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«Una ciudad se engrandece por sus horrores».
De la Torre se mete en su ducha de costilla helicoidal.
Tras unos minutos ausente bajo el chorro de agua, coge la hoja de afeitar de la repisa, eleva la cabeza y se pasa la mano a contrapelo por la barba de un día y medio.
Después se rasura al tacto, usando el jabón como espuma.
Cuando termina, gira el grifo y una nube de vapor envuelve su cuerpo.
Aquellas puntas del bigote caídas por la humedad.
Empuja la mampara que se ha puesto de moda en la clase alta madrileña, se echa un tónico en la cara y se abriga con un albornoz.
Llega a su habitación y ubica la aguja del tocadiscos en la tercera pista de su vinilo favorito.
Truena la Cabalgata de las valquirias de Wagner por los altavoces.
Adora la épica y que le corrijan si hay música más épica que la de aquel alemán contradictorio, porque en esas óperas a veces parece que no sucede nada y, sin embargo, en los márgenes, sucede algo todo el tiempo.
Hasta que se desata la tormenta.
De la Torre aparece en el salón con boca circunfleja. Su guardaespaldas apoya los codos en una barra de corian blanco, que separa la zona de bar de los otros cien metros cuadrados de la estancia. Le evita un saludo demasiado efusivo, porque teme sermones con esa música de fondo.
Pero hoy De la Torre tampoco quiere sermones.
Prefiere mirar su ático de la calle Velázquez y aferrarse a lo material como prueba de resistencia, de que ha llegado muy lejos para que un legionario y unos malditos fardos de droga lo compliquen todo.
Aquellas paredes se adornan con lienzos de viejas batallas, salvo por un fresco enorme en el que aparece la Muerte a lomos de una bestia.
Su galope deja una estela cadavérica que representa la peste medieval.
De la Torre trajo el cuadro de la finca familiar, en Toledo, para recordarse que hasta aquel momento el mundo parecía tener sentido: rezar, conseguir comer y procrear.
Si no salía bien, quedaba la otra vida que prometían los curas cuando agonizaban de la misma peste negra.
En cambio, durante 1978 De la Torre debe atender a las obligaciones de su apellido, a su organización, a su trabajo ubicuo y diversificado, a especular con activos mercantiles, a encargar el arreglo de lo que a diario se estropea a su alrededor y, por supuesto, a seguir una rutina de ejercicios físicos.
También a otras decenas de trámites que incluso a él le pesan.
Sobre todo eso, pagar dinero, con que también tiene que ingresarlo.
Y debe hacerlo a través de nuevas mañas, ya que el tiempo, aunque sea circular como en el medievo, ahora da vueltas más rápido y las divinidades dejaron de ser castigo y consuelo de nada.
—¿Qué opinas de este cuadro? —pregunta De la Torre al guardaespaldas, señalando la estela de cadáveres—. Creo que nunca hemos hablado de él. ¿Su alegoría?
—A primera hora de la mañana solo opino que está ahí.
—Yo tampoco lo apreciaba como merecía en la finca de mi padre.
—De la Torre pega la nariz al lienzo—. En el campo todo te remite a la pureza del aire, a los ruiditos de los animales, a un sembrado, a un viñedo o a casetas con aperos.
Esas cosas de pastores te vuelven débil, un poeta y tal, pero aquí sí lo aprecio.
Una ciudad se engrandece por sus horrores.
—Apunta a la Muerte pintada—. Y nosotros dos cabalgamos Madrid como ella.
—He comprado los periódicos que te gustan —dice el guardaespaldas.
De la Torre suspira, se sienta en una silla peacock y echa un vistazo a los titulares de los diarios dispuestos sobre la mesa, a ver cuál miente menos.
Ninguna frase altisonante en el Parlamento y ningún amaño del presidente, tampoco una triste carta firmada por el Ángel Azul.
El día de ayer fue tranquilo y quizá representa la calma que precede a la tormenta wagneriana.
Desiste de hojearlos, avanza hasta la terraza, corre el ventanal y apoya el pie derecho en el exterior.
Una mañana fría y gris, pero no lo gélida que estará en su finca campestre, con la hierba petrificada de hielo.
Repasa el pino que tiene en una maceta y le quita tres acículas a pellizcos, luego contempla las luces de los coches atascados en el asfalto y la procesión de cabecitas en la acera.
Esa imagen urbana le genera la impresión de que todo sigue el orden necesario.
—Vamos a la sede del PP —dice De la Torre, regresando al salón.
—¿Qué es el PP ? —pregunta el guardaespaldas.
—Las siglas de Puño Patriota, hombre —contesta De la Torre—. Hay muchas gestiones que hacer y Bam Bam no tendrá tantos huevos para acercarse por allí.
—Le volaré la cabeza como cometa semejante error.
—Varias veces. A ese hay que volársela varias veces para quedarnos tranquilos… Me pongo algo y arrancamos.
En la habitación, De la Torre se fija en una moldura del techo, desconchada por su esquina.
Niega con la cabeza y abre el vestidor, repleto de cristales en cada ángulo.
Elige un traje de tantos. Beige, tela de alpaca, bolsillos con pespunte azul.
Mientras, piensa en el escayolista y en que todo son gastos.
El guardaespaldas pulsa el botón retroiluminado del garaje y el ascensor desciende doce plantas.
Sale al subterráneo con De la Torre para encontrarse con un coche deportivo que no es del vecindario.
Al ralentí, ventanas tintadas y luces encendidas.
Un BMW por la disposición de los faros redondos.
El guardaespaldas se coloca delante de su protegido.
Del coche se bajan dos individuos y el primero de ellos, con melena ensortijada, levanta las manos en señal de paz.
Un tercero vestido con una camisa de chorreras permanece en el asiento del conductor.
De la Torre nunca ha visto esas caras, pero sabe a quiénes pertenecen y las explicaciones que pedirán.
Jairo habrá conseguido la misma información que él y se pregunta si el narco también compra a los policías y sus rumores.
El capo se detiene junto a Metralla, a pocos metros, afianza los pies en el suelo y lo demás ya no significa nada.
—Tú también tienes que levantar las manos —dice De la Torre a su guardaespaldas—. Ahora mismo.
—Entonces no podré disparar antes que ellos.
—No vienen a disparar, porque ya lo habrían hecho. —De la Torre se adelanta unos pasos—. ¿O me equivoco, Jairo?
Jairo le da la razón con una contracción de la boca. Después le tira una especie de llave maestra, con imanes y longitudes intercambiables mediante un botoncito.
—Últimamente me convierto en sospechoso de cualquier tiroteo —dice Jairo—. Y no me interesa.
De la Torre observa la llave que ahora sostiene sobre la mano.
—¿Un regalo? ¿Sin conocernos antes en persona?
—Tu guardaespaldas abrirá puertas como la del piso de aquel policía corrupto, aunque sin ese modelo de llave habrá otras que se le resistan. Nos lo traen desde Rusia y gracias a él estamos aquí dentro.
—Muy bien. —De la Torre se guarda la llave, sin darle mayor importancia—. Reconozco que los soviéticos siempre tuvieron artilugios interesantes, pero ahora la comunidad deberá mejorar el bombín del garaje. Y aquí, aunque seamos ricos, no nos gustan las derramas extraordinarias.
—No sé qué es una derrama.
—Al menos espero una charla entre hombres de negocios.
—Tampoco estoy seguro de eso.
El ventanal del techo del garaje se ubica en el centro de una plazoleta, filtra la claridad de la mañana y deja espacios geométricos a media luz.
Entra el Bentley de la vecina del sexto y proyecta otra sombra por encima de ellos, deshaciendo el juego de reflejos.
El chófer aparca junto al ascensor y ayuda a su pasajera.
La señora le da la mano para salir, recoge el largo de su abrigo y saluda a De la Torre como si aún fuese el niño que vio crecer desde la posguerra.
Pasea una mirada asqueada por el resto y se mete en el ascensor.
Vuelven a quedarse los cuatro a solas.
—La otra opción es que hayáis conseguido entrar aquí para amenazarme. —De la Torre se aproxima a Jairo con el guardaespaldas cubriéndole el flanco derecho—. ¿En mi propia casa, muchacho?
—Necesitaba un lugar tranquilo donde encontrarte y hablar —dice Jairo, levantando otra vez las manos—. Eres una persona con mucha protección ahí fuera y sospecho que en la sede de tu organización tampoco me hubieran dado una cita. Seguro que un escándalo en público te interesa tan poco como a mí.
—Me encontraste. —A De la Torre eso le ha sonado a negocios—. Habla.
—Dicen que tuviste algo que ver con la muerte de mi hermano.
—¿Si fuera verdad?
—Me he ganado el derecho a saberlo.
—Por lo que escuché de Toni Vargas —contesta De la Torre—, lo iban a matar cualquier noche. Le había ocurrido todo lo que podía ocurrir en la vida. ¿Y cómo llamamos a alguien así?
—¿Un hermano?
—Un fantasma.
—Cuestión de tiempo, ¿no?
—Cuestión de tiempo. Quién apretó el gatillo no es importante.
—Es cierto que a él le tocó aquella noche como podía tocarle a la siguiente —dice Jairo—. Mi venganza se debe, más bien, al apellido.
—¿Por la empresa?, ¿venganza? —De la Torre abre mucho los ojos—. La venganza es algo estúpido y que solo importa en las películas de italianos.
—Algo que además me cuesta mucho dinero.
—E imposible en cuanto a nosotros. No estás en uno de tus barrios de mierda.
Metralla y el otro guardaespaldas colocan las manos sobre las armas.
—Tranquilos —dice Jairo—. Tranquilos… Estamos hablando.