Histeria 9/12 1635 #2
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9/12 1635 #2

—No me cabe duda —dice el comisario—. Por eso, al fin mañana un ciudadano cualquiera cogerá el metro, se sentará entre un obrero con el pantalón sucio y una señora que va a dejar flores sobre alguna tumba, encenderá el transistor y escuchará que hay un loco menos en las calles.

Quizá ni se alegre, pero sabrá que la élite de Madrid seguirá disfrutando del hipódromo, del Teatro Real y de las cacerías en la sierra.

Y en esta ciudad cada vez más confusa, la certeza de que los ricos continuarán haciendo cosas de ricos será un alivio para él.

Eso es lo importante y lo que busca tu mapa, ¿verdad?

—Mi comisario preferido —contesta Jiménez—. Verdad de la buena.

—No seas tan duro con el subinspector.

—Ni siquiera le ordeno cafés.

—Deberías hacerlo, Jiménez. Él cumple ese papel del hombre corriente que ha de asistir a los extraordinarios. Necesitas gente así alrededor. No lo destituyas si tu plan sale bien y ocupas mi vacante.

—Lo había entendido.

—Pues ajústate la boina cuando aún quieras pasarte de listo conmigo.

De nuevo en Malasaña.

Orden dentro del caos, aquel dispositivo policial se agrupa en la calle de Valverde sin resultados.

Allí las prostitutas de confianza guiñan el ojo a los agentes que les ponen las caritas de cualquier cliente.

En un movimiento coreografiado, la Limones engancha a uno del brazo y con un giro sensual le muestra el orgullo marchito de su pasado.

—¿Adivinas cuánto pesa un oso polar? —pregunta al policía.

—Creo que no.

—Lo suficiente para romper el hielo.

—No está mal.

—Agárrame del ganchete y hagamos la ronda por el barrio.

—Debería continuar haciéndola con mi compañero.

—Conmigo verás cosas que con él no podrás.

—Tienes razón. —El policía la coge gentilmente del brazo—. Demos la vuelta a la manzana, señorita.

Caminan como dos enamorados sobre las baldosas.

Ella lo conduce del codo y él recorre con la mirada la multitud de jóvenes con sus pintas y manías.

En la calle del Barco, se fija en una mujer con pelo cardado, medias de rejilla y capote de piel.

Camina cruzando sus piernas delgadas como cañas y la Limones gesticula al policía para que atienda al que la sigue.

El agente de paisano suelta a la prostituta con la misma gentileza de antes y se acerca al compañero que deambulaba unos metros a la izquierda.

—Mira al que va detrás de esa —dice—. No le quita ojo.

—Juraría que es un yonqui —contesta el compañero—. Cada vez hay más de estos. Chándal de acetato y bote de yogur en la mano… Son así, sucios y golosos.

—Estamos en la zona más roja del mapa.

—¿Queremos darle una oportunidad?

El hombre del chándal tira el yogur líquido al suelo, que acaba filtrándose por una alcantarilla.

Sigue detrás de la muchacha y se detiene cada vez que ella hace lo mismo, como si fuera un juego.

Mueve las manos tal que tratase de desatornillar el aire, con que esconde un interés por descubrir bajo la barba que le devora la cara; sus ojos relucen, febriles y enrojecidos.

—Aviso por el intercomunicador —dice uno de los policías, colocándose con discreción su pistola junto a la pierna—. Este hará algo.

Jiménez suma el segundo palito sobre la pizarra.

Aunque el inspector jefe no cree que el Ángel Azul use ropa deportiva.

Los policías continúan detrás de la mujer y con el del chándal en medio.

Se obligan a adelantarlos cuando el sospechoso se detiene a atarse sus zapatillas J’hayber con doble nudo.

Rebasan la posición de la mujer del capote, que tiene manchones de maquillaje en los carrillos y aspecto de no haber dormido en días.

Uno de los policías de paisano se sienta en una Vespa aparcada y tantea al sospechoso por el retrovisor.

Las distancias se le distorsionan sobre el cristal.

Su compañero, aún con el arma pegada a la pierna, observa cómo el del chándal empuja a la mujer a una estafeta de correos.

Encima, una lámpara forma un halo amarillo.

—Refuerzos en calle del Barco —dice por el intercomunicador—. ¡Ya! ¡Ya!

Y corre hasta la estafeta de correos.

—¡No te muevas o te mato en defensa propia!

Su pistola apunta al del chándal.

—Qué exagerado. Si no le he hecho ni un rasguño.

—Ponte de rodillas con las manos en la cabeza.

—Pensé que el policía era el que se sentaba en la Vespa.

Llega el que estaba apoyado en la moto y este apunta solo con una linterna.

El sospechoso tiene la cartera de la mujer en la mano izquierda y un cúter oxidado en la derecha.

Aquella luz oscila de un objeto a otro, como si no le gustara lo que alumbra.

Se trata de un robo de poca monta, como los cientos que se producen cada semana en el barrio.

—Ni una moneda llevaba esta tiesa —dice el atracador—. Hasta un abogado de oficio me sacará mañana en libertad.

Su víctima aprovecha para darle una patada en los testículos.

Cuatro coches de policía entran en plano por la llamada de refuerzos y los testigos comprenden que no es una reacción habitual para lo sucedido.

Alcanza la misma conclusión un hombre de unos cuarenta años, pálido, pelo recio, gafas de bastantes dioptrías y aspecto introvertido bajo el gabán.

Sus facciones no son dadas a mostrar furia, satisfacción o inquietud según las circunstancias, y de esas hace tiempo que le sobran.

Agarra el estilete en su bolsillo.

Buscará a la siguiente víctima en otra zona de Malasaña.

Como dijo Jiménez, lo necesita.

Lo necesita.