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«Hemos mantenido una relación muy especial a tus espaldas».
Brigada Central de Información.
Cañas, insomne, en la sala común de investigadores.
Sus brazos están flexionados en una posición defensiva.
Estudia la disposición de apuntes, fichas e imágenes sobre su mesa, más propia de un guionista de televisión que de un policía.
Ha cambiado varias veces el orden de los involucrados.
Unos cuantos insignes ya bajo tierra: Toni Vargas, Emre y De la Torre.
Se le ocurre colocar la imagen malcarada de Jairo sobre el amasijo de hierros del atentado.
¿Y si el capo ha conseguido saber tanto como el propio investigador?
¿Vendería Germán su información dos veces?
En cuanto comprueba los kilos de amonal, se contesta que las cosas acostumbran a ser lo que parecen, aunque las respuestas definitivas se las dará el de la foto superior.
Quizá Bam Bam tenga que acercarse lo suficiente a su testigo para cerrar el caso.
Jiménez le ha dejado el mando sobre los escoltas de Marta y sin más refuerzos aquella noche, cuando toda la brigada anda tras el Ángel Azul.
Cañas acaba de preguntar otra vez a esos policías por la emisora si ven algo extraño.
Para los escoltas resulta bastante extraño seguir a una pareja a un estudio de fotografía, luego a una fiesta como aquella y, finalmente, de vuelta al barrio de Malasaña dando tumbos en un ciclomotor.
Cuando sus compañeros cazan al psicópata más famoso, ellos continúan ahí, a rueda, y dejando algún vehículo en medio por una posibilidad casi imposible.
Seguros de que Bam Bam no tendrá valor para atacar a una testigo protegida en mitad de una guerra en los bajos fondos.
De su cabeza cuelga una etiqueta con el precio y cualquiera querrá cobrárselo a Jairo.
—¿Algo? —sigue preguntando Cañas por la emisora.
—Lo mismo que hace medio minuto —contesta, suspirando, el escolta al volante—. Ahora, si quieres que te hablemos de la fiesta en la discoteca…
—Nos reuniremos con Marta para tratar la conveniencia de que se junte con esa gente cuando Bam Bam aún anda suelto.
—Lástima que se hayan marchado tan pronto de allí.
—¿Han llegado a la casa de Marta?
—Casi, pero el tal Pitu dejará la moto en la esquina contraria.
—¿Para?
—Para que no lo vea el padre de la chica, Cañas.
—A mí Pitu me caía más simpático cuando llevaba la cresta roja —dice el otro escolta—. Era como perseguir al personaje de un cómic.
—Comunicadme cualquier novedad. Corto y cambio.
—¿Se sabe algo de Germán? —preguntan los escoltas antes de colgar.
Cañas contiene su rabia. No ha sido una duda inocente, se asemeja más a un regaño y todos saben igual de poco de momento.
Germán se llevó un Seat 131 de la cochera el día que confesó su participación en los hechos, cuando todavía no tenía una orden de busca y captura.
Pero su antiguo compañero piensa que tampoco ha cogido carretera y manta, que hay un sentido temporal en las dos órdenes que le dio: «Detén a Bam Bam y, entonces, detenme a mí».
Cañas observa al subinspector saliendo otra vez del despacho de Jiménez.
—¿Más café?, en serio?
—Habrías de ver cómo le tiembla el pulso al comisario.
—No sé si eso es una buena señal a su edad.
El subinspector ralentiza el paso y se masajea el mentón.
—A veces pienso que lo de mandarme a por café les sirve de excusa para poder hablar de sus cosas. Qué tontería, ¿no?
Pitu frena el ciclomotor y el padre de Marta asoma la cabeza por la ventana cuando oye el tubo de escape, más tranquilo, porque hoy, milagro, regresan antes de lo habitual.
Pitu lo saluda y él vuelve a meter la cabeza sin devolverle las buenas noches.
El chico camina con el bajo a la espalda y Marta lo coge de la mano, intentando localizar a los escoltas.
Los encuentra a unos cincuenta metros, en su coche, recostados sobre los asientos y con las caras de aburrimiento que no tenían en la fiesta.
Ahora está segura de que ha llegado el momento de quitarse la máscara tras la que quizá se oculte otro destino que no incluye el sobrenombre de Elektra.
Incluso cabe la posibilidad de que, a pesar de tener respuesta para todo, ella no se diferencie del resto y no sepa bien quién es, por qué está en el mundo y a dónde va.
Lo que tampoco le dejaría en posición de elegir cuál es la mejor táctica a seguir.
Observa la cara de Pitu, que habla, conciliador, sobre la posibilidad de robar un coche y conducir hacia el sur si lo de la música no sale bien.
La farola frente al portal parpadea con fulgores en sepia.
Pitu comprueba que las ventanas de la casa de Marta continúan encendidas y eso no le deja mucho tiempo para charlar.
Le devuelve el bajo, le muerde el lóbulo de la oreja como borrón y tal vez cuenta nueva y ella le pega un empujón cariñoso.
Cosquillas, muchas cosquillas. Pitu se echa hacia atrás y pisa sin querer al hombre con aire introvertido, gafas de cristales gruesos, gabán y estilete en el bolsillo.
Este se queda mirando a Marta más de lo conveniente.
Similar a sus víctimas, pero con una actitud distinta, de tener por delante muchas más oportunidades que recuerdos.
—¿Pasa algo? —le pregunta Pitu.
El hombre se limita a estirar el rostro.
—¿Que si pasa algo? —repite Pitu—. Y más vale que tu respuesta me convenza.
Marta está desconcertada con aquel extraño que no tiene nada que ver con Bam Bam.
El coche de los escoltas avanza unos metros y aún no distingue al nuevo personaje atornillado a la acera.
El Ángel Azul niega con la cabeza y junta las manos para pedir perdón, comprendiendo que ha estado demasiado tiempo sin contestar al chico, que ahora lo empuja.
—Lárgate de aquí de una vez —dice Pitu.
—El futuro de ella ya no depende de mí —contesta el Ángel Azul.
Pitu endurece los párpados.
—¿Qué cojones dices?
—Que buscaré otra significación para autodestruirme.
El Ángel Azul tiene que olvidar su obsesión para dejar de dar tumbos.
Tiene que olvidar lo que le ocurre dentro de su mente, al menos detenerla un momento, que recalcule cuánto vale que esa chica de pelo blanco acabe con él anaranjado por la sangre, bufando un ruego, satisfaciendo una parafilia que nadie detiene desde que ruega ayuda en sus cartas.
Trastabilla ante otro empujón de Pitu, dobla una rodilla al suelo y su estilete rueda por la acera.
—He oído como si se cayese algo metálico —dice el escolta que conduce.
El copiloto avisa por radio y Cañas pega un respingo en comisaría, luego el otro escolta baja la ventanilla y distingue el arma sobre el pavimento. El Ángel Azul la recoge, murmura unas disculpas y se marcha.
—¿Lo has visto? —pregunta el copiloto.
—Ese no es Bam Bam ni con su mejor disfraz —contesta el conductor.
—Lo del suelo, compañero.
—¿Te das cuenta de que voy al volante y tengo que mirar al frente?
—Era un estilete.
—Sería una navaja, como las que ahora llevan muchos en este barrio.
—Un estilete.
Frenazo de mano, salen del coche para perseguir al Ángel Azul, que se mete al trote en un parquecito con columpios.
Cañas chilla en comisaría para que no lo hagan, para que se atengan a sus instrucciones y protejan a la testigo, aunque ya no hay nadie al otro lado de la emisora.
Marta y Pitu contemplan la persecución desde el portal y pierden de vista a los escoltas.
Ella aprieta la mano de él, le ruega que no la suelte, que a lo mejor es buena idea lo de robar un coche y huir ahora mismo.
Es la primera vez que Pitu la percibe con ese miedo.
—Tengo que contarte una cosa que no te gustará —dice Marta—. Y a mí tampoco me gusta… Siento que sea hoy, pero no aguanto más. Lo he intentado manejar hasta que se solucionase y no he podido hacerlo.
—¿Qué te sucede? —pregunta Pitu—. Estás temblando.
—¿Qué no me sucede?
—Si es por el de las gafas, no llegará muy lejos. Madrid se ha convertido en un circo.
—Lleno de payasos —dice Bam Bam, cubierto con un pasamontañas bajo la farola que parpadea—. Nada como echar a correr para que te persigan.
Pitu cree alucinar cuando el legionario lo saluda, caracoleando los dedos.
Sus conexiones neuronales, chispazos, cortocircuitos, tratan de descifrar quién es el que se le aproxima con pantalones cargo, cazadora verde, botas militares con cordones blancos y pasamontañas.
Bam Bam confirmó dónde vivía Marta con los datos de la universidad.
Ahora, coloca un puño americano en su mano derecha, enguantada igual que la izquierda.
Un asesino profesional como él ha decidido actuar como cualquier ultra tras el atentado contra De la Torre.
Ha pensado que, si en vez de un disparo de francotirador, consigue aquello mediante una pelea, Madrid volverá a hablar de un altercado más en torno a los aún no tan viejos símbolos.
Lo que necesita para escapar sin ser un sospechoso.
Marta sí comprende quién se esconde bajo el pasamontañas, mira hacia el coche de los escoltas, detenido y vacío en doble fila, y saca sus llaves a toda prisa para abrir el portal.
Una ráfaga de aire hace entender a Pitu que esto es real, descuelga el bajo Fender del hombro de Marta y lo blande como una espada.
—¿Qué quieres de nosotros? No llevamos dinero.
Bam Bam cruje los nudillos.
—¿Ella no te ha contado nada?
Pitu observa cómo Marta gira la cerradura.
Está llorando y lo que queda de su rayo se desdibuja.
—¿Nada de qué? —pregunta Pitu.
—De que hemos mantenido una relación muy especial a tus espaldas.
—No entiendo… Te repito que no tenemos dinero.
—Pero Marta podría quitarme todo el que tengo yo.
Bam Bam corre hacia ellos, amaga un puñetazo con la zurda y esquiva el golpe que lanza Pitu con el bajo.
Demasiado lento.
El segundo golpe lo detiene con el antebrazo.
Demasiado débil.