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«Intento aprender de los que mandan en el sur de Madrid».
Bam Bam se despierta con un gruñido.
Palpa sus piernas y comprueba que sí, están ahí, al contrario que en el sueño que acaba de tener, cuando un obús enterrado las partía mientras corría por un descampado.
A continuación abre los ojos, porque lo importante es lo que hace despierto y sin piernas ni podría subir a un zulo como aquel, en la tercera planta de una pensión al este de San Blas.
La zona tiende al brutalismo arquitectónico en contraste con las chabolas al oeste del barrio.
El límite al norte, con Ciudad Lineal, lo marca la calle Alcalá.
Al sur, la avenida Guadalajara separa el bullicio de las Ventas junto a los neones de los primeros pubs de la capital.
Donde los norteamericanos montaban algunos conciertos clandestinos de soul y boogaloo en los sesenta, ahora Burning canta Jim Dinamita .
«¡En la Elipa nací y Ventas es mi reino!».
La canción suena desde la habitación de al lado y habla de cárcel, malas compañías y un nombre que se escucha en todas partes.
Bam Bam se pregunta si sentiría algo diferente de ser el suyo el que retumbase en Madrid y no el de Jairo, cuando le gana la partida con su propio juego.
Cartas marcadas, ¿qué más da? Por no recordar el suplicio que debe de estar pasando De la Torre, sobornando a toda clase de funcionarios para entender cómo ocurrió en verdad el tiroteo.
Aunque a Bam Bam no se le da bien preguntarse sobre sentimientos.
Lo que sí se contestaría es que parte del país siempre vitorea a los legionarios como él, pero los que regresan a la Península deambulan sin más ayuda que la que se procuran ellos mismos.
Personas como De la Torre han viajado por medio mundo y Bam Bam apenas conoce las paredes de habitaciones como aquella y el desierto.
Quería tomar alguna elección importante en su vida y no pudo hacerlo hasta que robó la droga a Toni Vargas.
Ayer devolvió la furgoneta a los de Puño Patriota.
Y a estas horas la organización paramilitar habrá desguazado el vehículo, pero la carga que solo él conoce sigue oculta en un chamizo del paseo de las Yeserías, lindando con el río Manzanares.
No dudó más de su plan cuando De la Torre volvió a insistirle en que no recibiría nada hasta el próximo golpe y que aguardaba conclusiones de la investigación policial.
A Bam Bam no le queda tiempo: vender la mercancía y desaparecer.
Y en Madrid piensa en un solo personaje con tan pocos escrúpulos como para comprarla sin importar de quién sea.
—¡Un pringado este Jim Dinamita de la canción! —grita Bam Bam al de la habitación de al lado—. ¡Suena a que no ha pegado un palo de verdad en su vida!
Se levanta del catre, pliega la cortinilla que separa el lavabo de la cama, mea en un orinal y coge una navaja de afeitar.
Acaricia el metal en seco por la piel. Una nítida sucesión de cicatrices.
Se echa agua en el ojo, que continúa infectado, y lo guiña delante del espejo.
Después se viste, abre la puerta del pasillo y encuentra a un veinteañero con tupé despeinado, pantalones pitillo y chupa vaquera.
Es el que cantaba la canción de Jim, otro rocker de mecha corta como los que abundan en Madrid, pero enfrente no tiene a otro chaval con parca y la diana mod cosida.
Tiene a, en resumen, otro tipo de persona.
—Jim Dinamita no es tan pringado —dice al iniciar la marcha atrás.
Luego cierra la puerta de su habitación con doble vuelta de llave. Bam Bam cruje los nudillos, decepcionado. Al bajar las escaleras, la señora de recepción le pregunta si aquel chico lo ha molestado y él responde que no.
—Me ha llenado la habitación de pósters del tal Elvis —dice la señora—, figuras de plástico del tal Elvis, cojines con la cara del tal Elvis y ahora quiere traer a dos gatos que, por alguna razón, ambos se llaman como el tal Elvis.
Bam Bam la mira de hito en hito y contesta:
—Todos tienen sus ideas hasta que les rompen la cara.
Después se dirige al barrio de Legazpi.
Braulio fue el testigo más atento del descuartizamiento de Javi el Rojo.
No quitó ojo al cuerpo mientras el puma lo mascaba, intuyendo que a la venganza del hermano mayor le faltaba temple y le sobraba espectáculo para el qué dirán.
Por eso, la reunión que le ha pedido Bam Bam será confidencial, en el reservado de la sala de juegos que tiene en la zona de las Delicias.
La ciudad no es tan grande como para que un importante proxeneta y un reconocido asesino no hayan tratado antes, pero Braulio quiere alrededor hombres más manejables y Bam Bam precisa de insignes como De la Torre.
Su jefe era capaz de sacarlo de la cárcel con tramas que aquel chulo nunca podría imaginar.
Bam Bam aparece en la sala de juegos, escoltado por más matones, por el paisaje de cabezas cuadradas que sostiene a las pensantes.
El negocio todavía no ha abierto al público y le han hecho cruzar un hall con un bingo electrónico, tres ruletas trucadas y más de veinte tragaperras.
Una que dice metrópolis en la parte superior está subida a una carretilla, pendiente de que le arreglen el contador de la ranura.
El reservado de Braulio es una sala con sofás horteras, muebles de caña filipinos, un acuario todavía vacío y una mesa de nogal, detrás de la que el proxeneta, en un sillón naranja, aparenta presidir una pequeña y ostentosa corporación.
Enfrente, dos sillas donde rara vez permite sentarse a sus invitados.
A la izquierda, un carro con alcohol y vasos anchos de cristal tallado.
—Pensé que la próxima vez que te viese sería en el telediario —dice Braulio—. ¿Es necesario que nos demos la mano?
—Está bien así.
—Te escucho fuertemente, Bam Bam.
—A solas.
Braulio indica a los suyos que salgan del reservado.
Han requisado la pistola de Bam Bam y también el puñal escondido en la bota.
Si quisiera hacerle daño, no se presentaría pidiendo intimidad.
Además, ¿qué motivos tendría? De nuevo, no cree en la casualidad de su llamada con la que está cayendo alrededor.
—Te escucho fuertemente —repite Braulio, a solas.
Bam Bam saca el fardo de droga que no se dejó requisar, cerrado por las vueltas de cinta americana que borran la V sellada sobre el polvo.
Ha logrado difuminar la letra tras romper el embalaje y volver a embalarlo.
Una operación digna de farmacia, en la que ha perdido unos cuantos gramos y que repetirá durante la tarde con otros treinta fardos.
Lo pone encima del escritorio de Braulio.
El proxeneta lo coge, pesándolo con la mano, mete un cuchillo por la parte superior, rasga el plástico y se lleva a la boca una mínima cantidad de polvo.
Lo cata como si fuera de una añada en barrica, después se dirige al mueble bar y se sirve un brandy.
Un cristal cóncavo refleja su rostro mientras prepara la copa.
Bam Bam rechaza la invitación cuando le pregunta si quiere que le sirva otra.
—No me gusta beber, Braulio.
—Por supuesto.
—Quita alerta y precisión —dice Bam Bam—. Son muy importantes en mi trabajo.
—Por supuesto… Sabias palabras. Tu ojo derecho no tiene buen aspecto.
—Con él estoy viendo las cosas más claras que nunca.
Braulio cierra el mueble, vuelve a sentarse, gira el fardo y comprueba que falta la V que estampa casi toda la heroína de Madrid.
Un rompecabezas sencillo. Así que prepara el papel que declamará sobre su escenario favorito.
Se esfuerza en creer lo que dice y por eso los que lo escuchan también lo terminan creyendo, pero ha llegado hasta ahí a base de mentir.
—Que vengas tú con esto explica por qué se están metiendo tantos en las drogas —dice Braulio—. ¿No pagan bien los asesinatos los del norte de la ciudad?
—Intento aprender de los que mandan en el sur.
—¿Conciencia de clase, como dicen ahora?
—No sé qué es eso.
—Tampoco te confundas conmigo. —Braulio parece halagado con la referencia al sur—.
A través de las putas toco un porcentaje de todo, quizá también de la porquería que traes, y nunca termino en una celda.
Son terreno seguro, Bam Bam. Esto de traficar, terreno minado.
Conoces cómo funciona, que rondabas por aquí cuando eras un chaval.
Una mañana jugabas en los campos de Usera y de repente un obús de la Guerra Civil estallaba bajo tus pies y todo se acababa.
Bam Bam ni se sorprende porque acabe de referirse a su sueño.
—No vale cualquiera para manejar a tantas mujeres —dice después.
—Valgo yo. —Braulio parece aún más halagado tras su propia frase—. Y no cometo ningún delito siendo un chulo, aunque te aseguro que es una profesión exigente.
—Eso no me importa para lo que quiero ofrecerte.
—Conoces las reglas —dice Braulio—. En mi casa hay que aparentar que mis historias importan, porque esconden las posibilidades del trato.
Bam Bam se retrepa en la silla.
—Tienes un par de minutos.
—Convencer a una chica para que te dé parte de su dinero no resulta fácil cuando ya tiene clientes fijos —sigue Braulio—.
La habilidad fundamental de mi negocio es que seas un buen ojeador.
Hay mujeres guapas que no se adaptan; por este agujero no, por este tampoco, no me ates, no me azotes…
Con que primero las invito a tomar un helado y distingo a las que no están limitadas aquí arriba.
—Se toca la sien—. Luego he de llevarlas a cenar, al teatro, a la costa.
Pasar tiempo con ellas y que entiendan que, en fin, algún cabrón puede rajarles la cara en una mala noche y que la policía no llegará a tiempo.
Y a veces hay problemas con eso. Cada una piensa que es la especial y especial no es ninguna, pero debo actuar como si lo fuesen.
De bajar la guardia, la nueva le cuenta a la vieja que estuvo conmigo en Benidorm y la vieja se larga a dar el porcentaje a otro chulo o, incluso, te intenta rajar la garganta.
A alguien como tú, con la cara hecha un mapa, no le impresionará.
—Braulio separa el pañuelo que lleva al cuello y muestra una marca en la yugular—. Casi me matan el año pasado.
Bam Bam observa la cicatriz.
—Faltó un centímetro y medio.
—Ahora ella duerme en el fondo del pantano de San Juan.
—Braulio vuelve a subirse el pañuelo—. Con que, en lo mío, la ruina te la trae cualquiera si no estás con la cabeza dedicada al negocio, pero eso es suficiente para llenarte los bolsillos.
Antes hablábamos de los obuses que entierra la ciudad.
Pues así de desprevenido acaban contigo cuando manejas drogas.
Solo por pisar donde no debes y sin darte cuenta, ¿comprendes, Bam Bam?
—¿Te interesa mi producto?
—Quizá —contesta Braulio—. ¿Has atendido a mi historia?
, ¿has pisado donde no debes y hasta quizá dándote cuenta?
Venga, no engañas a nadie. Tú eres un pedazo de profesional en lo tuyo, capaz de estar veinte horas seguidas apuntando por una mira telescópica desde una azotea, pero no eres un comerciante.
Bam Bam coloca el fardo sobre el regazo.
—¿Te interesa o no?
Mueve las manos igual que en un truco de magia.
Braulio se pregunta por qué le ha contado cómo seducir a una decena de prostitutas a alguien que no habrá conseguido una cita en su vida. Y otro tanto sobre robar a la persona equivocada.
—¿Cuántos hay, Bam Bam?
—Los suficientes para hacerte rico.
—Primero querría saber a quién se los has robado.
—Esto es como el dinero, en realidad no tiene dueño. ¿Ves un nombre encima?
—Me extraña mucho no verlo.
—O continúas haciéndote el sorprendido o te llevas treinta kilos de heroína por la mitad del precio de mercado —dice Bam Bam—. Calcula los millones de pesetas que sacarías moviéndolos después en gramos.
—Unos cuarenta millones —contesta Braulio.
Si ha tomado aire para respirar, Bam Bam no lo ha notado.
—Eso sin contar el corte que le meterás a la droga para doblar la cantidad.
Y, Braulio, me daría igual que luego tramases algo para conseguir aún más beneficio.
Mientras no sea antes de que me largue de la ciudad, todo seguirá bien entre nosotros.
Si no, descolgaré por tu tráquea esa lengua que usas tanto.
Conocí a un colombiano que me enseñó la técnica y tendrías que ver la cara con la que quedan los muertos.
—Bam Bam hace la mímica de sacarse un objeto por la garganta—.
No es bonita ni para mí, pero como imaginarás desapareceré de Madrid cuando me pagues.
Braulio entrecierra los ojos hasta reducirlos a dos líneas.
—¿Te irás ese mismo día?
—Para siempre —contesta Bam Bam—. ¿Tengo otra opción?
—No, y esa es mi garantía.
Braulio frota pulgares con anulares.
Ya ha decidido.
—¿Y bien? —pregunta Bam Bam.
—Al final, para ser un asesino a sueldo has hablado igual que De la Torre.
—Trato hecho, Braulio.
Ahora sí se dan la mano.
—Menos mal que no todo el mundo es como tú.
—Como nosotros —dice Bam Bam, señalando alternativamente a ambos—. Como nosotros, chulo.
Al cabo de un rato, salen del reservado tras acordar los hitos de pago y entrega.
Braulio ordena que escolten al legionario hasta la puerta trasera y hace pasar a su segundo para darle los detalles estrictamente necesarios, como siempre.
Nada tan importante que le permita saber lo suficiente como para pensar qué tal quedaría su culo más joven en aquel sillón naranja.
—Venderemos heroína en el número 133 de las Delicias —dice Braulio—. Por la tarde cogemos la mercancía, así que corre la voz por el barrio a partir de mañana.
—¿Y en el 127? —pregunta su segundo—. Allí van más clientes.
—Nunca fue buena idea ensuciar dos negocios a la vez.
—Pondré al cargo a mis hombres más fiables si lo consideras necesario.
—Complicaría nuestra relación con la policía —dice Braulio—. Lo harán las chicas y les pagaremos el extra con dosis. Tengo a la mitad enganchándose a esa mierda, pero al menos lo reinvertirán en la empresa. Y consígueme una reunión urgente con Jaime Rodrigo.
—¿Yo?, ¿con Jairo?
Braulio mira alrededor, como si debiera aclarar que solo hay un oyente.
—Habla con Metralla, porque no puedo mendigar personalmente la atención del capo. Dile que tengo algo que contarle de su hermano.
—¿La mercancía que venderemos no…?
—¡Te prohíbo que lo pienses como para que lo digas en voz alta! —Braulio pega un puñetazo sobre el escritorio—. Pero coméntale que puedo averiguar quién estuvo detrás de la muerte de Toni.
—Su puta madre, ¿Bam Bam?
—No hablaría de él hasta que lo viera dentro de un ataúd, aunque conozco quién lo contrata.
Una historia de cojones… Me encanta el nuevo y democrático Madrid.
—Braulio coge la copa con brandy por el tallo, feliz de no ser una persona que no bebe alcohol porque cada segundo está disponible para matar o para que lo maten—.
Y ahora hasta cobraré dos veces por la misma información.