se posó en una rama, arrancó una pera y bajó. Con su garra se la ofreció.

—No… no puedo —dijo Adán.

—¿No puedes o no quieres?

—E-eva… —murmuró, como si el nombre pesara—. Si hago esto…

—Ella no está aquí, cabrillo inútil.

—Pero lo sabrá. Siempre lo sa-sabe.

Lucifer inclinó la cabeza, casi divertido.

—¿Y la temes más a ella que a mí?

Adán tragó saliva, mirando la fruta madura y sacándose la mugre de las uñas.

—No es miedo… Es que… —Titubeó, incapaz de sostener la frase—. Es-es que no debo. Ya fui advertido.

—Debes porque quieres —le susurró Lucifer al oído—. Eva estaría orgullosa de ti por verte convertido en sabio, un erudito repleto de los genes que te han quitado…

—¡No pu-puedo! Eva se enfadará si me ve-ve-ve comiendo las peras. ¡Ya me voy! —Y se levantó para correr.

—¡Anda, esclavo de dioses, come ya, que está buena! —tronó la voz de Lucifer mientras lo tomaba con una garra de la cabellera y le reventaba con la otra la pera entre los dientes.

Adán, al no tener otra opción, mordió con voracidad, sacando el jugo perfumado, y con ello, devoró también los temores que tenía sobre su existencia.

—¡Se hizo la luz! —proclamó con sarcasmo Lucifer al cielo. En un chasquido hizo aparecer el canasto de Adán y lo llenó con tres docenas de peras. Luego se esfumó, dejando el árbol en sus hojas.

Cuando Adán volvió a la caverna, Eva alzó la mirada, atónita, al verlo con tal cantidad de frutos profanos y lo sermoneó:

—¡Pero qué has hecho, loco imprudente! ¡Has quebrantado las leyes divinas!

—No, querida Eva, escúchame… —dijo con una voz entonada que no tenía nada que ver con sus flaquezas—.

¡Escucha, ya no soy tartamudo! —continuó, tapándose los genitales con el canasto—.

La Divinidad nos ha engañado. Nos ha negado la sabiduría y el libre albedrío quitándonos algunos genes.

Lucifer dijo que los genes se encuentran en esas peras y…

—¡Calla, insensato! Ese no fue el pacto con la Divinidad. Podríamos haber sido felices si seguíamos sus reglas. ¡Ahora no sé cuál será nuestro castigo!

Adán sintió el peso de las palabras y se hincó ante ella con remordimiento.

Sollozando, se aferró a las piernas musculosas de Eva.

Pero las peras producían un aroma intenso y atractivo.

Se veían buenas para comer. «No me quedaré imbécil como lo era él».

Y la curiosidad de Eva la llevó a tomar una entre las manos y no dudó en darle un mordisco.

Mientras masticaba y deglutía cada bocado, miraba hacia abajo a Adán, con desdén, con esa expresión eléctrica y celosa que lo dominaba.

No dejaría que ese hombre ingenuo y postrado a sus pies fuera el poseedor absoluto de la sabiduría.

Mientras chupaba los jugos dulces que resbalaban por sus codos, vio que Adán le miraba los senos.

Perverso, babeante. Con los ojos brillantes.

Se mordía el labio inferior con los incisivos.

Recorría el torso desnudo y bien forjado de arriba a abajo.

Eva arrojó con fuerza la pera hacia la cabeza de Adán, que la esquivó suplicando misericordia.

El cielo se encendió en fuego. Relámpagos intermitentes colmaron las nubes en el cielo de Terranova, mientras los rayos partían en dos cada uno de los árboles frutales y los animales escapaban del desastre.

La tormenta arreció y la caverna que los abrigaba comenzó a inundarse.

Con el agua hasta la cintura, Eva dio un puñetazo en la quijada de Adán que lo dejó inconsciente.

Lo agarró por las greñas y así lo sacó nadando de la cueva hasta un montículo.

El granizo golpeaba sus cabezas. Las bestias extintas flotaban con la panza inflada, algunas atrapadas en las ramas de los árboles sin hojas.

El frío calaba en su desnudez al caer la noche mientras los suelos drenaban el agua.

***

Al alba, caminaron atorados en el lodazal, sin rumbo hacia el horizonte gris, cubriéndose los genitales con las manos, en un camino interminable de vergüenza, dolor y muerte.