Histeria 1996
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1996

Comisaría del Cuerpo Nacional de Policía en Usera.

Exterior de la sala de interrogatorios.

No consiguieron los habituales doce puntos comparativos, pero sí ocho, suficientes según los protocolos de dactiloscopia.

A pesar de eso, durante la noche de la detención del Ángel Azul unos pocos policías asumieron, callados, frustrados, que quizá el culpable jamás sería condenado con aquella prueba.

Hasta hoy.

—Entramos todos juntos —dice Cañas, con un tampón de tinta en la mano—.

Se merece la puesta en escena. Tiene que ser él, pero saberlo no vale de nada.

En este trabajo hemos de probarlo todo… Espero que nunca tengáis que pasar por algo parecido.

Cuando dos investigadores se enfrentan a una situación como aquella, uno se hace cargo de ciertas responsabilidades con el otro.

Más viejo, más cabrón y probablemente apartado del cuerpo, Germán haría lo mismo que yo.

Aunque, tal como salieron las cosas, me toca cerrarlo a mí.

Para Cañas, en otra época el mal también estaba entre los suyos. A los investigadores de su brigada les tocó aprender de sus consecuencias no pretendidas. Ahora cree que ha llegado el momento de que lo aprenda y lo pague el principal culpable.

—Cuando quieras —dice el subinspector—. Lo disfrutaremos.

Cañas comanda a los policías para entrar en la sala de interrogatorios, que de pronto se queda pequeña.

Coloca el tampón de tinta sobre la mesa, al lado de la grabadora que vuelve a encender.

El detenido se embota en el dispositivo, luego amplía la panorámica a los agentes que desearían apagar el casete y molerlo a golpes.

Parece que ya no las tiene todas consigo, pero mantiene su pose enigmática.

No ha vuelto a abrir la boca desde que dijo que el monstruo aún andaba suelto.

—¿Para qué has traído a tantos amigos? —pregunta a Cañas.

—¿Nunca has escuchado que, si tocas a un policía, los tocas a todos?

Cañas se sitúa a su derecha, de pie y apoyado en la mesa, como para contarle una confidencia. Entretanto, desclasifica unas cuantas fotos del dosier. Ahí se ve cómo quedó la cabeza de Pitu. El detenido ni se inmuta por la colección de hematomas y fracturas que le ponen delante de sus ojos.

—Al chaval le rompieron el cráneo por cuatro lados —dice Cañas—.

Hubo que colocarle una placa metálica en la frente, otra en el pómulo y estuvo muchos años con un casco ortopédico, a pesar de que ni podía caminar.

Como los que usan los jugadores de rugby, pero de metal también.

El segundo golpe con el bajo le trenzó el nervio óptico y se quedó ciego.

—¿Para siempre? —pregunta el detenido.

—Para siempre —contesta Cañas—. Que es mucho tiempo.

El detenido arruga la nariz, como si no contase con eso.

—Aquella noche ibas con pasamontañas y guantes —sigue Cañas—.

Era tu costumbre cada vez que tenías un encargo y por esa eficiencia trabajabas para alguien como De la Torre.

Los detalles que, aún hoy, diferencian a los verdaderos profesionales de los paletos con un arma y una recompensa; pero, cuando Pitu tiró del instrumento para recuperarlo, las cuerdas rasgaron tus guantes.

El mástil quedó impregnado de unas cuantas huellas.

Es lo que tiene agarrarlo tan fuerte como para destrozarle la cabeza a continuación.

El detenido se echa hacia atrás.

—Mis huellas en un instrumento de música.

—Desde hace dieciocho años. —Cañas tira las fotos sobre la mesa y agita el informe dactilar—.

Esta es la mejor literatura sobre dactiloscopia que he leído.

El bajo pasó por un montón de expertos, porque no eran capaces de recoger los ocho puntos comparativos hasta que apareció esta manchita en el segundo traste.

—Cañas puntea unos surcos que redondean la mitad de un dedo índice—.

Es tuya, Bam Bam, y la investigación se termina aquí.

—Soy un marchante de tela.

—¿Que ha estado tanto tiempo fugado en Sudamérica?

—Tengo documentos que prueban que Andrés García siempre ha trabajado para la industria textil.

—Las grandes mentiras se construyen sobre pequeñas verdades.

—Muchos documentos, inspector.

—Y menuda mierda de nombre te has puesto.

Las rodillas del detenido suben y bajan compulsivamente, y las manos continúan formando dos puños.

—¿Por qué has vuelto para liarla en un antro, Bam Bam?

El detenido se acerca a la grabadora.

—No sé quién es ese —contesta al aparato.

—Supongo que te cansaste de dar tumbos por ahí —dice Cañas—.

Y lo entiendo, en Madrid fuiste el mejor en lo tuyo.

Nadie recuerda a Jairo, a Metralla, ni siquiera casi a De la Torre, pero en las calles y en la brigada siempre se hablaba sobre el legionario que escapó con tantos millones y que te han debido de durar poco.

Vales para lo que vales, ¿no? Te vieron en Montevideo, São Paulo, Barranquilla y Tijuana.

Yo estaba allí en cuanto recibía la información, pero entonces habías cambiado de escondite.

En Uruguay casi te cojo, ¿lo recuerdas? Luego conseguiste desaparecer y muchos te daban por muerto.

—Si no fuera un profesional, me daría pena lo que pasará a continuación —contesta el detenido—. De verdad.

—¿Pena por mí?

Vuelve a borrar su acento sudamericano.

—Pena, inspector.

—¿Lo habéis escuchado? —pregunta Cañas a los otros policías.

—Tenía acento de Carabanchel Alto —contesta uno.

—Veinticinco años de prisión ayudarán a tu soberbia, Bam Bam —dice Cañas—.

¿Conoces cómo funciona ahora ahí dentro?

Las cosas cambiaron mucho desde que te escapaste, cuando en las prisiones mandaban los presos y no el alcaide.

El primer día te pondrán en pelotas, alumbrarán todos los agujeros de tu cuerpo con una linterna, te harán toser y saltar para ver si cae algo de dentro y te darán un uniforme en el módulo de ingresos.

Luego te llevarán a la enfermería, harán un chequeo de la salud de mierda que debes de tener y te meterán en una celda con cualquier tarado.

Un juez decretará tu régimen de aislamiento a la semana siguiente.

—Las frases de Cañas ganan ímpetu cuando se acercan al futuro—.

Te enviarán a la cárcel del Puerto de Santa María, a una habitación de dos por dos, con un catre duro y una taza para cagar la comida fría que te facilitarán por una trampilla.

Pasarás allí veintitrés horas al día, repasando una y otra vez los errores que te han encerrado y volviéndote loco.

No loco como estás ahora, loco de los que se dan cabezazos hasta quedarse inconscientes, pero siempre te despertarás otra vez en la celda.

Si no gritas mucho, dispondrás de un rato de patio que, en realidad, es un trozo de cemento donde turnan a los más malos.

Y por duro que creas ser, dudo que aguantes el primer semestre como preso preventivo.

Es cuando tu abogado descolgará el teléfono de fiscalía y pactará treinta años de cárcel a condición de que te permitan morir fuera del régimen de aislamiento, en la galería con los criminales jóvenes que te pasarán por encima cada noche. ¿Y sabes qué?

Si lo sabe, el detenido no contesta.

—Que aun así tu vida, reducida a esconderte mientras te hacías viejo y luego a pudrirte en una celda, no será peor que la del chico al que dejaste ciego.

Cañas ordena que le quiten las esposas al detenido.

Piensa que esa imagen confiada es la última treta y que no tardará en reconocer la derrota.

Cuatro agentes lo abordan por detrás y lo liberan de las manillas.

Aquel tampón de tinta corre por la mesa.

Solo es protocolo, porque son policías, no detectives.

Nadie logrará identificar a Bam Bam en una foto tantos años después y con los rasgos cambiados por la cirugía y la vida de furtivo.

Ahora se recogen muestras de ADN , pero aquella, como dijo un forense, era ciencia ficción.

Y el detenido deshace los puños y adelanta la palma derecha para, lentamente, mostrársela a Cañas.

—He vuelto para alquilar un pisito al sur de Madrid —dice—.

Y como era tan bueno en lo mío, pronto volverán a encargarme mis antiguos trabajos…

Seda, lino, alpaca o cualquier cosa al por menor que me pidan.

Llevas razón con que cada uno vale para lo que vale.

En Sudamérica no me pagaban lo que merecía y algunos de los negocios en los que invertí tampoco salieron como esperaba.

El detenido tiene quemaduras de ácido en los dedos, manchitas blancas donde deberían estar los surcos de fricción y relieve. El corrosivo se ha comido la epidermis, la dermis y la hipodermis, que también ha limado a bisturí.

—¿Qué coño es eso? —pregunta Cañas.

—Durante la pelea con Ronald no nos fijamos en… —El subinspector no sabe cómo responder—. Dios mío, nunca he visto nada igual.

—Sufrí un accidente en uno de esos lugares que decías, donde antes de levantarte de la cama ya sabes el tiempo que hace —sigue el detenido—. En la industria textil trabajamos con disolventes y hay muchos informes médicos que explican estas heridas.

Cañas es incapaz de moverse del sitio.

No, no, no…

—Desconozco cuánto sufrió ese chico de las fotos, pero yo perdí el sentido del tacto en las manos.

Cañas deja caer el folio de muestras que sostenía.

—No es justo.

—¿Ahora te das cuenta de que esto nunca ha ido de justicia, inspector?

Será Andrés García el que ponga los dedos sobre el tampón de tinta y los apriete, retuerza, en el folio de muestras que ahora sostiene otro policía desconcertado. En efecto, el detenido no siente dónde coloca las yemas. Un gesto que le vale tanto de adiós como de una nueva bienvenida a Madrid.

—Comparad mis huellas con las del informe y hemos terminado.