Diablo en humo
Estimado reverendo padre Ezequiel:
Espero que te encuentres bien de salud. Desde tu ordenación como diácono en Turín, que te fuiste de nuestro monasterio, vivo en la incertidumbre.
Te escribo esta carta para desearte un buon Natale, querido Ezequiel, pero, sobre todo, para pedirte tu sabio consejo, como solías dármelo cuando éramos compañeros en el seminario. Hay algo que me atormenta.
Seré breve, pues tengo el terrible presentimiento de que estos serán los últimos días que viviré en este mundo. Por eso, dejaré por escrito lo que ocurrió hace unos días.
Cuando abrí la sacristía, encontré entre la patena y la palia una antigua fotografía de un niño de unos tres años de edad.
No tengo idea de cómo llegó ahí. Quisiera atribuirla a un milagro, pero, debido a la incertidumbre en que me encuentro, creo que más bien se trata de un asunto de índole demoníaca.
Vaya, que es tétrico. Miro el retrato, sepia y deteriorado, y un escalofrío me recorre la espalda.
Tiene la mirada perdida, parece que ha llorado durante mil años, así lo delatan sus pupilas brillantes.
¿Por qué denota apatía? Hace pucheros, con las cejas arqueadas hacia arriba.
Quizá provenga de una familia creyente. Es lo que deduzco, pues en el pecho, sobre la camisita, lo rodea una cadenilla que termina en cruz.
Con el cabello negro, peinado de lado, me mira con desprecio.
Se parece a uno de los monaguillos que adoctrinábamos por la fuerza en el monasterio.
¿Te acuerdas? La mirada me recuerda a su madre, aquella catequista fanática que ansiaba que educásemos a su único hijo, pero su padre era militante de una orden secreta y se opuso a ello.
Me siento responsable de que los haya abandonado y me remuerde la conciencia recordar todos aquellos exorcismos horribles que esos monaguillos presenciaron.
¡Estamos viejos, Ezequiel! Tantas décadas acarreando esta culpa han mellado mis fuerzas.
Ya no nos queda tiempo para expiar nuestros pecados, para luchar contra Lucifer, y tú lo sabes. Por eso te escribo para advertirte.
Esperaré alguna señal divina antes de enviarte el retrato del chico para que lo pongas en conocimiento del Santo Oficio. Te escribiré otra carta con lo que pueda suceder. Que el Señor nos perdone.
Reza por mí,
Fray Franziskus von München
El antiguo monasterio de piedra soportaba la nieve de la noche.
La luz de las cientos de velas y candelabros no daba calor.
El espectro se desprendió de la cornisa.
Entró reventando los vitrales. El fraile encapuchado, que rezaba hincado con la antigua fotografía de un niño en las manos, volteó.
Su mirada atónita se encontró con aquellos ojos brillantes como centellas rojas que sobresalían de la silueta enorme.
Resguardó el retrato en su túnica, descubrió la cabeza al echarse la capucha atrás y espetó con voz firme:
—¡Por la sangre de Cristo! ¡Aléjate de mí, bestia infernal! —dijo a la vez que intentaba espantarlo con el gran crucifijo que le colgaba en el cuello.
En dos zancadas, el espectro saltó al púlpito y de allí hacia el altar.
Cáliz al suelo. El vino manchó el piso adoquinado.
Hostias desparramadas. Chillidos como carcajadas resonaban entre columnas y dinteles.
Unas alas púrpuras de gran envergadura emergieron del espectro y con ellas voló hasta la cúpula empotrada en el techo.
Trepó apoyándose con sus garras afiladas, requebrajando las milenarias pinturas al fresco que se vinieron al piso en medio de un polvazal.
Se quedó arriba, enganchado a la estructura del casquete bajo el tragaluz, con el pecho agitado, gruñendo y mirando al fraile. Esperando. Al acecho.
El octogenario fraile se acercó a la pila bautismal e intentó rociarle agua bendita, pero en ese momento el espectro se dejó caer sobre ella haciéndola trizas.
Se puso en pie y quedó de frente a él, mostrando la piel negra plagada con escarificaciones de símbolos astrales, anillos concéntricos y ojos inquisidores.
Con sus cuernos largos y retorcidos, le doblaba en tamaño.
Sacudió la cabeza para deshacerse de los escombros y, sin pensarlo, alzó una garra y de un zarpazo intentó degollarlo.
El fraile esquivó los ataques echándose atrás, a pesar de sus reflejos aletargados, pero el espectro cornudo acertó un zarpazo a la túnica marrón.
Con un corte en el hombro, cayó vencido, apoyado en los codos.
La sangre brotaba en un torrente imperioso desde el hombro hasta la mano.
No tenía oportunidad: se desangraría allí mismo.
El espectro se acercó a lamer la sangre del suelo.
Ante aquella zozobra, el fraile sintió una corazonada.
Recordó el retrato guardado en la alforjilla oculta cosida en su túnica, el milagro de la sacristía; quizá era la señal divina.
Levantó el retrato del niño con su mano sangrante y gritó a todo pulmón:
—¡Vete de aquí, Lucifer! ¡Te lo ordeno! ¡Sal de aquí! ¡Ángel caído, que te vayas, vete en el nombre del Señor!
La bocaza del espectro, embadurnada en sangre, emitió un chillido que hizo eco en el monasterio.
Comenzó a transformarse. Azufre y hollín.
Carne quemada. Diablo en humo. Humo en hombre.
El fraile mantuvo en alto el retrato con el brazo tembloroso, observando atónito aquella alquimia luminosa.
Cuando cesaron el fuego y los chisporroteos, el cuerpo de un hombre desnudo y tiznado yacía sobre los escombros de la pila bautismal, de las pinturas al fresco y de los vitrales destrozados.
El fraile se incorporó jadeando. Se paró firme y tomó el retrato con las dos manos como si fuese una hostia para consagrar, pero el papel fotográfico del que estaba hecho se convirtió en cenizas, ardiendo entre sus dedos y parando a su vez la hemorragia.
Múnich, 3 de marzo de 1897
Estimado Ezequiel:
Echo de menos tus letras; espero que me contestes pronto.
Solo quiero decirte que estaba equivocado.
Aquella carta que te escribí en Nochebuena era solo un desahogo de mis temores.
Aquel niño del que te conté regresó al monasterio después de cuatro décadas.
Se ha convertido en todo un adulto, con su cabello largo y negro, vestido con una túnica oscura.
Lo acepté de nuevo en el monasterio y vive conmigo desde que empezó la primavera.
Es un hombre extraño. Cambió la cruz que colgaba en su cuello por una estrella.
Pero ahora comprendo: su dios es de luz, no el que está crucificado.
Lo deduje al verlo en carne y hueso, con su mirada llena de gozo.
Su sonrisa es verdadera, ya no es aquel monaguillo triste y cabizbajo que debíamos azotar frente a los otros para que nos obedeciera.
Cuando sus ojos se fijan en los míos, puedo sentir que irradia la fuerza de una cierta divinidad.
Ezequiel, ¡este hombre arrastra un carisma que como frailes hemos ignorado!
Al verlo, me doy cuenta de que sí, que soy culpable de mis actos y que, por desgracia, aún vivo en el oscurantismo.
¡La humanidad está ciega, Ezequiel, nos enseñaron que, para tener vida eterna, debemos sufrir aquí en la Tierra!
Nos creímos portadores del bien, pero hemos errado en el camino, con esos pobres niños.
Tú y yo, Ezequiel, hemos errado… pero el diablo es tentador y perdonará nuestros errores.
Mi más ferviente deseo es que nos vengas a visitar y que conozcas la nueva doctrina.
Lux est vita,
Herr Franz
El fraile se dejó crecer el cabello cano y cambió su túnica marrón por una negra para iniciar su proceso de redención.
Las almas de los niños exorcizados, adoctrinados y violados le otorgaron el perdón al fraile por la intercesión de aquel diablo-hombre, quien le mostró con amor y sabiduría su nueva doctrina:
«Lucifer, el hijo desterrado, llora cuando el tirano lo saca del cielo.
Enviado a los humanos, les da el conocimiento.
Serafín, serpiente de fuego en el paraíso, Prometeo, emisario de luz.
Por eso los hijos rebeldes gruñen vestidos de negro con sus largas cabelleras, vetados del conocimiento, de la luz».
Era posible que el reverendo nunca recibiera las cartas. El diablo-hombre había visitado mucho antes de aquella Nochebuena al padre Ezequiel, para expiarle los pecados y concederle la redención.