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«¡Gallo de pelea!, ¡gallo de pelea!».
—Tienes que hacerlo, Marta.
—Pero ¿por qué de repente?
—Quiero que nos vaya mejor.
—Ahora no nos va mal y a mí me encanta.
—El problema lo tendremos con las personas a las que no les encanta.
—Pedro Lafuente no te ha podido decir eso.
—Con esas palabras no —Pitu se libra del abrazo de Marta y se sienta en un taburete—, aunque me echó un rollo sobre la cultura que significaba, básicamente, que así no iba a ninguna parte.
—¿Cultura?
—La que trabajará para el gobierno y entonces el gobierno le dejará vender discos.
—No entiendo nada, Pitu.
—Si coges una manzana con la mano y la comes a mordiscos, a nadie le importa tu aspecto porque no es cultura, pero si esa misma manzana la troceas, la salteas…
—¿Saltear una manzana?
—… y le echas hierbas antes de ponerla en un plato de colorines, es cultura y no puedo aparecer con una cresta así la tarde que nos cita para grabar en su estudio. Venga, Marta, eres la única que no me dejará trasquilones en esta casa.
El batería sigue la conversación desde la puerta del baño.
—Veamos —dice—, somos una manzana y…
—Un momento —lo interrumpe Marta, que comprende la cultura como lo que se sitúa más allá de una necesidad básica—. Pitu, se trata de lo que quieras hacer tú y no el resto. ¿Recuerdas las letras de tus canciones? Eres la única autoridad sobre ti mismo.
—Te he repetido varias veces lo que quiero.
Marta nota la contrariedad en su voz y pulsa, resignada, el botón de la afeitadora eléctrica.
A Pitu cada día de carpintería, de rutina, de ser lo que en el fondo desprecia le borronea el sueño de grabar un disco y gritar consignas sobre los escenarios.
Sospecha que la suerte permite tener éxito una vez, pero no dos, así que debe hacer caso a Pedro Lafuente para que deje de ser una variable tan importante en el futuro.
—Allá voy —dice Marta—. ¿Preparado?
Pitu cierra los ojos. No lo está, aunque contesta que sí.
La afeitadora le sube desde el occipital y sus mechones caen en la toalla anudada al cuello.
Marta le rapa la parte posterior de la cabeza para terminar sobre la frente, con un movimiento a la remanguillé en el flequillo.
No ha tardado ni medio minuto en liquidar el peinado.
Apaga la afeitadora, cesa el zumbido, ambos salivan las bocas.
—Listo, Pitu. Me acabo de cargar tres años de cresta.
—Lo que te vas a ahorrar en laca —dice el batería.
Pitu abre el ojo izquierdo, se mira en el espejo y no responde.
Un pequeño duelo por esa nueva imagen, que le ofrece aspecto malcarado y similar a algunos ultras que comienzan a raparse el pelo.
A continuación pisotea los mechones rojos, agarra una escoba y los barre al recogedor.
Luego se pone unos pantalones desteñidos y una cazadora bomber para liderar el grupo en la primera grabación de su historia.
Y ahí su virtud.
Y también, claro, siempre, su castigo.
—En cuanto se encienda la luz roja —dice Pedro Lafuente por un altavoz desde la mesa de mezclas—. Nunca antes.
Marta y Pitu asienten dentro de la sala de grabación.
El productor se ha convencido de que Marta Beltrán cumple lo que, todavía sin saberlo, le prometió en aquel concierto de Malasaña.
Hoy vuelve a apreciar las proporciones simétricas de su cara y la naturalidad de sus gestos, tanto que temió que, cuando hablase más allá del small talk , fuese igual de aburrida que muchos artistas que desfilan por su oficina.
No obstante, las respuestas de Marta le han recordado que la comodidad económica y la mirada adulta son convenientes para producir música y no para crearla, que el reto de esa chica será mantener la coherencia entre lo que dice y lo que vive cuando llegue el éxito, y que él deberá repasar los mejores discos que ha grabado en su estudio porque lo mejor siempre resulta difícil.
Pedro Lafuente piensa que Marta podría ser el descubrimiento del año en la industria musical, del 1978 que pronto termina y que también pega bandazos en los escenarios.
El productor continúa con su pronóstico sobre lo que triunfará entre los jóvenes de los ochenta cuando abren garitos en Madrid que, poco a poco, dejan a los rockers y a los mods como algo que no trascenderá a las calles.
Cree que los modernos asaltarán las listas de discos más vendidos, las radiofórmulas, los conciertos abarrotados en las Ventas y después en el resto de España.
Y ahí estará él para recoger el dinero de la música como mercadotecnia, de las revistas con desplegables y de los fans enloquecidos.
En su opinión ese debería ser, precisamente, el trabajo de cualquier productor.
Para aspirantes a artistas están aquellos cuatro jóvenes que en ese momento lo miran igual que corderitos.
—Veamos qué sale de Histeria —dice.
Pedro Lafuente pulsa el botón rojo.
Grabando.
Su socio se coloca unos auriculares y observa con expresión distante a aquel grupo en el cual no confía, aunque reconoce que el talento siempre lo descubre Pedro.
Por eso aguanta su soberbia, porque sus actos la respaldan.
Los integrantes de Histeria observan la luz parpadeante al otro lado del cristal.
El batería pega dos toques a los platillos para comenzar la canción y arranca con Gallo de pelea.
El inicio suena a cristalería rota, a cachivaches cayendo desde una estantería, pero enseguida logran acompasar los instrumentos.
—«Te ponen la capucha, te calzan la espuela» —canta Pitu.
—«¡Gallo de pelea!, ¡gallo de pelea!» —el resto hace los coros.
—«Te sueltan en la arena, te golpean en la cresta».
—«¡Gallo de pelea!, ¡gallo de pelea!».
—«Las apuestas van tres a uno contra ti».
Destaca el ritmo sincopado del bajo de Marta.
Sus cuerdas son la posibilidad de salvar la distancia entre ricos y poderosos, pobres y pobrecitos, y estar en una cárcel o en un juicio como testigo protegida.
Toca igual de bien que siempre, recorriendo el mástil para ofrecer color a lo que en teoría musical apenas debería servir de acompañamiento.
—Nunca hemos grabado un bajo así, Pedro —dice el socio con un exagerado acento madrileño, separando las sílabas a golpecitos de aire—. Mira cómo usa Marta el pulgar en la última cuerda.
—Te avisé de que esta chica tiene algo diferente.
—La canción tampoco es mala, van a toda leche. —El socio tararea—: «Gallo de pelea, gallo de pelea».
—A Pitu parece que le dará una embolia.
—Ese desayuna cuatro tazas de café con speed.
El socio de Pedro se reclina en la silla y mete una moneda de quinientas pesetas en una papelina de cocaína, rasca el polvo con el canto y lo aspira hasta que le fríe el cerebro.
Al contrario, cree que ya hay que tener poca consideración por uno mismo para aspirar speed .
Luego prepara tres rayas para los siguientes tres minutos.
Pedro Lafuente declina su invitación, harto de que las drogas corran en ese negocio, observando la escena como síntesis del capitalismo que quiere abrazar: una sustancia de aspecto farmacológico, dispuesta en forma de gráficas con la ayuda de una tarjeta de crédito y esnifada a través de un billete.
Después señala el canal del bajo para que su socio lo suba de volumen.
—¿Y lo bien que quedará en las entrevistas que Marta haya empezado en un grupo de punk?
—Te conozco, Pedro. —El socio también ajusta los agudos de la mesa de mezclas—. Quieres a alguien que sea respetado por el público independiente.
—¿Mientras?
—Se lo vendes al gran público.
—Me conoces, sí. Entonces no vuelvas a ofrecerme esa basura y compórtate como un profesional durante la grabación.
Pedro Lafuente toma los mandos, aísla el canal de Marta y se acerca otros auriculares de diadema a la oreja.
Aunque sea gritando «gallo de pelea», también distingue su tono preciso.
Un rango vocal entre el desgarro y lo sensual.
El productor fue al concierto de Malasaña buscando cobre y encontró oro.
Pedro Lafuente se quita la diadema y la deja suspendida sobre un dedo.
—Imagínatela en un grupo que use teclados y sintetizadores —dice a su socio—, gente guapa con pantalones de cuero, camisas abiertas, cardado en los pelos y una letra que no hable de quemar el mundo.
En un mes, vende las veinte mil copias para hacer su primer disco de oro y el próximo, disco de platino, lo firmamos con Hispavox y nos retiramos. Llámame soñador.
—¿Ajusto los medios, soñador?
—Al mínimo. Solo quiero oír el bajo en la grabación.
—Es que Pitu desafina varios tonos.
—Suena como un burro enfermo —dice Pedro Lafuente—, pero se ha quitado la cresta y tiene cierta fotogenia. Aguantará un disco, unos cuantos conciertos y quizá también pueda hacer de chico malo en las próximas fiestas de la industria.
—La del fin de semana sería una buena oportunidad.
—En esa discoteca estarán todos los meapilas que hoy se creen los grandes bohemios de Madrid. —Pedro Lafuente se pega al cristal—. Todavía necesito más energía, así que voy a encenderles el minuto que les queda de canción.
Luego agita la cabeza como si acabase de volverse loco.
Al otro lado interpretan que el arrebato es sincero, cada uno prende su propia actuación y tiemblan las paredes del estudio.
Con el redoble final, el batería pierde una baqueta y sale disparada para astillar el cristal frente a un Pedro Lafuente que bate palmas, pasados los segundos en los que calcula la factura del arreglo.
Es oficial, Histeria se ha ganado la oportunidad de promocionar a su bajista.
Marta y Pitu intuyen que ha ido bien, se abrazan y forman una piña con el guitarra y el batería.