9/12 2118
«Tú dirás qué es la normalidad aquí».
Más tarde, el Dodge de ocho plazas es una fiesta en los asientos traseros.
Ni órdenes, malas caras o vanidad, porque la sesión de fotos fue un éxito.
El recorrido por Gran Vía, Alcalá y paseo del Prado enseña la falsa normalidad en esas fechas, alterada por la constante presencia de jeeps de la policía en plaza España y Callao, y de un camión militar frente a los leones cada vez más oscuros del Congreso.
Salvo Pedro Lafuente, los demás van tan emocionados que el chófer ha tenido que pedir calma varias veces para que los integrantes de Histeria no saquen medio cuerpo por las ventanillas, y que Alain y su pareja tampoco imiten el comportamiento de los babuinos que vieron en la selva.
Como algún policía los pare, vendrán problemas que no se arreglarán sin pasar por el calabozo.
Así que el chófer suspira, aliviado, cuando enfila el callejón donde asoma la discoteca a la que se dirigen.
Hay un cordón rojo bajo el cartelón de frenesí.
Delante, se agolpan decenas de personas controladas por un portero con chaleco motero y pantalones de piel, recién salido de la cárcel o de un manicomio, a saber.
En la parte superior del chaleco tiene las palabras en inglés que aluden a su banda y en la inferior un espacio en blanco, pendiente de grabarle el cargo tras los ritos iniciáticos.
—No puede pasar nadie sin una tarjeta de invitación grabada en oro que no existe —dice a través de un megáfono.
Alain y su pareja se apean doblados del coche, Pedro Lafuente los sigue con la cara de cualquier otro día en la oficina, su socio se toma las pulsaciones en la muñeca e Histeria presenta la actitud salvaje que les han exigido.
Marta carga su bajo Fender, porque el productor le ha dicho que quizá sea bueno improvisar unas melodías o marcar el ritmo de algunas canciones que sonarán en la pista.
A la gente de la industria le encanta ese tipo de cosas y que el anecdotario corra.
Son casi las diez de la noche y se ha montado una pelotera tremenda en la entrada.
Pedro Lafuente silba al portero. Este lo identifica, deja el megáfono y agarra un intercomunicador para susurrar al aparato que salgan a buscarlo a él y a sus acompañantes.
Surgen unos moteros menos corpulentos del interior y los cuelan entre el gentío, que se queja, mucho, de aquel trato de favor.
El portero de la entrada observa a Marta como si se hubiera quedado prendado de ella.
Debe de ser la chica que ha merecido las insignias del rayo que llevan unos cuantos invitados en la solapa.
Abre la boca sin querer y Marta busca con la mirada a sus escoltas, tras explicarle que de momento dejará el bajo en el ropero.
No encuentra a los policías, a pesar de que antes los vio comiendo unas hamburguesas al lado del estudio de fotografía.
El portero coloca el pin del rayo a cada uno donde puede.
—No os lo quitéis ahí dentro —dice—. Solo se permite estar en el piso de abajo con esto enganchado. Si no lo ven y tampoco os conocen de otras fiestas, mis hombres os sacarán a patadas.
Pedro Lafuente guiña el ojo a Marta, que continúa con el dibujo en la cara.
—No he reparado en gastos —dice.
Todos se colocan el distintivo y luego son guiados por un pasillo iluminado con catadióptricos.
El piso superior está acordonado, pendiente de remodelación, con que los llevan al inferior, de aire empañado por los cigarrillos que sujetan un centenar de asistentes.
Encuentran a los primeros personajes de la industria musical madrileña, que los observan con el prejuicio de quien piensa que el negocio le pertenece en exclusiva.
Aparece el encargado de la discoteca.
—Bienvenido, Pedro. Todavía no son las diez de la noche y la que se me ha montado en la entrada.
Se dan otros dos besos como saludo.
—Quiero el reservado de siempre y mis botellas de pacharán —dice Pedro Lafuente—. Y a estos chavales trátalos como si fueran personas normales.
—Pero no lo son.
—Tú dirás qué es la normalidad aquí.
—Como escuché una vez, solo una cuestión estadística.
El encargado tenía todo eso en cuenta. Los tiempos venideros se presentan prometedores en su negocio y en el resto de las discotecas, que han terminado con las orquestas y el bailar pegados.
Es un hombre con unas lentes de presbicia y que parece salido de una película de Hollywood, espaldas anchas, con el mentón pronunciado y una mata de pelo rubio peinada hacia atrás.
Abraza a Alain y a su pareja antes de la ronda de presentaciones con Histeria.
Se esfuerza en ser igual de amable con aquel grupo del que le han hablado y que sospecha que es del mismo palo que Atrofia Cerebral, los otros locos que rondan la fiesta tras también firmar con Lafuente Recording.
Marta sujeta a Pedro del brazo.
—No nos deberías haber cogido un reservado en un sitio tan caro.
—Quien paga manda —contesta Pedro Lafuente.
—Pero quizá no encajemos aquí. ¿Has visto cómo de mal nos miraron esos señores al bajar?
—Hemos hablado de ese tema. —Pedro Lafuente la despeina un poco con un gesto paternal—. Sé tú misma y te prometo que todo irá bien con la vieja guardia.
Marta achina los ojos para intentar acomodarse al entorno, quien paga manda, y distingue la pista de baile todavía vacía, pero con unas luces estroboscópicas que la descolocan.
Dispuestas en un semicírculo para trocear el movimiento de las personas como si fueran robots.
A ambos lados, varias cortinas abren espacios rectangulares con sofás.
Pedro acaba de pedir la última de aquellas esquinas para ellos.
En la contigua se amontonan ejecutivos de Hispavox y Movieplay con modelos y actrices del destape.
Dan la impresión de desplazarse forzados por la discoteca, como si llevaran zapatos ortopédicos.
Su conversación gira en torno a los psicópatas que por fin ofrecen un toque de modernidad a Madrid, a las nuevas clínicas de rehabilitación de la zona norte, a la cantidad de enormes pechos que circulan por el local en comparación con los casi grandes y a una rubia que se ha puesto a lanzar hielos a un camarero.
El único periodista acreditado busca la frase ingeniosa de la velada y todavía no la encuentra.
A continuación se fija en Marta, repasa su bloc de notas, identifica de quién se trata por el maquillaje y se aproxima a ella.
—¿A qué se dedicará Marta Elektra esta noche?
—A redefinir los años setenta —contesta Marta—. Gracias.
—¿Estimulantes o relajantes? —vuelve a preguntar el periodista.
—¿Papá o mamá?
El periodista apunta la frase y se larga para molestar a un ejecutivo con qué hay de cierto en la relación entre el Opus Dei y Movieplay.
Entretanto, el socio de Pedro ofrece a los integrantes de Histeria unos cartoncitos con LSD para que, bajo su particular criterio, cojan confianza con los demás.
Marta estudia las diminutas impresiones de unos girasoles y se los devuelve.
Pitu estaba a punto de tragarse el primero, aunque contesta que tal vez después.
Entonces una mujer con kimono le arranca el tripi de los dedos y el socio de Pedro comprende que quizá será otra velada complicada para todos.
El batería y el guitarra se tragan los cartoncitos y persiguen a un grupo de folclóricas que entra en otra sala más pequeña, donde proyectan una película muda, puro slapstick, en la pared de gotelé.
El suelo se escalona sobre una moqueta roja.
Los fulmina otro haz de luz desde una cabina y la película da paso a un vídeo de apareamientos animales, en su mayoría grandes mamíferos.
En la pista principal, la primera canción que suena es Immigrant Song de Led Zeppelin.
Cruza su diagonal un chico que baila entre las luces estroboscópicas, agitando la cabeza más rápido de lo que hasta Pitu sería capaz.
Marta reconoce al cantante de Atrofia Cerebral, el grupo al que telonearon la noche que lo cambió todo.
Él se dirige hacia ellos, después de horas yendo y viniendo por la discoteca, dejando aquí un comentario, allá un cumplido o una broma.
Viste una americana adornada con charreteras, el pelo cortado a la taza y las orejas perforadas por imperdibles, incluso en los cartílagos.
—La gran Marta Elektra —dice con una sutil reverencia—. Sé que también estás sufriendo con los señores que tenemos alrededor, pero para hacer lo nuestro tal vez debamos acostumbrarnos a semejantes personajes. Cuando cuente en Vallecas que he venido a esta discoteca…
Pitu sospecha que esa no ha sido una alusión inocente al barrio.
El éxito de Atrofia Cerebral en las radios independientes se titula Valle del Kas .
Una oda a la violencia que narra el día de un muchacho que sale a la calle con «dos espadas en otra tarde cualquiera», «el de la esquina tiene lo que necesita, sin recetas ni esperas en urgencias» y «no se preocupa por la jubilación ni por la hipoteca», para repetir en el estribillo «¡Esto es el valle del Kas!
». Pitu reconoce que de momento no hay lo mismo que contar de Malasaña y que aquel chico quizá es mejor letrista, aunque, se siente, no tiene a Marta al lado.
—¿Cómo os va con Pedro? —pregunta Pitu—. No creo que él haya pisado Vallecas en su vida.
El cantante de Atrofia Cerebral se toquetea los imperdibles.