8/12 2133
«Todavía eres un novato».
Cañas recoge la cena del viernes en el bar de enfrente.
Sus dotes de cocina se limitan a estrellar un huevo y a ponerlo encima de algunas patatas.
A veces, bistec de hígado vuelta y vuelta.
Por lo demás, calienta los tápers que le preparan su pareja y su madre cuando lo visitan.
Tampoco puede decirse que sea un exquisito.
Para él, comer resulta un acto funcional, como casi todo.
El menú de hoy es ensaladilla rusa, milanesa con arroz y tarta de queso casera, eso de casera lo repitió el cocinero a pesar de que parece un postre del súper.
Antes Cañas veía que cada bar tenía su forma de resolver las cosas en el distrito de Chamartín.
Los había con personal atento, descuidado, callado, charlatán, muy rápido o muy torpe y una gran mayoría quemado con la vida; pero fingían que trabajaban y así sus jefes también fingían que les pagaban.
Con las nuevas aspiraciones sociales, para el investigador lo imprevisible del negocio se ha reducido a la cortesía forzada, a la explicación obsesiva de cualquier menú y al afán creativo de emplatar hasta un trozo de pan.
—Quédate con el cambio —dice Cañas al pagar.
—Bote.
El cocinero toca una campanilla de cobre que cuelga del techo. Hace gracia a un par de turistas extranjeras sentadas a la penúltima mesa, pose distante, cejas alzadas, complacidas por los camareros y su inglés costumbrista de cuatro palabras.
Cañas sube a su casa, tercer piso, letra D.
Coloca los envases en la mesa del comedor, se quita el traje afelpado en la habitación y se pone un pijama a rayas y unas pantuflas.
Regresa al salón, enciende el televisor, se frota las manos y se las sopla como si fuera a encender más bien una chimenea.
Veinte pulgadas ahora le parecen escasas: tenía razón el vendedor de los grandes almacenes.
Destapa el plato de ensaladilla y la remueve con el tenedor que le han metido en la bolsa, junto al pan de barra.
Después mira su reloj de correa.
Faltan pocas horas para que empiece el dispositivo contra el Ángel Azul.
En el caso de Toni Vargas no se prevén avances durante el fin de semana y apenas cruzó dos palabras sobre eso con Germán, que entraba en el turno de noche para continuar la investigación de los turcos.
El veterano buscó los ojos de Cañas para contarle algo, pero él no se los dio.
Sirvieron de excusa las prisas por una cita con su pareja que, en verdad, se ha ido el fin de semana con la familia.
El lunes traerá de vuelta, entre embutidos y vino del pueblo, una respuesta definitiva sobre habitar aquellas paredes a su lado.
La televisión emite un programa de entrevistas a pie de calle.
Consiste en acercar un micro a personas estrambóticas y preguntarles cualquier estupidez para recibir, sorpresa, algo parecido de vuelta.
Cañas reconoce la cabecera y tararea su melodía, semejante a la de las noticias, pero más festiva.
Varios rótulos giran sobre un fondo azul antes de terminar la presentación con el logo de la cadena estatal.
Sale una reportera con chaquetón rojo y boina al estilo parisino, que pasea por Preciados buscando respuestas a «¿Cuáles son los trucos de los madrileños para ahorrar?
». El primer entrevistado, un señor con una extraña cortinilla de pelo y cazadora vaquera.
—Hoy queremos escuchar los trucos de los madrileños para ahorrar —dice la reportera en pantalla—. Los precios están subiendo en el último año y seguro que usted tiene algún secreto que compartir con el público.
—Creo que no tengo nada que compartir —contesta el hombre.
—¿En casa usan la lavadora en el programa corto?
—En casa estoy solo y no tengo lavadora.
Una ráfaga de viento le desarbola la cortinilla de pelo.
—Aunque, bueno —dice mientras bizquea—, hago un truquito para limpiar el coche sin ir a las máquinas de aspirado que hay en las gasolineras, de esas que te comen una moneda cada minuto.
Aparco en el vado de un garaje que está cerca de mi piso, subo corriendo, un sexto sin ascensor, empalmo cuatro alargadores y los descuelgo a la calle a través del balcón.
—Tremendo —murmura Cañas.
—Entonces —sigue el hombre en la televisión—, bajo por las escaleras con una aspiradora Electrolux de los años cincuenta, cuando se hacían cosas buenas y que duraban.
—No se pueden nombrar marcas en el programa —lo interrumpe la reportera.
—¿No puedo decir Electrolux?
—Continúe, por favor.
—Enchufo la Electrolux al último alargador y aspiro el coche durante el tiempo que quiera en el vado. Los cables quedan colgando desde el balcón y mis vecinos dicen que soy muy cuco.
La reportera se gira a cámara.
—¿Y qué opinan nuestros telespectadores? —pregunta—. ¿Es o no cuco?
Corte de la imagen.
Nuevo plano de la reportera, que coloca el micro en la cara de una anciana.
—¿Cuál es el tema de hoy? —pregunta la anciana.
La reportera pone morritos a cámara.
—¿Seré yo la entrevistada?
—Que cuál es el tema de hoy.
—Trucos de los madrileños para ahorrar —dice la reportera, mordiéndose el labio—. Esas estrategias que a final de mes nos suponen unas pesetas extra en el bolsillo. ¿Tiene alguna que compartir?
—Separa un poco el micrófono.
—Disculpe, sí.
—Cuando voy a comprar el bizcocho para mis nietos, le pido a la panadera que me quite el azúcar de arriba y que lo vuelva a pesar.
La reportera arquea la ceja izquierda.
—¿De verdad?
Cañas deja de masticar.
—Sí —sigue la anciana—, la panadera raspa el bizcocho y lo vuelve a pesar. Al llegar a casa, le echo una cucharadita de mi propio paquete de azúcar.
Corte de la imagen.
Nuevo plano de la reportera junto a dos veinteañeras.
—Trucos de los madrileños para ahorrar —repite ella.
—Me ducho con el cubo de la fregona entre mis pies —contesta la más alta—. Así después uso el agua enjabonada para fregar.
—Muy lista —dice la reportera.
—Y luego aprovecho la que me sobra para el bebedero del perro.
—¡Joder! —grita Cañas en su salón—. ¡Espero que sea un cocker !
—No estudié Periodismo para esta mier… —dice la reportera.
Los anuncios irrumpen en pantalla antes de que estampe el micro contra el suelo.
¿Un detergente de nombre Lavaman? Cañas deja la ensaladilla rusa a medias.
No le ha gustado, mucho guisante y mucha patata.
Abre el envase de la milanesa y exprime el zumo de medio limón por encima.
Todavía no se ha metido el primer trozo en la boca cuando suena el interfono de su casa.
La llamada lo sobresalta. Nadie de su familia suele venir tan tarde, así que se levanta con un mal presagio.
Descuelga el telefonillo en la cocina, aclara la garganta y pronuncia un «¿Sí? ».
—Soy yo, mentalista.
—Hostia, Germán. Pensé que había sucedido algo.
—Ha sucedido algo.
—Me refería a mi familia o a mi… ¿Qué ha pasado?
—¿No me invitas a subir?
Cañas mira la pistolera vacía que cuelga del perchero. Siempre deja el arma reglamentaria en comisaría. Todavía no aprovecha su tiempo en prevenir amenazas, como la que quizá representa ahora su compañero.
—¿Sigues ahí? —pregunta Germán.
Un compañero que tal vez ya no esté del lado de nadie, porque sienta que nadie estuvo nunca del suyo. La razón por la que Germán comprende la amenaza como algo cercano, a la vuelta de la esquina y dispuesta a recibir un puñetazo en la nariz. De tal forma, siempre lleva la pistola encima.
—Sigo aquí.
—¿Recuerdas que Jiménez nos juraba que pide permiso a los jueces para pinchar cualquier teléfono?
—Igual que en Estados Unidos con la Ley RICO . —Cañas se pone más nervioso—. Cómo olvidar esas lecciones.
—Otra de sus mentiras. En la Político-Social escuchábamos a quien queríamos y cuando queríamos. Él hace lo mismo, lo sé por el comisario.
—¿A dónde quieres llegar? Me estás asustando.
—A que necesito verte en persona.
—No tengo el teléfono pinchado —dice Cañas—. Y si tú lo tuvieras, significaría que al menos te escucha alguien. ¿Has bebido?
—Baja y nos damos una vuelta.
—Reformulo la pregunta: ¿has bebido más de lo habitual?
—Hoy no me siguen los de la brigada. Andan muy ocupados montando el dispositivo contra el Ángel Azul.
—¿Tú también…?
—Todavía eres un novato, chico. —Germán se aleja un poco del portal—. Baja de una vez, hace frío.
Cañas se acaricia el labio superior, cada vez con el bigote más marcado.
Se dirige hacia el teléfono de su casa y lo descuelga: el pitido de la línea suena como de costumbre, luego un crepitar, pitido de nuevo.
Desenrosca la tapa del auricular de cuernos y observa el cableado.
Todo en orden, lo vuelve a montar, se viste y se dispone a encontrarse con Germán.
Lo asaltan muchas dudas, pero la más importante es si debería ir armado.
Con un viejo cuchillo de cocina.
No tiene otra cosa.