5/12 1829
«No soy el carpintero. Soy el cantante de Histeria».
Pitu lija unas maderas con el torno del taller.
Las astillas rebotan sobre sus gafas de protección.
Una lente rota, la otra enganchada a la patilla por un cordel.
Debe terminar la base de la estantería que encargaron ayer a su tío.
Un comerciante de Malasaña ha pedido un mueble esquinero, con perfil al bies y tallado floral.
Pitu solo prepara tres tablones, aunque aquella geometría tiene cierta dificultad, demasiada como para no estar atento.
Piensa en el grupo, en Marta, en Pedro Lafuente y en que por fin conseguirá un bajo nuevo por la tarde.
Piensa, en definitiva, sobre ese futuro que sus canciones dicen que no existe.
Casi lo habían convencido y ahora surge la oportunidad de grabar en un estudio, con micrófonos de condensador y mesas de seis canales.
Pero necesita a Marta a su lado.
Pitu no es una persona intuitiva, aunque sospecha que quizá se pierde algo, que nunca pareció que el éxito fuese su destino y entonces la música representaría una ilusión no correspondida.
Claro que lo último que imagina es que, en ese instante, Marta negocia su libertad a cambio de colaborar con la policía.
En mitad de los grandes planes, Pitu se engancha un pulgar con el torno.
Se raja la falange en dos tajos perpendiculares.
Vuelve a los pequeños planes y chupa la sangre maquinalmente, como si perteneciera a otro.
—Un poco más a la izquierda y te quedas sin él —dice su tío desde el segundo torno—. Y ni para carpintero.
Pitu siempre logra que aquel derrotismo le entre por un oído y le salga por el otro.
Solo tiene que desconectar el cerebro, fácil para él, en cuanto oye esa voz de cazalla.
Su tío, cuarenta años de pena entre albaranes, deudas y serrín.
Trabaja de sol a sol para volver a un piso raquítico donde no sucede nada, echando en falta a la familia que no tuvo y, bueno, Pitu tampoco es lo que esperaba.
Pero ¿qué hacer cuando tu sobrino se llena de pendientes, tachuelas, cuero roído y su mayor preocupación aparenta ser de qué color se tiñe la cresta?
Por no hablar de su obsesión con el grupo de música.
Una vez trató de escucharlo y aguantó medio minuto.
A veces recuerda al padre de Pitu, muerto de cirrosis, y tampoco adivina cómo reaccionaría si se levantase de la tumba y viese al querubín que quería ser delantero centro del Atlético.
Seguramente volvería a acostarse, como cuando la madre dejó una nota de despedida tres meses después de dar a luz.
Para su tío, aquel solo es un muchacho que grita su decadencia por un micrófono.
Una consecuencia de los nuevos tiempos, de la generación de chavales que nunca quiere cortar el cordón con el mundo de fantasía en el que trabajan los mayores.
No obstante, comprende algo: su sobrino tampoco se conforma con envejecer en la carpintería cuando aún tiene veinte años.
Ya no es el negocio que construía armarios flamígeros, mesillas de palo de rosa o bonitos palomares de azotea.
Ahora se pasan la jornada lijando conglomerado a cambio de unas pocas pesetas.
—¿Habrá que poner puntos? Tenemos hilo, aguja y yodo en el botiquín.
—Apenas es un rasguño, tío.
Pitu coloca el dedo rajado bajo la luz de la entrada. Le mete otro chupetón, cata el sabor metálico y se quita las gafas de protección. Así confirma que su trabajo se termina dos horas antes de lo debido. Ni remata los tablones del mueble.
—¿Te vas ya, Pitu?
—Tengo un asunto importante que resolver.
Su tío le acerca el botiquín con gasas.
—Al menos, véndate eso antes de ocuparte de él.
Pitu sale de la carpintería con el dedo envuelto en muselina.
Una llovizna norteña barre la ciudad. Coloca la enésima colilla de hachís en la boca cuando unos chavales casi lo arrollan con sus bicicletas.
Una de las características de Pitu es permanecer ajeno al movimiento de los demás, capaz de cruzar todos los carriles de la Castellana mirando el alquitrán del asfalto.
Luego se abrocha su cazadora, se ajusta los cordones rojos de las botas y pega una palmada de motivación.
Le pregunta la hora a un señor que camina a su izquierda y este se aleja, escondiendo el reloj.
Prueba con una mujer, que reacciona igual bajo su paraguas.
—Yo no soy el Ángel Azul —dice.
Las palomas picotean alrededor y él duda si se quejarán de lo mismo.
Calles.
Siempre calles.
Y más calles.
Pitu debe dar el paso adelante o tal vez a un lado; en todo caso un paso; con el grupo, con Marta, con su día a día.
Puede que haya vivido muchas aventuras en las aceras de Madrid, pero existe otro mundo mucho más grande ahí fuera.
Y ya no tiene paciencia para abrir un libro, estudiar, ser un carpintero competente, nada de lo que cabría esperar de su edad.
Siente que la única salida es la música, porque pateando las aceras parece que todo le pertenece, que está al alcance en las tiendas, en los bares, en las plazas, que apenas tiene que estirar la mano y cogerlo.
Pero es mentira. Los que mandan en Madrid solo frecuentan las últimas plantas de edificios como el de Lafuente Recording.
Llegó el momento de cambiar su destino y lo confirma cuando Manu, el antiguo bajista del grupo, entra en la carpintería.
El tío de Pitu lo echa de allí a escobazos, creyendo que es otro de los chicos que piden limosna por el barrio.
Manu encuentra a Pitu sobre el ciclomotor, riéndose como una mula.
—Hasta hoy creía que el chungo de la familia eras tú —dice.
—Temía que no vinieses —contesta Pitu, chocándole el puño.
—Estás ante un hombre de palabra durante el día. —Manu se ajusta los tirantes de la mochila que lleva a la espalda—. Y traigo lo importante conmigo.
—Larguémonos antes de que mi tío se arrepienta de dejarme ir. Estaba haciendo una estantería. Bueno, la base… Y ha quedado a la mitad.
—Vaya con el carpintero.
Ambos se suben al Vespino, en dirección a la plaza de Olavide.
—No soy el carpintero —dice Pitu—. Soy el cantante de Histeria.
En la glorieta octogonal de la plaza.
—Aquí —dice Manu.
—Es un bareto de mala muerte —contesta Pitu.
Manu asiente, lo es, y entra en el bar con su amigo.
Suena el cascabeleo de un cascabel metálico sobre la puerta.
Por lo demás, un lugar castizo con fotos de toreros con orejas y rabos colgantes, botellas de Soberano en los aparadores, raciones de hígado encebollado bajo un cristal y el suelo lleno de arena y bolitas de papel.
Hay varias pandillas de jóvenes sentadas a las mesas y señores con mono azul en la barra.
El más viejo se queja de que la cucharilla del café está taladrada.
El camarero responde con un movimiento de mentón hacia las pandillas.
Chicos como esos serán el motivo de que pronto todos los bares de algunas zonas de Madrid agujereen sus cucharas.
—¿Y esta es tu solución? —pregunta el señor de mono azul—. ¿Con la broca de tres milímetros?
—Loquean en cuanto se les cae la droga y se largan a otro sitio. Esto se nos va de las manos. Ayer encontré a un niñato chupando los azulejos del baño y no están precisamente limpios.
—Juro que no lo están.
—Pero mi método solo sirve con los clientes ocasionales. Los de siempre traen su cucharilla de casa. Si te soy sincero, me molestaba más cualquier borracho que uno de estos chavales, aunque ahora se ponen nerviosos entre los pinchazos. Algo malo pasará con esta moda… Algo muy malo.
El señor levanta la cucharilla y estudia a contraluz sus perforaciones. Una obra meticulosa, llena de geometría. Remueve el café y vuelve a levantarla, goteando un reguero marrón por la barra. En su opinión, una obra también ridícula.
—El problema es que estos piensan que antes de 1975 éramos tontos —dice en alto—. Y a semejante ritmo los tontos que no llegarán a viejos serán ellos.
Un chico agarra su siete muelles bajo el pantalón, pero el señor se marcha del bar sin probar el café, reacio a una bronca y a una puñalada.
Manu pide un chato de vino. Aquel camarero se lo sirve a distancia, como si tuviese la peste.
Él se lo bebe de un trago, deja una moneda sobre la barra de zinc y conduce a Pitu hasta la zona trasera.
Manu golpea una puerta corredera en tres compases diferentes.
Al cabo, un hombre gordo con una camiseta imperio la empuja hacia la derecha.
Sienten una poderosa bocanada de calor que sale de la estancia.
El hombre se aparta para que pasen y Pitu no puede evitar mirar sus brazos fofos, blanquecinos, con pelo revirado, y la barriga de embarazada que luce bajo la tela.
Recorren un pasillo iluminado por neones amarillos.
Empieza a tronar una batería a toda velocidad.
Para Pitu, aquel ruido es algo explicable por las leyes naturales, como si su realidad siempre avanzase a golpe de bombo.
Entran en el almacén, que parece una sauna con palés de refrescos.
Cuatro músicos ensayan un complejo rock progresivo hasta que el bajista hace la seña de tiempo muerto.
Descuelga su instrumento y lo apoya en un pie de plástico.
Sus facciones se relajan hasta componer media sonrisa, mueve las cejas a Manu y este le guiña el ojo.
—Llegaron las vitaminas —dice el bajista al resto.
Pitu permanece atento a los movimientos del batería.
Parece el líder por cómo se comporta y él necesita aprender de los líderes de los grupos.
Lleva unas zapatillas Nike Cortez cada una de un color, la derecha blanca, la izquierda azul.
Así demuestra cuánto dinero puede gastarse en el calzado, que se compra a pares.
Un símbolo de estatus y también un desafío a los que intentan atracarle en la caminata desde la Prosperidad hasta el local de ensayo.
—¿Cuarenta cajas? —pregunta el bajista, acercándose a Manu—. Ni una menos para el trato, que nos conocemos.
Manu abre la mochila, separa unas bolsas de supermercado y muestra un montón de cajas de dexedrina.
Ojos como platos en los espectadores. El batería las cuenta y después el hombre de la camiseta imperio las apila al fondo del almacén.
Allí cuelgan carteles de la COPEL para la amnistía de los presos.
—Cuarenta —dice Manu al terminar el recuento—. No vais a poder dormir en años.
—¿Seguro que no quieres el dinero? —pregunta el bajista.
—Lo que hemos hablado me va bien.
—Como digas, Manu. —El chico señala el bajo Fender apoyado en el pie de plástico—. Es tuyo.
Pitu pide permiso con la mirada. Se lo dan y coge el instrumento, lee la palabra Fender dibujada sobre el mástil y pasa el dedo rajado en la carpintería por las letras.
Ahora sí le duele el pulgar, sí le parece su sangre, sí le marca un futuro poético y rojo.
Podía ser una señal o una de esas coincidencias que trastornan la vida.
El bajo tiene un roce en la madera superior, pero por lo demás está impecable, negro, brillante, de puente dorado y las cuerdas sin cortar sobre las clavijas.
—Probemos…
Pitu gira el selector y toca dos notas al aire que retumban por el amplificador.
—Mañana conseguimos otro —dice el bajista—. Este no suena bien.
—Suena muy bien, tú eres el malo —interviene el batería—. Lo sospecho viendo esa cresta que tienes, pero ¿para qué estilo de música lo queréis?
—Punk —contesta Pitu—. ¿Has confirmado tus sospechas?
—Del todo. ¿Y para semejante ruido se necesita un bajo?
—Se necesita. —Manu frena la burla—. Y él tiene a una bajista increíble.
En la calle, Pitu encaja el instrumento entre su cuerpo y el de Manu, que monta de paquete en el ciclomotor. Por primera vez en mucho tiempo algo les sale tal y como planearon, hay que celebrarlo, la penúltima, pero entonces Manu se baja de un salto y hace un gesto ambiguo con la mano.
—¿Qué pasa? —pregunta Pitu—. ¿No te acerco al barrio y tomamos una?
—Beberé otro chato de vino aquí. —Manu se rasca las comisuras de los labios—. Tengo la boca como un mazapán.
—¿Tratas con esos personajes de las mesas?
—Un poco navajeros para mi gusto, pero se enrollan.
—Son la misma chusma que los ultras, aunque con otras pintas.
—Me sentaré, tomaré mi copa y reiré sus chistes. Nada puede salir mal.
Pitu detecta algo raro en su amigo.
—¿Seguro que quieres quedarte con ellos?
—Hoy sí. —Manu cruza el bajo a la espalda de Pitu—.
El instrumento es lo último que te debía y sabes que en la rebotica de Lavapiés consigo cualquier anfetamina al fiado.
Antes de una semana pago la deuda. Y si sigo vendiendo, ahorraré lo suficiente para irme a Ibiza en verano.
Mi primo se ha metido en una comuna de hippies donde andan todo el día en pelotas, entripados y montando bacanales en la playa.
—Suena bien.
—No es un charlatán como yo. —Manu saca su carterita del bolsillo—. Me mandó una foto con tres alemanas que solo llevan puestos unos collares de conchas.
La encuentra y le planta a Pitu la imagen en los morros.
Su primo es un treintañero de pelo engominado, barriga prominente y mucho bello corporal que apenas tiene una tela cubriendo los genitales.
La persona más feliz del mundo agarrado a tres rubias que, efectivamente, solo llevan collares de conchas y no aparentan demasiado interés en su nuevo amigo español.
Detrás, un acantilado con jeroglíficos pintados a tiza sobre las rocas.
El sol incide en la foto hasta deslumbrar su esquina izquierda.
—Pero, Manu, tal vez prefieras que…
Su amigo no lo escucha más y Pitu se da cuenta de todo.
Manu se gira con actitud derrotada hacia el bar.
Una obsesión borra su aire animado de la tarde.
Pálido, respira por la boca, como si le faltara valor para aceptar lo que ocurrirá o como si sintiera vergüenza por no impedirlo.
Al final, su elección será por qué lado del precipicio caer, e Ibiza una foto de colores gastados.
—Nada puede salir mal —repite.