Histeria 10/12 0001 #2
90%

10/12 0001 #2

Bam Bam incrusta el puño americano en el costado de Pitu, que se desploma.

Marta empuja la puerta, pero el legionario tira de la maneta para volver a cerrarla.

Quedan cara a cara y Bam Bam la sujeta del cuello.

Su guante recorre aquel rostro desde lo que queda del rayo para detenerse sobre la garganta.

—Debías haber tirado el pendiente en una papelera —dice Bam Bam— y nunca te hubieras convertido en parte de mi trabajo. Mira adónde nos ha llevado esa codicia.

Agita el puño americano para romperle la cabeza y entonces Pitu le parte el bajo en la espalda.

El legionario rebota contra el portal, los dedos se le quedan trabados en la puerta y se derrumba en la acera, cayéndosele el puño metálico.

Lastimado, se gira para detener el siguiente golpe de lo que queda del instrumento.

Lo sujeta del mástil mientras Pitu mantiene el control del puente.

Los guantes de Bam Bam se rajan por el corte de las cuerdas y, centímetro a centímetro, Pitu recupera el bajo desde sus clavijas.

El legionario acaba por soltarlo y le pega una patada en la rodilla.

Un crujido, un grito ahogado.

Pitu se retuerce en el suelo con tibia y peroné partidos.

Marta se sube a la chepa de Bam Bam, le rompe el pasamontañas, le muerde el cogote y él se la quita de encima. Después la estampa contra el edificio. Coge el bajo roto por el mástil, se gira y lo hace añicos una y otra vez contra la cabeza de Pitu, que volvía a levantarse.

—No, no, no… —Este es Germán, conduciendo el Seat 131.

Enfila la calle de Marta mediante un trompo.

Llevaba toda la noche dando vueltas con la emisora pinchada en la radiofrecuencia de su antigua brigada.

Tras el atentado, sabía que Bam Bam solo tenía esa fecha para escaparse sin cabos sueltos y que el aviso de los escoltas significaba que Marta quedaba desprotegida.

Germán, un policía, un criminal, enciende la sirena por los viejos tiempos.

Bam Bam oye el frenazo del coche, luego un proyectil que silba sobre su cabeza.

Ya no podrá hacer aquello sin mucho ruido, sin parecer un cualquiera.

Suelta el bajo, repta tras un contenedor y dispara una ráfaga de vuelta a Germán, que sale a gatas por la puerta del copiloto.

Bam Bam observa cómo Marta remolca lo que queda de Pitu al portal.

El legionario sostiene la pistola para volarle la cabeza, otra bala de Germán impacta en el cañón de su arma y le hace fallar el disparo.

El proyectil rebota en la farola y tintinea su casquillo por el asfalto.

Marta consigue poner a salvo a Pitu.

—¡Muy bien, Germán! —grita Bam Bam, dando por perdida la oportunidad—. ¡Ganaste! ¡Tú serás un héroe y yo un fugitivo!

Enfunda la pistola, recupera el puño americano y escapa.

Germán distingue su sombra avanzando entre los contenedores y se sube de nuevo al coche de policía.

Lo persigue por la calle perpendicular cuando otros vehículos se tiran a la acera para no chocar contra él.

Bam Bam cruza las plazas de aparcamiento y se cuelga de la parte trasera de un camión de basura, que frena en el peor momento para su huida.

Salta de la plataforma y vuelve a correr mientras lo iluminan los faros de otro camión que circula en sentido contrario.

Germán lo ve en mitad de un destello y lo pone en su punto de mira.

Un poco más, un poco más. Necesita unos metros para acertarle de lleno.

Apoya el cañón en el marco de la ventanilla, la otra mano al volante y ya saborea el disparo.

Ambos doblan la manzana y Germán enmarca por el retrovisor la figura de Bam Bam, que hace un intento inútil levantando las manos.

Quiere significar lo de que, en realidad, no son tan diferentes el uno del otro.

—Escucha, Germán —dice Bam Bam—. No me mates y te hago rico.

Cuando va a apretar el gatillo, Germán contesta:

—Antes era suficiente con dispararles por la espalda cuando huían.

Entonces el Ángel Azul atraviesa la calle a la carrera y el Seat 131 se lo lleva por delante.

Pega varias vueltas en el aire, doble carpado con tirabuzón y aterriza sobre el maletero.

Los escoltas de Marta se abalanzan encima de él.

Lo encañonan, lo engrilletan, imaginando el acto oficial con honores y los compañeros de la brigada formándoles un pasillo.

Finalmente, se aproximan al Seat 131 que les ha hecho el trabajo sucio.

El coche está detenido en mitad de la carretera y con el parabrisas roto.

—¿Eres policía? —preguntan.

Germán apaga la sirena cuando comprueba que Bam Bam ha desaparecido.

—Lo era.

—¿Germán?

Y da marcha atrás a toda velocidad.

—¡Ayuda! —grita Marta desde su portal—. ¡Ayuda, por favor!

El escolta que estaba en la discoteca corre hacia allí.

A partir de ese momento la escena discurre como si el portal fuera una sala de urgencias, salvo que nadie sabe la utilidad de sus actos.

El escolta pregunta qué ha sucedido y Marta señala a Pitu, tirado boca abajo.

No se mueve. El padre de Marta le toma el pulso en la carótida y la madre le limpia la sangre de la cabeza.

Con mucho cuidado, le dan la vuelta por las extremidades superiores.

El escolta coloca su cazadora a modo de almohada y el padre le toma el mismo pulso inestable en la muñeca.

Se fijan en su cara, deformada como si le hubiera atacado un enjambre de abejas.

—No veo nada —dice Pitu—. Me he quedado ciego.

—Todo irá bien, chico —contesta el padre de Marta, a punto de llorar.

—Llama a una ambulancia por tu emisora —dice Marta al escolta.

—No puede ser…

—Me he quedado ciego.

El escolta sale del portal y solicita asistencia médica por la emisora del coche.

No contesta a los gritos de Cañas en la oficina sobre qué ha sucedido.

Imagina a Pitu en la UCI durante meses, tatuado de hematomas, con catéteres que desembocan en una bolsa de plástico, escuálido, jadeante, aquel pitido del electro lo sostendrá en una vida que quizá no merecerá vivirse.

En el portal se comportan como si aún no lo supiesen, o como si no hubiera diferencia entre saberlo y no saberlo.

Luego piensa que Jiménez les dirá que eso fue una consecuencia no pretendida.

El escolta enciende un cigarro, protegiendo la llama del mechero.

Pega dos caladas, se recompone y vuelve a solicitar asistencia mientras observa cómo el Ángel Azul se acurruca sobre el asfalto, ensangrentado, con las manos esposadas y dándole las gracias mediante un susurro.

Al fin, la voz de una sanitaria al otro lado de la radiofrecuencia.

El escolta le explica la situación y a la última pregunta responde que sí, que seguro que el chico se ha quedado ciego.