Histeria 8/12 2203
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8/12 2203

«Atiende a mis órdenes, porque es nuestra última conversación».

Germán espera bajo un árbol desmochado.

Su gabardina roída y sus pantalones gastados. Aquellos zapatos lo sostienen ya sin suela, apenas una línea de caucho. La columna doblada hacia delante y la rodilla derecha alzada, como si le doliese una lesión de esas reumáticas.

Murmura solo y solo murmura.

Para Cañas se hace evidente que ha bebido y que no será peligroso.

Pero de pronto se sorprende ante la evidencia de que su compañero ha nacido hace mucho más tiempo que él, demasiado tiempo, acumuladas todas las décadas de policía en sus cabellos ralos, en su musculatura caída y sus brazos aún fuertes.

Camina hasta su posición y lo saluda con una palmada en el hombro.

—He bajado. ¿Ahora?

Germán traza una espiral con el dedo.

—¿Dónde?

—Tú mandas —contesta Cañas—. Necesitarás otra copa para aplazar la resaca.

—Antes vacía los bolsillos y quítate la cazadora.

—¿Cómo dices?

—Y te subes el jersey hasta el cuello para que vea si llevas un micro.

—Me vuelvo ahora mismo a mi casa, Germán.

Cañas se gira y Germán lo coge del brazo, muy fuerte, a modo de pinza, como solo él sabe coger.

—¿Quieres detener al que mató a Toni Vargas?

—Más que ninguna otra cosa —contesta Cañas.

—Pues enséñame tus pezones o le doy los datos del asesino al siguiente.

—¿A un investigador de nuestra brigada que quiera trabajar de verdad?

—A otro que no es un investigador.

Cañas deja caer los párpados. Luego vacía los bolsillos con las llaves, la cartera y la placa.

Se quita la cazadora de piel y la aguanta entre las rodillas.

Continúa observando a Germán, tal que de repente lo sintiese un impostor, una de esas personas que siempre quieren pedir fuera de carta.

Al final se sube el jersey para mostrar los pezones, la incipiente barriga, la cicatriz de la apendicitis y ningún micrófono pegado con esparadrapo.

—Buen chico —dice Germán—. El cuchillo de cocina te lo puedes quedar.

Cañas observa que el mango abulta la presilla del pantalón.

—Lo siento, Germán. No sabía de qué iba esto.

—Sí lo sabías, pero no pasa nada. Yo habría traído la pistola.

—La dejo siempre en comisaría.

—A partir de mañana llévala contigo. —Germán asoma su propia arma y un dosier bajo la gabardina—. ¿Qué tal ese bar para enseñarte unos papeles?

—La ensaladilla no es muy buena, pero tiene una mesa tranquila al fondo.

—No pediré ensaladilla.

Un whisky DYC y un vaso de leche sobre esa mesa tranquila.

Germán continúa respirando como un búfalo, aunque recompone su imagen y abre el expediente de Bam Bam que guardaba entre pilas de ropa.

Lo mueve de un lado a otro, descarta hojas y enseña recortes.

Ha hecho tres juegos de fotocopias con separadores de colores y subrayados.

Cañas achina los ojos y encuentra fotos del sospechoso, nombre completo e historial delictivo.

El retrato a carboncillo se asemejaba a su aspecto real, pero se quedaba corto en los ángulos de la cara y en los ojos de tiburón.

A Cañas le resulta inevitable preguntarse si, en algún momento, un hombre así se cuestiona por qué se ha convertido en un asesino profesional.

—Sé lo qué piensas —le dice Germán—. Y la respuesta es no.

Cañas contiene sus ganas de romperlo todo.

¿Por qué Germán lo lee tan bien? Desearía ser menos transparente, menos abstraído para no llevar el horror material al terror psíquico.

No le deberían importar las motivaciones de los criminales.

Sus atestados describen realidades objetivas, por repugnantes que sean.

Lo que le piden los superiores y lo que él les tiene que dar.

—Alguien se olvidó de devolver esta ficha a los cajetines —dice Cañas.

—Todo el mundo lo conoce por el apodo de Bam Bam —contesta Germán, ignorando el reproche.

—Bien. —Cañas se cruza de brazos—. Con que tus informes no solo eran preocupantes, también eran ciertos.

—Es el mejor asesino de la ciudad —sigue Germán mientras ahora sujeta el whisky—. Y trabajaba para Miguel de la Torre.

—¿De la Torre?, ¿el medio aristócrata? Venga ya. Su padre pertenecía a veinte consejos de administración de empresas públicas y fue conde de algo, hasta quizá con un título pontificio.

—Pero el hijo heredó deudas incómodas para un macarra que lee demasiado —dice Germán—. Recuerdo que apostaste tu placa a que esto no era cosa de ultras.

—De la Torre siempre tuvo aspiraciones políticas y Jairo no se mete en eso.

—Ni se meterá. El lío viene de un golpe que se complicó y él —Germán puntea las fotos de Bam Bam— los mató a todos, menos al que tenía pinta de militar, que se llamaba Eulogio.

Otra versión de los mismos hechos: al fin, la verdadera.

—Los balazos en la frente de ese coincidían con los casquillos del que llevaba las dos pistolas —dice Cañas mientras reproduce la secuencia—.

Aquel salió del baño, agujereó la cabeza del tal Eulogio y Bam Bam lo abatió.

Después disparó a las rodillas de Toni Vargas y consiguió que le contase lo que le permitió matarlo. ¿Me equivoco?

—Es lo que pensaste el primer día y tampoco te equivocabas.

Iban a robar droga y a ganar dinero rápido, que no fácil.

Algo que se pondrá de moda entre los narcotraficantes de Madrid.

Así De la Torre se aseguraba de que no sospechasen de ellos y que la venganza se la cobrasen a los que compiten con Jairo.

—Nadie compite con Jairo.

—Los que lo pretendan. Siempre habrá un chico nuevo en el barrio, ¿no? Después los ultras desvalijarían más almacenes aprovechando el desconcierto. El entorno de Fuerza Nueva quiere conseguir un escaño en las siguientes elecciones y eso debe de pagarse caro.

—Estoy seguro de que De la Torre solo comprende la política como una extensión de sus negocios.

—¿Habrá sido un movimiento por su cuenta? —pregunta Germán.

—Quizá el primero de unos cuantos que irían a su bolsillo.

—Bueno, ya da igual que lleves razón en eso. Su informante no sabía que allí estaría Toni Vargas y lo que vino a continuación también lo conoces, ¿verdad?

Ahora Cañas lo conoce y recita:

—Bam Bam encuentra la droga, la carga con ayuda de los chicos de la furgoneta y luego los ejecuta por la espalda. —Simula una pistola con la mano y el retroceso de los tiros—. Dos balas en la nuca. ¿Por qué?

—Vamos, mentalista.

—No quería darle el tesoro a De la Torre.

—Pero qué listo eres para tus cosas.

—¿Dónde lo encontraremos? —pregunta Cañas, sacando la libreta.

—¿A Bam Bam? No te imaginas cuántos preguntan lo mismo.

—¿Y el informante qué les dice?

Germán se sorbe los dientes, juguetea con la copa y le pega unas vueltas para que los hielos se fundan. Se recuesta en la silla y sonríe como un vendedor de vehículos usados. Un gesto de bochorno, también de liberación.

—Cañas, tu única posibilidad es que se acerque a la chica.

—¿Bam Bam conoce lo que ha sucedido con Marta?

—Me temo que sí.

Cañas desorbita los ojos y guarda la libreta.

—Ya veo por qué querías la investigación y luego la frenabas a cada momento.

—No te he utilizado.

—Lo has hecho desde aquel día y debería detenerte aquí mismo.

—Inténtalo —dice Germán—. Compórtate como un policía de verdad.

—No sería difícil con lo borracho que estás.

Cañas aún no ha movido una ceja y Germán le ha pegado dos patadas oblicuas a su silla.

El joven investigador cae al suelo con cara de susto, también de no ser el policía que le acaban de exigir.

El cocinero sale a ver qué ocurre y Germán le enseña su placa, después hace una seña para pedirle la cuenta.

Cañas le indica que todo está bien a la vez que muestra su propia placa desde el suelo.

—Tantas cenas que te he preparado y ni idea de que eras policía —dice el cocinero a Cañas—. Nunca lo hubiera adivinado con ese bigotito.

—Yo tampoco hubiera adivinado que eras cocinero con esa ensaladilla.

Germán ayuda a levantarse a Cañas en cuanto vuelven a quedarse solos.

—Todavía no ha llegado el momento de detenerme —dice después—. Se te va a enfriar la leche.

—Me gusta fría.

—Es que vienes aquí en esta situación y pides leche con azúcar.

—El azúcar le queda bien, Germán.

—El día que detuvimos al Muñón y descubrimos que escondía medio millón de pesetas, observaba cómo contabas los billetes una y otra vez para anotarlos en el acta.

Intuía que eras uno de esos nuevos investigadores que creen en el bien y en el mal, aunque no pensaba que tanto.

Algunos compañeros de promoción decían que te apretara, que te enseñara a falsear registros y a cubrirnos las espaldas, pero preferí dejarte tranquilo.

Parecías competente y no había remedio para nosotros desde que Jiménez comenzó a ponerte ojitos.

—Vete a tomar por culo —dice Cañas—. El de las manos sucias eres tú.

—¿Entiendes por qué no quise que manchases las tuyas?

—Nunca te daría el gusto.

—Dispuse de muchas oportunidades para ensuciarte.

No lo hice, porque a tu manera fuiste valiente y yo tenía fecha de caducidad cuando aparecieron los de Asuntos Internos.

A mis amigos los retiraron a cuidar archivos o les hicieron renunciar a cambio de no pasearlos esposados.

Así nos pagan la jubilación a los que cumplíamos órdenes.

—Siempre te respeté, a pesar de que en el pasado tu trabajo consistiese en hacer listas y dar leña.

—Era el policía que querían que fuese. Y si los de arriba se quedaban su parte en los despachos, nosotros íbamos a quedarnos la nuestra en las calles.

—Siempre te respeté, Germán.

—Lo sé. —Germán cierra los ojos—. Y me avergüenza que no puedas respetarme más. —Los abre—. Hace tiempo que ni yo lo hago.

—Creo que llevas toda tu vida buscando que te peguen un tiro.

—He cumplido cincuenta y cuatro años. Debo de ser malo hasta para eso.

—Permíteme hablar con el inspector jefe y pactemos una salida digna.

—¿Con Jiménez?, ¿con el hombre de los mapitas de colores?

Mi error ha causado unas cuantas muertes de gentuza y lo único que quiero es que no se lleve por delante a nadie inocente.

Y lo quiero por egoísmo, por remordimiento; de no ser responsabilidad mía, como si esta ciudad desaparece mañana.

Nos harían un favor a los que vivimos en ella.

Cañas adelanta las palmas de las manos.

—Trabaja el atestado de los turcos y aporta las pruebas que involucran a Jairo en aquello. Sería la detención que te reconciliaría con toda la brigada. Aún estás a tiempo de salvarte, Germán.

—Salvarme. —Germán entorna los párpados hasta casi cerrar los ojos—. En fin, atiende a lo que voy a ordenarte.

—No quiero dejarte caer, Germán.

—Ya he caído. Atiende a mis órdenes, porque es nuestra última conversación.

Cañas bebe un sorbo de leche, no pestañea, le atiende.

—Dime qué hago.

—Eres un buen investigador, con que tendrás dos objetivos en cuanto salga por esa puerta y me aleje: detener a Bam Bam y, después sí, detenerme a mí.

—No me pidas que…

—Y los vas a cumplir en ese orden.

Cañas se pregunta cómo se puede ser un criminal y un policía al mismo tiempo.

Luego moja los labios en la leche y le queda un rastro blanco sobre el superior, mezclado extrañamente con su bigotillo.

Mientras, el cocinero se acerca para dejarles el tique de la cuenta.

La única alternativa que encuentra Cañas para la decepción es la resignación.

Sospecha que por eso la comisaría está llena de investigadores que ya no creen en nada tras tantos desengaños, que han elegido seguir a rastras con sus vidas y se aseguran de que el trabajo policial no les estorbe demasiado.

Germán le pasa la cuenta.

—Invítame a una copa de una vez. —Se levanta y le estrecha la mano antes de marcharse—. Fue un honor trabajar contigo, Cañas.

Sale por la puerta, se aleja, desaparece.

Cañas termina la leche y acepta que se ha quedado sin compañero y sus dos objetivos.