9/12 1759
«Esta es la música que escuchan en el infierno».
El resol de la tarde entra por un lucernario.
Esquiva unas vigas de acero e ilumina en degradado el loft de Pedro Lafuente.
Una trabajada reforma de un almacén en planta baja que reproduce las que vio en sus últimos viajes a Brooklyn.
Él toma un té verde sobre la mesa de la cocina, minimalista antes de que exista el concepto para los diseñadores de interiores.
Observa su tacita, hipnotizado durante un rato.
Es de despertares de siesta lentos, muy lentos.
Al lado, un jarrón con tulipanes que le ha enviado uno de los cantautores que detesta por conseguirle el último contrato discográfico.
La nota de agradecimiento, tan olvidable que sigue sobre el entarimado de roble que delimita el salón.
«Querido Pedro…».
Antes del contrato no lo quería tanto.
Vuelve a sonar el teléfono que no piensa coger.
Será su socio, de los pocos que tienen ese número, para consultarle todas las dudas que estarán surgiendo respecto a la sesión de fotos con Histeria y a la fiesta de la discoteca de la que, más o menos, se han convertido en anfitriones.
No es la primera para el productor, pero espera que sea la penúltima.
Pedro Lafuente admite que a veces la gente deposita demasiadas expectativas en él, como si fuera alguien más importante de quien realmente es, y mirando aquellos tulipanes, entiende que tal vez los demás son los que se sienten importantes a su lado.
Eso le genera una leve sensación de pánico.
Remueve el té con una cucharilla y lo termina a sorbitos.
Luego se bambolea hasta el frigorífico y coge dos yogures que apila junto a una botella de champán rosado, una lata de caviar y unas tabletas de chocolate que quiere siempre muy duras.
Traga los yogures, espachurrando el envase, y los tira a una papelera metálica.
Se limpia las gafas con el largo de su camiseta de andar por casa y se las vuelve a colocar.
Lee otra vez la carátula de la cinta que ha colocado en la consola de la entrada.
«Sesión Histeria 6/12/78».
Si tiene a una estrella en esa cajita, ¿por qué hoy necesita una segunda opinión?
Instantes después, lo recoge en su barrio de Chamberí el Dodge 3700 GT rojo y con ocho plazas que alquila algunos fines de semana.
Lo más parecido a una limusina que puede circular por Madrid sin llamar demasiado la atención, sin que se crucen unos estudiantes y le comiencen a tirar proclamas y huevos.
Al fin y al cabo, es una versión modificada del coche en el que iba Carrero Blanco cuando lo mataron.
Su radio está sintonizada en un programa donde se suceden las llamadas de los vecinos quejándose de socavones en la calzada, pasos de cebra deslizantes o la nueva política municipal de multar a vehículos aparcados en doble fila.
—Apaga la radio —dice Pedro Lafuente al chófer—. Y pon esta cinta.
El chófer suspira para el cuello almidonado de su camisa.
En pocos minutos empezaba el programa sobre fenómenos paranormales que tanto le gusta, deseoso de que cualquier misterio se acabe explicando con platillos volantes.
Coge la cinta de su pasajero y la mete en la platina.
Al principio se escucha una batería distante, a pocos decibelios, como si también se tratase de una psicofonía.
—¿Subo el volumen?
—Lo vas a necesitar. Quiero tu opinión sincera.
—Señor Lafuente, no tengo oído para la música.
—Pocos lo tienen y por eso mi sello es un buen negocio, pero necesito a alguien que jamás haya escuchado algo parecido.
El chófer pega un respingo cuando oye la voz gutural de Pitu y hace ademán de mover la ruedecilla para bajar el volumen, aunque por el retrovisor central percibe que su pasajero no le quita ojo.
¿Qué ruido es ese que su cliente ha llamado música?
Estaba cansado de escucharle sus frustraciones con Camilo Sesto y hoy le da aquella cinta descacharrada.
—¿El volumen no…?
El chófer no se atreve a terminar la pregunta.
—Súbelo de una vez.
—Quien paga manda.
«¡Asfalto humeante y piedras volando! ¡Asfalto humeante y piedras volando!».
—¡¿Qué te parece?! —pregunta Pedro Lafuente al medio minuto de canción—. ¡Para los chicos de este grupo las formas no son tan importantes como el fondo!
El chófer tamborilea los dedos sobre el volante, luego frena y aporrea el claxon por las muchachas que han cruzado corriendo un paso de peatones.
¿Formas?, ¿fondo? Lo único que le suena algo cercano es lo del asfalto humeante en agosto.
Vuelve a acelerar con la cadencia suave que exige un vehículo tan grande.
—¡Señor Lafuente, lo que me parece es que su trabajo resulta mucho más difícil que el mío!
—¡No te escucho! ¡Ahora sí baja el volumen!
El chófer le obedece y parpadea varias veces.
—Le decía que su trabajo resulta mucho más difícil que el mío.
—Mi trabajo consiste en hacer picadillo la música de los demás, aunque sería incapaz de tocar tres arpegios, escribir una estrofa que rime o cantar sin desafinar varios tonos.
Por eso yo busco el dinero, que es la paz a fin de cuentas, y ellos la gloria.
Déjate de rodeos. Quiero una opinión sincera.
El chófer mueve la enorme palanca de cambios.
Aquel tráfico del centro empieza a ser desesperante de lunes a viernes.
—Esta es la música que escuchan en el infierno —dice el chófer—. Pero hay algo que me gusta entre los berridos, algo que se distingue como bueno y con estilo, no sé… Ese dum-dum-dum, ¿quizá?
Pedro Lafuente se retrepa en el asiento trasero y observa las calles de Madrid por la ventanilla.
Lanzará al mercado lo que la juventud al otro lado del cristal demanda y todavía no lo sabe.
Solo necesita extirpar a Marta del resto de la banda en un periodo de dos o tres años.
¿Solo? Recuerda lo íntegra que se mostró ella al respecto.
Habrá de ver cómo se mueve hoy entre los personajes de la industria musical que estarán en la discoteca, cómo de fácil podría dejar sus lealtades en el ropero de la entrada.
—Sí que tienes oído para la música —dice Pedro Lafuente al chófer.
Y aprieta el puño en señal de victoria.
El Dodge recoge al socio de Pedro en su apartamento.
Se sube al coche mal dormido, mal afeitado, con el aspecto general de que alguien lo ha tirado desde un sexto piso y no puede disimularlo por muchas disculpas que pida.
Además, hoy parece que está viendo todo el rato algo que no comprende.
Pedro Lafuente imagina que su cerebro flotará en un mar de antidepresivos, pero aprecia a aquel hombre, antiguo roadie de Los Sirex, Los Bravos y Lone Star.
Después le vinieron mal dadas y se dedicó a montar peleas de perros en un sótano al lado de las Torres Blancas.
Se movía dinero y había reglas de peso, uso de anabolizantes y hasta árbitro.
Su vida se complicó aún más cuando el rottweiler de unos pandilleros murió de un infarto.
Entonces volvió al negocio de la música por la puerta grande, la que le abrió Lafuente Recording gracias al sonido que conseguía en las grabaciones y a que Pedro presumía de que no leía las letras de lejos, pero seguía distinguiendo a los traidores a mucha más distancia.
—Te aviso de que Alain Savoir Affaire está de mala hostia —dice el socio al subirse al coche—. Cada vez que vuelve a España se pone insoportable.
—No lo llames así cuando no lo tengas delante —contesta Pedro Lafuente—. Dios mío, su nombre es Paco.
—La última vez que me escuchó lo de Paco no me cogió el teléfono en seis meses y tuvimos aquellas horribles sesiones de fotos durante su castigo. Hoy anda indignado porque los del catering han dejado en el estudio unas fuentes de melón con jamón y que eso es una aberración culinaria.
—Ya empezamos.
—Que si las fondues, los quiches de verdura y pasas y las almejas con ají en París. No podemos prescindir de él, Pedro. Le iré a comprar dos kilos de almejas a Galicia si hace falta.
—¿Es consciente de que ayer aterrizó en Madrid? Creció en esta ciudad durante la posguerra, comiendo gato rebozado.
—Después me ha venido con que, si no queremos una portada psicodélica, para qué tenemos en el estudio esas telas verdes y magentas.
—La psicodelia estaba de moda anteayer.
—Dice que lo que se lleva ahora es el hueso.
—¿Cómo?, ¿cómo?
—El hueso. Es un color en Francia. Y Pitu y los demás se han negado a ponerse el delineador de ojos hasta consultarlo contigo. Eso sí, ha dicho que Marta tiene rollo y que le recuerda a Debbie Harry.
Pedro Lafuente vuelve a apretar el puño.
—Por eso trabajamos con él —dice después.
—Te juro que lo odio y lo amo al mismo tiempo.
—¿Tienes una pupila más grande que la otra?
El estudio de fotografía se ubica en un local de los bajos de Argüelles.
Lafuente Recording lo alquila por horas, como el Dodge.
Al final del trimestre, el sello se ahorra mucho dinero teniendo el uso y no la propiedad de ciertas cosas en esa industria dada a aparentar.
Les va bien así, tan bien que estiman que tres o cuatro ventas más de artistas como Marta Elektra a multinacionales y solo quedará por delante lo de retirarse, dar alguna entrevista para que los recuerden como visionarios y, sobre todo, comprarse la mansión en la sierra.
Alain los espera bajo el quicio de la puerta, de brazos cruzados y vestido con un mono rojo, chaqueta de cuero blanco y zapatillas de baloncesto color hueso, sí.
Mueve el pie como un percutor sobre el suelo.
Se rumorea que ganó bastante dinero en los últimos años, pero que lo dilapidó en una tienda de moda conceptual en Manchester, en un caballo de carreras que al final era lentísimo y en un yate al que puso el nombre de Attitude .
Quizá sean sus razones para volver a hacer fotos a grupos de música aún desconocidos.
Pedro Lafuente lo mira igual que a un extraterrestre.