Histeria 5/12 1640
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«Marta Beltrán pidió un abogado del sindicato estudiantil».

Cañas teclea a máquina como si estuviera poseído.

Llega al final de la línea y acciona la palanca de retorno a la izquierda.

Detrás, Germán tiene la atención clavada en un pisapapeles de un insecto atrapado en ámbar.

No entiende por qué a su compañero le gusta tanto escribir con aquella Olivetti que se atasca a cada renglón.

Siempre parece conectar sus ansias a los informes a través de las letras que machaca.

Esta vez el atestado del crimen de Malasaña comienza a modo de recopilatorio, sin nada concluyente para el juzgado, apenas la disposición de los cuerpos, de los casquillos, la recogida de testimonios y las muestras, pero eso les permite olvidarse del tiroteo de los turcos en el que ya trabajan varios investigadores de la brigada.

Cañas se iba a ofrecer para labores de apoyo por si todo estaba relacionado y Germán le convenció de que bastante tenían con lo suyo.

Ahora aparece un policía del turno de noche.

La sala común de investigadores a veces se llena de personajes como él, que se creen los mejores y luego señalan las palabras con el dedo cuando leen.

Conjunta chaqueta de pana, pantalones acampanados y unas gafas psicodélicas con cristales rojos.

Queda claro que viene de la zona de Malasaña y que hoy tampoco han cogido al Ángel Azul.

—Apestas a secreta —dice Cañas.

—Me he embadurnado con la fragancia que anuncian a todas horas en la tele —contesta el policía—. La del que está cargando muebles y por eso llega tarde a una cita.

—¿El que no para de sudar?

—Y lo arregla echándose unas gotitas en el cuello.

—Da igual la colonia, apestas a secreta —dice Cañas—. Ese pedazo de anillo solo lo confirma.

El policía sube el dedo enjoyado a contraluz.

—En la cárcel no le iba a servir para nada.

—¿Algo de lo que llevas no se lo has robado a un detenido?

—¿Entiendes cuál es el problema de tu compañero? —pregunta el policía a Germán, que hasta entonces ni les atendía—. Es una buena persona y hay muchas cosas que las buenas personas no pueden hacer aquí.

—Pues tienes razón —dice Germán—. Cuando os aviso de que todo era mejor antes, es por algo.

—Cuidado con empezar con tu matraca favorita —contesta el policía—. Lo de tus tiempos.

—Mis tiempos también son estos —dice Germán—. ¿O he palmado, estoy en el infierno de los polis que no resolvemos casos y aún no me lo has contado?

A Cañas le gusta cómo ha sonado esa pregunta en boca de su compañero.

A ver si con aquella actitud deja de parecer una antigualla, tal y como piensan muchos.

Luego pulsa la palanca de retorno de la máquina y el otro policía detiene el rodillo con la mano, muerde la patilla de sus gafas rojas y le baila las cejas.

—Suelta el rodillo —dice Cañas—. No estoy para tonterías.

—Enseguida querréis besar estos mocasines con borla a turnos. —El policía alza la pierna derecha y la borla oscila de un lado a otro—. Porque en los calabozos encontraron algo que buscabais.

Germán carcajea: los de los calabozos nunca han encontrado nada importante.

—Cuéntanos más, hombre.

—Habréis escuchado que ahora Jiménez coordina el área de custodia.

Germán entrecierra los ojos para mostrar interés.

—¿De qué hablas?

—De que al fin hay un inspector jefe que cruza información y documentos con los de abajo. Así que entre otras cosas buscabais…

—¿Un pendiente con una V? —pregunta Cañas—. ¿A que sí?

Los tres descienden hasta el área de custodia.

La pareja de investigadores salta las escaleras mientras el otro policía se deja llevar, apoyado sobre el pasamanos.

En la planta baja, observan a un grupo de prostitutas esposadas a una barra de metal y a una chica con pelo blanco.

Lleva un sencillo chándal de poliéster en contraste con las minifaldas y licras de colorines de las demás.

Juguetea con los grilletes en una pose algo soberbia, algo miedosa.

—Esa cosita —dice Germán—. ¿De verdad?

—Marta Beltrán pidió un abogado del sindicato estudiantil —contesta el policía.

—¿Solicitó que avisen a alguien más? —pregunta Cañas.

—Al principio no se quería identificar y los del calabozo pensaron que les estaba haciendo el lío con el carné y que era menor. Ahora llevan más cuidado y llamaron a su madre. Supongo que estará de camino.

—Fantástico —dice Cañas.

—Por lo que cuentan, conoce mejor sus derechos que los que la detuvieron.

Cañas guiña el ojo a Germán.

—Quizá no sea una cosita.

—Toda vuestra para que la apretéis mientras llega el picapleitos. —El otro policía se marcha a dormir—. Bajadla a las salitas de al lado de las celdas. Confiesan mejor allí, imagino que por la energía del lugar.

Entran en escena otros tres policías arrastrando a un barbudo. Como les resulta casi imposible moverlo, uno de ellos saca la porra y azota las piernas del detenido, obligándole a saltar como un muelle hasta los calabozos.

—¿Avisamos ya a Jiménez? —pregunta Cañas.

—Todavía no —contesta Germán.

—Vale, haré de poli bueno.

—Como si yo supiese hacer de otro que no sea el malo.

A Cañas le gusta la forma de moverse de Marta.

Cómo arrastra las zapatillas sobre el suelo de terrazo, su modo de atusarse el pelo, su curiosidad que analiza cada detalle y la ceja izquierda alzada en consecuencia.

De momento, no encuentra nada falso en ella.

Incluso el chándal le cae con un punto de distinción.

Parece de otro planeta al del joven investigador y al de su novia, que todavía no responde a lo de mudarse al piso de Chamartín sin pasar por la vicaría.

Se pregunta si estudia la propuesta tantas veces como él y por qué su cabeza se llena con tales pensamientos justo en ese momento, cuando acaba de leer el informe del policía del mercadillo.

Una situación extraña: Marta a la carrera, un coche dando marcha atrás y aquel agente que tuvo la buena idea de apretar, entre otros buscavidas, al perista de la calle.

El informe lleva la copia con los objetos de Toni Vargas.

Comprobaron el número de teléfono y los ha llevado a una cabina telefónica, ya desierta, que hace esquina en Usera.

Germán empuja a Marta para que entre en una salita contigua a los calabozos.

El mobiliario de la sala se resume en una mesa y tres sillas, aunque en ese momento su disposición aún puede parecer singular.

Aquel taburete del sospechoso en medio de la estancia, la mesa contra la pared y las dos sillas de los policías en un lateral.

La geometría revela que antes las preguntas no se formulaban con luz y taquígrafos y que, según la ocasión, lo primero que se hacía era encapuchar al interrogado.

—Siéntate —dice Germán a Marta.

—¿Dónde está mi abogado?

—¿El que llevo aquí colga…? Que te sientes.

Cañas gesticula a Marta para que comprenda que, llegado el momento, frenará los malos modos de su compañero. La chica le devuelve una sutil forma de odio en sus ojos. Lo último que quería era contar su historia en una comisaría y tal vez todavía tenga opción de no hacerlo.

—Déjame adivinar —dice Marta a Cañas—. Tú harás de poli bueno, aunque estés dejándote bigote, y él hará de poli malo.

—Aquí se trata del papel que interpretarás tú —contesta Cañas.

—No te compliques —dice Germán—. Seguro que tienes una buena explicación para que te encuentren gritando y perseguida por un coche cuando, sorpresa, llevabas un objeto que te sitúa en un lugar en el que dudamos que hayas estado.

Cañas admite que no se podría introducir aquello mejor.

—Vamos, Marta —sigue Germán con su nombre para fingir cercanía—.

Aquí hemos interrogado a personas malas de verdad, como la que iría detrás de ti.

Compórtate y dentro de unas horas quizá no acabes en prisión.

Dentro de la cárcel las incomodidades no están tan calculadas como en esta salita.

No te voy a contar nada que no sepas, una chiquilla guapa, llevando esas pintas, sin los tres puntos tatuados en la mano…

Te rifarán entre las viejas cuando asomes por la galería.

Y, a punta de navaja, esas te obligan a lamerles…

—¿El coño?

—Oh, sí.

—Quizá me haya comido unos cuantos, pero no hablaré hasta que llegue mi abogado. —Marta saborea las siguientes palabras—: Artículo 24 de la nueva Constitución Española.

—¿Constitución de qué?, ¿ahora con esas?

—¿Habéis escuchado hablar de ella en comisaría?

Germán contrae la boca y susurra:

—La otra opción es que mi compañero salga de la sala y yo cambie el protocolo.

Cañas piensa que lo de malo lo borda y que todavía no sabe si está actuando.

—¿Vosotros los fascistas sois fascistas todo el rato? —pregunta Marta, cruzando una pierna sobre otra—. Es decir, dentro de unas horas llegas a casa y te espera un estofado. Mientras masticas, ¿continúas siendo un fascista o no? Artículo 24 de la…

Germán la interrumpe arremangándole los brazos a la fuerza.

—Ni una picadura —dice después—. Así que no eres una yonqui, solo una listilla con chándal de yonqui y de esas que cree que las calles le pertenecen.

A tus diecinueve años te juntas con otros jovencitos y cantáis contra nosotros, contra los militares, contra la bandera y el país, y al final los más valientes tiran piedras.

Entonces veis la realidad, que, cuando cargamos, las calles aún nos pertenecen.

Marta traga saliva.

Ahora parece asustada.

—¿Qué quieres que firme? —pregunta.

Germán se gira hacia Cañas. ¿Ya está? Les extraña lo fácil que ha resultado, aún no saben qué quieren que firme.

Se supone que eso se iría definiendo entre la amenaza y la resistencia.

De primeras apostarían a que ella no anduvo pegando balazos por la casa, aunque de segundas quizá merodeara por ahí, momento equivocado, lugar equivocado, o tal vez hiciese de gancho para que los asesinados abriesen la puerta.

Y solicitará abogados del sindicato estudiantil, pero puede ser una cualquiera que ha aprendido una cantinela legal.