Histeria 10/12 1930 #2
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10/12 1930 #2

—Últimamente vienen bastantes familias con lo de quemar los restos. ¿Tanto creen que ocupan los muertos en un nicho? Si vieran el cadáver a la semana.

Cañas lo fulmina con la mirada.

—Por favor…

—Perdón, Cañas —dice el forense—, a veces olvido que mi rutina es el peor día de muchas personas. Te prometo que no soy un imbécil, mi actitud solo es autodefensa. Los investigadores también hacéis chistes sobre vuestros casos.

—Yo no los hago.

—La felicidad no ayuda en estos trabajos, pero el humor sí.

El forense empuja las bolsas que contienen a Jairo y a Metralla a sus archivadores metálicos, deslizándolas sobre los ruedines.

Antes de cerrar la que guarda al capo, observa su rostro como si le sonara de algo.

Luego apaga los plafones del techo, deja una lamparita encendida al lado del cadáver de Germán y se marcha.

—Lamento no haberte detenido antes —dice Cañas al cuerpo de Germán—, pero juro que cumpliré tu primera orden, juro que encontraré a Bam Bam. —Le pone una mano sobre el hombro—. Para mí también fue un honor trabajar contigo.

Y le deja una nueva y brillante placa de policía sobre el pecho.

Germán Moreda

2487 CNP

Cañas deambula por la calle con la mirada de nuevo fija entre los pies.

Aquellas aceras pegoteadas con chicles, colillas y un perpetuo manto de polvo.

A dos manzanas de su casa, alguien lo empuja desde el lado derecho.

Levanta la vista y encuentra a un obrero con chaleco reflectante, flecha azul en mano y mucha prisa, que corta el paso a los peatones cuando otra decena de obreros forma un perímetro de seguridad.

Acto seguido viene uno sin chaleco, que despliega una cinta roja entre los semáforos.

La misma que utilizan los policías para acotar escenas de crímenes, pero más gruesa, más satinada.

—Póngase donde los demás si quiere ver la demolición —dice a Cañas.

El investigador se apiña en el extremo contrario con el resto de las personas que atravesaban la carretera.

Ahora ha de dar una vuelta de quince minutos para llegar a su casa.

Enfrente, un edificio de nueve alturas, paredes desconchadas y ventanales con marcos de madera.

Sobre el portal, frisos con bajorrelieves de querubines y diablillos, luego un pasadizo gótico hasta las escaleras de las viviendas.

En la terraza superior aún se mantiene un ángel redentor de mármol, manchado de excrementos de palomas, que desafía al cielo con su espada.

—Listo por aquí —dice un obrero a los dinamiteros.

Los que manejan los explosivos están en una cabina portátil, bajo un cartelón que anuncia neumáticos y comunicados con el exterior mediante peones y consignas.

Detrás, un coche extranjero se coloca en perpendicular para ver la demolición.

Las familias que vivían en el edificio se sitúan a su izquierda.

El portero, aún con mandilón laboral, charla con el sereno del distrito mientras se pasan una botella de vino atravesada por un carrizo.

Cañas se aproxima a ellos.

—¿Lo van a tirar ya? —pregunta.

—Ahora mismo —contesta el portero—. Yo no me lo perdería.

—Siempre pensé que lo acabarían reformando.

—El propietario ha llegado a un acuerdo con el ayuntamiento para construir un edificio de oficinas.

—¿Y qué harán los vecinos que vivían en esos pisos?

—Ahí los tiene. —El portero señala a las familias, algunas sentadas en sillas de playa como para contemplar un eclipse—. Les han pagado cuatro pesetas y los han reubicado al sur de la ciudad, igual que todo lo que sobra en Madrid.

—Aluminosis —dice el sereno—. Los arquitectos municipales certificaron varios rastros de aluminosis en la estructura y no se pudo hacer más para salvar el edificio.

Cañas rechaza el vino que le ofrecen.

—No bebo, gracias. Todavía se veía bastante bien.

—Apaños de los concejales que nunca han visto a la tal aluminosis —contesta el portero—. Le aseguro que fue una construcción majestuosa en su época.

—Imagino que ustedes dos habrán vivido muchas cosas ahí dentro.

—Con todos los respetos —dice el portero—, no se lo imagina.

Cañas cabecea y se aleja, esquivando a un policía con un pastor alemán sujeto de una cadena.

A los pocos segundos, el edificio se derrumba mediante un estruendo.

Las cargas lineales cortan los soportes de acero, sus barreños explotan progresivamente y los pisos inferiores inician la caída controlada.

Cañas sube la capucha de su trenca en cuanto nota la polvareda a la espalda.

Rodeado de ese paisaje que percibe enfermo, de las construcciones apelotonadas, los solares, las grúas y el horizonte filtrándose a través del serrín.

Siente rabia de que aquello sea el final.

El vacío que sufre, el pisar encima de cadáveres, unido al mismo compromiso, a la misma cama, al mismo bigote ridículo que hoy se afeitará, no le deja camuflarse como le gustaría en la ciudad.

Se dice que ahora tampoco debe castigarse más, que tampoco debe girarse para comprobar que todo se hunde sin que el futuro sepa quién estuvo antes, allí, en la nada.

Nombres de personas que no volverán a pronunciarse como si jamás hubieran existido.

Es su historia y no queda otra que contar.