Histeria 5/12 1720
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«Asuntos Internos acaba de remitir informes preocupantes sobre él».

Jiménez escucha a Cañas con toda la atención.

Lo que le relata su subordinado sobre la escena de los calabozos y la posterior pregunta de cómo proceder, es una cuestión que considera irresuelta. Desde la Grecia antigua existe ese debate en las lecturas del inspector jefe, aunque a nadie le gusta que la sabiduría estropee un poco de movimiento.

Ahí seguirá por siempre la tensión entre el mal medio y el buen fin.

Jiménez asume que el orden necesita de personajes tras la cortina, pero no quiere repetir los errores que llevan a una chica a ridiculizar el uniforme de policía.

Por eso pidió que subiesen a la madre a su despacho.

Una persona educada en el anterior sistema será condescendiente con ellos.

Y allí, junto a Cañas, observa entre las lamas de la persiana metálica cómo Consuelo espera al otro lado.

La mujer se pellizca la cutícula de las uñas, cambia el bolso de mano y mueve esos zapatos con poco tacón.

Su figura se recalienta bajo el abrigo de paño.

—No intervengas en mis interrogatorios a no ser que te lo pida —dice Jiménez a Cañas—. Y en tal caso lo pediré expresamente, nada de sobreentendidos.

Cañas asiente, entusiasmado con el avance en la investigación.

—¿Quién pensaría que Marta Beltrán es hija de esta señora?

—Hazla pasar y lo comprobamos.

Cañas sale a buscarla. Su cadencia de manos es suave y echa el tronco hacia delante.

Consuelo duda de si hay policías tan jóvenes y bigotes tan rácanos.

Parece más reconfortada cuando pasa al despacho para encontrar el perfil de Jiménez.

Se sienta donde le indica el inspector, coloca el bolso de mano sobre el regazo.

De cerca, se aprecia su maquillaje azul circundando los ojos y su permanente de peluquería. Una luz cóncava le apunta al rostro.

—Le pueden traer un café, un té —dice Jiménez—, cualquier cosa mediante la que le podamos hacer sentir más cómoda.

Consuelo se abruma con la colección de volúmenes en inglés tras la figura del inspector. Intenta leer alguna palabra de los lomos y después fija la mirada en Jiménez, como si tampoco acabara de entenderle a él.

—Estoy bien, gracias.

—Si durante nuestra entrevista se le ocurre algo…

—Estoy bien.

Cañas la observa desde una esquina del despacho, listo para concretar los detalles que requiera su inspector y darle la razón o, quizá, disfrazar las decisiones de preguntas. Aquella señora le parece un caramelo en comparación con Marta.

—Sé que una madre nunca espera una llamada de la policía —dice Jiménez—, pero el asunto que tiene a su hija bajo custodia es muy serio.

Consuelo percute los dedos sobre el bolso.

—¿De verdad? ¿En qué lío…? Dios mío.

—Tranquilícese —dice Jiménez.

—¿Es algo sobre el Ángel Azul?

A Jiménez le duele la cabeza cada vez que escucha aquel nombre.

—No, eso no.

—¿Y por qué se pondría semejante nombre este asesino? —Consuelo saca un pañuelo del bolso—. El Ángel Azul…

Recoge las lágrimas que le asoman en la línea de los ojos, parpadea para controlar el lloro y que el maquillaje no se le corra como a un payaso triste. Lo consigue y hace la seña de que se encuentra preparada.

—Primero querría saber a qué se dedican usted y su marido.

—Yo me dedico a la casa y Alfonso trabaja en una compañía de seguros. Somos una familia normal, de clase trabajadora. Nada interesante para la policía. Él emigró desde Badajoz y yo desde un pueblito de León, Boñar.

—Boñar…

—¿Lo conoce, inspector?

—No tengo el gusto.

—Rodeado de montañas, muy diferente a esto.

Fuimos vecinos en las colmenas de la Concepción al llegar a Madrid con nuestras familias.

Luego comenzamos a salir, él consiguió trabajo en una fábrica, nos casamos y compramos un pisito con hipoteca en Malasaña.

Marta es mi única hija. —Los ojos de Consuelo adquieren profundidad—. Mi única hija, ¿entiende?

—Entiendo —dice Jiménez—. ¿Y cómo es ella?

—Una buena chica. —Consuelo toma aire—. Con sus ideas.

—¿Cuáles en concreto?

—¿Es algún lío de esos de política?

—El interrogatorio lo hago yo, Consuelo.

—Sí, perdón… No está contenta con lo que teníamos antes, como todos los jóvenes que no quieren parecerse a sus padres ni tampoco pasarse el día hablando de que se ha estropeado la caldera o de recetas de croquetas.

Una soñadora, pero no se mete en nada problemático.

Estudia Sociología con buenas notas y ahora manifestarse es un derecho, ¿no?

Jiménez cruza una mirada rápida con Cañas.

Encuentra las dudas colgando de las cejas de su investigador.

Lo que escucha encaja en el perfil de lo que sucedió en la detención y en el calabozo, no encaja colocando una joya de Toni Vargas en un perista de extrarradio.

Aunque hoy el puzle madrileño es difícil de resolver, como si viniese con piezas equivocadas o, tal vez, piezas de más.

—No estaríamos en este despacho de ser un tema de estudiantes. —Jiménez se levanta de la silla, mide tres pasos y se apoya en el escritorio—. ¿Su hija anda con malas compañías? Por muy buena que sea ella.

—Mi marido no traga a su novio, pero él tampoco es un mal chico.

—¿Cuál es el trabajo de su novio?

—Carpintero y… cantante.

—¿De orquesta?

—No exactamente.

—Pues Marta debe dar una explicación de qué hacía con algo perteneciente a la escena de un crimen —dice Jiménez, algo confundido por lo del cante—. Un asunto con personas peligrosas implicadas.

—¿El Ángel Azul?

—¿Otra vez tengo que contestarle que no?

—Disculpe, estoy muy nerviosa.

—Pero en nuestro caso, si ella y su novio son inocentes, necesitarán protección para seguir con su vida en libertad.

Y solo se la ofreceremos si colabora. De no hacerlo, irá a prisión preventiva tras pasar mañana por el juzgado.

Mire, le voy a hablar claro, porque creo que usted lo entenderá mejor…

Las ideas de Marta la están perjudicando.

No ha querido ayudar a mi investigador aquí presente, pidió un abogado sindicalista y su actitud resulta hostil.

Por eso le doy la oportunidad de que charle con ella y cambie de postura.

Que no nos vea como el enemigo, al contrario, somos la única salida que le queda.

Entonces Consuelo agarra con fuerza el asa del bolso.

—Mi hija es una persona que merece la pena, lista e independiente —dice, retorciendo el asa—.

Nada que ver con la tonta que tienen aquí delante.

Los adultos la suelen juzgar por sus pintas y sus ganas de que las cosas sean diferentes.

Y yo también lo hago, aunque para admirarla.

—No pierde el ritmo—: A las mujeres nos prohibieron meternos en todo lo que importaba en este país…

El gobierno, la Iglesia, el ejército… eso solo nos dejaban verlo en el NO-DO , en la misa de doce y en los desfiles.

En las colmenas de la Concepción también había muchas queridas de hombres importantes.

Les ponían un pisito en el bloque y las visitaban de vez en cuando durante el horario de trabajo.

¿Sabe qué recibían ellas por eso? Que las tratasen de solteronas y que nadie las tomase en serio hasta que envejecían, solas y pobres.

En cambio, ellos resultaban envidiables con sus líos de faldas.

—Tener un pie fuera del matrimonio para que funcione es hipócrita —dice Jiménez—, pero lo que necesito que comprenda es que aquí…

—A mí me educaron para ser «la señora de» —lo interrumpe Consuelo—.

Veo que usted también lleva anillo, así que como nosotros habrá pasado por notarías para los pactos matrimoniales, las hipotecas y todo eso que nos convierte en una empresa.

Soy la «señora de» y admiro que Marta no vaya a serlo.

Ningún malentendido con la policía se lo impedirá.

—No pretendía incomodarla.

—Lo sé, inspector. —Consuelo se levanta de la silla—. Quiero ver a mi hija ahora mismo y les aseguro que hará lo correcto.

—Podemos avisar a su marido si quiere.

—Mi marido está vendiendo seguros de hogar con una calculadora. —Consuelo adelanta un par de pasos—. Me encargaré de que Marta haga lo que sea mejor para ella.

Jiménez se toma un momento para recapacitar. Lo de avisar a su marido ha sido una torpeza que espera que no le tenga en cuenta. Acto seguido, indica a Cañas que bajen a esa mujer y su ímpetu a los calabozos. Consuelo se despide con una venia, como si acabase de despertarse de un trance.

—Encantada de conocerle, inspector.

—Creo que el placer ha sido mío. —Y para Cañas—: Tú, espera un momento.

El investigador abre la puerta a Consuelo y la deja con los compañeros, que la acercan hasta la planta baja. Después se queda a solas con su superior. Una mueca burlona le achina el rostro.

—¿Qué le ha parecido eso?

—Sin duda tienen los mismos genes. ¿Has visto cómo me ha dado la vuelta? También debería hacerlo con su hija, así que al menos le dejaremos intentarlo.

—Si no requiere nada más, me gustaría rondar la sala donde tenemos a Marta para comprobarlo.

—Lo requiero. —Jiménez frunce el ceño—. Hay un tema que me inquieta. ¿Germán Moreda conoce todos los datos de esta investigación?

—Por supuesto, hemos trabajado codo con codo.

—A partir de hoy ciertas comunicaciones solo las mantendremos tú y yo.

—No le sigo, inspector.

—Asuntos Internos acaba de remitir informes preocupantes sobre él.

—Sospecho que los mismos que aún tiene la mayoría del cuerpo de policía.

—No voy por ahí, Cañas. —Jiménez le dirige una mirada fulminante—. ¿Cuánta lealtad crees que le debes?

—Depende de qué hablemos.

—De que son preocupantes en otro sentido.

Cañas llega al exterior de la salita junto a los calabozos, donde Marta ya se reúne con su madre y el abogado.

Las voces resuenan en el pasillo, pero el diálogo pierde claridad al atravesar las paredes.

Fuera, se distingue un murmullo puntuado por las instrucciones de Consuelo mientras aquel picapleitos del sindicato queda relegado a simple espectador.

Desde comisaría habrá dos salidas para Marta: prisión en Carabanchel o libertad provisional con una discreta escolta.

Germán espera a Cañas al fondo del pasillo, que levanta olor a amoniaco.

—¿Cómo te fue con el inspector?

—Bien —contesta Cañas—. Muy bien.

La primera vez que le miente y no será la última.