7/12 1208
«Todo ha sido personal».
El sol se eleva sobre la casa de Jairo.
Los primeros rayos del día atraviesan una sala de la planta baja, donde el capo tiene un gimnasio con mancuernas y bancos; dos sacos de boxeo, uno corto para puños, otro largo para patadas; una silla romana de abdominales y unas espalderas.
Jairo permanece colgado boca abajo de una barra de metal, luego invierte la posición y comienza sus dominadas por encima de la barbilla.
Hace tiempo que compra la violencia de los demás, pero le gusta mantener la forma física.
Recuerda cuánto le ayudó el boxeo en las peleas en el reformatorio, donde lo encerraron por robos de poca monta.
Quinientos días que le cambiaron la vida, tal y como le decían los curas, porque dentro hizo contactos y al salir organizó atracos hasta que entendió que el negocio del futuro eran las drogas, con sus enormes márgenes de beneficio, demanda inelástica y una dictadura sin policía especializada en narcóticos.
Jairo se convirtió en una celebridad que manejaba cifras con seis ceros cuando los viejos atracadores se arruinaban cada pocas semanas.
Casi necesitaban una franquicia para robar sucursales con tanta competencia, pero ¿cómo de malo seguía siendo atracar un banco en comparación con fundarlo?
En cambio, las drogas se podían menudear donde hubiera demanda y a partir de ahí suministrarlas a los traficantes importantes de la zona.
Años después, Jairo volvió a la choza de su padre y se llevó a Toni para que no repitiese sus errores.
El nuevo filón de la heroína era la mejor oportunidad.
Detenerlos conllevaría una investigación trabajosa, fuera de las persecuciones en coche y tiroteos a los que estaban acostumbrados los agentes.
Los policías no sabían pasar su jornada haciendo vigilancias remotas, comprobando registros de la propiedad o interceptando llamadas con un programa reservado para las intrigas del CNI , los militares y su jefe, el Rey.
Ni polis buenos ni polis malos. Se requería de otra clase de polis.
Sí, era la mejor oportunidad.
Y gracias a eso ahora Toni está muerto.
Fue rico, engreído y conducía un coche con llantas de aleación, pero está muerto.
Jairo no puede discutir con el destino: es lo que le sucedió a su hermano por salvaje, por salir cada noche a ver qué caía y con lo caído aguantar solo hasta la siguiente, como uno de esos viejos atracadores de bancos de los que se reían.
Jairo se descuelga de la barra. Coge unos guantes de boxeo, catorce onzas, cuero repujado. Todavía no se ha atado el primero cuando su asistente le pide permiso para entrar en la sala y se lo concede.
—Braulio da Costa ha llegado —dice el asistente, frotándose las manos llenas de sabañones—. Solo, como exigió.
—Y puntual como siempre —contesta Jairo.
—Incluso cinco minutos antes.
—Lo haremos esperar diez. —Jairo termina de atarse el guante derecho con los dientes—. Llévalo a la sala frente a la finca, donde montamos el velatorio.
—¿Será necesario todo lo demás?
—Está por ver.
—¿Me aceptaría un consejo?
—No —contesta Jairo.
Ya a solas, el capo encara un saco de boxeo y golpea suave con la mano desnuda, la izquierda, hasta que engancha dos golpes fuertes con la derecha. Lleva vendas compresoras en las muñecas para el síndrome del túnel carpiano.
No recuerda lo que es pegar sin dolor.
Directo, croché, directo.
Repite la misma combinación, pero esta vez el puño izquierdo es fuerte y oblicuo.
Acompaña la respiración con un bufido a cada golpe.
Baila sobre las puntas de los pies, uno, dos, hasta tres pasos atrás para volver al inicial de un salto.
Cambia de guardia y tira otra serie idéntica, aunque al final impacta enloquecido con la zurda.
En las últimas semanas todo lo que consiguió Jairo a veces también le deprime.
Se pregunta si sus ambiciones se desenfocaron, si se convirtieron en un simple simulacro.
Cuántas noches soñó con conseguir la corona y ya no puede dormir con ella puesta.
Directo, gancho, directo.
A Jairo le empiezan a escocer los nudillos.
Su piel se cuartea a la altura del hueso y mancha el saco de sangre.
Entonces aparece otra vez esa imagen que sugirió Tío Luis: un burro amarillo rebuznando en un descampado.
Agita la cabeza para volver a aquella sala.
Luego se desata el guante de la mano derecha, se pasa una toalla por el torso perlado de sudor y sube a la planta superior mientras deshace los enormes vendajes de las muñecas.
No recuerda lo que es pegar sin dolor.
Braulio espera a Jairo frente al cristal que da a la finca.
Cuatro torretas con luces iluminan su perímetro como si fuera una cárcel, aunque aquí para que nadie pueda entrar sin ser acribillado.
El proxeneta otea la jaula del puma, al que supone dentro de la caseta, porque no ha asomado el hocico en esos minutos.
Está más nervioso de lo que le gustaría.
El de las historietas que esconden tratos, el que siempre balancea activo y pasivo en sus cuentas y cuyo único compromiso es con el dinero, está nervioso.
Necesita su habitual discurso, a veces lección, a veces charlatanería, para seducir a un oyente tan duro.
Presentará a Jairo su mejor combinación de ropa, las botas de tacón cubano y ese aspecto de levantarse cada mañana encantado de conocerse. Pero, maldita sea, muy nervioso.
—¿Dónde tienes al puma? —pregunta Braulio cuando nota una presencia a la espalda—. ¿Dentro de la caseta?
—Podemos decir que está en su lugar —contesta Jairo—. Como todos mis animales… Cada uno en su lugar.
Braulio le ofrece la mano y Jairo la ignora.
—Cuánta intriga le has dado a tu visita.
—No es una visita cualquiera, Jairo.
—Entonces salgamos a dar un paseo.
—¿Podríamos hablar aquí? —Una inclinación de tronco—. Es diciembre.
—Salgamos, Braulio. Has dicho que no se trata de una visita cualquiera.
Jairo cruza el porche y el puma surge de la caseta.
La secuencia trae malos recuerdos al proxeneta, aún puede escuchar el crujido de las costillas de Javi el Rojo.
El animal estira las patas delanteras y maúlla, luego cabecea hacia el dueño en un gesto de colegas, de esos que son muchos gestos en uno.
Braulio se tira del pañuelo que lleva anudado al cuello.
—Traigo novedades del asesinato de tu hermano —dice, tomando aire—. Sé quién está detrás de su muerte.
Jairo trisca los dedos de la mano derecha.
—No hagas estas pausas al contármelo.
—Implica a personas importantes.
—Vaya. —Jairo se da la vuelta y se queda de espaldas a la jaula—. ¿Qué soy yo, poco importante?
—No, perdona —contesta Braulio—. Me refiero a personas que no pertenecen a nuestro mundo.
—Ah, eso, nuestro mundo… Metralla también insiste en que mis negocios no toquen a las familias de dinero, a los políticos o a los funcionarios de aduanas.
No acaba de creerse que esto de la democracia es una oportunidad para todos y que mi dinero sí es parte de cualquier mundo.
Pero tú eres listo, tú lo crees y por eso vienes aquí para continuar creciendo.
—He venido porque te respeto, Jairo.
—¿No porque quieras subir otro peldaño en tu trabajo?
—Me gusta mi negocio y cómo lo llevo. —Braulio controla de reojo al puma—. Es malo subir tan alto si quieres durar.
—Y a mí me ves como a un pistolero escandaloso al que devolverán sus balas.
—No juzgo a nadie. —Sonrisa de oreja a oreja—. Solo conservo mi estilo.
—Reconozco que es muy tuyo. ¿Quién fue, Braulio? He apretado a todos los criminales de la ciudad para enterarme, de Alcobendas a Parla, y nadie ha respondido esa pregunta.
Braulio observa cómo aparece Metralla bajo el porche.
—Yo la responderé —dice luego, casi cantando—. Fue Miguel de la Torre.
—Ajá. —Jairo mueve la cabeza—. ¿Y quién demonios es ese?
—Un hombre del régimen y con muchos contactos.
—No tiene sentido, Braulio. La época de esa gente se termina en las calles.
—De la Torre es alguien distinto, mucho más inteligente que los demás. Viene de una buena familia y a día de hoy sigue poniendo los dedos encima de cualquier tarta.
—¿Por qué no lo conozco entonces?
—Sus tartas estaban en fiestas que no eran las tuyas. Yo le tuve que pagar varias veces para traer extranjeras a mis burdeles, sobre todo guineanas de las colonias, y que pasaran los controles como servicio doméstico.
—Esto es muy raro. —Jairo parece confundido con lo que escucha—. ¿Qué tendría un personaje así en contra de mí?
—Sospecho que nada personal.
—Todo ha sido personal.
—Incluso De la Torre está perdiendo poder con los cambios políticos y busca continuar siendo importante al precio que sea. Por esa razón aún compra a ciertos policías de Madrid, igual que yo.
Jairo entorna los ojos y muestra un mayor interés.
—No me digas que también tendré que buscar a un policía corrupto.
—A Germán Moreda, un matón de la antigua Brigada Político-Social que frecuenta mis burdeles desde hace décadas.
Lo he sobornado de todas las maneras posibles y te aseguro que consigue un sobresueldo señalando objetivos a De la Torre.
Gracias a él ha reventado muchos sindicatos y sus despachos de abogados.
—Mira alrededor, Braulio, aquí no somos comunistas.
—¡Ni sé en qué se diferencian de los otros! —grita Metralla desde el porche.
—En realidad, a De la Torre nunca le fue tanto perseguir a comunistas como hacer dinero —dice Braulio, salivando de nuevo la boca—.
Germán le asegura que la casa abandonada de Malasaña es un almacén custodiado por unos cualquieras.
Negocia su comisión en un golpe sencillo y que nadie denunciará, en la peor de las situaciones él se encarga de joder la investigación policial.
De la Torre le paga su parte y envía a sus hombres a robar la mercancía.
Llegan allí y para sorpresa de todos, también tuya, está Toni a punto de vender una cantidad de droga mucho mayor. El resto…
—El resto solo es el resto, Braulio.
Como si no importase lo que sucedió a continuación, quién apretó el gatillo o dónde fue a parar la droga, Jairo deja esas palabras colgando y se gira hacia la jaula del puma.
El animal atiende al diálogo apoyado en las patas traseras.
Su dueño agita las llaves de la cancela y Braulio se afloja de nuevo su pañuelo al cuello.
—Te ahorraré que me expliques cómo has conseguido la información —dice Jairo.
—No tengo secretos para ti —contesta Braulio—. Bien lo vale la plaza de tu hermano que ofreciste aquel día.
—¿Cuando Javi el Rojo quiso ser más listo que nosotros?
—Ambos sabemos que aquel gañán merecía morir varias veces. No puedes ir por ahí con ese sombrerito de ala y ese pistolón si solo eres un tramposo. Bueno, tengo varias propuestas en Carabanchel respecto a la plaza que me darás. Y sé que una palabra de un Vargas no es una promesa, es una…
—Conozco el final de la frase —lo interrumpe Jairo mientras entra en la jaula del puma—. También que no tienes secretos para mí y cómo seguiría tu explicación.
Braulio vuelve a mirar a Metralla.
—No te comprendo, Jairo.
—Palabra de un Vargas, te daré la plaza de Legazpi.
—¿Bromeas? Esa plaza es y será mía. —Braulio frunce el ceño—. Me la gané en los años sesenta cuando tú aún estabas en pañales.
—Pero en ella venderás mi droga a través de tus pobres putas. ¿O me equivoco?
Braulio da un paso a la derecha y se horroriza con la imagen de ese animal relamiéndose.
Jairo lo ha burlado en su propio juego, lo ha descubierto mientras quedaba como un borracho de sobremesa, de los que cuentan chistes entre carajillos y codazos y luego no pagan la cuenta.
Se ganó Legazpi a punta de navaja hace mucho, aunque al capo aquello siempre le ha sonado a una entrañable historieta de bandoleros.
Para él ya no es tiempo de bandoleros, es tiempo de gángsteres.
—Quiero el triple del porcentaje que le cobro a los demás, Braulio.
—Tendrás mucho más si dejas que me vaya, por favor.
—¿Le dejamos? —pregunta Jairo al puma.
—No debes matarme. A mí no, a mí no… —Braulio hace ademán de enumerar las razones con los dedos—. Puedo serte muy útil. Conseguiré todas las direcciones de Germán Moreda y de Miguel de la Torre. Cualquier… cualquier cosa que me pidas para joderlos.
—Las conseguirás y hoy dejaré que te vayas. —Jairo le rasca la oreja a su mascota—. ¿Entiendes cuál es la diferencia entre tú y este bicho?
Luego hace saltar al animal contra la jaula.
Sus colmillos quedan a un metro de Braulio, que no consigue moverse.
—Un puma, incluso uno manso, siempre sabe que es un puma —dice Jairo.
Espera a que la última afirmación haga efecto y permite que Braulio se largue a la carrera de la finca, haciendo aspavientos de agradecimiento. Entretanto, el animal ruge en la jaula y Metralla ríe en el porche.