Histeria 5/12 1640 #2
47%

5/12 1640 #2

Cañas coge uno de los folios con el membrete de la policía.

Está en blanco. El blanco que molesta a cualquier investigador.

Cuando median ofrecimientos así, se dibuja la firma y luego se redactan los hechos.

A Cañas no le gusta esa práctica, pero Jiménez la aprobará en semejante investigación y es ella la que se presta a colaborar.

Se la da a Germán para que Marta la rubrique cuanto antes.

Su compañero coloca el folio sobre una tablilla de madera, luego la deja en las manos de la chica con un bolígrafo forrado de cinta adhesiva para que no se convierta en un arma.

—Adelante —dice Germán—. Después tenemos toda la mañana para redactar lo que nos expliques.

Marta coge el folio, el bolígrafo, comienza a garabatear.

—¿Qué te parece? —pregunta Germán a Cañas—. Lo de pedir un abogado del sindicato ya es un farol de cualquiera.

—Reparten sus tarjetas profesionales antes de cada manifestación —contesta Cañas—. Deberían darnos una comisión por cada detenido.

—Hecho —dice Marta.

Germán le arranca de las manos la tabilla con la hoja.

Al mirarla, poco a poco, su sonrisa se convierte en un arco inverso.

Se muerde el carrillo derecho y se hace sangre.

Cañas se acerca y observa cómo la chica no ha firmado nada.

A pie de página, ha dibujado un cerdito con una larga cola en espirales.

Germán va a abofetearla y Cañas lo sujeta del brazo.

—Las calles ya no son vuestras —dice Marta—. Oink, cerdo.

Germán intenta librarse de su compañero.

—Espera. —Cañas tiene problemas para controlarlo, aunque consigue que se siente en una de las banquetas—. Déjamela a mí.

—Su puta madre.

—Esto también se lo explicaré a mi abogado —dice Marta.

Cañas se arrima a la chica y la percibe más nerviosa de lo que quiere aparentar. Eso es que, por mucho que lo disimule, reconoce que no le quedan salidas fáciles.

—El pendiente era de un criminal y de los jodidos —dice Cañas—.

Estaba acribillado en una casa abandonada de Malasaña donde encontramos cuatro muertos más.

Te habrás enterado de esa noticia porque no vives lejos.

Pero tu problema no es tanto el cadáver como que su hermano es el tipo más peligroso de la ciudad, con un ejército a sus órdenes que os rebanarán la cabeza a ti y a todas las generaciones vivas de tu familia para que les cuentes qué hacías vendiendo esa joya a un perista que, como otros chanchulleros, recibió esta copia.

—Cañas agita el inventario de los objetos de Toni Vargas—.

Y un policía, al que odiarás tanto como a mí, te salvó antes de que un coche te llevara por delante a plena luz del día.

Imagínate lo que podrán hacerte si te enviamos a la cárcel o te dejamos libre sin protección.

Cuando eso ocurra y estés sentada en otra silla delante de ellos, cuéntales que quieres un abogado conforme al artículo 24 de la nueva Constitución Española.

Marta proyecta el cuello hacia atrás.

Intenta asimilar que aquello, sí, todo aquello, está sucediendo de verdad.

—Puedes ser sincera —sigue Cañas—, decirnos quién te dio el pendiente y para qué, tratarnos como merecemos en este caso y continuar tu vida con nuestra ayuda.

Sin policía, nadie te garantiza que no estés muerta quince minutos después de darnos un nombre.

O puedes convertirte en la nueva víctima de algo que, creo, te ha traído hasta aquí por mala suerte.

Como suceden casi todas las desgracias… Mala suerte.

Reflexiónalo hasta que aparezca el abogado ese.

Al despedirse, le apoya una mano en el hombro. Un gesto que muestra que no es nada personal, solo hace su trabajo. Quiere pensar que no son tan diferentes y que unos años atrás podría haberse sentado ahí si hubiese tenido un mal día, una mala elección o, como dijo antes, mala suerte.

—¿Te sabes el artículo 24? —le pregunta Marta.

—Lo he memorizado por si alguna vez me detienen a mí.

Cañas abandona la sala y se lleva a Germán.

Este se toca con el dedo índice varias veces la muñeca, dejando claro que, tic tac, el tiempo se acaba para la chica.

Es necesario que Marta reflexione sobre su desesperada situación hasta que lleguen la madre y el abogado, que estudie los poros de la pared y oiga los suficientes gritos de los calabozos para intuir cómo será estar encerrada durante años.

El cargo de receptación lo tiene asegurado y de ahí todo lo que el juzgado pueda imputarle.

Si fue mala suerte, para los policías se trata de la peor.

—Eres bueno, mentalista —dice Germán, ya en el pasillo.

—Hay que hablar con Jiménez —contesta Cañas.

—Espera un rato a ver si podemos doblarla.

—Solo es una chiquilla que tiene tanto miedo de nosotros como de los matones de Jairo. Por eso gasta semejantes humos, por miedo.

—¿Me estás recriminando algo, Cañas?

—No te estoy recriminando nada.

—A veces tus ideas se parecen más a las de estas chiquillas que a las nuestras.

—Dime cuáles son las nuestras y te respondo.

Germán se queda haciendo guardia frente a la puerta.

—Yo no subo a ver al traidor de Jiménez. —Chasquea la lengua—. En el fondo, ambos me detestáis.