Histeria 10/12 1841
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10/12 1841

«La última bala siempre es para uno mismo».

Burdel de Braulio.

Esta es una habitación del cuarto piso que, entre la puerta y la ventana, tiene un armario con molduras de nogalina.

Las baldas, cubiertas con estraza para no manchar la lencería.

Sujetadores, picardías, ligas con bolitas de poliéster, dos arneses diseñados en látex, uno rosa ya estriado, el otro negro con remaches.

Al lado, el espejo refleja la cama, adosada a la pared por el cabezal y tapada con una manta lila.

Encima tartamudea una bombilla de cuarenta vatios.

La mesita de noche, ocupada por un quinqué de las épocas en las que se iba la electricidad, una botella de licor de caña, muchas colillas, dos vasos sucios y una placa de policía igual de sucia.

Germán retira de su muslo la mano de Clotilde.

Es una mujer guapa y con clase, la que sucederá a la madame que se pasea por allí, ya veterana para esos horarios de siempre abierto.

Hoy cobra por observar al viejo policía y cliente, alguna vez amigo cuando apaleaba a los que se pasaban de rosca en el burdel.

Germán se levanta de la cama y abre la ventana del patio interior.

Necesita aire fresco y, a cambio, una mezcla de olor a repollo y lentejas recalentadas sube desde el primero.

Escucha música radiofónica con un bolero que crepita por la mala cobertura.

Alguien hace tronar una cisterna y rechinan los muelles de otro colchón, donde una chica protesta y un chico gime entre sofocados «no, no» que pasan a «sí, sí».

Germán regurgita un poco de bilis, la escupe hasta un calcetín colgado de un tendal y otea el sol que se insinúa por encima del patio.

Después vuelve a la cama, pero esta vez se tumba.

Sus párpados se caen y Clotilde solo cobrará por observarlo.

—No puedo imaginar que algo bueno vaya a sucederme en otra parte —dice Germán—. Y ni me importa porque, en realidad, tampoco me gustaba que sucedieran muchas cosas. Estaba satisfecho con joder las de los demás.

—¿Satisfecho de no vivir las tuyas?

—Eso es.

—Y el acuerdo con Braulio te librará del resto.

—Cualquiera que sea el final, también estaré satisfecho.

—No sé si esa es la palabra, Germán.

Clotilde tira las colillas dentro de un vaso y echa una ojeada a aquella habitación, tan diferente de lo que soñaba antes de llegar a Madrid. Se resigna a la decisión de Germán, y para ella significa aceptarla.

—Me parece honesto lo que has hecho —dice después—, pero deja de pedir perdón a tu manera. Todos te respetarían más.

Germán se recuesta sobre la almohada, poco mullida. Su cabeza busca la zona donde no hay nada escondido. La encuentra y le parece el cojín más cómodo de su vida. No ha dormido en dos días, desde que perdió a Bam Bam en el último segundo y lo que vino después.

—Por eso no me voy a escapar —dice.

Clotilde sale de la habitación y forma un adiós con los labios.

Hoy, también, lo respeta más.

Braulio conduce a Jairo y a Metralla a ese cuarto piso.

Los hombres del proxeneta se quedan en el nivel inferior tras los saludos.

Su portalón no está hecho de una pieza, sino con tablas de un metro de ancho y unidas por herrajes para que aguante la embestida de un ariete policial.

En la escalera, un tumulto de gente se aparta a su paso.

El menudeo de heroína trae más clientes y aún pocos problemas.

Los tres entran en el burdel y, según el plan, encuentran a Clotilde como una estatua al final del pasillo.

Ella carga los vasos sucios a la cocina y atranca la puerta, se sienta en un taburete y espera con esas copas en la mano.

Observa la hierbaluisa que crece en un junquillo de la ventana, le tienta olerla, pero al final mueve las colillas por el fondo del cristal.

Está viendo un futuro muy negro en los posos.

Braulio guía a los invitados hasta la segunda habitación para, desde fuera, oír los ronquidos de Germán.

Jairo y Metralla se colocan a ambos lados de la pared y luego asienten al chivato, que ha cumplido su parte.

Le ordenan que se largue de allí y él no se lo piensa dos veces, pellizcando su sombrero.

—Entramos a mi señal —dice Jairo en bajo—. Nadie es capaz de fingir semejantes ronquidos.

—Tenía ganas de acabar con esto —contesta Metralla.

—Ni llevaremos pistola tras la muerte del poli —Jairo habla todavía a menos volumen mientras desenfunda la suya—. El otro día mi asistente me habló de un tal Paul Getty, un empresario que pedía los trajes sin bolsillos.

—¿Y dónde metía la cartera?

—Le invitaban a todo, Metralla.

Por fin, Jairo piensa que también logrará retirarse con varios trajes así.

Metralla tira la puerta abajo.

Y Germán ya tiene un cañón en la sien y otro en el pecho.

—El famoso Germán Moreda —dice Jairo—. La última pieza de mi caza.

A Germán le cuesta concretar cuánto tiempo ha dormido. Había soñado con algo muy frío, lejano, pero tranquilo y sin cuentas pendientes. Ahora abre los ojos, el corazón le vuelve a latir con fuerza y no le queda nada más por delante que aquellas cuatro paredes.

—No tan famoso, creo —contesta, buscando su saliva—. ¿Y tú eres?

—¿Aparentaremos que no os hacéis pajas con mis fotos en comisaría? —pregunta Jairo—. Ayer te llevaste al Ángel Azul por delante, pero no sé si los tuyos te buscan para ponerte una medalla o unos grilletes.

Metralla guarda su pistola y registra la habitación. Nada que le inquiete, casi nada en verdad, aunque esos arneses de látex le generan curiosidad. La funda pistolera de Germán cuelga dentro del armario con su arma reglamentaria y la examina para comprobar que le queda una bala en el cargador.

—La última bala siempre es para uno mismo —dice Metralla—. Eso hizo mi abuelo en la Guerra Civil, volarse la cabeza con su propia munición.

—Yo solo gasté las demás y no pude pasar ni por mi casa ni por comisaría a recargar —contesta Germán—. Medallas o grilletes, me están buscando.

—No con tantas ganas si te escondes aquí —dice Jairo.

—Quizá mi inspector jefe quiera que me encontréis primero vosotros. Sería alguien incómodo para él si sobrevivo.

Jairo observa la botella de licor de caña.

—Sobrevivir para sobrebeber. —Y pregunta por—: ¿Bam Bam?

—Ese es caro de ver. Debe de estar de polizonte en algún barco.

—Lo encontraremos en cuanto gaste algo de su dinero por el mundo adelante. No parece la persona adecuada para manejar millones sin dejar rastro. Un asesino vale para lo que vale, y cuentan que también casi lo atrapaste ayer.

—Faltaba poco. —Germán tose sobre la almohada—. Pero entonces atropellé al psicópata más buscado de la historia de la ciudad.

—No mentirás, porque veo que ya no te importa nada. —Jairo separa su pistola del pecho de Germán—. ¿Le diste tú el chivatazo a De la Torre?

—Es difícil conformarse con un sueldo cuando encuentras tanto dinero en algunos registros.

—¿Nadie más te ayudaba vendiendo la información? Ibas a todas partes junto a un policía joven, uno que vive en Chamartín y que tiene una novia muy guapa.

—Cañas pide leche con azúcar en los bares. Olvídalo, el sucio era yo.

—¿Y sabías que mi hermano estaba en la casa?

—¿Tú lo sabías? —pregunta de vuelta Germán a Jairo—. De la Torre no lo hubiera aprobado en tal caso. Era el hombre más inteligente que he conocido y, mira, recogieron lo que quedó de él con una escoba.

Jairo endurece los párpados. Sospecha que ese policía podría intentar probar que la bomba fue suya.

Otro motivo para matarlo, pero disparar a Germán en el estómago, tal y como iba a hacer, no le parece justo con lo que le confiesa.

Aunque prefiera métodos más originales, el capo ha comprobado que no hay muerte tan dolorosa como una bala retorciéndose en las tripas.

—Pues caso resuelto, poli —dice Jairo—. Te ahorraremos la tortura por tu sinceridad.

—Conocía algo sobre torturas —contesta Germán.

—Pero has sido honesto y queríamos terminar esto de una vez.

—¿La solución es matarme?

—Todo acto tiene su consecuencia —contesta Jairo, sorprendido porque sea posible considerar que hay otra—. Levántate y dame la espalda. Tampoco te dispararé en la cara, para que te despidan con honores.

Metralla se coloca como espectador junto al capo. Y ese descuido es su mayor error, porque Germán se yergue con un movimiento fulgurante y saca dos pistolitas de la almohada, cruza los brazos y sus cañones quedan sobre las barbillas de los que iban a matarle.

Nadie se mueve.

Nadie sabe si debe hacerlo.

—Pistolas de bolso las llaman aquí —dice Germán—. Las chicas me han cogido cariño tras tantas noches metido en el burdel.

Metralla respira audiblemente, tan arrepentido de no haber registrado el camastro.

El hombre que les apunta parecía un muerto de permiso cuando entraron y resulta que era justo lo que quería parecer.

En contraste, Jairo ni se inmuta, con la pistola de su padre también apoyada en la sien de Germán.

Es la primera vez que lo ponen en una situación comprometida en mucho tiempo.

Le recuerda a los muertos de su cacería, a Javi el Rojo, a Emre, al muchacho que enrollaba kebabs, a De la Torre, al guardaespaldas para todo.

¿Era más listo que ellos o solo partía con ventaja?

Quizá el asesino de esas personas podría no haber sido él, podría haber sido el mito en el que se convirtió para que lo teman y lo traicionen, capaz de conseguirlo todo menos retirarse a tiempo.

—Hablemos de jugador a jugador —dice entonces Jairo—. ¿Quieres negociar?

—No tengo buenas cartas —contesta Germán—. Adivina cómo me tratarían los presos en la cárcel.

—Al menos déjame lanzar una propuesta —dice Jairo—. Tú y yo guardamos nuestras armas y después te puedes marchar para siempre. Si te cogen otros policías, estarás protegido por nosotros tanto de encerrarte en Carabanchel como en cualquier otra cárcel del país. Palabra de un Vargas.

—¿Ahora es cuando viene lo de la garantía? En comisaría pensábamos que era una patraña.

—En comisaría no entendéis que, si naces pobre, lo único que tienes es tu palabra. Y con la palabra al final tienes tu nombre.

—Las dos cosas que nunca tuve —dice Germán—. ¿Y qué les pasaría luego a las chicas del burdel?

—Hay códigos en esto. Te aseguro que lo resolveremos solo con Braulio y a él no le vamos a ahorrar torturas.

—Ese pedazo de mierda siempre cae de pie —Germán ni aparenta considerar la propuesta—, aunque en realidad me haríais un favor matándonos aquí los tres. Hasta para ti será imposible conseguir que no me rajen al entrar en cualquier cárcel.

—¿Te servirá tu nuevo nombre dentro de una caja de pino?

—No lo conseguiré vivo. Entre el Ángel Azul y Jairo y su lugarteniente… Coño, he pagado mis pecados.

—¿Aquí y ahora? —pregunta Metralla—. ¿Justo al final?

—No sé si podré hacer algo más que intentarlo, amigo —contesta Jairo, tensionando el brazo—. A este policía le sucede lo mismo que a mí.

—¿Qué nos sucede?

—Que no nos gusta la gente, Germán. Y habías tomado tu decisión antes de que entrásemos. ¿Me equivoco?

Germán empuja las dos pistolas sobre las barbillas.

Jairo debe de ser una milésima más rápido si contesta que no.

—¿Si te equivocas? —Germán contiene un instante la respuesta—. No.

En la cocina se oyen tres disparos simultáneos.