1996
Madrugada en el distrito de Chamartín.
Suena el busca de Cañas sobre la mesita de noche.
Su mujer, con antifaz y tapones de espuma, se gira en la cama y le pega un codazo. Por respuesta, un ronquido de Cañas, que se sube la manta hasta la barbilla y se acurruca en la esquina del colchón. Acostumbra a dormir profundamente para ser un hombre que gestiona tantos problemas durante el día.
—Lo tuyo es increíble —dice ella.
Su mujer estira la mano hacia el pastillero de la otra mesita de noche.
Ningún somnífero la duerme como debería desde 1979, aquel año tan intenso en el que por fin se casó y se mudó con su marido.
Luna de miel en Lisboa, fados y vino caliente, de donde volvió embarazada.
Poco después expulsó el feto entre un torrente de sangre.
Luego, en verano, otro aborto confirmó que no tendría hijos y que Cañas, obsesionado con un caso irresuelto, quizá era tan poco fértil como ella.
Todo resultaba ya bastante triste y en Navidades le diagnosticaron un cáncer de útero y tuvieron que vaciarla.
Algunas risas, algunos buenos momentos, pero nada de lo que ambos habían querido para su relación.
Ella coge un Trankimazin de un miligramo y se lo traga, colocándose de nuevo el antifaz y volteando la cabeza.
Regusto amargo sobre el paladar. Aquellos tapones continúan comprimidos en los oídos.
Logra detener una batería de pensamientos inconexos, se concentra en el presente como le aconseja el psicólogo y el busca de Cañas suena otra vez con sus pitidos, cae al suelo y aquel dichoso loquero que no sabe qué aconsejarle para esas situaciones.
—¡Por favor, Alfredo! —grita su mujer—. ¡Lo atiendes o lo apagas, porque si no lo tiro por la ventana!
—Eh, nena. —Él se despierta—. ¿Suena?
—Eres de lo que no hay. ¡A todo volumen!
—Perdona. —Se incorpora—. Tranquila. —Recoge el busca del suelo laminado—. Juraría que no me han contactado de madrugada desde que me hicieron inspector jefe. Será… será importante.
—Sabes lo que hacer. —Su mujer se tapa la cara con la almohada—. Devolver la llamada en la cocina y luego volver a la habitación como un ninja.
Cañas se calza unas pantuflas, se abrocha la parte superior del pijama y se mete las mangas de un batín al vuelo.
Identifica aquel número que sale en pantalla: el subinspector del distrito de Usera.
Conoce las cifras de memoria porque antes eran las suyas.
Hace seis meses lo ascendieron con honores a inspector jefe de una unidad de la policía judicial en Madrid.
A Cañas, su precoz carrera profesional y algunos estudios de Derecho aún le suelen permitir despejar las incoherencias de cada caso, quién miente y por qué.
Y continúa disfrutando con el teatrillo de traer las pruebas a los detenidos y ver cómo se borra la arrogancia en esas caras, que de alguna manera siempre han sido las mismas.
Por eso las emergencias de madrugada se esconden en los rincones oscuros de su memoria, junto a tantos compañeros, delincuentes, gente sin suerte y otra con demasiada, anécdotas absurdas y el empuje de su juventud ya gastada.
Una llamada profesional a semejantes horas le transmite sensaciones de una época que para él no fue mejor, solo igual de complicada.
Cañas arrastra los pies por el pasillo y llega al salón, donde cuelgan fotos con su mujer y una vieja serigrafía del escudo del Real Madrid.
Coge el teléfono inalámbrico, revisa las pilas y se marcha a la cocina.
Abre la nevera, se sirve un vaso de leche semidesnatada, lo mete un minuto en el microondas y se sienta en un taburete.
Ring del microondas.
Agarra el cristal con tiento.
Quema, mucho, la hostia. Lo sujeta por el borde con dos dedos y, sentado otra vez, marca el número del subinspector. Pega un sorbo a la leche mientras aquel teléfono da tono y maldice que el vaso esté siempre tan caliente y el líquido tan frío.
Contestan:
—¿Estás sentado, Cañas?
—Estaba dormido y ahora sentado. ¿Qué pasa?
—Lo tenemos.
—Necesito que seas más concreto a estas horas de la madrugada. He abierto treinta investigaciones este año y, que yo sepa, no colaboro contigo en ninguna.
—Ha vuelto, Cañas —dice el subinspector—. Ha vuelto a Madrid dieciocho años después.
A Cañas se le cae el vaso al suelo. Su mujer chilla desde la habitación y él, como un autómata, empuja con su pantufla los cristales rotos bajo la nevera.
—¿Cómo lo sabes? —pregunta después.
—Lo detuvieron en un bar de Usera tras liarse a tiros y puñaladas con dos macarras, de los chungos, además. Estaba borracho cuando llegó la patrulla y se fue de la lengua camino a comisaría. Aún no puedo demostrarlo, pero seguro que es él.
—¿Irse de la lengua? Entonces no puede ser él.
—Es como si quisiese que lo detuviéramos y que supiéramos de quién se trata.
Preguntó por ti al llegar aquí. «¿Sigue Alfredo Cañas buscando a su fantasma?
», eso dijo. Luego no ha vuelto a abrir la boca.
Parece que se le pasó la borrachera desde que entró en los calabozos, caería en la cuenta de que estaba encerrado y se ha convertido en el hombre que siempre fue según tu investigación.
—Que nadie le ponga la mano encima hasta que yo llegue.
—Tranquilo, lo tengo durmiendo.
—¿Lo has colocado solo en la celda?
—Casi mata al dominicano que entró con él. Se metieron los compañeros del turno de noche a separarlos y el otro mide dos metros, así que está solo en la celda… Cañas, consigue hacerle esa prueba y lo tienes.
—¿No le tomaste las huellas?
—Acabo de contarte que estuvo cerca de cargarse a un tipejo enorme.
Era imposible controlarlo en aquel momento.
Esperamos a que llegues, le damos los buenos días y procedemos con las huellas.
Como si tengo que colocar a diez policías a tu lado en la salita de interrogatorios, es tu caso y te mereces cerrarlo en persona.
—Eres un jodido optimista —dice Cañas, que suele preferir el pesimismo—. Me pones el corazón a doscientos y seguramente te equivocas. ¿Sabes cuántas veces he escuchado que lo teníamos?
—No se trata de otro estúpido de los que detenemos a diario, de esos que firman cualquier declaración para salvar su culo cuando, en realidad, solo admiten nuevos delitos.
Se trata de alguien muy diferente. Además, ha envejecido mal y tendrá un par de retoques en la cara, pero diría que se parece a las fotos.
La mirada, el gesto torcido… De verdad que creo que lo tenemos.
—Llamaré a los de la científica. —Cañas vuelve al salón—. Quizá cotejen los resultados con los del registro antes de media mañana.
—Los tendrán a tiempo de ser tú el que hable con ellos.
—Vete con cuidado ahí mientras —dice Cañas—. Aún no eras policía cuando sucedió aquello y no sabes de lo que es capaz.
—Lo he leído muchas veces.
—Pero yo lo viví. —Cañas cuelga—. Mientras otros morían.
Pronto para concluir nada, pero el subinspector es un profesional fiable y le ha relatado algo que, aunque siempre pareció posible, ahora habrá que resignarse a que también será contradictorio.
A los cuarenta y seis años, Alfredo Cañas ya no se empeña en intentar controlar las incertidumbres.
Y eso le servía hasta aquella llamada. Se mete en el lavabo, abre el grifo y se echa el agua fría por la cara que lo sitúa en el día que queda por delante.
Aquel gran bigote mojado a salpicones. De vuelta al dormitorio, observa a su mujer apoyada en el cabecero de la cama.
Su rostro alargado, ojos negros y profundos, labios voluminosos.
Es evidente que todavía es guapa y que gimoteaba, aunque quiere disimularlo.
—He escuchado el final de la conversación —dice ella—. ¿Es él?
—Puede que sí, o quizá solo es alguien que sabe algo… —Cañas suspira—. Tal vez el subinspector se equivoca.
Ella monta el labio superior sobre el inferior. Escucha a Cañas atenuado por los tapones en las orejas, pero la noticia grita en su cabeza. Se lleva las uñas a la boca y empieza a roerlas. Al contrario que su marido, deseaba que nunca se reabriese el caso.
—Si no es él, todo volverá a la normalidad enseguida —dice Cañas—. Te juro que me había olvidado de este asunto.
—No lo has olvidado ni un segundo desde que ocurrió.
—Cariño…
—Te pedí cientos de veces que esperásemos a que todo aquello pasase antes de intentar tener hijos.
Me casé con la sombra del hombre del que me enamoré, porque solo existía esa investigación en tu cabeza.
Cuando estabas en Madrid, hacías jornadas de dieciocho horas.
Cuando te mandaban por medio mundo buscándolo, apenas recibía una llamada a la semana.
Hasta interrumpimos nuestra luna de miel.
—Ese reproche otra vez no.
—Ese reproche sí, que hace mucho que no lo escuchas.
—Se quita los tapones—. Interrumpimos nuestra luna de miel porque te dieron una pista falsa, una tontería sobre que alguien había invertido dinero en una plantación de yuca en…
Ni sabíamos dónde era en un mapa. Luego estaba embarazada de cinco meses y ni te veía.
A continuación vino el cáncer y, por mucho que anduvieses resignado por casa, gané esa lucha sin ti.
Cañas le hace una carantoña en el muslo.
Discrepa del concepto de cáncer como lucha.
Solo faltaba que su mujer, entonces calva, sin cejas, vomitando a todas horas, se representase como una perdedora por no superar la enfermedad.
En el resto, Cañas acepta que tiene razón.
Fue un egoísta metiendo a alguien en su vida cuando solo pensaba en el caso de Toni Vargas y ella, siempre fiel, también pagó las consecuencias.
—Se solucionará rápido. —A Cañas no le queda más remedio que recuperar su voz acostumbrada a mandar, se incorpora y abre el armario de la habitación—. Te prometo que de hoy no pasa.
Descuelga su traje de felpa, la corbata verde de la buena suerte y le engancha el escudo policial que pertenecía a su mentor, Jiménez.
Se quita el pijama, lo dobla bajo la almohada y se viste con unos pantalones caqui y una camisa blanca.
La americana y la corbata las lleva en la mano para ponérselas frente al espejo del salón.
Entonces parece que las prendas pesan demasiado.
Lo invade un repentino cansancio, tal que, asimilada la noticia, se desparramara sobre él la angustia de dieciocho años.
Aún aturdido por lo que cree su destino de policía, por una esperanza maldita, cadavérica.
Pero lo disimula. Lo disimula como le ha enseñado su rango.
A comisaría irá aquel que adquirió hechuras de ídolo en esa persecución, el profesional irónico y distante con los que lo rodeaban, como si desde que entró en el cuerpo de policía no acabase de creer que andaba en buena compañía y que muchos finales nunca son, por supuesto, el final de nada.
—Se lo debo a dos personas —dice Cañas a su mujer—. Bueno, a tres.
Odiado Madrid:
Me llena de orgullo y satisfacción que me hayan declarado el enemigo número uno de la policía.
Los agentes que han prometido no vestir más la armadura de la dictadura ahora se quejan de que son incapaces de detenerme sin ella.
Deberían agradecer el alcance de mi obra, porque por primera vez los critican por otros motivos de los habituales.
Todavía no comprenden que el Ángel Azul tiene la legitimidad de una turba enfurecida.
¿Y cuándo la han tenido ellos? Pueden inventarse su pasado a conveniencia, pero les aseguro que la buscarán como sea para sobrevivir en el futuro.
Si no la consiguen, estos funcionarios aún guardan sus toallas sucias en las taquillas de comisaría, dispuestos a extenderlas en una tira sobre las gargantas de los detenidos y a saltar sobre ellas por turnos.
Derechos, libertades, justicia… ¿y la buena tortura?
Aunque su incompetencia como investigadores es la que da sentido a esta nueva carta, les recuerdo también aquí que continúo cumpliendo mi misión.
Se equivocan representándome en las noticias como un profeta loco, declamando desde lo alto de cualquier montaña y proyectando una sombra de pesadilla.
¿No comprenden la ironía de mi nombre? Creen en Dios los que menos motivos tienen.
Los parias están convencidos de que, por mucho que hayan sufrido, aún puede ocurrirles algo peor si no rezan frente a una cruz.
En España, los militares mantuvieron a los curas sobre sus púlpitos para que se encargasen del adoctrinamiento, para que hoy consolaran a los padres con que, si mato a una de sus dos hijas, también podría haber matado a la otra.
Gracias, muñecos de cera, por evitarles un mal mayor.
María,
Cristina,
Eva,
Isabel,
Elena,
Carmen,
Mercedes.
Ayer visité la tumba de una de mis chicas preferidas.
Quería saber si sentiría algo al enfrentarme a ella otra vez.
Una semana más tarde, el santuario ofrecía una imagen diferente a la original con las flores mustias, las velas consumidas, los muñecos de trapo hechos jirones, la lápida embarrada, en la que ni podía leerse su apellido.
Una muestra de los efectos del tiempo inmediato.
En eso nos convertimos días después de las lágrimas, del homenaje de un féretro, del discurso sobre el más allá que viola todas las leyes naturales.
Así que debo descarnar todavía más su sufrimiento para que dejen de buscar un refugio que no existe.
Aunque en los últimos días me duelen las críticas de este periódico.
¿Por qué solo mujeres?
¿Por qué no mato a los que ocupan los altos cargos?
Esta elección nunca fue una muestra de cobardía y soy el primero en sufrir los problemas prácticos de mis circunstancias.
No tengo familia, no tengo amigos, no puedo trabajar, porque a todas horas buscan encerrarme para siempre.
Lo fácil sería amenazar a esos señores del gobierno y convertirme en otra pieza sobre su tablero.
Entonces, unirme a su juego, a sus reglas, a sus trampas.
Pero soy el asesino que merecen y no el que les interesa.
Jamás me presenté como otro criminal pidiendo el cariño perdido en la infancia, igual que los caníbales que en los últimos tiempos reivindican el derecho a vivir a su modo.
Si estuvieron enamorados, reconozcan que en algún momento tendrían que pensar en acabar con la persona que les provocaba esa angustia.
Un asesinato es la muestra más elevada de pasión y por eso para el Ángel Azul cada mujer es eterna.
Las amo como nadie las ha amado.
Muertas, muertas, muertas.
¿Los oyen? Ya vienen esos lobos aulladores. Miro al horizonte y los encuentro sentados sobre sus cuartos traseros en aquellas rocas, piedras talladas con espirales, ruinas de civilizaciones, huesos y polvo. ¿Los oyen o no?
Yo los oigo.
No hay otro destino que mi estilete.
A A