Histeria 10/12 1930
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10/12 1930

«Apréndete el nombre, es uno de nuestros mejores investigadores».

Flashes de cámaras y sonrisas amplias.

—Con esa respuesta finalizamos la rueda de prensa —dice el comisario—.

Y ahora pido un aplauso para el orgullo de la ciudad, para la Brigada de Información y su inspector Jiménez.

—Suben los decibelios—. ¡Este hombre a mi derecha es el que dirigió la operación contra el Ángel Azul con métodos científicos, ilustrados, dignos de la Europa más avanzada!

, ¡de nuestro renovado cuerpo de policía que asegura a los ciudadanos que ningún crimen quedará impune!

El comisario rompe a aplaudir con su gorra bajo el hombro.

La multitud de periodistas y policías lo secundan.

En plano posterior, Jiménez asiente en agradecimiento.

Aquello de que ningún crimen quedará impune le ha chirriado y calcula la factura de semejante eslogan.

Lo rodean los investigadores de la brigada que por el momento y con una sola detención casi se han ganado la confianza de los madrileños.

Hoy la antigua Político-Social es una fotografía en blanco y negro, gastada, con los bordes dentados, de otro tiempo y lugar, pendiente de juicio por la historia, nada que ver con que en su mayoría la compusiesen los que miran a las cámaras.

Para fotografías a todo color; para, como dijo antes el comisario, ser el orgullo de una ciudad que todavía conoce más de supervivencia que de vanidad.

Luego, en el despacho de Jiménez.

—Me alegro de que hayas sido tú —dice el comisario.

—¿Te han anunciado cuándo será? —pregunta Jiménez.

—Quedan los últimos trámites administrativos —contesta el comisario—.

De tres semanas a tres meses en el peor de los casos.

Mallorca es aburrida en invierno, pero espera que llegue la primavera y verás cómo mejora mi swing de golf.

El traslado será una bendición para mi familia y en Madrid aún queda mucha tela que cortar.

Lo sabes, ¿verdad? Me vine un poco arriba en la rueda de prensa.

—Lo de que ningún crimen quedará impune fue bastante optimista —dice Jiménez—. Ten cuidado con la humedad de Mallorca.

—Me estoy tratando el reuma con hojas de árnica.

—¿Sí? Yo empiezo a notarlo en las rodillas.

—Espero que te aguanten porque, a poco que los políticos mantengan la compostura, estás en disposición para aplicar tus ideas reformistas en la ciudad.

El subinspector llama a la puerta.

—Adelante —dice Jiménez.

Se cuadra al entrar.

—Disculpen, no sabía que estaban reunidos. Un investigador de la brigada se ha puesto muy pesado con ver a Jiménez, al punto de casi ganarse un parte disciplinario. Asegura que es urgente y sobre un caso confidencial.

Cañas está detrás del subinspector.

—Se llama Alfredo Cañas —dice Jiménez—. Apréndete el nombre, es uno de nuestros mejores investigadores y lo escucharé en cuanto termine con el comisario.

—Ya hemos terminado. —El comisario sonríe de oreja a oreja—.

En un rato tengo la conexión en directo con el informativo de la Primera.

Verás las respuestas que le doy a esa presentadora de los pendientes de perlas.

No para de usar palabras esdrújulas y todos los superlativos del diccionario, como si no estuviese leyendo un guion en una pantalla.

—Te verán muchísimos espectadores.

—Cualquiera que tenga una televisión. ¿Quién coño sintoniza la Segunda?

El comisario se marcha dando palmaditas al subinspector y también a Cañas. Hace tiempo que se comporta más como un político que como un policía, la razón por la que ni intuye que el propio Jiménez es un espectador habitual de la Segunda.

—Siéntate, Cañas —dice este.

—Prefiero quedarme de pie.

—Ah, será esa clase de visita.

Los dos miran al subinspector, que no comprende cuánto sobra.

—¿Quieres un café? —pregunta Jiménez a Cañas.

—Doble, por favor.

—Yo hoy lo tomaré muy corto. Ristretto, dicen los italianos.

El subinspector se marcha a la cocina de la planta inferior.

—Cuidado con lo que vas a soltar por la boca —dice Jiménez en cuanto quedan a solas—. Te veo nervioso, Cañas.

—¿Por qué no ha salido su nombre en la rueda de prensa? Una simple mención… Algo.

—¿Seguro que no quieres sentarte?

—¿Por qué no ha salido?

—El investigador más corrupto de la brigada no iba a ser el héroe.

—Él no pretendía ser el héroe.

—Necesitamos uno y mejor todo el cuerpo de policía que un cadáver. Además, tiroteado en un burdel de baja estofa.

—Frecuentado por otros agentes a sus órdenes.

—Ninguno hacía negocios con el proxeneta que lo dirige.

—Pero allí se ha llevado por delante a los dos criminales más importantes de la ciudad. Tal vez Germán conocía nuestro trabajo mejor que nadie, porque ni usted ni yo seríamos capaces de algo semejante.

—Reconozco que su hoja de méritos mejoró en los últimos días.

—Entonces haga algo con su nombre.

—¿Algo más que no ensuciarlo? No deja ni familia a la que montarle un pequeño acto. Bastante que ahora sus compañeros lo admiren y presuman de haber patrullado a su lado.

—¡Todavía tiene vigente la orden de busca y captura!

—¡Ni se te ocurra levantar la voz en mi despacho y adecúate a tu rango! —grita Jiménez—. Le retiraremos la orden en cuanto se inscriba su muerte en el Registro Civil. Es el protocolo, Cañas.

—Siempre el dichoso protocolo.

—Protocolo, porque somos policías Y ojalá en unos meses tan elogiados como hoy.

Monta una oficina de detectives si quieres hacer las cosas igual que en las películas.

En la vida real, se dedican a encontrar mascotas perdidas y a perseguir a los que están de baja médica para el seguro.

Por supuesto, deberías dejar la leche con azúcar y pasarte al whisky.

También buscarte una femme fatale. ¿Se muda tu novia?

Cañas resopla: el inspector sabe aún más de lo que parece.

—Se muda —contesta—. Y ella no es muy fatal.

—Enhorabuena, supongo.

—¿Y lo del chico? No puedo quitármelo de la cabeza.

Jiménez tuerce el gesto al acordarse de Pitu, de Marta, de Consuelo.

—Una consecuencia no pretendida —dice—. La vida de un joven es un proyecto muy caro para tirarlo así. Pienso en todo el tiempo que le habrán dedicado tantas personas y en el que le quedaba por delante y solo puedo pensar que fue una consecuencia no pretendida. Casi lo salvas, Cañas.

—Mi investigación está llena de casis. Casi descubro a Germán, casi detengo a Bam Bam, casi salvo al chico. —Ahora Cañas mira a un punto entre sus pies—. Con su permiso, voy a despedirme de mi compañero.

Hace un saludo marcial y Jiménez se lo devuelve, reconociendo otra vez que ha encontrado un subordinado valioso.

Ambos se necesitan para lo que viene y ambos creen que aquel casi se convertirá en muchas investigaciones resueltas, cuando Cañas tenga más experiencia, más recursos, más bigote, y deje de ser el hombre que perseguía las persecuciones.

En la sala de autopsias.

El forense ha cerrado el cuerpo de Germán.

Dos cortes oblicuos atraviesan el cuello, se unen bajo el esternón y descienden en una línea, muy gruesa, mal puntuada, hasta circuncidar el ombligo.

El agujero de bala en la frente está tapado con maquillaje.

Dentro, una cera viscosa disimula la fractura.

Le han sacado todos los órganos, los han pesado y drenado, han tomado muestras de sus tejidos y han vuelto a colocárselos en el sitio de los vivos.

Cañas coge la mano del cadáver.

Frío.

No frío como el hielo, frío como una pared.

—Lo siento, Cañas.

—Gracias…

—Murió al momento, sin sufrir —dice el forense—. Igual que los otros dos.

Cañas observa las bolsas que contienen los cuerpos de Jairo y Metralla.

—¿Son ellos?

—Sí. Acabo de terminar sus autopsias.

—En bolsas de plástico como dos cualquieras.

—Todas las personas se parecen cuando las abro.

—Avisé a Germán de que llevaba toda su vida buscando que le pegasen un tiro —dice Cañas, negando con la cabeza—. Ayer por fin lo consiguió.

—Y hoy nadie reclama el cuerpo.

—No quiero que lo mandes a las fosas. Yo pagaré su incineración.

—¿Si lo enviamos a la Facultad de Medicina?

—Te repito que yo la pago. —Cañas conoce las comisiones de los forenses con la facultad—. Oye, llevo toda la tarde dándole vueltas a un asunto técnico.

—¿De lo mío? Recuerda que solo soy un hombre de ciencia.

—De lo tuyo y de este caso. ¿Cuánto le duran a un muerto las huellas dactilares? Puede que recuperemos algunas de un objeto y todavía no sé si encontraremos con vida al que las dejó.

—Para un reconocimiento de identidad, la dermis pierde sus propiedades a los cuatro días de la muerte. A partir de ahí hemos de recurrir a la dentadura, que en tu investigación creo que no serviría de mucho.

—¿Y a un vivo?

—Los patrones son permanentes, Cañas.

—Pero ¿no hay excepciones?

—Ah, claro, esto es ciencia y siempre hay excepciones.

Las huellas de los dedos pueden gastarse.

He visto casos de obreros o friegaplatos que se quedan sin detalles, aunque tienden a regenerarse en poco tiempo.

Recuerdo que, hace unos años, un americano perdió aquí el pulgar con el motor de un barco.

Te hablo de cuando el agua del Manzanares todavía no era marrón.

Un vecino pescó un barbo al día siguiente y encontró el dedo en su boca.

Lo trajeron aquí porque creían que habría que investigar un asesinato, pero probamos que pertenecía al americano.

Aún tenía surcos de fricción y un poco de relieve.

El tipo había interpuesto una demanda contra el patrón del barco.

Se ve que en Estados Unidos hacen eso, demandan por cualquier cosa y a correr.

—Entonces las huellas siguen dándonos la máxima fiabilidad hoy en día.

—Quedan muchos años para lo del ADN . Jiménez siempre trae sus revistas en inglés con ensayos médicos, eso sí será máxima fiabilidad, aunque todavía no sabemos tomar muestras ni tampoco almacenarlas.

—El forense se quita los guantes y coge un fichero de la mesa—.

Hay que cubrirlo, para lo de la incineración.

—Ahora lo relleno.