7/12 1953
«¿Cómo lo sabe De la Torre?».
Bam Bam cierra sus dos mochilas cuando aporrean la puerta de la habitación.
Continúa a lo suyo, ordenando billetes y armas, pero insisten con más golpes y le queda claro que alguien sabe que está dentro.
Se acerca a la puerta por un lateral, fuera de la trayectoria de un tiro, y pregunta qué sucede a media voz, como si en verdad no pretendiera escuchar a nadie.
Al otro lado, la encargada de la pensión le contesta que ha llegado un médico para verlo.
Bam Bam observa la mochila con sus pocas prendas de ropa y sus pistolas.
A continuación, la otra mochila, la de los treinta millones de pesetas que le pagó Braulio cuando recogieron la heroína.
A Bam Bam le quedaba desaparecer y, a punto de rematar el plan, abre la puerta a un joven con barbita de recién licenciado, conjunto de popelina y maleta de cuero.
La primera reacción del médico es negar con la cabeza por el aspecto del ojo.
La de Bam Bam, ordenar a la encargada de la pensión que se largue.
—Está peor de lo que me habían contado. —El médico se pone unos guantes de látex—. Déjame examinarlo.
Bam Bam acaricia su puñal escondido en la bota.
—¿Tardarás mucho?
—¿Vas a algún lado? Porque no llegarás muy lejos a no ser que te dirijas a un hospital. Y si De la Torre me ha llamado, lo último que quieres es un hospital. Había quedado contigo en que vendría a verte, ¿no?
—Algo así —contesta Bam Bam—. Hace unos días.
Después piensa que quizá el médico es otra de tantas personas por las que hay que pasar.
No debe aparentar prisa, con casi dos mochilas a la espalda, cuando además el contorno del ojo se le ha quedado morado.
Se sienta y el médico le masajea el párpado con dos dedos y dibuja una mueca de mal pronóstico.
Luego pulsa los abridores de su maletín: apósitos, jeringuillas, botecitos e instrumentos cortantes en bolsas esterilizadas.
Coge un fonendoscopio con luz y lo oscila encima del ojo infectado.
Definitivamente es algo semejante a un médico para Bam Bam.
—Síguela.
Derecha, izquierda.
Bam Bam la sigue, ahora arriba, ahora abajo, con dificultades. El médico le presiona el lagrimal con una pequeña maza y saca el pus que recoge con un clínex. Lo desecha en una de las bolsitas esterilizadas. Repite la operación varias veces hasta que baja la inflamación.
—Chapa y pintura para empezar —dice—. Hay un par de úlceras, como si se te hubiese incrustado arena bajo el párpado y terminara por rasgar la esclera. ¿Quizá mucho tiempo en la playa?
Bam Bam, aliviado tras la cura, no le contesta.
Solo se pregunta si De la Torre ha descubierto la verdad.
—Te pondré una inyección antibiótica en el párpado —dice el médico—, después un calmante. También te dejaré unas gotas que debes echarte por la mañana y por la noche. En tres días verás bien, pero a partir de ahí, si la úlcera más grande no se corrige, tal vez debas someterte a una cirugía.
Bam Bam observa cómo el médico prepara la jeringa.
—Te va a doler un poco. —La aguja en el aire—. ¿Listo?
—Inténtalo —contesta Bam Bam, que ha visto suficiente.
El médico lo mira, un tanto extrañado por la respuesta, y aguijonea un bote de sustancia incolora y densa.
Llena el dosificador. La lengua descolgada de la boca, tal que desarrollara un gran esfuerzo.
El líquido colma la barra métrica de mililitros y Bam Bam desvía la mirada al ventanuco de la habitación, tapado con un saco de cordel.
Tiene una panorámica a un patio lleno de herrumbre.
—¿Cuánto llevas trabajando para De la Torre?
—Mi padre ya servía a su padre —contesta el médico—.
Serró muchas piernas a sus órdenes en la guerra.
Con lo del Alcázar… Fue de los primeros en entrar en Toledo cuando los republicanos huyeron.
Después ejerció como médico militar y pasó consulta con su familia.
Yo continúo sus pasos, pero sin colaborar con el ejército.
No pagan igual que antes. Llevo tres años extirpando balas, cosiendo navajazos y drenando hemorragias.
Y es la primera vez que hago de oftalmólogo para De la Torre.
Los encargos suelen ser…, en fin, te imaginas.
—Diferentes.
—Muy diferentes. —El médico duda un instante sobre si seguir o no con la conversación—. No nos habíamos visto antes, ¿verdad?
—Llevaba años fuera de Madrid.
—Nunca olvido la cara de un paciente.
Se acerca con la jeringuilla.
A Bam Bam no le importaría tener una mano con pocos dedos, una oreja cortada, un ojo tumefacto para siempre como aquel.
Son las cosas que ha encontrado alrededor desde niño, cuando no había espejo en casa porque tampoco había vanidad, pero ahora, con la excusa del pinchazo, no dejará de mirarse en uno para considerar su deducción.
Se levanta hasta el cristal encima del lavabo y corre la cortinilla que lo separa del catre.
—Atenderías a los del atraco al banco de Gran Vía —dice Bam Bam—. Lo comandó Eulogio en el verano del 76. Era la operación del año para De la Torre y acabó en una carnicería.
—A veces me bailan las fechas con tantos atracos —contesta el médico—. Menos mal que estamos dejando eso, ¿eh?
—Uno de los nuestros recibió un disparo en la cadera y otro en el hombro.
Bam Bam tira del visillo y comprueba la reacción del médico.
—Ya caigo. —Es su reacción cara a cara—. Extirpé ambas balas y recuerdo que la del hombro se llevó por delante la clavícula.
—Eulogio tuvo un mal día en la oficina.
El médico persigue a Bam Bam por la habitación.
—Estate quieto para la primera inyección, por favor.
Bam Bam se gira con una expresión más relajada. Se limita a darse por satisfecho con el diálogo. Sabe que alguien inocente nunca dispone de coartadas, porque tampoco piensa que un día pueda necesitarlas.
—Ese banco lo atraqué yo en el año 74 —dice—. La sucursal cerró meses más tarde y los heridos fueron detenidos allí mismo por la policía. Aún están en la cárcel.
—Me he debido de equivocar de año. —El médico enarca las cejas—. ¿No hubo otro igual en el 72?
—Eulogio me esperaba con el coche en marcha.
—Eran… eran tiempos de mucho trabajo para todos.
—Y ni te conocía a pesar de eso. En fin, tenías que haber hablado un poco menos y tal vez hubieras estado más cerca de conseguirlo.
Bam Bam le retuerce el brazo y hace que se caiga la jeringa con un crujido del codo.
Tira al falso médico en la cama, coge la inyección y se la pone al cuello.
Aquel hombre palpita de miedo. Su problema ha sido que fingía con tanta convicción que ha acabado sintiendo lo que fingía; de ahí vienen los descuidos, los cabos sueltos.
—¿Cuánto tiempo vivirás si te pincho esto? —pregunta Bam Bam, encima de él.
—Estás loco…
—La primera vez que dices la verdad. —Bam Bam le hace sangre en la barbilla con la jeringa—. Solo saldrás de aquí si me cuentas qué hay en la inyección y qué órdenes te dio De la Torre.
—Espera, Bam Bam.
—Una posibilidad siempre ha sido mejor que ninguna.
—Espera, joder. —Cuando nota el pinchazo en la nuez—. Me dijeron que fuiste tú el que se cargó a Toni Vargas.
—¿Cómo lo sabe De la Torre?
—Solo soy un mandado que acaba de llegar a la organización.
—¡Que cómo lo sabe!
—Se lo filtró la policía, como siempre —sigue el hombre, cada vez más asustado—. Una chica firmó una declaración contra ti y le han asignado escolta policial. Es toda la información que tengo.
—¿Una chica?
—Muy joven.
Bam Bam aparta la inyección y se pone en pie.
Se acaba de dar cuenta de que perdió aquel pendiente cuando pinchó la rueda.
—¿Y te has sacado la carrera de Medicina? —pregunta luego, como si no hubiera sucedido nada muy grave entre ellos—. Porque lo parece.
—Trabajo para De la Torre en cosas como las que te he contado. —El hombre intenta cuadrar su respiración sobre la cama—. Soy veterinario.
—Veterinario.
—De animales pequeños.
—Reconozco que con De la Torre se pueden aprender muchas cosas, a mentir también. ¿Qué había en esta inyección?
—Lo de que quizá necesites cirugía no es cierto.
Bam Bam mueve el brazo con la aguja.
—¿Prefieres volver a lo de antes?
—Vale, vale. —Con una inclinación de cabeza—. Había una toxina botulínica.
—¿Botu… qué? —Bam Bam chasquea la lengua—. Tengo que aprender algo sobre venenos si quiero continuar trabajando de lo mío en el futuro. ¿Cuánto tiempo me hubiera quedado?
—Es un concentrado de laboratorio, así que alguien de ochenta kilos muere en un minuto. Pero juro que es indoloro.
—Y que solo cumplías órdenes.
—Al fin y al cabo, tú hacías lo mismo, ¿no?
—Y siempre acepté los riesgos. —Bam Bam presiona el émbolo de la jeringa y salen dos gotitas de la aguja—. A ver cuánto te queda a ti según esos cálculos.
Se lanza encima de él y le clava la jeringuilla en la garganta.
—Me lo habías jurado —dice el hombre, intentando sacarse la aguja—. Me lo habías jurado, cabrón.
Bam Bam observa cómo aquellas extremidades empiezan a convulsionar.
—¿Y qué? —pregunta al cuerpo cuando deja de moverse en veinte segundos.
Esta vez no ha dicho la media verdad, en consecuencia, tampoco la verdad a fin de cuentas, pero el primer embustero fue el muerto.
Ya no tiene forma de deshacerse del cadáver y De la Torre habrá apostado a sus hombres fuera de la pensión.
Matarlo en público continúa siendo mucho mejor que no matarlo.
Bam Bam saca la cabeza por el ventanuco y vuelve a comprobar que el patio comunica con el edificio de al lado.
Una escalada por las tuberías y saldrá a pocas manzanas de allí con sus dos mochilas, con todo por delante.
Imagina que el agente corrupto será Germán Moreda o cualquier otro de la lista que maneja su jefe, y que entorpecerá la investigación tanto como pueda, pero él no se quiere marchar de Madrid con una orden internacional de detención.
Acepta que lo busque De la Torre durante un tiempo, acepta que lo busque Jairo durante más tiempo si Braulio se comporta como espera.
No aceptará que la policía lo persiga durante décadas y que no le permita disfrutar de su dinero a miles de kilómetros de distancia, como los paranoicos a los que Puño Patriota ingresa unas pesetillas para que se los coman los mosquitos en las selvas.
Ni siquiera intuye cómo es vivir sin cumplir órdenes y no renunciará a probarlo por una testigo entrometida.
La deducción es tal que así.
Si se escapa con la chica viva, será un fugitivo.
Si se escapa con la chica muerta, será un millonario.