Histeria 9/12 2118 #2
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9/12 2118 #2

—A nosotros nos gustan los conciertos como en el que nos hicisteis de teloneros —contesta, sin ofrecerse importancia—.

El escenario es pequeño, el sonido rebota en las paredes, pero hay ilusión y estamos enchufados.

En cambio, el verano pasado tocamos en Canet Rock y todo fueron problemas con los organizadores.

Un día peleas por actuar feliz para cuatro gatos y el otro, cuando te acercas a los que tienen el poder, no hay más que tensiones.

—Suenan los últimos gritos de Jimmy Page en Immigrant Song —.

Así que no sé qué nos espera con Lafuente Recording, pero esta canción, que en realidad habla de vikingos, me recuerda que el verdadero genio es el que atraviesa océanos y se juega a pares y nones a quién se come durante el camino, luego llega aquí y se sube a un andamio doce horas al día y envía la mitad del sueldo a su familia en cualquier aldea perdida.

—El cantante se dirige a Marta con esa forma de explicar las cosas que le hace interesante—.

Pero puede que Pedro también sea un genio en lo suyo y de momento os ha elegido a vosotros.

—Hemos firmado el mismo contrato —dice Pitu, porque Marta desvía la vista al suelo, incómoda por volver a generar tantas expectativas con la que le está cayendo—. El formulario ese.

—Te aseguro que solo nos contrató por si le falláis. ¿Le vais a fallar?

—Apuesta lo que quieras a que no —contesta Pitu.

—No os mediréis las pollas —dice Marta, volviendo en sí.

Tras cortar el amago de tensión, Marta se siente golpeada por el miedo que ya no trata de evitar, convencida de que en la discoteca no podrá hacer gran cosa por remediarlo.

Para animarse va a decirle a aquel chico que, efectivamente, será un referente del punk estatal, que sus escalas musicales funcionan mejor que las suyas y que le copiará esas palabras sobre la genialidad cuando vuelva a preguntarle algo ocurrente el periodista.

Pero, maldita sea, vuelve a dudar de esos días de plomo y gesticula a Pitu para marcharse al baño.

—¿Estás bien? Te veo algo pálida.

—Soy algo pálida, Pitu.

Los dos cantantes la observan mientras ella esquiva a los que escapan de la sala donde se proyectan apareamientos.

—Como le sigas comiendo el culo con los ojos —dice Pitu—, te los pondré de un bonito color morado.

—Quieto ahí. —El cantante de Atrofia Cerebral mueve los brazos como un experto en artes marciales—.

En verdad, pensaba en la suerte que tienes.

Si esto de la música te sale mal, siempre podrás atravesar Europa con Marta en un coche robado y perseguir una puesta de sol.

No hay nada más romántico que ser un fugitivo.

Déjame a mí la cruz de corromperme y convertirme en una estrella del rock and roll.

A Pitu le empieza a gustar aquel chico y le pone el pin del rayo en la americana.

—Enseña esto en la solapa si no quieres que te larguen de la fiesta.

—¿Ahora no te largarán a ti?

—Es nuestra bajista la que lleva el rayo dibujado en la cara.

Marta busca el lavabo tras las confusas indicaciones de una persona que hace de cenicero humano, quieto en mitad del pasillo y con las manos formando un cuenco repleto de colillas y ceniza.

Luego atraviesa una orgía en otra sala. Alguien la empuja a la melé, diciéndole que en la oscuridad todos son guapos, y ella se libra con un bufido.

Entonces percibe que hay un hombre que la sigue.

Adivina una silueta corpulenta entre el humo y las luces, se para delante de un espejo y él se esconde tras una columna.

Marta piensa si los asesinos que la buscan serían capaces de entrar en aquella fiesta.

Acaba de encontrar a una persona que imita un cenicero, con que tal vez el juicio del portero no sea el canónico para una discoteca.

Avanza a un paso más apurado y se detiene frente al último espejo antes del baño. Ahora no ve a nadie en el reflejo.

Una bocanada de aire: dentro, fuera.

Se mete en el lavabo de mujeres por la deducción sobre un letrero de frutas y echa el pestillo. Abre el grifo y se moja la cara, con cuidado de no desdibujar el rayo azul que le serpentea el rostro.

¿A quién quiere engañar?

No puede continuar cargando con su secreto.

Hablará con Pitu y con Pedro Lafuente tras la fiesta.

No tiene sentido que a una testigo protegida le tiren fotos y preguntas para revistas de música.

Es ridículo. Los investigadores la llamarán a filas en cuanto lo descubran.

Quizá su productor sepa sacar algo de esa situación, pero ella no, ella está harta de que una investigación policial y un disco giren a la vez alrededor de su figura, y todos le pregunten por qué no es la misma de antes cuando apenas tiene diecinueve años.

Marta Beltrán pega un golpe al cristal del baño y se saliva los dedos para intentar quitarse el contorno del rayo.

Entonces alguien gira el pomo de la puerta desde fuera.

Crepita el pestillo.

Marta busca algo con lo que defenderse y desenrosca el grifo del lavabo. En el fondo se alegra de que haya llegado el momento, el precio a pagar desde que firmó el retrato a lápiz de Bam Bam en comisaría. Acertar o fallar el golpe para que todo termine de una vez.

—Vamos, cerdo —dice entre dientes—. Aquí te espero.

Marta libera el pestillo, cierra los ojos, empuja la puerta y lanza el grifo, que alguien detiene con la mano.

—Niña, a ti solo te faltaba agredir a un policía.

Marta abre los ojos y encuentra a uno de sus escoltas.

—¿Qué haces aquí?

—Soy tu escolta, ¿recuerdas? Este sitio es alucinante. De camino al lavabo acabo de ver un acople de cuerpos que ni sabía que era físicamente posible. Espera cuando lo cuente en comisaría.

—¿Y no hay más baños?

—Todos ocupados. A la gente le da por mear cuando bebe. ¿Me permites?

—Enrosca el grifo si puedes.

Marta regresa a la pista, donde es oficial que Pitu y el cantante de Atrofia Cerebral han hecho buenas migas.

—¿Podemos irnos, Pitu? —pregunta Marta, al borde del llanto.

—¿Ya? ¿Por qué? —Muy extrañado—. Se te está borrando el rayo de la cara.

—Porque te lo pido como un favor.

—Quizá tenga razón Pedro y podamos aprovechar este ambiente para que nuestro mensaje llegue a más público.

—Ellos son los que se aprovecharán de nosotros. Me quiero ir.

—¿Y qué tal si seguimos tu regla del dos cuando tienes exámenes? —pregunta Pitu, intentando reconducir la situación—. Luego, prometido que nos largamos.

—Cuéntame esa —dice el cantante de Atrofia Cerebral—. «Regla del dos» sería un buen título para un disco.

—Marta sigue una particular regla cuando hay examen de Sociología al día siguiente —contesta Pitu—. Su hora perfecta para marcharse entonces son las dos de la madrugada, con dos cervezas encima, dos porros y dos anfetas. ¿A que sí?

—Lo siento, Pitu. Hoy mi número mágico es el once.

—Once de la noche… Si ni hemos salido de casa a estas horas.

Pitu hace una seña de tiempo muerto al cantante de Atrofia Cerebral. Después, alejado unos metros, observa a Marta con una mezcla de emociones contradictorias que nunca había sentido.

—Nos vamos si quieres —dice Pitu—, pero deja de ponerme excusas con esto del disco y piensa qué quieres hacer de una vez, porque ahora eres la que tiene el poder de decisión sobre el resto del grupo y lo sabes.

—Te lo explicaré con calma.

—Y tanto que lo harás.

A lo lejos, desparramado en un sillón y con su copa de pacharán, Pedro Lafuente observa a Marta convenciendo a Pitu de marcharse por la puerta trasera, sin avisar a nadie y después de recoger el bajo en el ropero.

Como si fueran, precisamente, unos fugitivos.

Se pregunta por qué Marta no intenta ser una profesional en su primera noche.

Baja sus gafitas al final de la nariz y recalcula el valor de Histeria.