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«Ayer nadie recordaba mi nombre».
Cañas repasa mil quinientas fichas de delincuentes madrileños.
Cuánta cara torcida encuentra, cuánta atrocidad consignada. Los cajetines azules que las guardan llenan una habitación en bloques apilados. Sobre la mesa, un café doble, un paquete de Ducados y un cenicero de cristal donde ya hay ocho colillas.
Cañas se encerró en esa oficina desde que Marta firmó la declaración contra el hombre de la furgoneta.
Busca un parecido razonable a los trazos que dibujó el que tiene mejor mano en la brigada: cara con limaduras, nariz ganchuda, ojo derecho algo cerrado y pelo a cepillo.
La pista que despeja más dudas al investigador es su relación con los ultras del campus.
En cuanto coteje las fotos, Jiménez ha ordenado a Cañas que acuda con otro compañero a formularles las preguntas adecuadas a esos chicos.
Otro compañero que no será Germán, cuyo rol queda relegado a simples labores administrativas en el asunto de los turcos.
El inspector separó a la pareja cuando leyó «ultras» en la declaración de Marta, pero la noticia no ha sido comunicada en su totalidad, como es costumbre en el mando.
Jiménez optó por una política de hechos y silencios, evidencias y sobreentendidos.
Está ante su oportunidad de solucionar varios problemas a la vez: si siguiendo a Germán llega a los que corrompen a la policía, limpiará parte de su brigada y de su futuro.
El problema es que Cañas, su nuevo investigador preferido, admita que un compañero al que aprecia sea sospechoso de todo; de soplón, de mamporrero, de deshonesto, de creer que sigue en un tiempo y lugar pasado, de encubrir la mezquindad como ideología y justificarlo en fines mayores que el bolsillo.
«¿Cuánta lealtad crees que le debes?» fue la pregunta más tramposa del inspector.
Y, después de repasar cuatrocientas fichas, Cañas aún no sabe qué contestar sobre su amigo.
La palabra también es amigo y no otra. Germán tiene su amistad, aunque sea deficitaria, con taras, a punto de ser descambiada a la fuerza. La tiene.
Llaman a la puerta de la oficina.
—Pasa —dice Cañas, leyendo la ficha 406—. Quien coño seas, puedes pasar.
Entra otro investigador de la unidad. Ni de los mejores ni de los peores, simplemente un hombre que requiere que se pongan a su nivel y le rían algunas gracias.
Flemático y con un concepto poco elevado de la justicia, salvo por la paga extra de Navidad.
En definitiva, soportable para sus superiores como muchos de los policías convencidos de que, a esas horas, sus vecinos solo quieren llegar a casa sin que los atraquen y comprobar que la televisión continúa en el salón.
—Me envían para ayudarte.
—Por fin. —Cañas empuja varios cajetines de fichas por la mesa—. A buen ritmo, no te llevará más de tres horas.
—¿Has estudiado todas las apiladas en el suelo?
—Dos veces.
El otro investigador corre una silla y se sienta.
—Con que es cierto lo que cuentan de ti.
—No sé qué cuentan —dice Cañas—. Pero ayer nadie recordaba mi nombre.
—Y hoy seguro que notas el murmullo de admiración cuando pasas.
—La verdad es que no.
—Mucho mejor. —Ese investigador le coge un cigarro de la cajetilla y lo enciende con un Zippo—. El truco para que te respeten en este equipo es que no se te suban los humos. —Exhala los suyos—. Y tranquilo, enseguida me pongo a mirar fotos de tipos feos contigo.
Jiménez suele animar a su brigada con que dentro de poco aquellas fichas se almacenarán en computadoras.
Y no serán armatostes gigantescos y llenos de cableados, de los que muestra Telefónica en su publicidad, sino unidades pequeñas, provistas de pantalla y teclado, con información extraíble en cachivaches semejantes a los vinilos de música.
A sus hombres les parece que el inspector delira cuando los alecciona sobre el futuro y, en ocasiones, sobre el presente.
Piensan que un mando que camina por delante de su época siempre acaba frustrado y más si los subordinados prefieren vivir día a día.
El otro investigador descarta su cuarta ficha.
—¿En serio alguien puede ganarse la vida en Madrid como asesino profesional?
—En este Madrid todo parece posible —contesta Cañas—. Es lo que nos prometen los nuevos políticos, ¿no?
—Antes debías dedicarte a otras cosas para ganarte un buen dinero a final de mes. Robos a bancos, drogas, extorsiones, lotería ilegal…, negocios así.
—Nuestra investigación implica mucho de eso. —Cañas agita la ficha que tiene entre manos tras leer que el asesino fue ejecutado en 1971—. Pero lo que temo es que ahora haya muchos aficionados que se vuelvan de gatillo rápido y a los profesionales solo los llamen para trabajos de altura.
—Los muertos de Malasaña o los turcos de Ciudad Lineal.
—Lo de los turcos da miedo. Bombas de humo, armas automáticas y aquel cadáver dando vueltas en un gancho de carne… Parecía obra de las fuerzas especiales de un ejército y, sin embargo, estoy convencido de que se relaciona con el caso del tiroteo en Malasaña.
El otro investigador se queda embobado en un trozo de cartón con anotaciones, tan antiguo como una fotografía en sepia.
Arriba, la foto de un bigotudo que se dedicaba a los timos, el buen trilero y dónde está la bolita.
Mientras, Cañas le advierte de que, por el código de la calle, la solución para acabar con personas tan malas es contratar a personas todavía más malas.
Y que esas se llevan por delante a cualquiera.
—Un psicópata como el Ángel Azul siempre será inevitable —dice Cañas como resumen—. Lo que sucede con el asunto de Toni Vargas es evitable y tenemos que pararlo cuanto antes.
—Te veo preocupado.
—Estoy preocupado.
—¿Por qué tanto, Cañas? Quiero decir, de momento solo hay algunos cadáveres de chusma y un par de recortes de prensa. ¿Piensas que ocurrirá algo mucho peor si no conseguimos pararlo?
—Me encantaría consultárselo a Jairo.
Transcurren veinte minutos.
El reloj marca las seis de la tarde y el otro investigador ya repiquetea los dedos sobre la mesa.
Después extiende el brazo en el respaldo de la silla.
No parece agobiado por las urgencias del caso ni por archivar el pasado para mirarlo unos segundos con cara de asco.
Tararea una melodía con fingida abstracción.
Es su forma de molestar a la gente que lo desespera y que supone que por lo mismo debe ser molestada.
—Tengo hambre, Cañas. —Buscaba la mejor forma de introducir su frase—. Llevo desde el mediodía con una macedonia en el estómago.
—Bien.
—Voy a por un bocadillo de jamón al bar de enfrente.
—Bien…
—Te ponen el pan con tomate y aceite, como los catalanes. Una virguería.
—Me hago una idea.
El otro investigador se levanta con los brazos en jarra.
—¿Entiendes el idioma de los que trabajamos aquí? —pregunta—. Lo que te pido es que me cubras un rato si aparece Jiménez. Esta tontería de mirar fichas y comparar caras con un dibujo… Que nos deje salir a la calle a hacer lo nuestro y verá los resultados.
Cañas ni le contesta sobre los resultados, como los que no han estado ni cerca de conseguir.
Piensa lo significativo de que aquel investigador no se comprometa con los demás y vuelve a coger los cajetines que le había dado.
Los estudiará él mientras ese bocadillo se estira con un chupito de sol y sombra, quizá dos, y apúntame el resto en la cuenta.
Estas situaciones en la unidad a veces le dan ganas de mandar su empleo a la mierda, con que intenta imaginar qué haría Germán si trabajase con un compañero que pone semejantes excusas, bocatas de jamón y macedonias mediante.
Está seguro de que no armaría ningún escándalo, sacaría el trámite por sí mismo, se olvidaría del otro mientras no hablase mal de Ava Gardner y no apuntaría cuentas pendientes.
—¿Este es uno de esos silencios incómodos?
Cañas continúa sin contestarle.
—¿Qué sucede? —sigue el otro investigador—. ¿Tú no harías lo mismo con el estómago vacío?
Y al fin Cañas contesta:
—No exactamente.
Los investigadores del turno de día se marchan cuando los de la noche los sustituyen en las sillas calientes.
Cañas acude al despacho de Jiménez con la mayoría de los cajetines repasados y, por tanto, malas noticias.
La persona que busca no está en un trozo de cartón con fotos de frente y de perfil.
Tampoco ha encontrado al otro muerto de la casucha de Malasaña, el que tenía aspecto de militar y dos balas alojadas en la frente.
Corre la misma mala suerte con los ejecutados por la espalda y el merchero, aunque eso era más previsible.
—Me faltan unos cuantos cajetines por repasar —dice Cañas al inspector Jiménez— y ya no tengo muchas esperanzas.
Hay personas con rasgos semejantes, pero sus historiales delictivos no encajan.
He encontrado algunos ultras de perfil bajo, de esos que van por Madrid como si fueran soldados, aunque pocos anotados para los problemas que crean.
Separé sus fichas por si acaban siendo útiles.
—No esperaba que esto resultase tan fácil —contesta Jiménez sin ademán de frustración—. Solo es el protocolo que hemos de seguir.
—Lo cumplo a rajatabla, inspector.
—¿Qué tal la ayuda que te envié?
—Digamos que aún le quedan algunos cajetines pendientes.
—Irá mañana contigo al campus en busca de los ultras.
—¿Cuando dice mañana se refiere a dentro de siete horas?
—Eso es.
Cañas suspira con contención.
—¿Podría acudir solo? —pregunta después.
—Desde este año mis órdenes son trabajar siempre en pareja —contesta Jiménez, mirándolo de medio lado porque ha notado el suspirito—.
Hoy en día cualquier situación se puede complicar.
Acuérdate del agente encubierto al que mataron unos guerrilleros de Cristo Rey con una bola de pinchos, de esas medievales.
—Los ultras del campus deben de ser los menos peligrosos de la ciudad y dos policías alertarán al entorno, aunque vayamos de paisano.
Los propios estudiantes nos harán el vacío.
Recuerde cómo se comportó de inicio Marta Beltrán conmigo, y eso que soy el más joven de la brigada y todavía tengo poco bigote.
—Cañas se acaricia el labio superior, aún en barbecho—.
Quizá pase por un universitario cualquiera yendo solo.
Jiménez se regala unos segundos para justificar su cambio de postura.
—No te falta razón.
—¿Y me dejará hacer el resto a mi manera?
—Siempre que me informes y no entre en contradicción con la mía.
—Gracias, inspector. Supongo que sin novedades de la testigo protegida.
—Ha ido al piso del novio en un ciclomotor.
Después, el chaval, que tiene una cresta de indio mohicano, la ha llevado de vuelta al suyo sin incidentes.
Al menos sabemos dónde vive el tal Pitu que no le gusta al padre.
Desde luego, a mí tampoco me gustaría para mis hijas.
Coloqué a dos buenos policías como escoltas, así que el único problema de nuestra testigo protegida sería que se cayese de la moto.
—Pero sus buenos policías están detrás del Ángel Azul.
Al segundo, Cañas se arrepiente de haber soltado aquella frase.
—¿Qué es lo que se comenta entre tus compañeros de esa investigación?
—Perdón si le he molestado, inspector. Ha sido… ha sido sin pensar.
—¿Qué es lo que se comenta, Cañas? A veces los mandos somos los últimos en enterarnos de los cuchicheos.
—Nada en particular.
—Cañas…
—Bueno —Cañas titubea y luego acepta la pregunta como una orden—, se comenta que la investigación la coordinan varios funcionarios de carrera, de los viejos y con métodos antiguos, pero nadie sabe quién la dirige.
Todos los compañeros que conozco en el caso realizan diligencias secundarias, lo de patrullar esquinas, apretar a confidentes y vigilar a prostitutas.
No puedo contarle más, porque no lo sé. ¿Le preocupa, inspector?
—Relativamente.
—En cuanto hay una investigación mediática, aquí cualquiera especula con lo bien o lo mal que se lleva sin tener ni idea de los detalles.
—Llegó el momento de enseñarte algo —dice Jiménez.
Indica a Cañas que se acerque al armario a su derecha.
Luego, el inspector lo abre con el llavín que lleva colgado de la muñeca.
Del interior saca un tubo de plástico, como los que contienen orlas de trescientos alumnos.
Le quita la tapa mediante un pop audible y extiende sobre el escritorio un gigantesco mapa de Madrid, dibujado con puntos, ángulos, vectores, anotaciones al margen y asteriscos a seguir por la cara trasera.
Cañas le ayuda a desplegar las esquinas y localiza Chamartín en la inmensidad de calles.
Solo hay apostillas secundarias sobre esa franja.
No había visto nada parecido, ni siquiera había oído hablar de algo parecido.
—El Ángel Azul caerá enseguida —dice Jiménez—.
Es la primera vez que se hace un mapeo criminal en España.
Ubicar las zonas rojas de delincuencia y el esquema geográfico de los asesinatos me ha ofrecido un patrón de cómo actúa el psicópata.
Además, analicé su idiolecto en las cartas que envía a los periódicos, con lo que tengo su nivel probable de estudios y determinados usos lingüísticos en el Madrid de los sesenta.
También conozco la marca de carrete que emplea y que la tecla S de su máquina se le queda pegada al rollo de tinta.
—Un trabajo increíble, inspector
—El Ángel Azul caerá enseguida —repite Jiménez—.
No habrá una próxima víctima, porque sé dónde y cuándo irá a buscarla.
—Pone el dedo índice sobre el mapa—. El fin de semana en la zona norte de Malasaña.
Le daremos estas calles acotadas de margen y, después de impedírselo, lo seguiremos a su casa, que también se sitúa cerca por estos recorridos circulares, pegaremos una patada en la puerta y recogeremos las pruebas para que no vuelva a ver la luz del sol.
La máquina Underwood con la que redacta sus delirios será mi preferida.
¿Has visto cómo termina la última carta en el periódico?
—«No hay otro destino que mi estilete».
—Su destino está entre rejas y dentro de poco llevaré el estilete al juez.
—Lo tiene, inspector… Lo tiene.
—Y yo soy el único que dirige la investigación, así que te exijo total confidencialidad. Porque, además, desde hoy trabajas en otro caso paralelo al del ultra que escapó del tiroteo de Malasaña.
Cañas se repliega sobre sí mismo.
Lo único que quiere es que no mencione su nombre.
—En el caso contra Germán Moreda —dice Jiménez, mencionándolo—. Pero tranquilo, él no es el Ángel Azul.