HISTORIAS DEL ÁNGEL CAÍDO Céline
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Céline

La conocí en una plazoleta al aire libre, en un festival donde los sueños de los artistas flotan como las nubes en los Alpes.

Una cineasta que admiraba. Decidida, sarcástica, con un humor sutil que la hacía verse inalcanzable, mientras que yo, el pasante nerdo de lenguas y literatura de la Universidad de Lyon, apenas probaba suerte en Locarno.

El tiempo y el roce me sumergieron en ese mundillo de cineastas con boina y lentes teñidos de rojo en un grueso marco de pasta.

Artistas agitando copones de brandy en las galas, actores enfundados como payasos de la moda prêt-à-porter de Yves Saint Laurent y debatiendo la existencia al ritmo del New Wave y todo tipo de droga.

Sobresalí entre aquellos directores farsantes, cazadores de taquillas, publicistas de cinemateca que con su megáfono estridente restregaban a gritos su ego en los camarógrafos, vestuaristas y asistentes.

Me valía un comino si la película resultaba en un fracaso comercial.

Si no sabían dirigir sus propios guiones durante el rodaje —que yo les entregaba impecables—, era porque no eran capaces de contar historias.

—À votre santé! —decían los labios rojos con una amplia sonrisa.

FADE IN

EXT. PARÍS - ATARDECER

Vista aérea. Ciudad dorada. Torre Eiffel sobre el horizonte. Puentes en perspectiva. Luces comienzan a encenderse en los cafés.

INT. HOTEL - NOCHE

Margaux (40), actriz de renombre, sola frente al ventanal del Ritz, mira hacia el río Sena y mueve una copa de vino en la mano. La luz tenue de las lámparas dibuja una silueta esbelta. Lunar en la mejilla, no es Monroe, con el cabello corto y negro.

VOZ EN OFF(Reverberación angelical)«Fue en París donde todo comenzó… y donde todo terminó».

EXT. ALFOMbrA ROJA - NOCHE

Margaux en un vestido rojo de escote largo. La multitud vitorea su nombre. Fotógrafos la rodean. Clément (32), su director, la espera al final de la alfombra. Sonríe con aire de complicidad.

REPORTERO(Entusiasmado al micrófono)«¡Margaux, la estrella de París, la musa de Clément!».

Nerviosa, baja por la alfombra roja levantando el vestido largo. Los ojos se encuentran con los de Clément. Ella suspira.

INT. RESTAURANTE - MÁS TARDE

Sentados a una mesa apartada, esperan la cena. Luces doradas, clarinete, intimidad. Dos copas de vino. Ambos conscientes del mutuo magnetismo.

Clément(Tono trivial)«Eres el alma de mis películas. No lo habría logrado sin tu talento».

Margaux sonríe. Sus ojos aguados contienen la emoción.

Margaux(Voz quebrada)«Y tú eres… todo para mí, Clément».

Pausa breve. Se miran. Momento denso. Clément desvía la vista y sorbe de la copa.

Clément(Tartamudea fanfarroneando)«La próxima película será aún más llena de glamour. Lucirás despampanante. La prensa espera el anuncio y dirán: —Oh là là, la diva de París vuelve al escenario de la mano del genio del cine, Clément Delacroix».

Margaux(Voz dulce)«Querido, me conoces más que a tu propia mujer».

Silencio. Clément suspira.

Clément(Lucha con sus palabras)«Margaux, no podemos continuar así. Sabes que pronto seré padre y…».

Margaux(Le pone un dedo en los labios)«Clément, lo sabes… lo que siento».

ClémentSe levanta de la silla. Se limpia con la servilleta. Margaux baja la cabeza y se cubre los ojos con las manos.

INT. APARTAMENTO DE MARGAUX - DÍAS DESPUÉS

Siempre sola. Timbra el teléfono insistente. Es Clément, pero ella no contesta.

En la mesilla del frente, hay pilas de cartas de admiradores y un guion nuevo de Clément en un sobre de manila. Lo mira resentida, con el peso de sus sentimientos no correspondidos.

Margaux abre la cuarta botella de Chardonnay.

VOZ EN OFF(Reverberación angelical)«Él no te dio más que su admiración… amor convertido en cárcel».

INT. RODAJE - UN MES DESPUÉS

Margaux, tambaleándose, llega tarde al set de filmación. Vemos cámaras y equipo técnico. Clément la espera con la mano en la barbilla y el ceño fruncido. Corre hacia ella, la sacude por los hombros. Un vestido ligero de tirantes.

Clément(Preocupado)«¿Estás bien?».

Margaux(Disimulando)«Sí, solo pasé una mala noche».

Ella sonríe, pero detrás de las gafas oscuras los ojos revelan el comienzo de su caída.

MONTAGE DES scènes

1. Moulin Rouge. Luces brillantes, copas de champán, polvo blanco sobre mesas de vidrio. Margaux se limpia la nariz. Vedettes. Hombres descamisados bailan a su alrededor.

2. Margaux en entrevistas. Incoherencias. Acercamiento a pupilas dilatadas. Risas locas.

3. Clément la mira desde la mesa de un restaurant. Ella en el sofá, abrazada con los descamisados. Vueltas al whisky con el dedo.

INT. APARTAMENTO DE MARGAUX - DÍAS DESPUÉS

Camisón de seda. Botella de vino en la mano que cuelga en el borde de la cama y una carta perfumada de Clément sin abrir en la otra. Percibe el olor, pero no tiene fuerzas para leerla. Sollozos.

VOZ EN OFF(Reverberación angelical)«Amor despreciado, la grieta que te destrozó».

EXT. BALCÓN EN RITZ - NOCHE

Ambos miran el Sena, apacible, desde el balcón. Champagne. Ella voltea y lo contempla pensativa y seria.

Margaux(Susurrando)«¿Qué habría pasado si nos hubiéramos atrevido a continuar?».

Clément la mira extasiado. El miedo de arruinar su relación profesional y marital lo frena. El momento se desvanece.

VOZ EN OFF(Reverberación angelical)«Jamás lo sabrás».

INT. APARTAMENTO DE MARGAUX - PRESENTE

Margaux acaricia la colcha de la cama. Lágrimas.

Se inclina hacia delante y se apoya en el espaldar.

Botellas vacías en el piso. Desenfoque y enfoque de cámara a un frasco en la mesa de noche.

Da un vistazo al guion de Clément. Con desdén, lo tira al suelo.

El teléfono suena, pero ella no lo contesta.

Margaux toma el frasco de pastillas y lo abre despacio.

FADE OUT

Cada palabra leída se retorcía en mi garganta.

¡Lo que escribí fue un maldito culebrón!

Una telenovela de poca monta. Pura bazofia sentimental.

Me sentí un imbécil, un jovencito que dejó ir su vida, cegado por una mujer inalcanzable.

Me anclé a las botellas a medio beber: brandy y vodka, lo que me hiciera olvidarla.

Fui a la cama y consumí el frasco entero de barbitúricos. Bebí a pico el resto de un whisky.

Apagué la luz, para siempre.

***

El tiempo fue eterno. Vagando con mis alas blancas sobre los edificios, palacios y cornisas de París, en mi cuerpo astral casi desvanecido, mirando desde lo alto a la gente reír o llorar.

Cuando me daba la gana, descendía a las calles y empujaba a un niño a la acera para salvarle de un atropello, o le daba palmaditas fantasmagóricas a una anciana en el parque para que no se atragantara con el croissant, o soplaba fuerte para desenredar cometas, o rescataba gatos de los árboles.

Así vencía el aburrimiento. Nunca creí en ángeles salvadores, pero tuve que ser uno de ellos para entenderlo.

Algo quedó pendiente antes de morir, por eso no me permitían entrar al cielo.

Sin embargo, y por algún designio divino, aquel día la divisé desde el aire y me vi obligado a descender.

Vi a Céline bajando de un autobús. La calle estaba desierta y se dirigió al puente, tambaleándose, pero no pudo ver mi cuerpo translúcido.

Aunque el paso de los años se dibujaba en su rostro arrugado y pómulos estrechos, su belleza permanecía intacta.

La pasión que una vez la definió era una sombra en sus ojeras.

Quizá era adicta, o se convirtió en una publicista fracasada; daba lo mismo.

Mi corazón, ¿es que aún tenía uno?, latía al verla tan cerca, pero tan lejos de mí.

Céline se asomó al río. Miró pensativa el agua correr y subió al filo del puente.

En un suspiro, se dejó caer al Sena. Luchaba por mantenerse a flote, enredada en el vestidillo de verano.

Miré asombrado mis manos espectrales que empezaron a tomar forma.

No sentí el peso de mis alas y noté que vestía la ropa de hacía una década, de cuando me suicidé.

Aspiré el aire que llenó mis pulmones de nuevo, un sentimiento agradable.

Sin pensarlo, me tiré al agua y nadé. La arrastré por el cuello hasta la ribera y la saqué del río.

Tosía y vomitaba. Abrí su boca para darle respiración y abrió los ojos.

Quizá me reconoció; aunque no fuera famoso, tal vez no me había olvidado.

Allí, bajo la luz del crepúsculo, nuestros alientos se encontraron en un beso que desafiaba a la muerte.

Sonrió con esa mirada sarcástica que adoraba, aquella sonrisa de pain au chocolat.

Se puso en pie, aturdida, y me abrazó. Sentí que mi erección tocaba su entrepierna sobre el vestido de seda empapado.

Sonrojada, me tomó de la mano y caminamos algunas calles hasta su apartamento, cabizbajos, sin decirnos nada.

Con la luz apagada, nuestras manos exploraron la desnudez.

Sentí los pezones erguidos de sus pechos nimios, besé el ombligo de su vientre suave y regordete y mi boca regresó hacia la suya.

Le besé el cuello, la abracé con fuerza entre gemidos incesantes.

Las caderas amplias se sacudieron. La pelvis se estremeció al sentir la masculinidad pulsando en su interior. Después, todo fue calma.

Apartó mi cuerpo sudoroso y se subió las bragas.

—Sacré Bleu! ¿Es que me has convertido en madre después de todo este tiempo? —dijo entre risillas pícaras que, para mí, eran el sonido del cielo.

—Tal vez —respondí con mi voz de ultratumba.

Saltó con entusiasmo de la cama con los pechos al aire y encendió la luz. En sus ojos brillaba la inocente certeza de quien acababa de enamorarse por primera vez. Pero la sonrisa que tanto amaba abandonó su rostro.

Las lágrimas empezaron a brillarle sobre las mejillas como si algo en su interior se hubiese roto. Miró cómo mi silueta se desvanecía entre plumas blancas que se posaban sobre el lecho vacío.