Histeria 9/12 920
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«Siempre colaboro con los patriotas».

Bam Bam merodea por un parque de Ciudad Universitaria.

Los parterres secos confluyen en una fuente de metal, que tiene la pedalera partida.

Alrededor, bancos de madera pintados con excrementos de palomas y, a sus pies, latas dobladas, envoltorios de preservativos y bolitas de papel.

La Facultad de Sociología queda a quinientos metros y el fin de semana solo abre su biblioteca.

Desde esa posición, Bam Bam observa las escaleras traseras y a una pareja sentada en el segundo desnivel.

El chico se levanta con su suéter en la mano y se mira en el cristal que hay detrás.

Quiere darse ánimos, vamos, no es tan difícil.

Se coloca de cara a la chica y descuelga el suéter por la espalda, con una expresión que trata de comprender y seducir.

Ella se acaricia el pelo, actitud nerviosa, algo evasiva.

Para cualquier espectador, será obvio lo que ocurrirá.

Para Bam Bam, allí no hay nada.

Su mirada se detiene sin pudor en las personas porque opina que, precisamente, no sirven para nada, que no responden a un canon de eficacia o necesidad.

Su reproducción será tan inservible como ellas mismas, tal que, si encuentran el amor o fingen encontrarlo, ya se permiten ignorar cualquier alerta.

Y el chico besa a la chica y así inician su fantasía.

Pero en cualquier fantasía acechan monstruos.

Bam Bam, acechando tras un seto, ha quedado con el ultra que siempre pide cigarros a Marta.

El que también suele rondar la sede de Puño Patriota presumiendo de que su abuelo fue un importante abogado o notario o registrador de la propiedad o, en resumen, algo relacionado con leyes y trampas.

El legionario sabe que el nieto representará la oveja negra de la familia hasta que cuelgue las botas y se dedique a dilapidar patrimonio.

Hay muchas historias idénticas entre los muchachos que capta De la Torre.

La organización simboliza luego un desvarío de juventud, una época a rememorar por cuánto se ha cambiado y lo salvaje del pasado.

¿Aunque qué decir de los otros?, ¿del de la cresta que no quiso llevarlo en el ciclomotor y de su novia la chivata?

Bam Bam piensa que esos andan aún más perdidos, pero entonces recuerda las palabras de su antiguo jefe: «No has de entender a las personas para matarlas».

El ultra llega al parque con paso ligero.

Bam Bam lo vigila a escondidas durante unos segundos para comprobar que no sabe que ahora él es el enemigo número uno de la organización.

Y el ultra aparenta estar desinformado, como siempre.

Se aproxima a la pareja de las escaleras, llevándose dos dedos a los labios.

Ella le contesta que no fuma y el ultra se gira por el silbido de Bam Bam.

Lo ve de pie al lado del seto y se acerca.

—Pensaba que pasarías por aquí cada quince días, como los demás.

—La organización tiene sus rutinas y yo las mías —contesta Bam Bam—. Me gusta escuchar más a menudo cómo se encuentran mis cachorros, si necesitan algo, si tienen nuevas informaciones… Tales cosas.

El ultra lo mira como, eso, un cachorrito simpático.

—Todos te lo agradecemos.

—¿Qué tal el campus? —pregunta Bam Bam—. ¿Continúa tranquilo?

—Siguen sin formarse grupos de rojos peleones en las facultades.

Los miércoles por la tarde se reúnen unos cuantos a hablar de patrañas, de derechos sociales de esos, de que las embarazadas puedan matar a sus bebés y locuras contra España, pero no nos preocupan.

Les pegamos para que no vayan más allá del paripé.

En verdad, los debates solo sirven para ligar con chicas con minifalda.

Bam Bam señala a la pareja.

—¿Aquellos son de esos?

—No, son dos pijos. Él lleva una chupa de Chevignon y ella un plumas de Privata, así que me creo que todavía no haya dado una calada ni a un cigarro. No queda nadie digno de matar en el campus.

Bam Bam se pregunta qué sabrá de matar alguien que habla así.

—No sé si la dignidad es muy importante para eso —contesta después.

—Me gustaría participar en acciones más arriesgadas con los mayores —sigue el ultra a lo suyo—. Las cacerías en el Retiro, en el barrio de Malasaña o en cualquier sindicato de esos de obreros. Enfrentarme a tipos que quieren partirnos tanto la cara como nosotros a ellos. Esto es un coñazo.

—Así lo comunicaré. —Bam Bam pasa a lo único que le interesa—: ¿Conseguiste las señas del de la cresta roja y las de su novia?

—No tengo muchos datos del punki. Los del barrio de la Prosperidad se han juntado para buscarnos en alguna ocasión, pero Pitu parece un colgado inofensivo.

No conocemos gran cosa de él, salvo que tiene un grupo de música y un ciclomotor que nunca arranca.

Tendrías que verlo ahí, frente a la facultad, dándole patadas al pedal y el Vespino que no…

—Las señas de su novia —lo interrumpe Bam Bam.

El ultra se pone en guardia.

En el fondo, siente una culpable admiración por Marta.

—Me sorprende que Puño Patriota las quiera.

—A De la Torre le preocupa la gente como ella —dice Bam Bam—. Siempre nos avisa de que las personas peligrosas no son las que se pasean con una cadena, que una inteligente y determinada es suficiente para convencer a muchas otras para coger esa cadena. El jefe sabe de lo que habla.

Luego Bam Bam piensa que por ese pragmatismo prefiere matarlo a él, borrar al autor antes que a la testigo.

—Si Marta se metiera en rollos políticos serios, ni la dejaría entrar en el campus —dice el ultra—.

De las amigas sabemos que van a manifestaciones, pero también que pasan de las asociaciones de estudiantes.

No son unas brujas y no me gustaría que les ocurriese nada malo.

Pero bueno. —El ultra le ofrece el primer papel útil desde que se conocen—.

Como me los pidió alguien como tú, conseguí los datos de la ficha de matriculación.

Bam Bam lo lee a duras penas.

—¿Esta es su dirección?

—Encima de las notas. Marta saca todo sobresalientes menos en Sociología del Trabajo. Si fuera preciso, solo le daréis un susto, ¿no?

—Pues ya estaría —dice Bam Bam, sin sospechar que ayer se produjo una situación idéntica con otro papel y sus datos—. Te dejo pidiendo cigarros.

—El administrativo que tenemos infiltrado quiere más dinero —contesta el ultra cuando Bam Bam se aleja—. Le debo cien pesetas por la ficha.

—¡No seas tacaño! ¡Ese fue el error de tu jefe!

El ultra intenta ordenar un significado para aquel adiós.

«El error de mi jefe… —No lo consigue—. El error de mi jefe… ¿Nuestro jefe?».

Su mente tiende a complicar las situaciones sencillas y a olvidar las complicadas.

Regresa a la parte oeste de Ciudad Universitaria, con el deber cumplido para uno de sus referentes que seguro que le ayudará a subir en Puño Patriota.

Pensando en el consejo de la tacañería y en cuánto le gustaría convertir a Marta en una mujer respetable, el ultra choca de bruces con un hombre que rondará los treinta años, acicalado de forma sutilmente distinta a cualquier estudiante y con un bigotillo en barbecho.

Se diría que es el alumno más viejo o el profesor más joven, no se diría que es un investigador de la Brigada de Información.

—Mira por dónde vas —dice el ultra.

Cañas trata de ubicar la Facultad de Sociología, desesperado por encontrar algún rastro de Bam Bam en esa mañana de sábado.

Delante del portal de Marta todo está tranquilo y ahí continúan los policías de paisano, vigilando el entorno y haciendo chistes malos por la emisora. «Le dice el abuelo al nieto…».

—¿Me has escuchado, payaso?

Cañas no quiere perder el tiempo con el ultra hasta que repasa su aspecto.

Debe de ser uno de la banda a la que se refirió Marta en comisaría.

—¿Perdón? —pregunta Cañas—. ¿Tengo una nariz roja?

—Lárgate si no quieres tenerla de un puñetazo.

Y Cañas le coloca la placa de policía en los morros.

—De momento, te vienes conmigo a comisaría.

—Mierda.

—Cara a la pared para que te ponga las esposas.

El ultra se voltea contra la pared de Farmacia y coloca las manos tras la nuca. Cañas se las baja a la cintura para esposarlo y repara en la forma picuda de sus nudillos. Esos puños, cuidado, abrirían un boquete a cualquiera.

—No he hecho nada.

—Lo importante será lo que escriba que has hecho.

—Eso es absurdo.

—Bastante, sí.

—Pero la policía siempre se ha llevado bien con nosotros.

—Porque somos la única banda callejera que tiene derecho a todo.

—¿Entonces?

—Entonces lo de llevarse bien se acabó por hoy.

—Ha sido un error. —El ultra patalea—. No puedes detenerme en sábado, tengo un montón de planes.

—Ni se te ocurra montarme una escena aquí, ¿eh?

—Perdón. —Y a menos volumen—: Tengo un montón de planes, tío.

Cañas deja colgando las esposas, consigue la disposición que quería y prefiere ahorrarse el balbuceo de excusas.

Un sábado de aquel chico y sus planes seguro que no se encuentran más allá de lo compensable.

Sabrá que lo peor de que te arresten en fin de semana es comerse el hacinamiento de los calabozos y la cola en el juzgado de guardia.

Además, como los de su banda vean la detención quizá le busquen problemas.

Veinteañeros violentos, hojas y hojas de antecedentes penales, que se pasan el día bebiendo cerveza y llegan tarde a donde nadie los invita.

Hacen un martes trece cualquier fecha del mes, así que Cañas remata la actuación que firmaría cualquiera de sus compañeros veteranos.

—¿Has escuchado que si quieres conocer a alguien debes mirar qué guarda en los bolsillos?

—No llevo nada, de verdad.

Cañas cachea al ultra y encuentra un puño americano.

—¿Esto es algo?

—Sí, pero tampoco es mío.

—Ayúdame a ayudarte. —Cañas manosea el puño americano—. Si me contestas unas preguntas, tal vez solo te identifique y te deje marchar con tu juguete.

—Siempre colaboro con los patriotas.

—Soy un patriota de la hostia. —Cañas le permite darse la vuelta—. Estoy buscando a una persona que rondaba hace días por aquí y voy a mostrarte sus fotos. Como me mientas, te pasas el fin de semana rodeado de yonquis y cagando de pie con ellos tras unos barrotes. ¿Comprendido?