9/12 1759 #2
Él sabe, incluso comprende, que en ciertos ambientes de París entran personas con sus tonterías, pero cuando salen de allí han cambiado su forma de andar, de comportarse y hasta de vivir en general.
Como si el pasado les produjese una profunda vergüenza.
Así sus trabajos también se escapan a la posibilidad de una definición, tratan exclusivamente de sí mismos y del tiempo que los hace más necesarios que posibles.
—Querido Alain—dice Pedro Lafuente, dándole dos besos en las mejillas—, ¿te están tratando bien? ¿Todo a tu gusto?
—¿Melón con jamón?
—Vaya sorpresa. —Pedro Lafuente señala a la maquilladora que trabaja en el rostro de Marta—. ¿Y esta belleza aquí?
—Elena fue mi mujer, luego mi ex y ahora mi novia.
—Hola, Pedro —dice ella, ataviada con pantalón pirata, top de gasa y unas estrambóticas gafas de sol que le tapan un cuarto de la cara—. Además, desde este mes cobro por horas.
Pedro Lafuente eleva las manos en señal de disculpa.
—Entiendo… Solo que no esperaba verte.
Mientras, su socio recoge las fuentes de melón con jamón y se las lleva al chófer, que espera en un aparcamiento de Gran Vía.
—Me contaron que el mes pasado estuviste en los alrededores de Marrakech fotografiando a Roger Waters —dice Pedro Lafuente a Alain, pensando en concretar enseguida cuántas horas lleva acumuladas la maquilladora—. Continúas teniendo los mejores contactos.
—Y he vuelto a este país que huele a ajo —contesta Alain—. ¿Adivinas por qué?
—Has vuelto por nuestra amistad y algo de dinero. ¿Qué tal te fue allí?
—Hay arena por todas partes. —Alain simula tirar una gran cantidad de polvo encima de sus cabezas—. Arena en tus zapatos, arena en tus bolsillos, arena en tu boca, arena en tus sándwiches y hasta en el agua embotellada.
—Aquello es un desierto, ¿no?
—Pero Roger se dejó aconsejar, a pesar de que los ingleses gestionan mal los matices.
Enfoqué la sesión como si él fuera un falso profeta, un orador con chupa de cuero frente a una multitud de derviches que le valieron un dineral como figurantes.
Montaron una especie de sindicato en cuestión de horas, pero eran imprescindibles.
Le expliqué a Roger que quería utilizar el referente estructural de los babuinos.
Esos animales se mueven en grupos de treinta miembros, ni más ni menos, porque han de ver siempre al líder en el centro.
Si no, se cortan sus conexiones y empiezan comerse unos a otros. Unos bichos increíbles.
—Babuinos…
—En grupos de treinta.
Pedro Lafuente señala a los integrantes de Histeria, a varios metros de distancia, ajenos a la conversación y con cara de no poder más con aquello.
—¿Y qué te parecen esos bichos de ahí? —pregunta después.
—Casi termina la moda del postpunk y tú meterás el punk de trogloditas en España.
Pues me parece bien, son majos y simples, y así quedamos los demás de eruditos.
De hecho, si el batería no recibe ya una paga del Estado, está en disposición de pedirla.
Les he dicho que en su trabajo primero necesitan el amor y luego la técnica, pero solo van sobrados de lo primero.
Todo marchaba bien hasta lo del delineador de ojos, que les daría un aire más gótico e incluso romántico, aunque mejor que centremos la última tanda de fotos en ella y terminemos de una vez.
—Cobro por horas —dice la maquilladora.
Está dibujando un rayo azul sobre el lateral de la cara de Marta. De paso, la alecciona sobre cremas faciales, recordándole que hasta los veinticinco años tendrá la cara con la que ha nacido y luego vendrá la que ha merecido.
—Quiero tu opinión sincera sobre Marta —dice Pedro Lafuente a Alain, bajando el volumen—. Y es la segunda y última vez que la pido hoy.
—Ella es la única que te importa.
—Estoy convencido de que una chica así marcará el paso de la escena española durante la próxima década.
—Y quizá no exageres, llevo todo el rato fijándome en cada cosa que hace y dice. Marta será una prenda de colorines en una lavadora de ropa blanca.
El productor musical ya no aprieta el puño en señal de victoria, se limita a una leve inclinación de cabeza.
Hasta le parece mal haber tenido que preguntar opinión a un chófer y a un estilista pasado de vueltas por algo que creía obvio.
Su nuevo fichaje le gusta a todo el mundo cuando está de buen humor.
Eso, de nuevo, cómo anticiparlo, le genera otra leve sensación de pánico.
Marta fuma un porro trompetero mientras la maquilladora le termina el rayo.
Ese día solo ha pensado unas cinco veces en policías con poco bigote, ultras asesinos y que quizá ella es el fraude más grande tras firmar la declaración a Cañas y luego un contrato para grabar un disco de punk.
Aunque durante la sesión ha disimulado su nerviosismo.
A veces, las caladas la ayudan a relativizarlo; otras, consiguen que su atención se centre en las peores previsiones.
Pedro Lafuente se aproxima con los brazos en jarra.
—¿No podías esperar a tener las últimas fotos para fumarte eso, Marta? —pregunta—. Habrá que ir a la farmacia y comprar colirio.
—No, no —dice Alain, que prefiere innovar—. Probemos algo con esos ojitos rojos, radical y chic.
Marta interroga a Pitu con el mentón por si le parece buena idea y él le marca un pulgar hacia arriba, deseando acabar la sesión.
Está sentado junto al guitarra y al batería y tiene un rastro de sudor en la nariz por los focos caloríficos.
Nunca se había imaginado que resultaría tan ridículo simular que actuaban en directo a la vez que un fotógrafo le pedía más energía en francés.
En realidad, Alain quería transmitirles que en ese negocio había que fingir y fingir hasta que de alguna manera todo saliera de verdad.
Dijo que deben acostumbrarse a esa sensación parecida a usar el playback que últimamente aparece en cualquier programa de la televisión.
Alain se aproxima a Marta con una cámara de mano, montando una lente de cincuenta milímetros.
Antes ha gastado tres carretes sobre el fondo blanco de un mantel que compró en una mercería.
La tela sigue colgando de alcayatas y con un tensor entre las inferiores.
Marta posó sentada en una silla de madera, luego con el talón sobre el respaldo, después vuelta hacia la pared, finalmente tirada en el suelo y piernas en alto.
Alain le cambió la ropa y repitió las mismas figuras.
La primera tanda con el conjunto propio de la chica: falda de cuero, botas remachadas y top con estampado de leopardo.
Los siguientes estilismos pensados por Alain: uno con shorts vaqueros y corsé de tela con arreglos lilas; otro, vestido de látex en azul eléctrico, del mismo color que ahora zigzaguea su sien hasta la mandíbula.
Alain acordó con Pedro Lafuente que la portada se fotografiaría el lunes en una siderurgia de Getafe.
Allí, los ceños de Histeria se doblarán sobre un paisaje de ladrillo, metal oxidado y pintadas cutres.
La idea es que la cubierta salga en blanco y negro, salvo el anaranjado de las rasillas y otra vez el rayo azul de la cara de Marta.
Alain chasquea los dedos con ritmo.
—Marta, necesito un «ah» para la última tanda de fotos.
—¿Ah?
—No, así no. —La corrige—: Lo importante es mantener entreabierta la boca, como si estuvieras soltando un discursito.
Marta le pasa el porro al batería, que lo recibe con las dos manos.
—Tú aprieta el botón e improvisaré lo del discursito, ¿va bien?
Alain busca a Pedro Lafuente para volverle a hacer notar con un guiño lo de la prenda de colorines.
—Pero preferiría hacer las fotos con mi bajo —sigue Marta—. Si estoy aquí, es porque tengo algo de talento tocándolo.
—Eso es verdad —dice Pedro Lafuente—. Para modelaje ya disponemos de tus otras imágenes, Alain. Que coja el bajo y lo toque mientras terminas la sesión.
— D’accord —contesta Alain—. Del guitarra y el batería también hay algunas fotos con sus instrumentos.
Marta agarra el bajo Fender y se pasa la cinta por el hombro.
Toca una cuerda al aire que suena igual de sostenida que el «ah» de Alain.
Este pone una media encarnada sobre el objetivo de la cámara, aunque se lo piensa mejor y la retira para untarlo con grasa de caballo.
Hace una seña a Marta para que, venga, improvise.
Es el comportamiento que a partir de hoy esperarán de ella en esa industria, que sorprenda, llame la atención y el público se identifique con sus historias, la ame o la odie, pero siempre que la siga.
Marta nunca se sintió cómoda con las etiquetas, pero puede que sean las etiquetas las que vayan a elegirla a ella.
—Histeria está aquí para incomodaros —dice Marta cuando, clic, clic, le sacan fotos desde un contrapicado—. Amamos la vida y algunos de sus pegotes, sabemos el valor de mucho y el precio de nada, y patearemos los culos de los poderosos tocando nueva música y cantando viejas proclamas.
Pisa los primeros trastes para un sonido grave y se da cuenta de que todos mueven las cabezas con su ritmo sincopado. Carcajea, feliz por la escena, y Alain gasta el resto del carrete en sus dientes bien alineados.
—Anota todo eso que ha dicho —susurra Pedro Lafuente a su socio.