HISTORIAS DEL ÁNGEL CAÍDO Lux est vita
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Lux est vita

La oscuridad y el frío de las nevadas nos vaticinaban una velada inolvidable. Apagué uno a uno la totalidad de candelabros, así, la luna llena iluminaría las escenas de los vitrales:

«El verdugo de la belleza divina es dorado, mientras que el desterrado parece oscuro y sin luz. El arcángel Miguel, rodeado por querubines, atraviesa con rencor la espada de oro en el cuello de mi amado Lucifer».

Es lo que pensé al mirar este vitral con mi nuevo conocimiento, lo que me llenó de rabia. Ahora que reflexiono, así es la maldita justicia, pero retratada a la inversa para confundir a la humanidad.

—La catequista ha llegado —dijo mi sacristán interrumpiendo mis meditaciones.

Ajusté con un nudo en la cintura la cuerda de mi túnica negra y me cubrí la cabeza con la capucha. Caminé diligente por el pasillo, entre las bancas, para abrirle la puerta principal. Con un estruendo, abrí empujando una de las puertas enormes del monasterio y entró.

—¡Bendito sea, fraile! ¡Le he extrañado desde que mi niño desapareció del monasterio!

—dijo aquella vieja escuálida y desgarbada, arrodillada ante mí y besándome las manos—.

¡No sabe la felicidad que me invade al saber que usted le ha encontrado y, como dijo en la carta, que ha crecido sano y fuerte!

Por eso acepté su invitación y no dudé en venir a visitarle.

¡A sus pies, a los pies del Señor, su sierva soy!

—Ya, ya… Conserve la calma, señora. Sígame hasta el altar y ya hablaremos de eso. —Tuve que interrumpir sus necedades; ya estaba harto de estas mojigatas aduladoras de frailes ancianos. Caminó con timidez, emocionada detrás de mí hacia el altar.

El hijo de la santurrona era uno de mis monaguillos, que se convirtió en su adultez en mi sacristán.

Al verme con ella, me trajo agua de la pila bautismal en un cáliz.

Era un hombre de unos treinta años, de mediana estatura, de tez pálida y cabello largo y negro.

Vestía una túnica negra encapuchada igual que la mía.

Se acercó y derramó el agua en mis manos.

Me lavé las babas asquerosas de esa mujer.

Ella bajó la cabeza, se aferró al rosario que portaba, se hincó de nuevo y empezó a rezar a gritos levantando los brazos enclenques.

—¡Señora, ya, es suficiente, señora! ¡Le he dicho que se calme! Ahora, levántese y mire a mi lado. Este es de quien le hablé… ¿No será este su hijo pródigo? ¡Ja, jaaa!

Ella soltaba lágrimas, gimoteando como una desquiciada. Acomodó su velo blanco en la cabeza y se persignó. Estas escenas conmovedoras no van conmigo y quería que se llevase a cabo el pacto sin más demora.

—¡Hijo mío! ¡Mi hijito! ¡Dijeron que habías muerto! ¡Veinte años pasaron desde que te exorcizaran los frailes! ¡Ven aquí, con tu madre, para abrazarte!

Mi sacristán la miró con ojos apagados, sin expresión en la cara, mientras ella se quedaba arrodillada e incrédula.

En ese instante, corrí al altar y abrí el sagrario.

En una urna estaban las cenizas de un retrato suyo de cuando era niño.

Invoqué unas frases del Codex Gigas y las cenizas se fueron convirtiendo en una antigua fotografía del monaguillo, mientras algunos espectros pululaban oscuros por entre la enorme cruz del altar.

La sostuve en las manos como si fuese a consagrarla y se realizó la transformación.

La mandíbula del sacristán creció, dislocándose en el acto.

Empezó a gruñir de dolor por los colmillos sangrantes, que salían enormes de las encías.

El sacristán creció tres veces su tamaño, jorobándose sobre la vieja, que se echó atrás en llanto.

Clavó los colmillos en el cuello de su madre.

Los gritos eran como oír a los cerdos en el matadero.

Con la bocaza goteando sangre y los ojos encendidos en rojo, el diablo-hombre emitió un chillido que hizo eco en el monasterio.

La infinidad de velas iluminaba el cuerpo negro, como de hollín, cubierto con escarificaciones.

Las alas vampirescas y los cuernos formaron una silueta imponente.

La catequista mantuvo el rosario con la cruz aferrada a su pecho mientras se desangraba.

Fue un escudo inútil. Un zarpazo le desbarató el vientre dejando a la vista sus intestinos.

Las garras se introdujeron entre las costillas para escarbar.

El diablo-hombre le sacó el corazón y lo engulló.

—¡Anda, mátala de una vez, que todavía respira!

Tardó un par de minutos en extirpar y consumir las vísceras. Luego, empezó a chupar la sangre del suelo como un animal bebe agua. Vaya que estuvo bien. Así ya no tendría que trapear el suelo ni alimentar a semejante bestia por un tiempo.

Cuando concluyó el pacto, levanté de nuevo el retrato del niño y con una cerilla lo quemé frente a ellos.

El hombre-diablo comenzó a transformarse en humo, carne y hollín.

Mantuve el retrato con el brazo levantado sobre la urna para que cayeran ahí las cenizas, observando emocionado el milagro de la alquimia luminosa.

Los restos de la mujer se volvieron cenizas que los espectros se llevaron como el viento y las depositaron en el cáliz del sagrario.

Los chisporroteos cesaron. El cuerpo desnudo del sacristán, embadurnado en sangre, yacía frente al altar.

El códex solicitaba cuerpos para depositar en ellos a sus diablos. Así recibiría yo mi redención, convirtiéndome en el líder de mi propio ejército.

***

El reverendo Ezequiel, ahora ordenado cardenal en Turín, llegó en tren a visitarnos de forma inesperada la noche siguiente.

«Así que el tarado mordió el anzuelo», deduje victorioso.

Según él, vino por asuntos eclesiásticos y no de amistad.

Venía solo, sin equipaje y con apenas un abrigo sobre la sotana roja.

¿Cómo subió la montaña hasta el monasterio en medio de aquel frío y oscuridad?

—Sé que no recibiste mis cartas, «querido» Ezequiel —dije al verlo, mientras le abría la enorme puerta.

—Mi investidura no me permite mentir, ni mucho menos matar. Tú lo sabes muy bien, querido fray Franziskus von München… ¿O debería llamarte Herr Franz? —dijo, entrando en un tropel y quitándose el abrigo.

—No te preocupes. Son formalidades. Me da pena que no hayas decidido formar parte de mi nueva doctrina —dije mientras lo seguía hacia el altar.

—Confío en el Señor, es el único que perdona nuestros pecados. Incluso aquellos exorcismos que hicimos a esos niños.

—¡Mientes, mientes como perro farsante! Allí estás otra vez con tus sermones hipócritas.

Mírate. Así como yo, te estás volviendo viejo y enclenque.

Y esperarás a tu muerte viviendo en la incertidumbre, arrastrando esos exorcismos en tu conciencia.

¡Ni una sola señal divina has recibido de tu dios invisible!

—No he dicho que no haya leído tus cartas, solo que…

—¡Calla de una vez, amancebado! Te voy a leer lo que reza este manuscrito del códex:

«Nos arrodillamos ante Lucifer, el hijo despreciado. Los que lo conocen serán llamados brujos, demonios que se moverán en la oscuridad con la ayuda del ángel desterrado. En lo oculto, las nuevas ovejas negras recibirán la luz infinita de su sabiduría. Serán los futuros herederos».

—¡¡¡Blasfemo!!! ¿Cómo te atreves a despotricar en la propia casa del Señor? ¡Arrepiéntete de lo que has dicho! ¡Te condeno, fray Franziskus!

—¡Ja, ja, jaaa! Tú y tus filosofías ciegas. ¡Deja de señalarme y abre los ojos, imbécil! ¡Mira a quién tengo a mi servicio!

El sacristán asomó la cara tímida y angulosa detrás de una columna. Los colores de los vitrales se reflejaban sobre su cabellera negra. Callado e inmóvil con los brazos colgando, como los de un muñeco de trapo.

—¡No puede ser! ¡Es el monaguillo del que hablabas en tus cartas! Entonces es cierto. Eso indica que… ¡Tienes su fotografía de la infancia!

Dicho esto, el maldito Ezequiel corrió hacia el sagrario, donde estaban las cenizas de la fotografía. Me tomó desprevenido y fui tras él. Forcejeamos y me dio un codazo en el ojo, pero enredé la cuerda de mi túnica en su garganta para ahorcarlo.

Ezequiel levantó la urna y recitó casi asfixiado:

—Qui facit peccatum, ex diabolo est. Missus est Filius Dei ut destrueret opera diaboli.

Y las cenizas fueron retomando su forma de papel fotográfico, a la vez que el sacristán crecía tres veces su estatura.

Los espectros volvieron a pulular entre la inmensa cruz y el altar y, para mi sorpresa, el sacristán cayó desvanecido.

¡Cómo no lo deduje antes! El diablo que controlaba al sacristán se apoderó del cuerpo del tarado de Ezequiel.

Un ser níveo de ojos amarillos y cuernos enormes, blancos también, me tumbó en el suelo de un zarpazo.

Rayos dorados sobresalían de su espalda como alas de luz.

El monasterio se iluminó. Los techos de madera labrada comenzaron a arder.

Vitrales al suelo. ¡A la mierda con el sacristán!

Corrí hacia la puerta para escapar, pero una lengua de luz me rodeó por el cuello y me zarandeó entre las bancas abriéndome un corte en la cabeza.

Me elevó hasta la cúpula, donde me soltó, para dejarme caer sobre la mesa del altar y fracturarme las costillas.

¿Justicia divina? ¡Patrañas! Solo debía levantarme y hacerme con la fotografía que estaba sobre la mesa del altar.

¡Las cerillas, las cerillas! Me retorcí del dolor, pero logré encender una y un rugido infernal resonó entre columnas y capiteles.

La fotografía ardía. El diablo blanco ardía…

Pero vi al maldito sacristán detrás de mí.

Empujó la cruz enorme del altar, que cayó sobre mis piernas, con todo y Cristo, inmovilizándome.

Nunca olvidaré la cara astuta de ese maldito monaguillo, sacristán, hombre o diablo, o lo que fuera. Esos malnacidos traidores deben ir en tren camino a Turín; ya los alcanzaré.

***

Antes del pacto, un centenar de cartas con las fotografías de los otros niños exorcizados fueron entregadas a los monasterios de la región. Nuevos pactos serán establecidos para alimentar con sus vísceras al nuevo ejército.

Mientras tanto, me regenero. Me redimo de mis pecados. Las alas de Lucifer empiezan a surgir de mis omóplatos, y se siente bien.