Histeria 1996
91%

1996

Siete de la mañana en la comisaría del CNP de Usera.

Alfredo Cañas observa al detenido a través de los barrotes del calabozo.

No sabe qué pensar. ¿Es él?

—Vamos a identificarlo.

A su orden, ocho policías lo flanquean y el inspector pasa las llaves de la celda por la reja. El detenido, somnoliento, echado contra una esquina, alza la vista hacia el ruido. Una aguja de luz le recorre la barba de náufrago. Su rostro no delata sorpresa al encontrar a Cañas al otro lado.

—He de llevarte a la sala de interrogatorios —dice Cañas.

El detenido pone las muñecas a su disposición.

—¿Te comportarás mientras te esposo?

—Tal y como se espera de mí.

Los ocho policías se colocan en formación, ceñudos, tensos, la sensación de que aquello es un hecho excepcional en su trabajo.

Cañas les pide calma con la mirada. Si la detención fue la excusa para verlo, nada perjudicaría más a la resolución del caso que un tumulto con los agentes que lo escoltan.

El inspector sabe por experiencia que hay menos problemas cuanto menos tiempo se custodie a un sospechoso.

Así, el mismo Cañas abre la puerta y engrilleta al hombre que le da la espalda y que forma sendos puños en las manos.

—Tenemos que hablar.

—Nunca viene nada bueno tras esa frase, inspector.

Cañas se muerde el labio inferior.

Sala de interrogatorios.

El detenido sentado en la silla, las esposas atadas al respaldo y las manos siguen formando dos puños.

Bosteza de manera exagerada, entretenido con el vuelo de una mosca que zumba de un extremo a otro de la habitación.

El pelo encanecido y ralo, con virajes a ninguna parte, aquella barba descuidada, algo extraño en la nariz, algo extraño en los ojos.

De aspecto cansado, casi ausente. La ropa de mercadillo podía pertenecer a un vagabundo.

No es el tipo de hombre que Cañas imaginó para el reencuentro, aunque solo debe leer el informe de su detención para comprender que no se enfrenta a cualquiera.

Por eso lo hace esperar: una hora atendiendo a la pared y a la mosca que se posa en ella.

Esperar pone nerviosos a los sospechosos, quita precisión, alerta, el tedio se proyecta en las peores condenas imaginables.

Partiendo de ahí, es más fácil manejar una declaración en la que se acabe confesando todo.

Se acerca a Cañas el subinspector que lo llamó de madrugada.

Ambos fuera de la sala, mirando al detenido desde la contigua a través de un cristal templado.

Los números del uno al cinco en la pared indican que antes se practicaban las ruedas de reconocimiento en esa estancia.

El detenido no puede ver qué sucede al otro lado del cristal, pero sospecha que lo llevan observando un buen rato.

—¿Cómo lo notas? —pregunta el subinspector.

—Distinto —contesta Cañas.

—Ha pasado mucho tiempo.

—Estoy distinto, tú estás distinto… Todos lo estamos.

—Yo era menor de edad entonces.

—¿Ni llegas a los cuarenta? Duermes poco, como mi mujer. Lo noto distinto, sí, pero pronto saldremos de dudas.

El subinspector señala el expediente que lleva Cañas bajo el brazo.

—¿Te han desclasificado el dosier?

—Guardaba dos copias en mi habitación. Esto es tan importante que incumplí la primera regla del policía, la de no llevarme el trabajo a casa.

—Has de arrancarle una confesión como sea.

—Conozco mi cometido —contesta Cañas, arisco entonces—. Voy a interrogarlo ahora mismo y no seré eficaz cuando me influyes con tus pálpitos. He venido todo el camino a comisaría dándole vueltas a si realmente era tan fuerte como para noquear a un hombre de dos metros.

—Tenemos al dominicano, a Ronald, en el hospital.

—¿Grave?

—No, pero le han puesto varias grapas en la nuca.

—¿Cómo fue la pelea?

—Quiso quitarle la mantita que damos a los detenidos por la noche y este le estampó la cabeza contra la pared.

—Un movimiento que llevaría su firma.

—Todo lo que leí sobre él y siento que al tenerlo aquí…

—¿No me has escuchado con lo de tus pálpitos? —lo interrumpe Cañas—. Se trataba de una orden.

El subinspector se rasca el mentón.

—¿Los de la científica te envían el registro de huellas?

—Lo harán en un rato —contesta Cañas—. Por lo demás, ¿adivinas lo que mejor hacía el primer subinspector al que conocí?

El actual niega con la cabeza.

—Preparar cafés —dice Cañas—. A tu próxima palabra quiero un cortado con azúcar moreno. Y quédate vigilando el interrogatorio a través del cristal.

Cañas inspira profundamente. Allá va: su ambición para resolver el caso ya no es una cualidad, sino una premisa, y en ese trabajo las grandes investigaciones han de encumbrar la ley, jamás su desobediencia y fuga.

Hoy deberían terminarse tantos años dando explicaciones de por qué no había un culpable.

—Pero gracias por avisarme tan rápido —dice Cañas al subinspector antes de entrar—. Te lo agradezco de corazón.

El detenido enfoca la mirada hacia el chirrido de la puerta.

Entra el inspector, que rondará su edad, unos cincuenta años, con pantalón chino, camisa blanca y corbata verde con alfiler del escudo policial.

Un gran bigote cayendo sobre el labio superior y la piel constelada con manchas.

Cañas ha ganado un aire de patricio desde su etapa como investigador, pero su vestimenta continúa siendo sencilla y normativa.

—Me avisaron de que preguntaste por mí —dice Cañas.

—Creo que no tengo el gusto de conocerte. —El detenido mueve las cejas para quitarle importancia—. Solo me han dicho que vendría un inspector a hablar conmigo.

—Repite eso, que ya me había parecido antes.

—A sus órdenes: no tengo el gusto de conocerte, inspector.

—No sé si es acento sudamericano o dejadez. Permíteme adivinar, porque también te veo más moreno a pesar de tu barba. ¿Venezuela? ¿Puerto Rico? ¿O quizá Belice? No hay forma de que ese país firme un convenio de extradición.

—Estaba en el barrio de Usera con unos chinos.

—Pero seguro que te has pasado los últimos años en un sitio de esos, donde sabes el tiempo que hace antes de levantarte de la cama.

Cañas corre la otra silla con más ruido del necesario y aposenta el culo. Pulsa el botón de la grabadora atornillada a la mesa que los separa y mueve las manos como si hiciera un truco de magia.

—Debo grabar la conversación —dice Cañas cuando la cinta avanza—. Las cosas han cambiado mucho para la policía y sus métodos. La imagen y la voz perdieron la privacidad de antes y temo que, dentro de poco, será todavía peor. ¿Has oído hablar de internet?

El detenido bosteza otra vez.

—¿Seguro que no quieres un abogado? —sigue Cañas, percutiendo los dedos sobre la mesa—. Uno de oficio, al menos. Paga el Estado.

—Nos lo podemos ahorrar.

—Tampoco pretendo que admitas nuevos delitos sin darte cuenta.

—Eso no sucederá.

Cañas suelta el dosier encima de la mesa, hecho un rollo, aporreándolo con fuerza. Humedece el dedo índice y pasa las hojas mecanografiadas a toda prisa. El filo de los folios casi le corta las yemas. Le duele, aquel expediente aún le duele.

—Escribir es consecuencia de una forma de pensar única —dice—.

Toda esa maraña de datos e hipótesis en tu cabeza y, de improviso, se ordenan mágicamente en el papel.

Y sabes que mi atestado sobre ti lleva escrito mucho tiempo.

Con alguna actualización, pero es el original que empezó con la muerte de Toni Vargas y cuatro hombres más en una casa de Malasaña.

El detenido recorre los papeles con la mirada.

—¿Cuánto pesa? —pregunta.

—Medio kilo —contesta Cañas.

—¿Está hecho para que pese o para ser leído?

—Para ambas cosas contando tus muertos.

—No tengo ni idea de lo que hablas.

—Vale —dice Cañas—. Podemos comenzar a hablar de lo que seguro tendrás idea, de lo que sucedió la pasada madrugada. ¿La pelea?

—Legítima defensa, por lo que recuerdo.

—Eso deberá decirlo un juez.

—Antes lo dirán el camarero y los chinos. ¿Habéis interrogado al que cantaba?

—La pistola te asegura un delito de tenencia ilícita de armas.

—Nadie sin antecedentes entra en prisión por eso.

—Este cargo será el último de tus problemas.

—Cañas planta los codos encima de la mesa—.

Estuviste muy hábil con tu Astra. Cuando disparas y no tienes experiencia, la fuerza en el gatillo se mide mal, tensas la mano y las balas se desvían a la izquierda.

Y añádele la adrenalina de hacerlo delante de otros dos que también iban armados.

Acertaste en la pistola de uno de ellos y luego le acariciaste la oreja.

Ninguno de mis policías podría hacer algo parecido.

—Eran aquellos macarras o yo. De noche… De noche las calles son peligrosas.

—Abrirle la cabeza a tu compañero de calabozo tampoco fue buena idea.

—Para él seguro que no.

—Suma otro cargo contra ti y se te va complicando el futuro.

—El tal Ronald no pisará un juzgado para denunciarme.

—Creo que ha pisado muchos.

—Solo porque lo llevabais esposado. —Tercer bostezo—. No me denunciará.

Cañas encaja la obviedad como puede. En su opinión, siempre resulta increíble cómo los delincuentes se van de la lengua, sea en comisaria o en la calle, y luego se sorprenden cuando los cogen.

Acepta que este ni se irá de la lengua ni se sorprenderá.

Quizá haya llegado a creerse que aquellas muertes no fueron suyas, que su fuga tampoco le pertenece y que el cuerpo gastado que lo sujeta nunca tuvo su nombre.

—No puedes haber olvidado esa noche de 1978 —dice Cañas.

—He debido de hacerlo, inspector.

—La detención del Ángel Azul cambió el protocolo con los asesinos en serie.

Mapeos criminales, dispositivos envolventes sobre el terreno, evaluaciones médicas…

La psicopatía nunca más fue justificada, solo explicada.

Antes de eso no se prestaba tanta atención a los problemas individuales, pero tales cosas también ocurrían en España.

El inspector jefe de la operación logró cambiarlo para siempre. ¿Recuerdas al gran Jiménez?

El detenido niega con la cabeza.

—No me suena de nada.

—Le fueron bien las cosas después de aquella operación policial —sigue Cañas—. Lo nombraron comisario a las pocas semanas y conferenció por Europa con sus métodos de investigación. —Se toca el alfiler de la corbata—. Me regaló esto en su último día de servicio.

—Me alegro por el gran Jiménez.

—Tristemente murió el año pasado. Un infarto mientras jugaba al pádel.

Se había retirado unos meses antes y le esperaba una vida apacible con su familia, así que como comisario pudo con todo y como jubilado no pudo con una pelota que rebotaba en un cristal.

El problema es ese, que tendemos a ignorar nuestra decadencia.

No maduramos, solo envejecemos, y es la única razón que se me ocurre para que hayas regresado.

Te has vuelto débil como cualquier otro.

El detenido tampoco contesta, suponiendo que se trate de una pregunta.

—Atento a mi movimiento. —Cañas pulsa el botón negro de la grabadora y detiene la cinta—. Puedes comprobar que ya no corre.

Fuera, el subinspector refunfuña delante del cristal.

Se pregunta por qué para la cinta justo en ese momento.

—No hay grabación —dice Cañas—. Date el gusto.

—Estoy cómodo así.

—Date el gusto. Sé que dijiste mi nombre por algo.

El detenido parece tensarse por primera vez.

—Todavía no ha llegado el momento del desenlace.

—Tú no marcas los momentos aquí, Bam Bam. Esta no es una de esas películas de comedia en las que uno no sube al cielo hasta que arregla su asunto pendiente.

—¿De verdad crees que en unas horas estaré dentro de una prisión?

—No saldrás de la que tengo preparada.

El detenido borra su acento sudamericano.

—Ni siquiera entraré, Cañas. Porque esta, más bien, es una de esas películas de terror en las que el monstruo aún anda suelto.

Odiado Madrid:

Dicen en los telediarios y en los periódicos que al Ángel Azul lo han encerrado en una celda y que nunca escapará de ese espacio en el que se envejece diez años por cada uno real, donde apenas le será posible fantasear con el suicidio.

Palabrería, simple palabrería que busca todavía más audiencia.

Esto solo es una oportunidad de conocerme aún mejor, la poca luz, el catre duro, las ropas mugrientas y la falta de higiene acabarán revelándome una versión más real de mí mismo.

¿Cuál es la lógica de pensar que Madrid ha resuelto así sus problemas?

Recuerden que estaré donde me quieran encontrar.

Hoy me separaron de los demás presos, alegando que mi aislamiento obedece a razones de seguridad.

El alcaide ha reconocido que no debo mezclarme con esos hombres amontonados en las galerías, colgados de los barrotes, gritando que los tribunales cometieron un error, que siguen esperando el medicamento sin el que morirán en pocos minutos, que el abogado nunca viene a verlos, a pesar de que hayan hipotecado su casa para pagarlo.

No pediré una absolución como ellos. Ni reconozco la legitimidad de sus jueces, demasiado humanos para condenarme.

Ahora el inspector Jiménez también escribirá libros como si yo fuera su trofeo de vitrina.

No es un hombre mentiroso, pero tiende a omitir datos importantes, igual que si siempre declarase frente a un superior jerárquico.

Reconozco su tesón, su inteligencia, tal vez un genio en lo suyo, pero del lado equivocado.

Las personas que viven cerca del asesinato acaban enfermando o termina por gustarles, lo cual significa exactamente lo mismo.

Y otros funcionarios como él construirán más protocolos policiales, más códigos penales, más muros, más barrotes, mientras Madrid continuará girando sobre la espiral que intenté detener.

¿Para qué tanto dolor si no han reaccionado?

¿Para apenas sobrevivir al día de mañana?

En esta ciudad, «mañana» debe de significar cualquier cosa.

Lo entenderán cuando llegue el momento final, el gran desengaño.

Las personas fueron creadas para poder ser destruidas.

Si tienen un estilete, tallen esa frase en todos los árboles.

También soy consciente de que el futuro de nuestra relación precisaría que el villano fuese redimible, explicado y a veces hasta justificado.

Es la única manera de convertirlo en un fenómeno pop en novelas y películas.

Los lectores de este periódico deberían preguntarse entonces si cambiaría lo que hice tras tanto tiempo en una celda.

Lo siento, eso jamás sucederá y mis cartas terminan aquí, sin redención.

Para buscar un final feliz a nuestra historia necesitarían de la vieja ingenuidad que el Ángel Azul les ha arrancado de cuajo.

Pronto el aire se volverá viscoso, mi lengua sabrá a ceniza y a metal y mi mano no proyectará sombra en este papel. ¿Oyen a los lobos aulladores cada vez más cerca? Formarán un corro alrededor de sus cuerpos fríos, de sus certezas destruidas, de… y también de…

Demasiado; insuficiente.

En realidad, ahora yo tampoco los oigo.

Y lo prefiero así.

A A