Histeria 9/12 1101 #2
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9/12 1101 #2

—Y para que asumas que en el centro de Madrid no tienes ningún poder —sigue De la Torre—, te contaré cómo será el resto de mi mañana.

Iré a la sede de mi organización, me reuniré con alguna gente rica, daré órdenes a otra no tan rica, mantendré conferencias con Londres y Múnich en sus respectivos idiomas, me traerán perdices escabechadas con un vino más viejo que tú y todos me harán la pelota durante la sobremesa.

Y ni por un segundo —marca una pulgarada con los dedos— recordaré que unos quinquis me pidieron explicaciones por la muerte de otro quinqui.

—Nada de eso te hace feliz, ¿verdad? —contesta Jairo.

De la Torre echa el cuello hacia atrás. Siente que es la frase de otro que ha subido demasiado alto y augura su caída.

Entonces admitiría los puntos comunes en sus vidas, pero ambas están sufriendo tales cambios que apenas cabría preguntarse cuánta validez les queda.

Imposible de responder algo así en una transición donde todo evoluciona, todo fluctúa.

—Comprendo que estos tiempos resulten excitantes para ti —dice De la Torre—.

Franco no precisaba de los delincuentes y el capitalismo de mercado parte de un principio idéntico, salvo, aquí está la novedad, que los delincuentes consigan generar el suficiente dinero.

Aunque al final el mismo porcentaje de pobres será innecesario.

¿Qué tal si te llevas a este melenudo, te metes en tu coche y le ordenas al otro imbécil con camisa de chorreras que acelere sin mirar atrás?

Así, hasta que te maten en cualquier esquina, podrás seguir siendo la marioneta de hombres como yo.

Durante la democracia te dejaremos vestirte con ropas de nuestras sastrerías, te daremos mesa en los mejores restaurantes, te pagaremos caprichos como ese coche hortera y te llevarás a tus amantes a los hoteles de la costa de Valencia.

A cambio, nunca debes mezclar tu sangre sucia con la azul, tampoco usar nuestros bancos para lavar billetes y mucho menos preguntarme por qué a tu hermano pequeño le estallaron la cabeza.

—De la Torre sube los pulgares para ridiculizar a Jairo—.

Una persona se mide por sus adversarios, pero tú no eres de los míos.

Jairo se queda hipnotizado en aquel movimiento de manos.

Metralla observa al capo, por primera vez parece que pactará una rendición.

Entonces Jairo se da la vuelta y hace un gesto al BMW para que se acerque.

Tomate acelera, pega un trompo que les deja de cara el coche.

El capo abre la puerta trasera e indica a Metralla que haga lo mismo con la del copiloto.

Se suben al vehículo con la boca encogida en un puchero.

—Quería confirmar que estabas tú detrás del asesinato de Toni —dice Jairo mientras sube la ventanilla—. Y hablas mucho para también ser un fantasma.

—¡La próxima vez manda a alguien en tu nombre! —grita De la Torre—. ¡Pero a alguien que no quieras que vuelva!

El BMW sale a toda velocidad del garaje.

—Qué paliza le he dado. —De la Torre se estira las puntas del bigote cuando desaparecen por la rampa—. Qué gran paliza.

—Al mismísimo Jairo —dice el guardaespaldas.

—Un fantasma…

—Esta era su única oportunidad y se ha largado corriendo.

—Descargará la rabia con un cualquiera. Entre líneas, es lo que le he ordenado.

Ambos se dirigen al Saab 900 Carlsson, todavía respirando audiblemente por la boca.

Un coche cabal, fiable, pintura oscura e interiores en madera, hecho por señores para señores, sin vinilos, sin alerones, sin llantas grandes.

De la Torre se acomoda en el asiento trasero y despliega el reposabrazos.

Ha sido valiente. Ojalá aquella palabrería le sirviera con Bam Bam.

Un rayo de luz deslumbra el vehículo y De la Torre mueve la cabeza.

Otea el ventanal del techo del garaje, intuye el bullicio exterior y piensa que será mejor volver cuanto antes a comerciar con la delincuencia de cuello blanco.

Se ajusta la corbata con nudo trinity del suyo y examina otra vez la curiosa llave que le ha tirado Jairo.

Un artilugio que habrán pagado caro para esa conversación.

Su mente está a punto de deducir algo cuando el guardaespaldas va a girar el contacto del vehículo.

De la Torre se pregunta por qué han salido tan rápido del garaje.

Decían que necesitaban un lugar tranquilo donde encontrarle y hablar. ¿Artilugios soviéticos? Lo deduce.

—¡No gires el contac…!

La bomba propulsa el coche hasta romper la cristalera superior del garaje, rebotar contra un edificio y caer en la plazoleta tras volar cincuenta metros.

El amasijo de hierros se funde con la carne quemada del guardaespaldas y De la Torre.

La escena es un caos con personas corriendo, gritos histéricos y ninguna víctima colateral.

Una chiquilla cae de su triciclo por la onda expansiva, pero la madre la sujeta para ponerla a salvo de los cascotes.

Poco a poco, se levanta una enorme polvareda.

Jairo observa el atentado a trescientos metros.

—Terminado, fantasma.

—Se perderá las perdices escabechadas —dice Metralla a su lado, con una sonrisa que parece una guirnalda—. ¿No crees que los comunistas esos se pasaron con el explosivo? Casi vuelan la plazoleta entera.

—Le tenían ganas —contesta Jairo—. Parece que, cuando se sale de una dictadura, solo siguen organizados los que la han combatido. En el caso de España deben de ser este tipo de comunistas.

—Y trabajan bien —dice Metralla—. Se colaron en el garaje por la noche, colocaron el explosivo y desaparecieron sin dejar rastro. Ni yo conseguí ponerme luego en contacto con ellos. Tal vez tendríamos que haberlos contratado antes.

Jairo hace visera con la mano, recreándose en las llamas.

—Preferiría que nos enseñaran a preparar semejantes bombas.

—¿Te imaginas a Tomate con una carga de amonal llena de cables?

Jairo no se lo imagina y tampoco lo hará la policía.

Por una vez, no se convertirá en un sospechoso.

—Me han cobrado mucho para ser unos comunistas de mierda —dice.