9/12 1635
«Estamos en la zona más roja del mapa».
La. Última. Noche. Del. Ángel. Azul.
En Malasaña, al atardecer de ese sábado, la plaza Dos de Mayo está abarrotada de jóvenes.
Riadas de personas empiezan a bajar por las vías que confluyen en el monumento a Daoiz y Velarde.
Un hippie salta la valla que protege el monolito, sube al pedestal y pellizca la nariz de la escultura.
El héroe ya no carga su espada, robada tantas veces que el ayuntamiento dejó de reponerla y en su lugar aguanta dos cascos de cerveza perlados de humedad.
Otro joven le coloca un tercero sobre la cabeza y le aplauden.
Luego vítores contra todo, contra todos.
En la muchedumbre hay una decena de agentes infiltrados que, gajes del oficio, se suman a las consignas contra ellos mismos.
No es que la situación pueda ir a peor en Madrid, sino que corre el riesgo de explotar para siempre, como constata el atentado a De la Torre, que tiene a la ciudad en alerta.
Dos horas después de la bomba, comenzaba el dispositivo para detener al Ángel Azul mediante una maniobra envolvente en el gentío.
Jiménez, aún sin resultados, se desgañita en su despacho junto al subinspector y al comisario.
Su superior jerárquico se ha tomado cuatro cafés ante la noche en vela que se le viene encima.
Alucina con el plano de Madrid desplegado sobre la mesa.
Le habían hablado de él, pero quería verlo con sus propios ojos.
Tiene más anotaciones, más puntos, más vectores, asteriscos y coordenadas y la misma conclusión: hoy el psicópata volverá a matar en trescientos metros a la redonda de la plaza, no más tarde, no más lejos.
Jiménez ha intentado convencer a todos de su deducción, de los fríos cálculos numéricos y la ambición científica.
Ahí comprimidas, la redundancia de señales, las posibles rutas de entrada y huida, cualquier indicación que a los policías de inteligencia media les permita reducir contactos y tiempo.
—¿Y si no sale de caza? —pregunta otra vez el comisario a Jiménez—. Imagínate que ha pasado una mala mañana, le duele la barriga o discutió con su madre.
—No conocemos nada de su madre —dice el subinspector—. ¿Alguien así tiene una madre?
—Es una manera de hablar. Como si ha perdido el estilete.
—¿Dónde lo habría perdi…?
El comisario señala a Jiménez con el dedo.
—Me responde tu superior.
El subinspector se calla. No sabe cuándo hablar, pero sí cuándo no hacerlo.
—Perseguimos a un psicópata —contesta Jiménez—. Necesita matar y entonces se tomaría una aspirina o se haría con otro estilete.
El comisario se lleva la mano a la frente, tal que tuviera fiebre él.
—¿Por qué estás tan seguro?
—Esos libros a mi espalda explican cómo funciona una mente así. —Jiménez se da la vuelta para repasar sus volúmenes preferidos—. El hijo de Sam, el Payaso Asesino, el del Zodiaco… Mis lecturas siguen un patrón semejante al del Ángel Azul.
—Americanadas.
—A partir de esta noche también estudiaremos a nuestros psicópatas.
—¿Aún piensas que las cartas son su forma de pedir que lo detengamos?
—Hay tanto de eso como de desafío a la policía.
—Y de momento nos gana el desafío —dice el comisario—. Con lo que le ha sucedido a De la Torre, quizá se lo piense dos veces.
—Eso sí —contesta Jiménez—, el atentado no ha sido muy oportuno.
—Salieron un montón de ultras de cacería —sigue el comisario—. La central ha pedido refuerzos en Lavapiés y Malasaña por los rumores de que la bomba la colocó un comando comunista. Lo que le faltaba a la ciudad.
—Podríamos contar unos cinco millones de candidatos a haber puesto la bomba y otros tantos motivos para hacerlo —dice Jiménez—, aunque apostaría por ETA . Se les da bien propulsar coches con kilos de amonal.
—No sé si ahora siguen siendo de alguna forma comunistas —contesta el comisario—, pero sus bombas lapa no destrozan así a los ocupantes de los vehículos.
Lo hacen las llamas mientras no pueden salir del asiento, porque la explosión retuerce la estructura.
Por eso hay que facilitar que la presión se disipe y yo continúo abriendo cada día la ventanilla antes de arrancar, aunque haya examinado diez veces los bajos.
—Se estalla los nudillos al recordar su rutina—.
En todo caso, los de la central no tienen mucha información del dispositivo que has montado.
—Sus cowboys lo estropearían todo.
—Estoy de acuerdo en eso, Jiménez. Aunque si sale mal y hemos gastado tanto dinero para nada se lo explicarás tú mismo al ministro.
—¿Como una decisión consensuada?
—Ya sabes. —El comisario acaricia sus distintivos en el pecho, recordando cuánto tiempo le ha costado conseguirlos—. Como tu decisión personal. Puedes llevarle el mapa de regalo.
Jiménez teme lo mismo que su comisario, pero no se atreve a compartirlo.
Hasta un adicto a matar debería esperar a mañana si las calles reportaran tantos incidentes.
Entonces el inspector jefe se retrae, comprueba el espacio de su despacho, sus tomos de criminalística y aquellas maldades descritas entre dos tapas, luego se enrosca en torno a una angustia que es solo suya.
La investigación contra el Ángel Azul fue una pesadilla desde la segunda víctima y en ese instante no le pueden resultar más ajenas la muerte de Toni Vargas, la protección a Marta Beltrán o las pesquisas sobre los turcos.
Está perdiendo la perspectiva, la distancia, el temple, convirtiendo el caso en algo propio.
—Se lo explicaré como mi decisión personal al ministro —dice, lo más convencido que puede—. No te preocupes por eso.
Jiménez oye el crepitar del intercomunicador y distingue una voz metálica. A continuación, chasquidos e interferencias. Lo vuelve a separar ante la mirada del comisario y el subinspector, que bailan las cejas esperando el parte.
—Las prostitutas de confianza se han desplegado por las esquinas —dice Jiménez—. Son treinta, sedientas de venganza.
El subinspector levanta un dedo para intervenir.
Su comisario le concede la palabra con una caída del mentón.
—A la Limones le coloqué yo el intercomunicador en el bolso —dice el subinspector—. Y no podíamos ni cerrarlo. Llevaba unas gafas de sol, unas gafas de ver, un pañuelo lila, otro verde, colonia de baratillo, crema de pies…
—¿De pies? —pregunta el comisario.
—Un potingue de Nivea, sí. Cinco botes distintos de maquillaje, trescientas pesetas en billetes pintarrajeados, un cepillo para el pelo y no sé cuántos tiques de paquetes de chicles, pero no tenía chicles.
Bueno, en realidad tampoco tenía mucho pelo.
Le avisé de que no sería fácil coger el intercomunicador entre todas esas cosas, más si mientras le quieren clavar un estilete en la nuca.
—La Limones.
—Es muy suya.
Jiménez corta la anécdota con un restallido de la lengua.
Queda en el aire como lo que es, un reproche, y cita el código por el intercomunicador para que sus policías se dividan por las calles adyacentes a la plaza.
Intuye que también estarán pensando en lo esotérico del mapa desplegado en la oficina.
Hasta el comisario hizo acto de presencia para recelar del plan.
Ese hombre se ha convertido en el vivo recuerdo de la antigua Brigada Político-Social: la piel agrietada, ojeras sobre las ojeras, pupilas enterradas en grasa y la actitud funcionarial a punto de aceptar el traslado a Mallorca y gracias por los servicios.
Pero Jiménez sabe que incluso en la policía no se cambia nada sin desviarse de las normas.
Cuando se suman tantas chicas asesinadas en Madrid y el culpable las festeja en los periódicos, su deber es explorar cualquier dirección.
De aquello, si hay suerte, surgirá un protocolo policial; más tarde, ese protocolo se escribirá en tomos de criminalística como los que colecciona y el comisario no seguirá allí para felicitarlo.
Porque entonces el comisario debería ser él.
Los policías de paisano vigilan a las mujeres que se adentran en los callejones de Malasaña.
Todavía no saben tanto sobre el Ángel Azul, así que desde el principio se les pidió reconocer el patrón de sus víctimas, a esas chicas de aire desamparado, ropa moderna o de supervivencia según quien las mire.
Un policía se fija en una muchacha con peto de pana y dos coletas.
Bonita, alta, actitud resuelta con la que se cuela en un pasadizo de la calle de la Ballesta.
Al momento, un chico de su edad toma la misma dirección.
El policía avisa de la secuencia por el intercomunicador.
Jiménez contiene la respiración en la oficina, es la primera alerta y ni han tenido tiempo a cantarle que el sospechoso es un niñato.
El policía se adentra en el pasadizo y comprueba cómo el chico aborda a la de las coletas por detrás.
Va a disparar al aire cuando empiezan a enrollarse.
Sin querer, el policía de paisano pisa una lata vacía y la pareja se gira, gritándole que se largue de allí.
—Falsa alarma, inspector —dice el policía por el intercomunicador—. Solo son unos babosos.
—Esto pasará más veces —contesta Jiménez en el despacho—. No nos pongamos nerviosos antes de tiempo.
El comisario termina su quinto café.
—Tenemos toda la noche para ponernos nerviosos.
—Voy a traerle otro, comisario —dice el subinspector—. Deme un minuto.
Se marcha a la cocina de la planta inferior en la que hay una nevera llena de agua y cervezas, dos cafeteras, un hornillo y el microondas, el nuevo aparato que causa furor en la comisaría.
Aquel café tendrá que ir, como de costumbre, con dos cucharadas de azúcar y un chorrito de leche derramado en espirales.
—¿Siempre es tan solícito el subinspector? —pregunta Jiménez.
—Mi primer criterio para ascenderlos —contesta el comisario.
—¿Conmigo también lo fue?
—A ti te ascendí porque distingues qué es lo importante en tu profesión.
—Y este asunto me lo recuerda cada día.