6/12 151
«Es el establo de una bestia».
Cae la noche.
De la Torre se cuadra frente a una puerta de conglomerado, sexto izquierda, dentro de un edificio al final de la calle Arturo Soria.
Hoy viste traje beis, chaleco marrón, camisa blanca sin corbata y las puntas del bigote caídas respecto a las diez y diez.
Su ropa le continúa ofreciendo ese aspecto de aristócrata que acude al gimnasio cinco veces por semana.
Pone un dedo enguantado sobre la cerradura, luego se aparta para que su guardaespaldas aplique el tensor y trabaje la ganzúa.
Oyen un clic y abren la puerta con tiento.
Entran por un pasillo con suelo cerámico y dejan a la derecha una minúscula cocina que no tiene puerta.
De la Torre se detiene con la peste que allí atufa y pulsa el interruptor de la luz, iluminando un hornillo entre restos de comida.
Al lado, plásticos con fiambre rancio. Cuelga un reloj de la pared detenido para siempre en las seis menos cuarto.
De la Torre apaga la luz.
Presiona las sienes otra vez para intentar relativizar aquel asunto.
Sigue con su guardaespaldas por el corredor hasta la salita.
El resol de una farola enciende las cortinas, dejando entrever una televisión con mantilla, un sofá de escay y una banqueta donde se amontonan copas vacías.
A la izquierda, sillas en las que nunca se sienta nadie y el cuadro de un paisaje en el que, por supuesto, tampoco ocurre nada.
Aquel escenario habla de un inquilino poco pendiente de sí mismo.
El guardaespaldas mueve la cortina para vigilar el portal.
Le toca esperar y en eso es un experto. Una década de servicio en la que ha aprendido a esperar a gente atemorizada por su jefe, que no paga, que no cobra y que siempre maldice no haber volado lejos cuando empiezan a crujirle los huesos.
El guardaespaldas abandona la ventana, se adentra en la única habitación del piso y comprueba que apenas tiene un colchón y ropa tirada por el suelo.
Ni armarios ni cajoneras. Vuelve con los dedos sobre la nariz a modo de pinza.
—¿Tardará mucho en venir? —pregunta después.
—Ojalá cumpla su cuadrante —contesta De la Torre—. Ni te quiero preguntar por la habitación.
—Su ropa tirada por el suelo y sin un mueble. ¿Cómo podrá vivir así?
—Es el establo de una bestia. En cuanto te descuidas cuatro días sin hacer limpieza, el lado animal empieza a comerte y mira a dónde ha llegado este.
—Con lo que habrá sacado en sobornos.
—Quien fracasa en España, fracasa para siempre. —De la Torre coge una revista del suelo—. ¿Y esto? Armas de Hoy —lee en alto su título—. ¿Con qué basura se hace pajas? Toma, tú seguro que sabes de qué va.
El guardaespaldas coge la revista y pone una linterna sobre la portada.
Una mueca de satisfacción le cruza el rostro porque sí, lo suyo son las armas.
Cortas, largas, morteros, lanzallamas, animales adiestrados, todo pasó por sus manos durante la instrucción militar que le permitió quedarse en el Magreb como mercenario; pero De la Torre le paga más que cualquier ejército y solo le concede una pistolita en la guantera del coche.
Algo que considera ridículo en aquel momento de España, algo que es lo único que le permiten tener para proteger a un personaje con aspiraciones políticas.
—Qué buenos recuerdos. —El guardaespaldas deja la revista donde estaba, en el suelo—.
La Smith al menos, capaz de compartir un momento de reflexión viendo las humedades de aquel cuchitril y las páginas sucias de Armas de Hoy.
Pero llega la peste desde la cocina y ya no hay reflexión que le valga.
—¿Esa revista se compra en los quioscos? —pregunta De la Torre.
—Hay que suscribirse —contesta el guardaespaldas.
—¿Cualquiera puede hacerlo?
—Sí, ¿por qué no?
La pregunta revela a De la Torre que su interlocutor puede entender sus palabras una a una, pero no alcanza el significado de la duda.
Supone que hasta uno de los guineanos que traía a Madrid para limpiar letrinas puede mandar un formulario a la editorial, ingresar las veinticinco pesetas mensuales y aprender todo sobre las armas de hoy.
Aunque no verbaliza la suposición, suena demasiado racista incluso para él.
Como buen prejuicioso, no odia tanto a los de otro color como a los mestizos.
Esos sí le dan pavor, porque teme que a continuación venga el ius sanguinis y los nuevos españoles, al fin, no quieran saber nada de letrinas y quizá voten a los socialistas.
A De la Torre se le tuerce aún más el gesto.
También piensa que hoy cualquier macarra tiene pistola y munición por cosas así de democráticas.
Y no una pistola de baja estofa, sino de las potentes, número de serie limado, como las que usan sus ultras.
Entonces Bam Bam y Eulogio entran a dar un palo cualquiera en una casa de Malasaña y aquello, cómo anticiparlo, acaba con cinco muertos y ha de trasnochar en ese apartamento lleno de roña para solucionarlo.
—Mi cometido siempre fue evitar el desorden —dice De la Torre—. Elaborar métodos que permitieran colocar cada cosa en su sitio, sin posibilidad de que alguien las cambiase y tuviésemos que volver a empezar. ¿Por qué no suscribirse a una revista? Porque no podían. Así de simple.
El guardaespaldas anticipa que escuchará el gran discurso sobre el orden natural, pero su jefe se muerde la lengua, tal que le diese pereza ser siempre el adoctrinador o que la polémica estuviese aclarada.
—Y si tarda demasiado, le pegas un tiro en cuanto hable con él —dice después—. A mí nadie me hace pasar por esta peste dos veces.
Oyen un ruido de llaves en la entrada según el cuadrante previsto. El inquilino abre su apartamento y recorre el pasillo. Rumia todo lo sucedido durante la tarde y enciende la luz de la salita para encontrar las peores noticias del día que, sin duda, ya era pésimo para él.
—No me jodas —dice—. Justo hoy tú no.
—Sabía que te alegrarías de verme, Germán.