Histeria 8/12 1017 #2
67%

8/12 1017 #2

El productor se queda analizándolos con su mirada de tasador.

Reconoce que Pitu ha desbrozado tanto las palabras de esas canciones que cada letra pesa una tonelada.

También se plantea cuánto mejor quedaría la grabación por fases instrumentales, primero los bombos, caja y platillos, luego la guitarra, después la voz del cantante y por último el bajo de Marta.

Así ajustarían el tempo rítmico como un metrónomo.

Nadie sospechará de semejante truco en un grupo de punk, pero el que compre el disco notará algo diferente.

Pedro Lafuente entra en la sala de grabación, pensando que Marta lo va a pasar mal en el futuro: no encontrará muchas personas a su altura y eso, a la larga, la comerá por dentro.

—Incluiremos el golpe al cristal en la canción —dice.

—Lo siento —contesta el batería, haciendo virguerías con la otra baqueta—. Se me complicó el último redoble.

—Quedará muy auténtico —sigue Pedro Lafuente—, pero suelta la baqueta izquierda de una vez o te cobro la reparación del cristal. Podremos sacar un maxi con Gallo de pelea, Asfalto y la otra…

— Más merengue y menos policía —dice el guitarrista.

—Esa, aunque habrá que darle una vuelta al nombre. —Pedro Lafuente mira a Marta—. Y también debemos pensar los vuestros para la contra.

—El mío, Pitu, no se toca.

—No tengo nada que decir sobre los nombres masculinos.

Pedro Lafuente sujeta de los hombros a Marta, que le devuelve una sonrisa algo desconfiada. ¿Cómo saber ya que aquel discurso hipnotizante requiere firmar un disco con Histeria y luego apropiarse de su bajista? De momento, le basta con intuirlo.

—Pero ella debería llamarse Marta Electra. ¿Te gusta?

Marta se muerde el labio. La gracia nunca es gratuita y aquella que la recibe todavía no sabe si darlas.

No piensa promocionar nada que no sea un grupo de cuatro personas, aunque Marta Electra le gusta, quiere hacer honor al nombre, que cualquiera toque la portada del disco y reciba una descarga de mil voltios.

Hace unos días tocaba en su habitación con un bajo roto y hoy quieren convertirla en una estrella y, bueno, también matar.

Pedro Lafuente percibe cierta tensión y siempre tiene anécdotas de productor para aflojarla.

—¿Sabíais que Frank Sinatra estuvo a punto de llamarse Frank Satin por culpa de su primer mánager? Si se hubiera quedado semejante nombre, sería un cantante de cruceros.

—Electra —repite Marta.

—Lo tomo como un sí. —Pedro Lafuente le pellizca la mejilla—. Como un sí quiero.

—¿A quiénes les apetece unos canapés? —pregunta el socio, que entra en la sala con el tono que usa con su gatito—. ¿A quiénes?, ¿eh?

—¿Gratis?

—A partir de ahora todo gratis, Pitu de Pitufo.

Pitu se saca por fuera las costuras de sus bolsillos vacíos.

—Llevaba toda la semana comiendo macarrones con sal.

El grupo pasa a la sala de juntas de la oficina.

En el centro, la mesa de nogal de cuatro por dos metros en la que se firman los contratos, se riegan y se espolvorean.

Marta se mantiene rezagada, tanteando al productor cuando su socio comienza a dibujar más rayas de cocaína, ahora tan largas como la Gran Muralla china.

—Pitu te comentó que el grupo es indivisible —dice Marta.

—Como un puño —contesta Pedro Lafuente mientras junta las manos en uno—. Así de indivisible.

—Quería que también lo escucharas de mi boca, Pedro.

El productor sonríe y señala a Marta la actitud de sus compañeros: engullen los canapés de ibéricos a pares, mezclan el foiegras con la olivada y derraman las copas de champán sobre sus cabezas.

—A medio plazo —dice Pedro Lafuente—, la carrera de Histeria será un avión en llamas que se estrella contra un barco que ya se hundía.

—Jamás los dejaré. ¿Comprendes eso?

—Marta Beltrán no los dejará. ¿Por qué no comienzas a portarte como Marta Electra, te vas haciendo cargo de las implicaciones del sobrenombre y luego disfrutas del momento?

Aunque mantente alejada de la cocaína de mi socio.

Salvo a los de Fleetwood Mac, nunca hizo bien a ningún artista que tenga talento.

—Soy…

—No, no vayas por ahí —la interrumpe Pedro Lafuente—.

Sabrás lo que eres cuando cortes los vínculos que hoy te sostienen.

Tu familia, tus amigos, tu barrio, tu Pitu.

Mientras, cuidaré de ti, porque hace años sufrí el mismo proceso.

—Le pone una mano sobre el hombro—. Ahora enséñales algo de protocolo a tus compañeros.

Aquí estamos en confianza y sé que nunca habrán visto unos aperitivos, pero cuando el fin de semana conozcas a los que mandan en el negocio entenderás que esos mercadean con sensibilidad y buen gusto.

—¿Y con actitud para cambiar las cosas?

Pedro Lafuente tose y se dobla por la cintura, después recupera la vertical.

¿Actitud de qué? Recuerda sus analíticas llenas de asteriscos, las transaminasas disparadas, el colesterol alto.

No es que el productor se considere un cínico, sino que, cuando se le carguen más aún las espaldas, su pellejo se arrugue y el armazón de huesos lo aguante entre dolores, no querrá que le quiten nada de lo que ganó desde que lo trataban como a un degenerado por acostarse con otros hombres.

Hasta quizá dentro de poco tenga una enfermedad incurable comiéndole por dentro.

Ese tipo de problemas le quitarán un tiempo que ya no le sobra.

Por eso habitúa a ofrecer lo que cumple, más de lo que puede decir la mayoría de la competencia.

—Actitud y aptitud es lo que quiero para ti —contesta—. Debes creerme, Marta.

—Será Elektra con k.

Pedro Lafuente se cruza de brazos.

—Quizá todavía no…

—No es negociable, Pedro. —Ahora lo interrumpe Marta—. Elektra.

Durante la firma, Marta se sienta en una silla algo apartada del resto.

Proyectada hacia delante, los codos apoyados en los muslos, las palmas sosteniendo las mejillas, la mirada perdida en el ventanal.

Arriba, un retazo de cielo satinado y luminoso; abajo, sobre el asfalto, el coche con policías de paisano que la sigue a todos lados.

Pedro Lafuente le acerca el contrato con una estilográfica.

—Falta tu firma, Marta Elektra. —Agita la hoja con el sello de Lafuente Recording—. Cuatro sencillas cláusulas para grabar vuestro primer disco.

—Parece un formulario —contesta Marta.

—Es un formulario como el que tienen muchos artistas de nuestro sello. Y en cuanto esté firmado, preparamos la sesión de fotos, las entradas a la fiesta del fin de semana y todo lo demás.

Marta observa a Pitu, que cabecea en dirección a la hoja con la expresión más radiante que ha tenido.

Una versión aún más intensa de su persona, si es que eso resulta posible.

Marta no está convencida y busca aparentar que lo está.

Dudando, dudando, toquetea la estilográfica que el batería casi ha doblado al rubricar una X.

A ella le encantaría firmar con el cerdo que les dibujó a esos dos investigadores.